(Texto transcripto de Gran Crónica de la Segunda Guerra Mundial, de Selecciopnes del Reader's Digest. Estractado a su vez de Stalingrad: Point of Return, de Ronald Seth)

Pavlov y todos cuantos tomaron parte en la batalla se acordarán de esta fecha hasta el fin de sus días.
El 27 de Septiembre de 1942, al atardecer, Zukov, el capitán del batallón, convocó al sargento Pavlov a su puesto de mando, instalado en una antigua fábrica de harinas. Le condujo ante el plano del sector, colgado en la pared, y le mostró el emplazamiento de una gran obra de mampostería situada a 200 metros de la fábrica de harinas y a igual distancia del Volga. Los alemanes la ocuparon durante dos días, pero en el transcurso de las doce horas precedentes había reinado allí un silencio completo y sin manifestaciones de vida alguna.
El comandante del batallón no tuvo necesitad de hablar: Pavlov había aprendido a adivinar lo que se esperaba de él en cuanto le llevaban ante un mapa y le indicaban un objetivo. Veía, pues, muy bien por qué el capitán Zukov concedía tanta importancia a la toma de este edificio. Dominaba por completo una plaza pública, y, aunque los alemanes ocupasen todas las casas de alrededor, no podrían atacarla ni aún empleando tanques en gran escala. La posición tenía otra ventaja: estando ligeramente apartada de las primeras líneas, era un temible punto de apoyo.
Pavlov volvió a su sección y designó a tres hombres para acompañarle: Glochenko, un veterano, Alexandrov, un hombrecito rechoncho que había participado ya en dos golpes de mano con Pavlov, y Chernogolov también especialista de estas operaciones.
Partieron los cuatro en fila india: Alexandrov, el primero; Pavlov, diez metros detrás de él; después, Gluchenko, y Chernogolov cerrando la marcha. Había luna llena; el tiempo era claro, y los cohetes de que vez en cuanto lanzaban ambos adversarios no modificaban el juego de luces y sombras de la noche. Los cuatro hombres avanzaban con prudencia. Al fin llegaron sin novedad a uno de los accesos de la casa. Aunque reinaba el silencio en el interior, Pavlov tomó las precauciones habituales. Dejando a Alexandrov y a Gluchenko al pie de la escalera para que vigilasen tanto la entrada y la plaza como todo movimiento sospechoso que procediese de los pisos superiores, Chernogolov y el sargento inspeccionaron el piso bajo, sin descubrir presencia alguna. Después bajaron a los sótanos, donde encontraron a un grupo de mujeres rusas con uno o dos ancianos y algunos niños. Los refugiados habían intentado llegar a orillas del Volga, pero los violento combates que se desarrollaban en sus alrededores les impidieron atravesarlo. Se refugiaron en los sótanos, y Pavlov supo por ellos que esa parte del edificio estaba vacía, pero que los alemanes ocupaban el otro lado.
Pavlov no comprendía que el enemigo no hubiese guarnicionado toda la casa, y sacó la conclusión de que los refugiados se equivocaban en sus informes. Reunió a sus tres hombres y, de un brinco, el pequeño destacamento atravesó los 15 metros, iluminados por la luna, que les separaban de la otra puerta de entrada. Pavlov, volviendo a adoptar la misma táctica, inició la exploración del piso bajo con Chernogolov. No había dado ni tres pasos cuando distinguió un rumor de voces alemanas procedentes de una habitación contigua al otro lado del pasillo. Indicando con un gesto a Chernogolov que le siguiera, recorrió el pasillo con pasos cautelosos, deteniéndose a escuchar en cada puerta. Solo oyó el rumor de la conversación que proseguía en la habitación más lejana.
Al llegar a dicha habitación se detuvo, cogió una granada de su cinturón, le quitó la clavija, y después, con un solo movimiento, abrió la puerta y lanzó la granada al interior, volviendo a cerrarla rápidamente, sujetando el tirador. Pasaron tres segundos. La puerta reventó y el suelo se estremeció. Antes incluso de que el eco de la explosión hubiese cesado, abrió la puerta de un puntapié, disparando una ráfaga con su ametralladora en la habitación llena de humo. Cuando el humo se dispersó se vieron tres cadáveres de soldados alemanes entre el mobiliario. En el alféizar de la ventana estaba colocada una ametralladora, que dominaba la plaza.
Chernogolov se había unido al sargento en la habitación, seguido muy pronto por Gluchenko y Alexandrov.
Oyeron en la plaza ruido y vocerío. Los cuatro rusos se precipitaron a la ventana, viendo huir a una docena de alemanes al otro extremo de la plaza. Pavlov saltó hacia la ametralladora, que estaba intacta, pesa a la explosión; estaba cargada, y Pavlov empezó a disparar sobre los fugitivos. Derribó a varios.
Dejó a Alexandrov en la habitación y dijo a Gluchenko que volviera a la puerta de entrada; después subió a los pisos superiores en compañía de Chernogolov. Pronto se dieron cuenta que ya no quedaba ni un alemán en la casa: unas sillas derribadas alrededor de una mesa y una escudilla de sopa caliente sobre ella indicaban claramente que sus ocupantes habían huido en un abrir y cerrar de ojos.
Inspeccionaron los cuatro pisos de cabo a rabo, encontrando por todas partes huellas de una partida precipitada; luego bajaron al sótano. Allí encontraron a algunos civiles y a dos soldados del ejército ruso heridos, al cuidado de un enfermero militar apellidado Kalinin.
Pavlov y sus tres hombres, acompañados por Kalinin, se dirigieron a la tercera entrada del edificio. También allí encontraron a unos ciudadanos, que les indicaron que los alemanes habían evacuado esa parte de la casa desde hacía varios días. Pavlov nombró a una mujer responsable del grupo y les prometió que volvería para resolver su situación. Después regresaron al ala que los alemanes acababan de abandonar.
Los cinco rusos se pusieron a cegar las ventanas con muebles, dejando estrechas aberturas para mantener la plaza bajo el fuego de sus armas. Cuando se terminó este trabajo y se colocó un centinela en cada tronera, Pavlov se volvió hacia Kalinin, que les había ayudad a taponar los huecos, para decirle: -Camarada, ¿quieres llevar un mensaje?
Kalinin aceptó. El mensaje decía:
"Al capitán Zukov, que manda el batallón. Casa ocupada. Esperamos órdenes. 27-IX-1942. Sargento Pavlov"
(Continúa...)


















