Mensaje
por Francis Currey » Vie Sep 07, 2007 8:11 am
EL DESEMBARCO EN KISKA
La invasión de Kiska sería el ejercicio inaugural de la Primera Fuerza de Servicio Especial, que incluía a 700 canadienses entre sus filas. Estos soldados de elite canadienses y los endurecidos guerreros americanos, muchos de estos últimos acababan de ser librados de prisiones militares, más tarde tendrían una pésima reputación durante la campaña italiana y se ganarían el nombre de “la brigada del diablo”. Fueron los primeros en desembarcar en las playas de Kiska a primera hora del 15 de agosto de 1943. Su misión era neutralizar a las tropas japonesas antes de que llegara la infantería.
Pero la sincronización en el tiempo del desembarco no se cumplió. La armada había conseguido poca información sobre las mareas, que desafortunadamente estaban en calma, y al aproximarse los barcos a la isla solo podían rozar un jardín de roca volcánica en pendiente. Los oficiales de la marina insultaban a sus camaradas a través de los megáfonos mientras los soldados intentaban bajar los botes y las redes en la abarrotada embarcación que zozobraba en los mares picados. El atasco continuó y las barcas comenzaron a ir hacia atrás. En un momento la pequeña cala escogida para el desembarco se atascó con docenas de barcas que no podían llegar a la abarrotada playa. En medio de los gritos e insultos, las barcas amerizaron de forma lenta, de una en una, en la espesa niebla, y los soldados caminaban hacia la orilla en la oscura mugre de la playa. Las tropas de montaña fueron las segundas en desembarcar. Subieron las empinadas y escarpadas pendientes desde la playa, con sus mochilas que transportaban todo su equipamiento y material de apoyo y cortaban escaleras en las rocas detrás de ellos para las tropas que les seguirían.
Era un típico día aleutiano, la niebla era como una densa crema de guisantes que cubría la isla, salpicada solo por rachas de fríos vientos y una fuerte lluvia. A pesar del mal tiempo, los soldados no pudieron montar sus tiendas y refugios esa primera noche debido al continuo movimiento de sus posiciones, mientras exploraban huecos en busca de los batallones desaparecidos que no saldrían hasta el día siguiente. Algunos soldados se las arreglaron para cavar en madrigueras poco profundas en la roca azotada por el viento y en la retorcida tundra, pero estos lugares ofrecían poca protección frente al frío. Con la caída de la noche vino más lluvia y una congelada manta de espesa niebla. Se oyeron disparos y los soldados se lanzaron a las madrigueras llenas de agua. Se estremecían en la noche consumidos por el miedo mientras las descargas estallaban violentamente a su alrededor, escuchando los disparos y el inevitable contraataque. Pasaron silbando balas trazadoras sobre sus cabezas, las ametralladoras sonaban constantemente y un agudo fuego de artillería estallaba desde la niebla. Las bombas de los buques de apoyo explotaban sin cesar en la distancia, y a veces demasiado cerca.
Mientras salía el sol y las tropas escalaban hacia posiciones más altas, el tiempo no mejoró. La niebla aún era espesa y los vientos no cesaban; la visibilidad cambiaba de total ceguera a borrosa confusión e imágenes vacilando como reflejos en el agua. Las voces hacían eco y se extinguían y surgían de nuevo. El viento incesante se llevaba las órdenes y las advertencias para devolverlas en forma de susurros y vagos rumores de formas con cascos y rasgos orientales pasando fugazmente a través de la niebla, y los siempre sin confirmar intercambios de fuego. Los veteranos de la campaña aleutiana se refieren a las condiciones causadas por el tiempo local como la “Óptica Aleutiana”, refiriéndose a las extrañas ilusiones ópticas creadas por la espesa niebla y los constantes vientos. Pilas de rocas volcánicas y soldados enemigos armados se agitaban y murmuraban en la niebla, sin poder distinguir a unos de otros.
Los soldados veteranos que habían presenciado la matanza de Attu conocían bien a su enemigo, y el asalto de Kiska les era familiar de una forma extraña. Esta vez los desembarcos en la playa sin oposición no pudieron atraerles a ningún falso sentido de autocomplacencia. El sepulcral silencio del enemigo invisible solo era un truco para atraer a los descuidados soldados desde las playas hasta tierras más altas y presentarse de repente para una fácil masacre. Los soldados japoneses acechaban en cada oscura cueva y detrás de cada roca, preparados como serpientes de cascabel en sus huecos fortificados, listos para luchar a muerte. Muchos soldados nuevos en la batalla, conscientes de la sangrienta lucha que había tenido lugar solo hacía un mes en Attu, intentaron por todos los medios no gastar munición en la niebla, ellos sabían que los japoneses estaban esperándoles en algún sitio.
La encarnizada Batalla de Kiska se prolongó durante dos días en que los nervios estaban destrozados mientras los soldados aliados ganaban terreno lenta y torpemente en el difícil terreno montañoso. La comunicación por radio era pobre, los mapas imprecisos y los jefes de las compañías no estaban seguros de cómo actuar mientras el enemigo continuaba su retirada impasible. Los mensajeros circulaban entre las secciones con las muertes, los heridos y los búnkeres enemigos abandonados que habían sido encontrados más adelante, con la comida y el té aún calientes en las mesas. Los exhaustos soldados se metieron lo más profundo que pudieron en sus trincheras llenas de agua por la noche. Pero no podían dormir del propio cansancio: algunos soldados americanos que habían bajado la guardia en Attu habían sido encontrados muertos de heridas de bayoneta en sus sacos de dormir.
Cuando la lucha terminó (17 de agosto de 1943), las extenuadas tropas aliadas salieron de sus frías y húmedas madrigueras, aturdidos y mojados, para mirar a su alrededor y contar el número de muertos. Tal y como Tokio Rose les había advertido, habían ido allí para encontrarse con una terrible sorpresa. Había 28 soldados americanos muertos, cuatro canadienses muertos y unos 50 soldados aliados heridos. No había japoneses. Los americanos y los canadienses se habían estado disparando entre ellos.
Continuara ...