Judíos y aviadores
Los fugitivos que Molné no pudo salvar de las garras de la Gestapo eran oficiales polacos. De echo, los militares de esa nacionalidad fueron cronológicamente los primeros usuarios de las redes que abastecieron en los Pirineos la Resistencia y los maquis antifranquistas, con la ayuda de grupos de contrabandistas reconvertidos en “pasadores” de hombres y, también de oportunistas atraídos por las recompensas en metálico que ofrecían los británicos y norteamericanos: tres mil pesetas por refugiado que llegara al consulado.
Inmediatamente después de los polacos, se añadió el contingente francés. Primero, tímidamente, integrado por los jóvenes que huían de la movilización, y a partir del armisticio firmado por Pétain, en junio de 1940, por los militares refractarios que querían unirse a las fuerzas de la Francia Libre que combatían en ultramar contra Alemania bajo las órdenes del los generales De Gaulle y Giraud. La situación cambió drásticamente el noviembre de 1942, con la ocupación de la Francia de Vichy ordenada por Hitler como respuesta a la Operación Torsch, el desembarco aliado en el Norte de África. A este hecho se añadió, el mes de febrero siguiente, la instauración del servicio de trabajo obligatorio (STO), por el cual los ciudadanos franceses en edad militar podían ser trasladados a Alemania como mano de obra para la industria de guerra.
Los judíos conformaron cuantitativamente el segundo grupo de evadidos, 37.500 según el historiador Haim Avni, si bien cabe tener en cuenta que bajo esa etiqueta se englobaban ciudadanos de diversos países. El grueso de ese nuevo éxodo se produjo sobretodo en el verano de 1942, cuando los jerarcas nazis decretaron la Solución Final, la eliminación física de los judíos de la Europa ocupada. Fue entonces cuando los judíos concentrados por la Francia de Vichy en estaciones termales del sur del país, como Aulòs, se lo jugaron todo a la carta de la evasión. Entre los judíos que evitaron la deportación huyendo a través de los Pirineos, el madrileño Alberto Poveda –funcionario del Gobierno Civil de Lérida encargado de los refugiados desde 1942 – consigna en sus memorias, Paso Clandestino, la llegada a la capital del Segrià de la esposa del barón de Rotschild, Claude, y de sus hijas Claude y Monique. Procedentes de Marsella, habían llegado a través de Andorra, una de las vías clásicas de evasión.
En ese tráfico clandestino tuvieron un papel destacado Samuel Sequerra, delegado en España de la Cruz Roja portuguesa y el hombre en Barcelona de la American Jewish Joint Distribution Comité, entidad encargada de prestar la primera ayuda a los judíos acabados de llegar y que operaba desde el hotel Bristol, en l acalle Puerta del Ángel de Barcelona.
Otro grupo importante de fugitivos los constituían los aviadores abatidos sobre la Europa ocupada. El retorno de esos hombres representaba un golpe propagandístico, una inyección de moral para los combatientes y, sobretodo, una importante contribución al esfuerzo bélico, porque costaba meses de entrenamiento formar un piloto de combate. No es extraño que las redes más activas que operaban en los Pirineos – La Comète que cubría la ruta de Bélgica al País Vasco, o la Pat O’Leary, de Toulouse a Barcelona – surgieran para ayudar a los aviadores a ganar la seguridad de los consulados británico o norteamericano, desde donde eran devueltos a sus países de origen vía Gibraltar, Cádiz, Algeciras o Lisboa (Portugal), o a través del submarino inglés, l’Orphée.
Un contingente privilegiado no solo porque eran los destinatarios principales de las redes mejor organizadas como la Comète o la Ponzán, sino también porque una vez en territorio español recibían un trato exquisito: de entrada las autoridades franquistas les permitían instalarse en hoteles como Pessets en Sort; Adria y Mundial en la Seu d’Urgell: el París en Figueres; o el Peninsular de Girona, a cuenta de los agentes del consulado británico, antes de ingresar en residencias especiales en Alhama de Aragón (los pilotos) o Jaraba (pilotos y oficiales de otras armas a partir de la graduación de teniente).
Se ahorraban así el penoso periplo de los evadidos ordinarios capturados por la policía: prisión del partido judicial donde eran detenidos, traslado a la prisión de la capital de la provincia e internamiento en el campo de concentración de Miranda de Ebro para los soldados rasos y los hombres en edad militar, entre los 18 y los 40 años, en un cautiverio que se podía alargar hasta seis meses. Las mujeres y los menores de edad acostumbraban a ser internados en balnearios (como el de Caldes de Malavella), o bien eran inmediatamente liberados, como pasaba en Lérida.
El teniente Charles E. Yeager, que en 1947 se convertiría en el primer piloto en atravesar la barrera del sonido, fue uno de los centenares de aviadores aliados evadidos a través de los Pirineos: Calvet ha seguido el rastro desde que fuera abatido por los alemanes en una misión sobre Gironda, hasta que entró en Cataluña por el Valle de Aran, el 28 de marzo de 1944. Tres días después lo encontró alojado en el Pestes, ya en Sort.
Charles E. Yeager
Hay clases claramente diferenciadas por lo que respecta al paso por los Pirineos:
- Hasta mediados de 1941 fue un trámite puramente burocrático. Solo hacía falta un pasaporte en regla, el visado de tráfico y un pasaje de barco que acreditara que el viajero tenía medios para salir de España.
- Desde mediados de 1941 se impermeabilizó la frontera: se exigió un salvoconducto especial para atravesarla. Los consulados españoles dejaron de expedir visados y se amenazó que todo sospechoso detenido en una franja de cinco kilómetros en el interior del país seria inmediatamente repatriado a Francia. Aún con esta política expeditiva, los aliados presionaban, precisamente, en sentido contrario. Primero a cambio de remesas de materias primas – carbón, gasolina, potasa, trigo y fosfatos.
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