Mensaje
por homer5275 » Sab Jun 20, 2009 12:01 pm
Hola a todos
Seguimos con la historia….
Lo contado anteriormente dejo un amargo regusto en el estamento militar y en la opinión publica americana de humillación, de modo que, cuando las tropas de MacArthur regresaron a Luzón en enero de 1945, para muchos de ellos la reconquista de Corregidor tenia un significado mucho mas profundo que las consideraciones puramente militares de abrir la bahía de Manila a la flota aliada. La planificación de esa operación, ya había ocupado durante algún tiempo al estado mayor del Sexto Ejercito del General Krueger. Habiendo llegado a la conclusión de que el coste de un desembarco anfibio convencional seria prohibitivo, optaron por un asalto aerotransportado, que contaría con el refuerzo de tropas embarcadas. Para llegar a esta conclusión, los estrategas habían evaluado los riesgos sobre la base de que la guarnición japonesa de la Roca no superaba los 850 efectivos; en realidad la cifra correcta superaba los 5.000 bajo el mando del Capitán del la Armada Imperial Akira Itagaki. Curiosamente Itagaki había sido advertido por Tokio de que se preparase para un asalto aerotransportado, aunque en 1942 los propios japoneses habían considerado que esa idea era demasiado arriesgada. Itagaki considero que la isla era demasiado pequeña y el terreno muy abrupto como para tomar en serio dicha posibilidad, por lo que decidió ignorar tal advertencia y se dedico a fortalecer las defensas costeras.
Las fuerzas destacadas para esta operación estaban integradas por el 503º Regimiento de Infantería Paracaidista, el 3º Batallón del 34º Regimiento de Infantería, el 462º Batallón de Artillería Paracaidista, una compañía perteneciente al Batallón de Ingenieros Paracaidistas y unidades de apoyo. Mandaba esta fuerza el comandante en jefe del 503º Regimiento, el Coronel de 33 años George M. Jones, quien había servido con su regimiento en la campaña de Nueva Guinea.
El día D para el salto sobre Corregidor se fijo para el 16 de febrero. A Jones se le especifico claramente lo que se esperaba de sus hombres. El 6 de febrero, tomo parte en una incursión de bombardeo aéreo, para hacer un reconocimiento personal del terreno. Había escasas señales de actividad enemiga, lo que aparentemente confirmaba los cálculos del Sexto Ejercito con respecto a la fuerza japonesa, pero la única zona de lanzamiento merecedora de ese nombre era Kindley Field, que estaba cubierto por una espesa hierba. Cuando sugirió a Krueger la zona de lanzamiento, el general lo descarto de inmediato porque la pista de aviación podía ser dominada por el fuego de artillería desde el terreno elevado y, por lo tanto, ofrecía escasas ventajas respecto a un desembarco anfibio. En vista de estas consideraciones, la única alternativa era aceptar dos áreas minúsculas en la propia Topside, una zona de revista de tropas de unos 300 metros de largo por 220 de anchura y un pequeño campo de golf inclinado de 320 metros de longitud por 165 metros de ancho. Ambas zonas estaban ya marcadas por abundantes cráteres de bombas y aparecían rodeadas de matorrales, edificios en ruinas y desechos en general.
Como si las dificultades orograficas no fueran suficientes, también había que tener en cuenta el viento. Se esperaba un viento de la esta a ráfagas continuas con una velocidad de entre veinticinco y los cuarenta kilómetros por hora, con posibilidad de rachas de más intensidad. Cada avión solamente estaría sobre la zona de lanzamiento unos 6 segundos, y como el salto se efectuaría a una altura de 120 metros, se calculo que durante los 25 segundos de descenso cada paracaidista se desviaría aproximadamente unos 100 metros hacia el oeste, de modo que quedaría un margen de seguridad de unos 90 metros. Cualquier error llevaría a los paracaidistas hacia los riscos circundantes.
En consecuencia se decidió que los aviones se acercarían en dos columnas, una por cada zona de salto. Cada avión solo podría lanzar un grupo de seis paracaidistas, por lo que daría la vuelta, se colocaría al final de la cola y haría otra pasada. En total se tardaría una hora en poner en tierra unos 1.000 soldados. Después los aviones regresarían a la base y recogerían a la segunda oleada. Normalmente los encargados de la planificación tenían en cuenta un 20% de bajas en las operaciones aerotransportadas, pero en este caso, el salto más difícil y peligroso de toda la guerra, Jones estimo que el porcentaje podría subir hasta el 50% sin que los japoneses hubiesen disparado un solo tiro. El resultado podía ser o el triunfo o la tragedia, pero si los paracaidistas conseguían dominar Topside, estarían en condiciones de distraer al enemigo del desembarco anfibio, que se realizaría en la playa de Bottomside y tenia la colina Malinta como objetivo prioritario. Una vez establecida la cabeza de playa seria posible aprovisionar al 503º Regimiento por mar y evacuar a los heridos.
Fuente: Cueste lo que cueste, Bryan Peret
Un saludo