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por Medina » Sab Dic 24, 2005 1:00 am
Reproduzco a continuación un artículo del diario El Mundo, publicado el 2 de febrero de 1994, sobre la participación de Mohnke en una matanza de prisioneros de guerra británicos en 1940.
LA MATANZA DEL ULTIMO GENERAL DE HITLER.
El hombre a quién se conoce como el último general de Hitler, Wilhelm Mohnke, ha sido designado categóricamente en una investigación británica sobre crímenes de guerra como el oficial responsable de la matanza que tuvo lugar en 1940 en Wormhoudt, cerca de Dunquerque.
Mohnke -hombre de negocios jubilado que tiene 82 años y reside en Hamburgo- nunca ha sido interrogado en relación con aquella atrocidad. Según el informe, fue él quien dio la orden de fusilar a más de ochenta prisioneros de guerra de las Fuerzas Expedicionarias Británicas.
Las pruebas que lo demuestran quedaron “perfecta y claramente presentadas” por dos testigos de las SS que estaban en el batallón de Mohnke. El hallazgo se produjo hace 47 años y era conocido por los participantes en la campaña, aunque fue secreto oficial hasta el miércoles 19 de enero, fecha en que la Oficina de Archivos Públicos dio a conocer anticipadamente dos mil documentos.
Esos papeles debían permanecer ocultos hasta el año 2021. Sin embargo, el Gobierno ha ordenado que se hagan públicos para que puedan leerse mientras aún viven los supervivientes británicos de la matanza. La iniciativa se ha producido a raíz de una investigación alemana que, tras leer los documentos británicos, consideró poco concluyentes las pruebas contra Mohnke.
Tras efectuar un estudio inicial de los documentos, el diputado laborista Jeff Rooker ha manifestado que demostraban que existía una razón de “prima facie” para llevar a Mohnke ante los tribunales. ”Intentar enterrar los crímenes de guerra envía al mundo señales equivocadas. Envía señales equivocadas a la antigua Yugoslavia, a Sadam Husein...”.
Un superviviente de la matanza, Alf Tombs, que tiene 81 años y vive en Droitwich, señala: ”Mohnke ha llevado una buena vida y considero que habría que castigarlo. Es un asesino”. Otro superviviente, Bert Evans, de 73 años, considera que “seguramente tiene algo que ocultar, ya que no quiere enfrentarse a sus acusadores. Creo que las pruebas son abrumadoras”.
El pasado miércoles, Pamela Jennings, de 60 años, vio por primera vez el reconocimiento oficial del heroísmo sacrificado de su padre, el brigada Augustus Jennings, quien, cuando los alemanes lanzaron la primera granada de mano en la matanza, se arrojó sobre ella para proteger a sus compañeros. Pamela Jennings no se enteró de aquel acto de valentía hasta 1988, año en que se produjo la campaña en relación con la matanza.
“Me privaron de mi padre cuando sólo tenía 7 años. Mohnke es un viejo, pero se le debe llevar ante los tribunales para determinar si es culpable o no”, dijo Jennings en una rueda de prensa.
“Los documentos estaban ahí y estoy convencida de que no se ha hecho justicia. Este país nos lo debe. Hombres como Alf y Bert llevan cincuenta años soportándolo. Es una pesadilla”, añadió.
Mohnke, que cobra una pensión militar de 21.000 libras anuales (más de cuatro millones de pesetas), es uno de los nazis supervivientes de mayor edad. Estuvo al mando de la guardia personal de Hitler y recibió sus últimas órdenes de abandonar el búnker de Berlín.
Fue prisionero de guerra de los rusos hasta 1955 y se le creyó muerto durante la investigación británica llevada a cabo en 1947 por el teniente coronel Alexander Scotland, quien reconoció que algunos de sus testigos podían no ser fiables, pero que basó sus hallazgos contra Mohnke en el testimonio de dos oficiales de las SS, Carl Kummert y Oskar Senf.
Kummert declaró que un ayudante le había dicho que Mohnke había ordenado que “se fusilase” a los prisioneros. Senf dijo haber visto a Mohnke reprender a un sargento por traer prisioneros a la base del batallón de las SS. Posteriormente fue enviado con otros hombres de las SS para trasladar a los prisioneros. Le dijeron que había orden de fusilarlos.
Bert Evans, Charles Daley, Alf Tomb y sus compañeros tenían orden de “defender la ruta hacia Dunquerque a toda costa, hasta el último hombre y hasta la última bala”. El 28 de mayo de 1940 habían agotado ya la última bala y fue el principio de lo que califican como la “bajada al purgatorio”.
Estaban agotados, confusos y desmoralizados, como se dice en una de sus hojas de servicios del regimiento. Al final fueron alcanzados y apresados en un ataque alemán con carros de combate que tuvo lugar en las proximidades de la localidad francesa de Wormhoudt. Después, su columna de casi cien hombres, algunos de ellos heridos, fue conducida, campo a través, hasta un granero.
Alf Tombs, que ahora tiene 81 años, era el último de la columna. Cuando los prisioneros pasaban por la puerta de la granja, un oficial de las SS le dio una patada con la bota. ”Todavía me acuerdo muy claramente de él. Rostro delgado, gorra de pico, las insignias de las SS en el cuello”.
Por las fotos que ha visto, Tombs está convencido de que aquel oficial era el “Hauptstürmführer” Wilhelm Mohnke, el mando que al parecer dio la orden de no hacer prisioneros, no sólo en Wormhoudt, sino también, más adelante, en Normandía durante la invasión del Día D y en Malmedy (Bélgica) durante la ofensiva de las Ardenas.
Cuando el pasado miércoles se le preguntó hasta qué punto se sentía seguro de esa identificación, Tombs respondió, después de pensárselo: ”Hasta un cincuenta y uno por ciento”.
Este gesto de honradez complica las investigaciones sobre los crímenes de guerra. Pero otras razo-nes le llevan a considerar que fue Mohnke quien dio la orden de lo que se convirtió en la matanza de Wormhoudt.
Bert Evans, que entonces tenía 19 años, se dio cuenta por primera vez cuando el único oficial británico se quejó a un oficial de las SS de que en el granero no había espacio para acostar a sus heridos. ”Cobarde inglés, tendréis sitio de sobra donde vais a ir todos”, le gritó el miembro de las SS, quitándole el seguro a una granada de mano que arrojó contra los prisioneros. La explosión destrozó el antebrazo derecho de Evans. Su oficial le agarró del brazo izquierdo y le gritó: “Corre, que éstos no piensan hacer prisioneros”.
Salió corriendo, medio arrastrando, medio llevando a cuestas al joven de 19 años hasta sacarlo de la granja y dejarlo en un seto, tras haber atravesado un campo. Ambos intentaron esconderse metiéndose hasta la cintura en una charca. Pero un vigilante alemán los encontró, mató al oficial y alcanzó con un tiro el cuello de Evans, a quien dejó por muerto.
Evans consiguió incorporarse, pero no encontró el cadáver de su oficial. Oía tiros y gritos que llegaban desde la granja. Estuvo veinte minutos de pie en la charca, sollozando “agradecido al oficial que me había salvado y entristecido al no haber podido hacer nada por él, ni por mis compañeros”.
Cuando Charles Daley alzó las manos para rendirse durante la batalla, un oficial alemán le gritó “cerdo inglés” y le disparó atravesándole el hombro. Alf Tombs -herido en una espinilla- se reunió con él en el suelo. Dos cadáveres que cayeron sobre él le salvaron la vida.
Los alemanes formaron un pelotón de fusilamiento en la parte exterior de la granja. Colocaron a los prisioneros en grupos de cinco. Daley recuerda que su amigo Brian Fahey -que también sobreviviría- dijo: ”Acabemos ya de una vez”. Los dos se presentaron voluntarios para el segundo grupo.
Se ordenó a las víctimas que se colocaran de espaldas al pelotón. Según el libro El último general de Hitler, de Ian Sayer y Douglas Botting, que recoge testimonios de la matanza, el segundo grupo protagonizó un acto de heroísmo.
Según dice, el segundo grupo “se dio la vuelta sobre los talones en el preciso momento en que el pelotón de fusilamiento se disponía a abrir fuego, enfrentándose desafiante a sus asesinos”.
“Yo, desde luego, no hice eso. Ignoro si lo harían otros. Yo no miraba. Tenía los ojos cerrados. Estaba rezando”, recuerda Daley.
Fue herido en la espalda y en las piernas, una de las cuales tuvo que serle amputada más adelante. Comenzó a llover intensamente. Los alemanes entraron a refugiarse y empezaron a disparar indiscriminadamente. Más de ochenta hombres murieron en aquel pequeño edificio, chocando unos con otros mientras intentaban escapar de los tiros.
Cuando se marcho aquel batallón de las SS, el siguiente puñado de alemanes que entró en la localidad y descubrió a los supervivientes se mostró humanitario.
Un soldado, que había perdido a su hermano en el granero,suplicaba: ”No me disparen, por favor. A mi madre ya sólo le queda un hijo”. Un oficial alemán les dijo: ”Ya está bien, muchachos. La guerra ha terminado”.
ESPAÑA, MI NATURA.
ITALIA, MI VENTURA.
FLANDES, MI SEPULTURA.



