Una red de seguridad para los aviadores en apuros.
La idea de caer en el océano Pacífico occidental, grande y vacío, carcomía la moral de la tripulación de los B-29. Era un terror fundado: de los 264 aviadores muertos durante los dos primeros meses de bombardeo procedentes de las Marianas, más de la mitad se perdieron en el mar.
La respuesta del mando norteamericano fue establecer una línea de unidades de búsqueda y rescate a lo largo de la ruta de 2.414 kilómetros a Japón. A partir del mes de Noviembre de 1944, cada vez que había un raid programado, los destructores y submarinos se apostaban, a intervalos, a lo largo de la ruta y los aviones de largo recorrido patrullaban las zonas intermedias. Las reuniones informativas anteriores al ataque ahora incluían la ubicación de las unidades de rescate. En caso de emergencia, se instruía a los pilotos que descendieran (si podían) lo más cerca posible de estas naves “salvavidas”.
No era fácil. Los vientos fuertes, las lluvias tormentosas y la visibilidad baja eran elementos muy comunes en el mal llamado Pacífico; incluso un aterrizaje controlado (amerizaje forzoso) significaba golpear el mar con una máquina de 65 toneladas y que, con toda probabilidad, ésta se partiera en cuestión de minutos. Además, la operación de rescate requería un grado de trabajo en equipo entre los mandos independientes que no se conseguía en un día. Los aviones de búsqueda pertenecían a las Fuerzas Aéreas del Ejército y a la Marina; los destructores de rescate recibían órdenes de un mando y los submarinos de otro. Se tardó meses en establecer una frecuencia de radio de rescate común.
No obstante, después de un comienzo irregular, el sistema de rescate empezó a funcionar de maravilla. Las tripulaciones de los aviones de rescate, que escudriñaban el mar hasta 14 horas al día, aprendieron a identificar el punto que representaba un bote de rescate o los restos de un avión. Las señales de radio se transmitían rápidamente a través de un control central en Saipan y los barcos y submarinos se acostumbraron al riesgo de responder en aguas infestadas de enemigos, incluso en el mar del Japón. En la primavera y verano de 1945, un aviador que cayera en el “terrible” Pacífico tenía una posibilidad de 3 a 5 de ser rescatado.
Un bote salvavidas con motor, que los hombres pueden lanzar al agua con un paracaídas, cuelga de la parte inferior de un B-17 que ha sido modificado para realizar tareas de rescate.
Mirando hacia atrás, con la cabeza sujeta y las rodillas flexionadas, un navegante muestra la posición correcta para reducir las posibilidades de lesión durante un amerizaje forzoso.
Los "dumbos" que todos adoraban.
Si un avión en apuros amerizaba cerca de un barco de rescate, la tripulación tenía muchas posibilidades de sobrevivir. El panorama era más negro para aquellos que caían entre dos puestos de rescate. Un bote salvavidas de tamaño diminuto y a la deriva en una zona de miles de kilómetros cuadrados podía pasar fácilmente desapercibido en la operación de rescate aéreo.
La dificultad todavía era mayor debido a la escasez de aviones adecuados para el servicio de búsqueda y rescate. La Marina proporcionó los PBY Catalina y los PBM Mariner, barcos voladores de salvamento y que eran llamados “Dumbos” en memoria del elefante de la película de Walt Disney. Pero los Dumbos no tenían el alcance y armamento necesarios para patrullar cerca de Japón, donde caían la mayoría de los aviones. Las Fuerzas Aéreas del Ejército asignaron algunos B-17 para el servicio de patrulla y, cuando hubo más B-29 disponibles, algunos fueron equipados con botes salvavidas que podían lanzarse al agua además de otros equipos de salvamento. Eran llamados Super Dumbos y tenían la potencia y poder necesarios para defenderse; también alejaban a los barcos y aviones enemigos que intentaban atacar los barcos de rescate o a los hombres indefensos en el agua.
Visto desde un PBY de la Marina, la tripulación de 11 hombres de un B-29 se apiña en botes salvavidas el 14 de diciembre de 1944. El humo que sale a la derecha del avión que todavía flota procede de un marcador lanzado para ayudar al barco de rescate a encontrar el lugar.
Desde el morro de un B-17 en servicio de rescate, un aviador explora el mar en busca de un reflejo, un poco de humo o el resto de un avión que marque la ubicación de un avión caído o de los supervivientes.
Volando bajo, un PBM lanza un paquete e emergencia para mantener con vida a los supervivientes de un amerizaje hasta que un submarino o destructor acuda a su rescate. Estos paquetes solían contener un bote autohinchable, un equipo de primeros auxilios y comida.
Una visión agradable en aguas enemigas.
Docenas de destructores y submarinos norteamericanos compartieron el servicio tedioso y arriesgado de formar puestos de salvamento en la costa de Japón. Durante mucho tiempo, los aviadores preferían los barcos a los submarinos como vehículos de rescate, pues nunca sabían si los submarinos se encontraban cerca cuando los necesitaban. Antes de amerizar cerca de la supuesta ubicación de un submarino, los pilotos normalmente se arriesgaban a llegar a casa de cualquier forma con el avión dañado.
El teniente Frank Ayres no pudo escoger. Cuando, el 23 de Junio de 1945, el ala de su P-51 recibió los disparos de la artillería antiaérea en Tokio, mantuvo el avión en el aire el tiempo suficiente como para alejarse de la costa japonesa. Ayres envió por radio un mensaje de socorro y abandonó el avión. En el momento que golpeó el agua, se acercó a él el submarino de los Estados Unidos “Tigrone”. Antes de que el piloto tuviera tiempo de desprenderse del paracaídas y subir al bote salvavidas, estaba a salvo en la cubierta del submarino.
Desde Enero hasta Abril de 1945, los submarinos rescataron a 133 aviadores. Al acelerarse el ritmo de la guerra en el aire, los aviadores aprendieron (a veces en repetidas experiencias) a depender de los submarinos. En los tres últimos meses de la guerra, los submarinos casi doblaron el número de personas rescatadas a 247.
La tripulación de un destructor sale a dar la bienvenida a los supervivientes de un B-29 que se acercan en botes salvavidas unidos por cuerdas. Los barcos de rescate alcanzaban cualquier punto de la ruta de los B-29 en el plazo de tres horas.
En Junio de 1945, emerge en el mar de la China Oriental el USS Sea Devil, todo un "regalo de los dioses" para el bote lleno de aviadores. El Sea Devil rescató a un total de 15 aviadores durante los últimos meses de la guerra.
Un miembro de la tripulación del submarino visita a a un aviador herdio que descansa en la litera de un marinero. Los submarinos no contaban con médicos, pero había farmacéuticos que proporcionaban el tratamiento médico básico.
Aviadores rescatados, algunos de los cuales todavía llevan los chalecos salvavidas, se reúnen en la cubierta del USS Tigrone.
Fuente:
Segunda Guerra Mundial. Bombarderos sobre Japón. Time Life Folio. Páginas 118 a 125.