Uno de los memoriales al Ejército Rojo más curioso está situado en Viena.
Austria fue uno de los pocos territorios ocupados por los soviéticos que Stalin consintió en abandonar al término de la Segunda Guerra Mundial. Ello no obstante, una de las condiciones que las autoridades soviéticas impusieron antes de evacuar Viena, fue la de que se erigiese un monumento al soldado soviético y que dicho monumento no fuese retirado ni demolido tras la marcha del Ejército Rojo.
Ni que decir tiene que las autoridades austriacas no pusieron ningún impedimento en acceder a esa condición y erigieron el siguiente monumento.
Sin embargo, en cuanto el último soldado soviético abandonó Austria comenzaron a surgir voces de protesta entre la ciudadanía y la clase política contra la imposición de un monumento que, en el fondo, glorificaba a un Ejército invasor y comunista.
Por ello y con el fin de no desairar a las autoridades soviéticas incumpliendo la condición impuesta en su día, el Ayuntamiento de Viena ideó una "trampa" que consistía en mantener la estatua en su sitio, pero haciéndola prácticamente invisible durante la mayor parte del día. Para ello, situaron delante del monumento una enorme fuente que impide prácticamente toda visión del Memorial:
