La Historia como relato

Dudas e interrogantes sobre la Segunda Guerra Mundial

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La Historia como relato

Mensaje por José Luis » Mié Sep 09, 2026 8:07 am

¡Hola a todos!

La RAE define la palabra “relato” en su tercera acepción como “Reconstrucción discursiva de ciertos acontecimientos interpretados en favor de una ideología o de un movimiento político”.

En el sentido de esa acepción: ¿Es la Historia, en general, un relato? Y en particular: ¿Es la historia de la IIGM un relato o una sucesión de relatos?

Me gustaría conocer la opinión, argumentada, de los compañeros de foro que quieran participar en este hilo.

¿Qué opinión tengo yo al respecto? Básicamente y en términos generales, yo sostengo que la historia de la IIGM, como la de tantas otras guerras, es esencialmente un relato o sucesión de relatos de quienes las construyen y escriben, que no son sólo los historiadores. Hay excepciones, por supuesto. Y hay rectificaciones, también (Historiografía). Pero las posiciones dominantes, en cada momento, tienden a revestir de ideología lo que, al desnudo, no es más que una lucha de poder, de conquista, de rapiña de recursos estratégicos; en suma, una cuestión de lo que hoy algunos llaman geopolítica, y otros llamamos colonialismo/imperialismo. En dicha lucha, armada o no, los relatos consisten en justificar o explicar los conflictos en base a unos principios que, en realidad, nada tienen que ver con la realidad, o, en el mejor de los casos, juegan un papel totalmente secundario. Pondré algunos ejemplos.

Cuando se presenta la historia de la IIGM como la lucha de las democracias contra las tiranías, de la libertad contra la opresión, de la justicia contra el crimen, se está haciendo pura y llanamente un relato en el sentido arriba dicho. No fue la democracia ni la libertad (o cualquier otro noble principio) lo que llevó a Francia y Gran Bretaña, en primer lugar, a declarar la guerra a Alemania en 1939. Si realmente la democracia o la libertad constituyesen el eje central de la acción política y diplomática de esas dos potencias democráticas, entonces cabría esperar que mucho antes de que Alemania estuviese en condiciones de invadir militarmente Polonia, los gobiernos de Francia y Gran Bretaña se hubieran esforzado por neutralizar al régimen nazi, desde su misma llegada al poder en 1933. No fue esto lo que sucedió, sino más bien al contrario. Hubo por parte de los diferentes gobiernos de esas dos potencias una política de connivencia y hasta colaboración con el gobierno de la Alemania nazi. Tampoco fueron la democracia y la libertad, sino más bien lo contrario, lo que llevó a esas dos potencias a trabajar en contra de la II República Española durante la Guerra Civil Española, dejando el destino de la democracia española en manos de las intervenciones del fascismo alemán e italiano en dicha guerra civil. Como tampoco fue la defensa de esos nobles conceptos el factor decisivo que llevó a la infamia y desvergüenza de los Acuerdos de Munich de 1938, que vendieron Checoslovaquia al régimen nazi. Fue todo lo contrario, una colaboración con el régimen nazi, alegando como pretexto el mantener la paz y evitar una guerra que ya entonces era inevitable, dado el curso de los acontecimientos políticos en política exterior de los años previos.

Además: ¿Cómo iban a defender realmente valores democráticos y de libertad en política exterior unas potencias que habían hecho todo lo contrario para construir sus respectivos imperios? En el periodo de entreguerras (1919-1939), Gran Bretaña controlaba el imperio más grande del mundo que se extendía sobre más de 95 millones y medio de km2 de territorio y unos 530 millones de habitantes (lo que representaba casi el 30% de la población mundial en 1930, poco más de 2.000 millones de habitantes). El imperio francés se extendía por África, Oriente Medio e Indochina, con una población combinada de unos 113 millones de personas.

Tras el final de la IGM y el desmoronamiento de los imperios centrales, los territorios árabes del derrotado imperio otomano fueron divididos por Gran Bretaña y Francia. Los británicos asumieron el control de Palestina e Irak; los franceses el de Siria y Líbano. A medida que las fuerzas británicas y francesas marchaban sobre Jerusalén, Baghdad, Damasco y Beirut, exterminaron toda forma de resistencia nacionalista entre las poblaciones locales. Asesinaron a sus líderes, pero no pudieron acabar con las raíces del nacionalismo que estaban bien plantadas en el mundo árabe, y de las cuales brotaron las rebeliones que se sucedieron en los años siguientes en pos de su independencia.

Toda África y la mayor parte de Asia (a excepción de Japón y la República de China, principalmente) estaban colonizadas por los imperios europeos (Gran Bretaña, Francia y Países Bajos). Una colonia significaba que el territorio y sus habitantes nativos eran administrados directamente por el gobierno del país colonizador, el cual imponía sus instituciones y sus funcionarios, mano de obra esclava, explotación de sus recursos naturales, y muy a menudo su cultura y su religión. Esta práctica criminal se remontaba a los imperios de la antigüedad clásica (babilonio, egipcio, persa, romano, etc.), y fue una constante durante toda la Historia, incluida la actualidad (si bien ahora con medios más sofisticados). El descubrimiento del continente americano a finales del siglo XV fue fundamentalmente eso: conquista de territorios, exterminio y/o sometimiento y explotación de sus poblaciones nativas y sus recursos naturales. Todo el continente americano actual es heredero de la colonización criminal, del imperialismo europeo.

No quiero extenderme más, de momento. Estos ejemplos sirven como contexto general del factor dominante que existía en la política exterior del periodo de entreguerras: colonialismo e imperialismo. Las grandes potencias (Gran Bretaña, Francia y USA) querían mantener o ampliar sus imperios; las potencias derrotadas o malparadas en la guerra (Alemania, Italia y Japón, principalmente) querían recuperarlos, crearlos o expandirlos. Y una última cuestión: para poder llevar a cabo esas guerras, cada potencia involucrada tenía que convencer o persuadir previamente a su sociedad para ganarse su apoyo mayoritario. Siendo más exacto, cada establishment de cada potencia (clases gobernantes y dominantes) tenía que convencer a la mayoría de sus gobernados y clases dominadas. Bien, también lo hicieron mediante el relato.

¿Alguien se anima a dar su opinión sobre este asunto? Yo sólo he hecho una aproximación a él; hay muchas más. ¿Las exponemos?

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Re: La Historia como relato

Mensaje por José Luis » Jue Sep 10, 2026 9:40 am

Veamos otro ejemplo de “historia como relato”, esta vez salido de la IGM, durante su transcurso y posguerra. Tiene que ver con la Revolución Rusa de 1917 y la Guerra Civil Rusa en que devino la anterior. Y su resultado e implicaciones. Aunque a primera vista pudiera parecer que no guarda relación con los acontecimientos posteriores que desembocaron en la IIGM, la realidad es bien distinta.

Es bien sabido (o debiera serlo) que la IGM, como otras guerras antes y después, fue una guerra imperialista. Con ello quiero significar que las causas que llevaron a la guerra no tuvieron nada que ver con los nobles principios que he citado más arriba ni con la mejora de las condiciones de vida de la gente corriente y moliente. Es más, fue una guerra totalmente contraria a los intereses generales de las clases trabajadoras organizadas (principalmente en sindicatos laborales y partidos políticos de naturaleza socialista). En cambio, esa guerra fue el resultado final de la confrontación política y diplomática de los intereses conflictivos de las élites de poder entre unos estados y otros, cuyo telón de fondo giraba en torno al desafío al statu quo del imperialismo existente. Sin embargo, la propaganda estatal, el relato, ganó de inicio el apoyo mayoritario de las sociedades (incluido el de todos los partidos socialistas europeos) necesario para poner a los estados involucrados en la lucha imperialista en pie de guerra. Una propaganda basada en pasiones desatadas de un nacionalismo y patriotismo espurios.

Una vez iniciada la guerra, no duró mucho tiempo el entusiasmo popular que la apoyó inicialmente. Tan pronto los estragos de la guerra comenzaron a materializarse en todos los ámbitos de la sociedad, tan pronto como empezaron a generalizarse las carencias materiales para vivir, a aumentar la cifra de los muertos, los heridos y los mutilados en una guerra devastadora que parecía no tener fin, entonces comenzaron las revoluciones. La primera de ellas y la más importante por su trascendencia y repercusión en el resto de Europa (y del mundo) fue la Revolución Rusa de febrero de 1917, la primera y la única revolución que triunfó transformando radicalmente los resortes del poder. La Rusia Zarista, una autocracia terrible que representó muy bien esa condenada opresión de una minoría muy minoritaria ejercida sobre el resto de la población, dejó de existir, y el poder, tras la revolución bolchevique de octubre, pasó a las manos de quienes hasta entonces lo venían sufriendo sobre sus espaldas por generaciones.

Inicialmente, los líderes políticos de las democracias liberales de la Entente aplaudieron la revolución porque significaba (así lo veían) el inicio de una transición de Rusia hacia una economía de mercado libre. No se alegraban por el final de un régimen político que oprimía, explotaba, encarcelaba y asesinaba a los ciudadanos que luchaban por la libertad (ya desde la clandestinidad, ya en abierto como en la Revolución de 1905), sino por las ventajas económicas que suponía la supuesta conversión al capitalismo de un país inmenso lleno de posibilidades para los grandes negocios del capitalismo. Así que, más allá de un cierto temor en los aledaños del poder, los líderes políticos de las tres grandes potencias de la Entente (USA, Gran Bretaña y Francia) saludaron encantados la revolución rusa y la caída del régimen zarista.

Este fervor inicial capitalista comenzó a evaporarse en octubre, cuando los bolcheviques se hicieron con el poder político (que hasta entonces venía detentando un gobierno provisional que venía asumiendo los objetivos de la Entente, esto es mantener a Rusia en la guerra contra las Potencias Centrales), y denunciaron como ilegítima la deuda zarista con las potencias de la Entente (que no pagarían), nacionalizaron todas las inversiones extranjeras en Rusia, y declararon como primer objetivo sacar a Rusia de la guerra (que era lo que pedía a gritos el grueso de la población rusa: paz y pan). Todo esto alarmó en sumo grado a las potencias de la Entente (pues venía a representar un desafío serio a los dogmas e intereses del capitalismo), pero sus líderes se contuvieron con la esperanza de que los bolcheviques mantuvieran a Rusia en la guerra, pese a su declaración en contra. La Entente hizo todo cuanto pudo (en el terreno diplomático y político) para mantener a Rusia en la guerra, pero el gobierno bolchevique (con cierta división entre sus miembros) aceptó y firmó finalmente (diciembre de 1917 y febrero de 1918) unos tratados de paz con las Potencias Centrales que ponían un fin formal a la participación de la nueva Rusia Soviética en la guerra (mientras continuaba con su guerra civil). Y esa fue la gota que colmó el vaso de la paciencia de la Entente, tras lo cual inició la ayuda y colaboración con los reaccionarios rusos (Blancos) para derrocar a los bolcheviques (Rojos), mientras continuaba a su vez la guerra contra las Potencias Centrales.

Finalmente, las fuerzas bolcheviques derrotaron a las fuerzas reaccionarias y a los contingentes militares enviados por la Entente. Y ahí, en ese momento preciso y no en 1947 como cuenta la “historia como relato”, comenzó realmente la “guerra fría” entre el capitalismo y el comunismo. La Revolución Rusa comenzó en febrero de 1917 y no culminó (de por medio la revolución de octubre, la guerra civil y la guerra con Polonia) hasta junio de 1923, años después del final de la Gran Guerra a finales de 1918.

En esta “guerra fría” entre el capitalismo y el comunismo, las potencias capitalistas intentaron aislar (en el ámbito político y diplomático, y en el ámbito económico) a la Rusia Soviética y someterla como un estado paria. La propaganda capitalista contra el comunismo soviético no cesó hasta 1941 (cuando Gran Bretaña y Estados Unidos firmaron la llamada Gran Alianza con la URSS contra Alemania y sus aliados). De la otra parte, en la órbita bolchevique alumbró también el fervor de extender la revolución comunista a otros países europeos (y no europeos), una frenética esperanza que se desvaneció finalmente en 1923, aunque siguió operando en la propaganda capitalista como una amenaza real, ya desde la Rusia bolchevique, ya desde las fuerzas socialistas y comunistas dentro de los regímenes capitalistas.

¿Cómo siguió esta “guerra fría” entre las potencias capitalistas y la Rusia comunista? Bastantes años antes de que comenzara la Segunda Guerra Mundial en 1939, el gobierno soviético consiguió establecer finalmente (a partir de 1926) relaciones comerciales con las potencias capitalistas, relaciones comerciales que abrieron las puertas para que las potencias capitalistas, unas después de otras, reconocieran finalmente el nuevo estado de la Unión de Repúblicas Socialistas, y establecieran relaciones diplomáticas formales con la apertura de embajadas y consulados entre sí. La “camisa de fuerza” que las potencias victoriosas de la Entente pretendieron imponer a los dos grandes “estados parias” salidos de la guerra (Unión Soviética y Alemania) se rompió por la vía del capital (negocios) tras la amenaza desafiante del Pacto de Rapalo ruso-germano de 1922. Como en tantas ocasiones, antes y después, los intereses del capital se imponen siempre a cualquier obstáculo político o ideológico, casi siempre al margen de los intereses del común de las sociedades. Los comunistas rusos, que debían reconstruir un inmenso país hecho ruinas por las guerras y muy rezagado en la modernización, utilizaron y aprovecharon en pos de ello el insaciable apetito capitalista.

Las cosas, en su esencia, no cambiaron sustancialmente entre las mayorías sociales del mundo capitalista y de la Rusia Soviética. En esta última se produjeron poco a poco grandes avances sociales y económicos (especialmente si los consideramos en comparación con el estado de la cuestión en la Rusia zarista), pero el gran sueño del proletariado socialista se vio muy pronto truncado por la lucha intestina por el poder político. En este sentido, la fase que debía ser de la dictadura del proletariado acabó convirtiéndose en la dictadura del Partido Comunista. Los bolcheviques en el poder acabaron convirtiéndose en aquello contra lo que habían luchado, y la Rusia Soviética se convirtió en una dictadura comunista, donde el hecho central siguió siendo el clásico: una minoría privilegiada desde el poder del Estado oprimiendo, reprimiendo, encarcelando y asesinando a millones de entre su población.

¿Y el contexto general?

La Gran Guerra de 1914-1918 acabó rompiendo en pedazos los imperios de las Potencias Centrales en Europa y Oriente Próximo. Los imperios alemán, austro-húngaro y otomano quedaron desmembrados y sus territorios divididos para formar una serie de nuevos estados independientes y mandatos de la Sociedad de las Naciones. Aunque Alemania sobrevivió como nación, fue desposeída de sus colonias en ultramar y grandes partes de su territorio en el este y el oeste de la nación. Rusia perdió un 40 por ciento de su población y una cuarta parte de su territorio, fruto de los tratados de paz ya citados antes con las Potencias Centrales antes de acabar la guerra. De este caos de los imperios desmembrados surgieron 6 nuevos estados (Finlandia, Estonia, Letonia, Lituania, Polonia, Checoslovaquia); 4 antiguos reformados (Alemania, Austria, Hungría y Turquía), y 5 mandatos de la Sociedad de las Naciones (Palestina, Transjordania, Siria, Líbano e Irak). No surgieron sin violencia: en los cinco años que siguieron al final de la guerra, más de 4 millones de personas fueron asesinadas en guerras civiles o conflictos étnicos dentro de sus territorios. Muchos millones más se convirtieron en refugiados tras escapar durante la guerra de los ejércitos enemigos, o fueron desplazados a la fuerza, víctimas de una salvaje limpieza étnica propiciada por el colapso de los imperios. Si ya la guerra había causado en sí mismo más de 40 millones de bajas, entre muertos y heridos en el frente (militares) y la retaguardia (civiles), las revoluciones, las guerras civiles y los conflictos étnicos que siguieron produjeron un panorama dantesco en buena parte de Europa. Un cuadro terrible donde la inmensa mayoría de las víctimas procedían de las clases trabajadoras y dominadas, mientras que había una minoría muy minoritaria que se había llenado los bolsillos de oro y poder: las clases dominantes. Y que aumentarían todavía más su riqueza con la reconstrucción de lo que la guerra había devastado. Esta era la realidad subyacente tras los horrores de la guerra.

El “nuevo orden” que salió de la muerte y la devastación de esta guerra se erigió de nuevo y con más violencia sobre los cimientos del imperio, el colonialismo, el racismo y la explotación laboral. Un “nuevo orden” mundial que ayudó finalmente a que se establecieran una serie de gobiernos de extrema derecha (fascistas) con la firme intención de convertir a sus países (o recuperarlos) en nuevas potencias imperialistas. Ya no sólo era cuestión de explotar la mano de obra y la riqueza en sus propios países, sino de someter territorios de ultramar para explotar y subyugar en ellos lo mismo que en casa. Las nuevas democracias (todas ellas repúblicas) que se establecieron en los nuevos estados salidos del colapso de los imperios derrotados en la guerra, y también en sus viejos estados, muy pronto fueron destruidas por fuerzas fascistas que establecieron dictaduras de corte militar. La “nueva” Europa, y con ella el mundo, caminaba hacia una nueva guerra imperialista y racista de dimensiones desconocidas hasta entonces.

En los primeros meses de 1918 las fuerzas comunistas y anticomunistas combatieron en una terrible guerra civil en Finlandia que acabó con las vidas de 36.000 personas. Hacia el sur y a lo largo de los nuevos estados bálticos (Estonia, Letonia y Lituania), los mercenarios alemanes (muchos de ellos veteranos de la guerra) expoliaron pueblos y ciudades, masacraron a sus civiles y violaron a sus mujeres. Entre 1919 y 1920 las milicias húngaras en Budapest, en su lucha contra el régimen comunista, masacraron a unos 5.000 sospechosos de ser izquierdistas. Situaciones similares se extendieron por toda la Europa central y oriental. Se estima que hubo 29 transferencias violentas de poder hasta 1920 y unos 4 millones de víctimas mortales (una cantidad superior a la cifra combinada de muertes sufridas por Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos durante la guerra). Por su parte, la Revolución Rusa y su guerra civil y su guerra con Polonia causaron la muerte de unos 3 millones de rusos entre 1917 y 1923, más otros 2 millones víctimas de la hambruna entre 1921 y 1922. Finalmente, Estados Unidos se había convertido en 1919 en el mayor imperio del mundo, no en tierras pero sí en los ámbitos comercial y financiero. Era el gran acreedor a quien todo el mundo (incluidos los imperios europeos) debían dinero. Y en los años siguientes ampliaría ese imperio invisible dando forma territorial a sus ganancias o dominios, saliendo de la Segunda Guerra Mundial como el mayor imperio del planeta.

Todo esto que cuento es en sí mismo un relato, el mío. Dista mucho de ser original, ni de pretenderlo. Pero creo que desnuda los relatos falsos, sesgados, parciales o deliberadamente incompletos que tan a menudo han construido las “propagandas oficiales” y quienes las han difundido y defendido, también desde la disciplina histórica, a conveniencia de intereses ideológicos y políticos de cada momento, tanto dentro del capitalismo como el comunismo de esa época (que continúa por otras vertientes en la actual). Básicamente, hay ciertas realidades que han permanecido esencialmente inalteradas en la historia de la humanidad, pese a los progresos habidos en diferentes ámbitos de la misma. La guerra es una de ellas, una constante histórica que no surge como un fenómeno meteorológico o una catástrofe natural. En su abrumadora mayoría, las guerras son el resultado final de la confrontación de los insaciables apetitos de poder de unas minorías elitistas que condenan a la destrucción las vidas y los bienes de unas mayorías sociales. Enfrentar a estas mayorías sociales entre sí para ganarlas para la causa de la élites de poder es el objetivo del “relato oficial”, ya sea para ir a la guerra, ya sea después para justificarla. Voy a concluir con una perogrullada: si las guerras tuvieran que combatirlas en los fretes de batalla únicamente quienes las preparan, las provocan y las declaran, tened por seguro que que no habría guerras tal como las conocemos.

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Juan M. Parada C.
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Re: La Historia como relato

Mensaje por Juan M. Parada C. » Vie Sep 11, 2026 4:14 pm

Totalmente de acuerdo con lo anteriormente anunciado sobre el papel del relato que ha tenido en el desarrollo de los acontecimientos de la historia en sacudir al mundo , mi honorable amigo. Por condicionar así a las masas en su respectivos roles deben tener ante estos supuestos llamados que las circunstancias del momento demandan.
Prueba de ello, si vale la siguiente cita, se evidencia lo que Hitler diría una vez al respecto, como fue:

"El juego del rol es una construcción colectiva del relato".

Siendo de esta forma crucial las distintas maneras de motivar al público interesado en estos menesteres, que la propaganda se enfila en captar a plenitud. De ahí que siempre he tenido mucho recelo con los discursos de los políticos,al pretender ser unos herederos de un pasado glorioso en querer de nuevo renacer, cuando buscan el favor de sus electores y temer de esta forma una suerte de nueva reedición de esta clase de errores de nunca acabar.

Saludos y bendiciones por siempre.
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Re: La Historia como relato

Mensaje por motorsalva » Mar Sep 15, 2026 8:05 pm

Hola!
Siempre es interesante leer las intervenciones de José Luis.

Entonces ¿En qué podríamos diferenciar el relato de la propaganda pura y dura?
"Ese cabrón de Halsey -escupió- nos ha dejado con el culo al aire". Clifton Sprague, comandante de Taffy 3 en la batalla del Golfo de Leyte

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Re: La Historia como relato

Mensaje por José Luis » Mié Sep 16, 2026 8:51 am

¡Hola a todos!
motorsalva escribió: Entonces ¿En qué podríamos diferenciar el relato de la propaganda pura y dura?
La “propaganda pura y dura”, como tú la llamas, es siempre una recreación interesada de los hechos históricos, de sus causas y de sus consecuencias. Y en la mayoría de las ocasiones constituye un discurso muy tergiversado, incluso falsificado, de la historia de que se trate. Es propia de los regímenes políticos totalitarios, donde toda crítica al discurso oficial, de haberla, es censurada y castigada, pero también es común a los regímenes políticos pluralistas, donde la censura se ejerce por medios más sofisticados, pero igual de eficaces.

El relato, en el significado que yo he presentado al inicio de este hilo, constituye en principio una narrativa que respeta los hechos históricos, pero los explica o los interpreta de forma sesgada o a conveniencia de una agenda política o ideológica propia. Esto en el mejor de los casos, porque hay otros donde es difícil distinguir el relato de la mera propaganda.

Los orígenes, causas, desarrollo y consecuencias de la IIGM constituyen un paradigma de lo que he dicho. Si en este sentido hago una valoración de toda la bibliografía que he leído o consultado a lo largo de mi vida al respecto, tengo que concluir que el 95% de la misma cae en una de estos dos discursos: relato o propaganda. Si la desgloso por la época de su publicación, el porcentaje varía sustancialmente, especialmente a partir de la década de 1970 (en algunas cuestiones) y de la de 1980 (en casi todas las demás). A partir de esas épocas, la producción literaria académica presenta unas narrativas que, por lo general, escapan del relato o la propaganda, gracias sobre todo a un mayor acceso a material de archivo que con anterioridad era inaccesible, al final de la opresiva Guerra Fría y a la disolución del imperio soviético. En su conjunto constituye una refutación o una revisión radical de muchos asuntos que hasta la fecha se daban por sentados, a la vez que se sacan a la luz cuestiones que antes habían quedado ocultas o tapadas por mor precisamente de la propaganda ideológica o el silencio a voluntad, o bien se hacen nuevas aproximaciones históricas que contradicen o matizan las anteriores. En todos los campos: historia militar, política, diplomática, social, cultural y memoria. Pero no faltan en esta ingente producción académica nuevas recreaciones históricas, especialmente en los países que consiguieron su independencia de la extinta Unión Soviética, marcadas en muchos casos por objetivos nacionalistas que tergiversan y/o falsifican sus propias historias de la guerra. Incluida, por supuesto, la nueva Rusia. En todos estos casos prima el sesgo ideológico.

Algunos ejemplos (hay muchísimos). La época de entreguerras viene marcada, en gran medida, por la confrontación ideológica entre capitalismo y comunismo (es difícil encontrar una narrativa histórica de la época que escape de estas dos influencias). El antifascismo fue inexistente durante el periodo de entreguerras (en los países donde se instaló el fascismo, la resistencia u oposición fue eliminada de raíz desde el principio), y cuando surgió (especialmente a partir de 1944) fue con carácter general una lucha organizada y llevada a cabo por grupos y movimientos comunistas de los países anexionados u ocupados por los nazis. En los gobiernos de las llamadas democracias liberales durante entreguerras jamás existió una posición claramente antifascista, sino anticomunista. Incluso cuando cualquier ciego podía ver que la amenaza más inminente y real contra esos países venía de Alemania, no de la Unión Soviética. El discurso y las proclamas políticas de la Gran Alianza durante la guerra dio un giro de 180 grados al poco de finalizar la guerra, cuando de nuevo el anticomunismo (en ciertos casos patológico) volvió a marcar la agenda política e ideológica de las potencias occidentales vencedoras, con la “necesidad” de enganchar a la nueva Alemania en ciernes como baluarte anticomunista. Pese a todo lo desvelado en los Juicios de Nuremberg, los crímenes contra la humanidad del régimen nazi, en especial el llamado Holocausto, permanecieron ocultos o silenciados (tanto en el bloque occidental como en el oriental) hasta la década de 1970. La narrativa de la guerra durante la Guerra Fría tendió a minimizar el papel de la Unión Soviética en la misma y a maximizar hasta límites vergonzantes el papel de los aliados occidentales. El final de la IIGM no puso un fin, ni mucho menos, a las causas profundas que la originaron (propias del imperialismo y del colonialismo), sino que siguieron dominando la política internacional y, por supuesto, la política exterior de las potencias vencedoras. Hasta hoy, que ya se revelan sin tapujos. En fin, podría seguir páginas y páginas poniendo ejemplos similares en todos los aspectos relacionados con la IIGM, pero mejor lo dejo a criterio de los lectores.

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Re: La Historia como relato

Mensaje por Juan M. Parada C. » Mié Sep 16, 2026 2:52 pm

Temo, sin ánimos de parecer incauto, que he sido hasta ahora víctima de esta clase de relatos, como bien se ha explicado aquí. Por maquillar o manipular las verdaderas raices de un hecho en conmocionar al mundo, como fue la segunda guerra y las secuelas en propiciar. Dado que desde muy joven fui muy aficionado a todo lo que me caía en mis manos y lo devoraba con mucha avidez.
Después con el tiempo, bajo una lupa más potente, se comienza a ver los hechos en su justa medida y redimencionar lo que hasta los momentos concebía uno en esta clase de tópicos. Para dar un simple ejemplo, que me cuesta hacer por mi gran admiración personal hacia ese personaje, es con la figura protagónica de Winston Churchill, la cual me fascinaba todas las historias que se decían sobre él. Claro está, con el curso de los años, tuve que aceptar que este hombre cometería varios errores graves y que tenía su lado malo, como todo mortal en este mundo se tenga memoria. Al punto que otras figuras semejantes también se verían un tanto, si vale decirlo así, opacadas sus reputaciones por algunas acciones en haber ejecutado en su momento y acarriado después varias secuelas negativas.

Saludos y bendiciones para todos.
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Re: La Historia como relato

Mensaje por José Luis » Jue Sep 17, 2026 7:33 am

¡Hola a todos!
Juan M. Parada C. escribió: Temo, sin ánimos de parecer incauto, que he sido hasta ahora víctima de esta clase de relatos, como bien se ha explicado aquí.
Estimado Parada, todos hemos sido y somos víctimas de los “relatos” y la propaganda. Y no sólo sobre la Historia pasada, sino también sobre la presente. Quienes leemos Historia (y quienes seguimos con cierta atención los acontecimientos políticos importantes de la actualidad) conocemos más o menos los hechos históricos porque se han historiado (mejor o peor), pero la mayoría de las veces no conocemos sus verdaderas causas porque los historiadores no las han explicado porque no han sabido, no han querido o no les han dejado. Conocemos las “causas” (siempre de diferente color) que han trasladado las “agendas oficiales” (incluida la Academia y sus historiadores), “causas” que en la inmensa mayoría de las ocasiones son una tapadera de la auténtica realidad. Luego nosotros, muchas veces por mor de nuestros prejuicios o preferencias políticas e ideológicas, “compramos” las que más se adaptan o satisfacen nuestra particular visión del mundo. Tanto de buena fe como de mala fe. Conocemos un acontecimiento político de la actualidad, pero solemos desconocer lo que ha sucedido entre bambalinas, que es al fin y al cabo lo que lo ha causado. Conocemos la superficie de las cosas; solemos desconocer lo que se oculta bajo ella. Y la mayoría de las veces pasan años y años hasta que finalmente conocemos sus verdaderas causas (aunque a veces seguimos sin conocerlas). Con respecto a la IIGM, afortunadamente se ha avanzado mucho en este sentido en las últimas tres o cuatro décadas, y hoy en día el lector interesado cuenta con una breve pero selecta bibliografía que da cuenta de ello. Me voy a tomar la libertad de copiar a continuación parte de la introducción de una de estas últimas obras selectas porque resume muy bien el fondo de lo que llevo expresando en este hilo. Merece la pena su extensión:

<<<
22 de mayo de 1945. El Tercer Reich está en ruinas. Más de dos millones de soldados soviéticos ocupan la destrozada capital de Berlín, escenario de la última gran batalla de la Segunda Guerra Mundial en Europa. Los ejércitos estadounidense y británico están acampados junto al río Elba, casi cien kilómetros al oeste. Al otro lado del mundo, los dirigentes japoneses siguen desafiantes, aunque los bombarderos B-29 estadounidenses queman ciudades de Japón hasta los cimientos. Pero que también Tokio caiga es solo cuestión de tiempo. La mayor guerra de la historia de la humanidad está entrando en sus últimos meses. Aunque los aliados están a punto de conseguir la victoria, una creciente sensación de ansiedad se cierne sobre sus dirigentes. Winston Churchill, primer ministro del Imperio británico, acaba de recibir un documento secreto preparado por su personal militar. El estudio, cuyo nombre en clave es Operación Impensable, describe un plan para atacar a la Unión Soviética en poco menos de seis semanas. «El objetivo general o político es imponer a Rusia la voluntad de Estados Unidos y del Imperio británico», explican los autores. Pero derrotar a los soviéticos no será tarea fácil. Los altos mandos británicos calculan que el
Ejército Rojo disfruta de una ventaja numérica de más de dos a uno, con 261 divisiones soviéticas contra 103 estadounidenses, británicas y polacas. «Si vamos a embarcarnos en una guerra con Rusia, debemos estar
preparados para llevar a cabo una guerra total, que será larga y costosa. Nuestra inferioridad numérica en tierra hace extremadamente dudoso que tengamos un éxito delimitado y rápido», advierten. Además, las escasas esperanzas de las fuerzas occidentales dependen de que tomen una medida drástica. Tendrán que reconstituir, rearmar y liberar lo que queda de las legiones nazis de Adolf Hitler para que luchen junto a los soldados estadounidenses y británicos contra el Ejército Rojo.

El plan de Churchill para la Tercera Guerra Mundial puede parecer una historia alternativa, pero era muy real. Y el primer ministro no era el único que pensaba en esos términos. Dos años antes, en el verano de 1943, Geroid Robinson, jefe de la división rusa de la rama de investigación y análisis de la Oficina de Servicios Estratégicos (OSS ) de Estados Unidos, precursora de la CIA , había presentado un plan similar «para volver contra Rusia todo el poder de una Alemania invicta, todavía gobernada por los nazis o los generales». Ahora sabemos que los dirigentes estadounidenses y británicos decidieron no seguir adelante con esas propuestas, pero el mero hecho de que se las plantearan no concuerda con nuestra imagen actual de la Segunda Guerra Mundial. ¿Por qué los dirigentes aliados valoraban la posibilidad de una guerra contra uno de ellos meses, incluso años, antes de derrotar a las potencias del Eje? ¿Por qué figuras como Churchill consideraban la opción de unir fuerzas con los altos mandos nazis para atacar a sus aliados soviéticos?

Es probable que la Segunda Guerra Mundial sea el conflicto más estudiado de la historia de la humanidad; una búsqueda en la biblioteca de la Universidad de Columbia arrojó casi 160.000 resultados sobre este tema.
Sin embargo, a pesar de esta atención exhaustiva, la inmensa mayoría de las obras en inglés ofrecen una interpretación sorprendentemente unidimensional del conflicto, que presentan como una guerra buena, una
cruzada contra el fascismo y una batalla del mundo libre y democrático contra un totalitarismo atroz. Esta interpretación, lo que podríamos llamar la explicación ortodoxa de la Segunda Guerra Mundial, surgió en la década de 1950, durante los años más oscuros de la Guerra Fría. Estudiosos de todo Occidente se encontraron viviendo en un mundo transformado por el conflicto: se había puesto de rodillas a los viejos imperios europeos, el historial de crímenes de guerra nazis había desacreditado la eugenesia y el racismo científico, y la evidente batalla ideológica entre Estados Unidos y la Unión Soviética dominaba los asuntos internacionales. La primera generación de estudiosos de la Segunda Guerra Mundial elaboró relatos que
reflejaban el espíritu de su época. Plantearon la guerra como una lucha democrática contra el fascismo y restaron importancia a las dinámicas raciales y coloniales, que ya no parecían relevantes. Optaron por celebrar las contribuciones de los aliados occidentales y marginaron el papel de las fuerzas soviéticas y chinas, que era más problemático. Confeccionaron una historia que convertía a los imperios en Estados nación y a los conquistadores en libertadores. La suya fue una historia de la guerra presentada como una parábola sobre los males del totalitarismo y el triunfo de un orden democrático liderado por Estados Unidos.

En los últimos 75 años, esta explicación ortodoxa de la guerra ha dominado absolutamente en nuestra memoria colectiva. Mientras que todos los demás conflictos importantes del siglo XX han sido objeto de múltiples rondas de revisionismo académico (incluidas la Primera Guerra Mundial, la Guerra Fría, la guerra de Corea y la guerra de Vietnam, por nombrar solo algunas), las explicaciones tradicionales han seguido atrincheradas en el caso de la Segunda Guerra Mundial. ¿Por qué sigue siendo tan difícil encontrar nuevas interpretaciones? Parte de la respuesta está en la claridad moral de la guerra. La Alemania nazi es quizá el régimen más abominable de la historia humana. Las potencias del Eje cometieron muchas de las
atrocidades más viles que el mundo haya visto jamás. Y ningún estudioso serio lamenta la derrota de la Alemania nazi, la Italia fascista y el Japón imperial.

Pero la interpretación ortodoxa de la Segunda Guerra Mundial no consigue explicar fenómenos como la Operación Impensable. De hecho, si observamos más de cerca, vemos que la realidad de la Segunda Guerra
Mundial fue mucho más confusa de lo que nos han hecho creer los relatos predominantes del bien contra el mal. La mayoría de los historiadores coinciden ahora en que lo que derrotó a las legiones de Hitler no fueron
soldados estadounidenses y británicos amantes de la libertad en el frente occidental, sino el sacrificio de millones de soldados soviéticos conducidos por brutales mandos comunistas a través de los mortíferos campos de Europa del Este. Los aliados occidentales contribuyeron a la victoria no tanto con valor e idealismo democrático como con salvajes ataques con bombas incendiarias y atómicas contra ciudades del Eje, que incineraron a cientos de miles de civiles.

Este libro plantea que el mayor conflicto de la historia no fue la guerra buena entre la democracia y el fascismo que suelen describir los libros de historia. Fue más bien una inmensa guerra racial y colonial marcada por atrocidades salvajes en la que imperios rivales lucharon en enormes extensiones de Asia y Europa. Aunque la guerra destruyó el colonialismo europeo y japonés, forjó los nuevos imperios estadounidense y soviético y creó un sistema de Estados muy militarizados, poseedores de armas
nucleares y centrados en librar una guerra perpetua contra poblaciones enteras.

Los fuegos de guerra que arrasaron gran parte del mundo industrializado quemaron un orden colonial de quinientos años e hicieron posible que la humanidad construyera el mundo de nuevo. Las antiguas
potencias coloniales lucharon hasta la extenuación solo para que las energías colosales de la Unión Soviética y Estados Unidos las consumieran. Estos superestados del tamaño de un continente, que contaban con recursos y mano de obra aparentemente ilimitados, trabajaron para construir nuevos órdenes hegemónicos sobre las ruinas de un mundo devastado por la guerra. Tierra quemada es una historia de esta transformación. Es un relato tanto de continuidad como de cambio que intenta entender cómo una guerra iniciada por ejércitos tirados por caballos contra objetivos coloniales destruyó el viejo orden imperial y creó un nuevo mundo dominado por superpotencias con armas nucleares capaces de proyectar un violento cataclismo en todo el planeta.

Este nuevo mundo no fue testigo de una época de paz ni eliminó el azote del colonialismo. Como ponen de manifiesto documentos desclasificados como «Operación Impensable», mucho antes del final de la guerra, oficiales de inteligencia estadounidenses y británicos se planteaban alistar al ejército alemán, al que aún no habían vencido, en una nueva guerra contra la Unión Soviética. Equipos especiales de soldados aliados
peinaban el ex Tercer Reich en busca de científicos e ingenieros nazis a los que reclutar para construir los arsenales de los futuros adversarios de la Guerra Fría. Los dirigentes soviéticos se dedicaban a instaurar regímenes títeres en toda Europa del Este para que sirvieran de glacis estratégico contra un posible futuro asalto de las potencias occidentales y a enviar espías para que se infiltraran en los programas armamentísticos de sus aliados. Mientras las superpotencias se preparaban para la inminente Guerra
Fría, los gobiernos de Gran Bretaña, Francia y los Países Bajos hacían planes para reconstruir sus administraciones coloniales en Extremo Oriente con la ayuda de muchas de las figuras que habían colaborado con las fuerzas japonesas durante las ocupaciones. De este modo, las convulsiones de la Segunda Guerra Mundial prepararon el terreno para medio siglo de violencia genocida en África, Asia, Latinoamérica y Oriente Medio, mientras Europa y Norteamérica estaban al borde de una guerra nuclear en toda regla.

Pero no basta con reconocer la naturaleza a menudo ambigua de la violencia de la guerra y la naturaleza problemática de su legado. Replantearse constantemente la Segunda Guerra Mundial exige reexaminar
a fondo nuestros supuestos básicos sobre el conflicto, su lugar en la historia mundial y los objetivos subyacentes de los contendientes, así como lo que estaba en juego en el resultado. El primer paso en este proceso consiste en abordar la guerra no como una singularidad histórica o un acontecimiento en sí mismo, sino como un conflicto atrapado en las corrientes más profundas de la historia mundial moderna. En los capítulos siguientes se argumenta que la Segunda Guerra Mundial fue un episodio decisivo en una historia mucho más larga de ascenso y caída de grandes potencias, guerra colonial y violencia racial.

Al plantear la Segunda Guerra Mundial como una batalla entre Estados nación e ideologías políticas, los estudiosos ortodoxos han restado importancia a la dinámica explícitamente imperial que impregnó la guerra y determinó sus resultados. Los arquitectos de la Segunda Guerra Mundial crecieron en un mundo dominado por grandes imperios europeos, y en este contexto imperial concibieron los planes y estrategias que dieron origen a la Segunda Guerra Mundial. Todos los principales contendientes lucharon como imperios que perseguían objetivos imperiales. Los combates en Asia y Europa empezaron a consecuencia de las conquistas imperiales del Eje, no por desacuerdos ideológicos con las futuras potencias aliadas. En pocas palabras, Londres y París declararon la guerra a Alemania porque la Wehrmacht invadió Polonia, no porque los dirigentes británicos y franceses se opusieran a los principios políticos del nazismo o del fascismo en general. Asimismo, Japón libró en Asia una guerra de conquista colonial, no una cruzada ideológica.

Abordar la Segunda Guerra Mundial como una lucha imperial ayuda a explicar la brutalidad genocida del conflicto. A lo largo del siglo XIX , los escritores occidentales se habían acostumbrado a la idea de guerra
«civilizada», un tipo de conflicto entre Estados nación establecidos en el que todos los bandos respetaban una serie de reglas básicas. Los soldados debían llevar uniforme, la violencia debía limitarse a frentes identificables, debía respetarse a los civiles, se debía tratar a los prisioneros de guerra con humanidad, etcétera. Sin embargo, estas restricciones no se aplicaban a las guerras coloniales contra pueblos sin Estado. Las guerras coloniales a menudo adoptaban la forma de destrucciones generalizadas de sociedades no occidentales que eliminaban la distinción entre civiles y combatientes y promovían la violencia racializada. A principios del siglo XX , la mayoría de los observadores creían que esos conflictos habían quedado relegados a las zonas del interior de las colonias, lejos de los centros de la civilización occidental de Europa y Norteamérica y de las ciudades portuarias cosmopolitas de Extremo Oriente.

Pero se equivocaban. Las guerras coloniales supusieron un modelo para gran parte de la violencia de la Segunda Guerra Mundial. En el mundo colonial pueden encontrarse los precursores de Auschwitz e Hiroshima. Los primeros campos de concentración aparecieron no en la Alemania nazi, sino en la colonia británica de Sudáfrica durante la guerra de los bóeres. Los soldados alemanes iniciaron su primera guerra de exterminio no en Europa del Este, sino en la colonia alemana de África del Sudoeste en 1901. Las primeras campañas concertadas de bombardeo aéreo del mundo no atacaron Londres o Róterdam, sino ciudades de las colonias de África, Asia y Oriente Medio. Cuando los dirigentes estadounidenses y británicos se sentaron a planificar la invasión anfibia de Normandía, recurrieron a un caudal de conocimientos adquiridos a lo largo de generaciones de guerra en el mundo colonial. La Segunda Guerra Mundial fusionó la mentalidad bélica colonial, que apenas distinguía entre civiles y combatientes, con una estrategia de guerra total que movilizaba todos los recursos del Estado para llevar a cabo matanzas masivas e industrializadas.

Berlín y Tokio pusieron en marcha esta fusión de guerra colonial y guerra total con campañas genocidas que pretendían convertir el centro de Europa y las bulliciosas metrópolis de Asia en nuevos espacios coloniales.
Tras haber lanzado las mayores campañas coloniales de la historia mundial, los dirigentes alemanes y japoneses rechazaron las limitaciones de la guerra «civilizada» y desataron todo el terror de la guerra «salvaje» contra los pueblos de Europa del Este y Asia oriental. Las potencias aliadas no tardaron en hacer lo mismo y lanzaron ataques con napalm contra centros de población, enviaron ejércitos a saquear los territorios conquistados y dirigieron ataques atómicos contra ciudades japonesas. Al final de la guerra,
las masacres de civiles se habían convertido en una parte fundamental de las tácticas de combate de todos los bandos. Como dirían más tarde teóricos como Hannah Arendt y Aimé Césaire, las peores atrocidades de la guerra se entienden mejor como violencia colonial devuelta a la metrópoli.

Situar la Segunda Guerra Mundial en el amplio panorama de la historia mundial también nos permite analizar mejor el impacto del conflicto en la posguerra. La Segunda Guerra Mundial fue un momento crucial en la
evolución del orden internacional moderno desde la era del colonialismo formal hasta la geopolítica de la Guerra Fría. Los relatos ortodoxos que restan importancia a las dimensiones coloniales de la guerra tienden a pasar por alto esta transición e imponen una separación imaginaria entre la historia del imperialismo del siglo XIX y la dinámica de la Guerra Fría. El resultado ha sido restar importancia a las raíces imperiales de la geopolítica de las superpotencias y ocultar los fundamentos coloniales de nuestro orden internacional contemporáneo. La interpretación ortodoxa de la guerra se convierte así en un instrumento absolutorio que purga los pecados del imperio y limpia los residuos que ha dejado en el mundo de la posguerra.

Este libro intenta retirar las capas de mitología que cubren la Segunda Guerra Mundial y poner en cuestión las interpretaciones predominantes del conflicto. Se aparta del enfoque que se centra en los grandes dirigentes y las operaciones militares para analizar cómo el conflicto más grande de la historia transformó las relaciones entre imperio, raza, violencia, guerra y Estado. Geográficamente, el libro se aleja de las playas de Normandía para hacer mayor hincapié en los teatros de operaciones más sangrientos de Europa del Este y Asia oriental. Rompe con las explicaciones estándares de la guerra argumentando que la raza y el imperio eran dimensiones centrales del conflicto. Aborda la Segunda Guerra Mundial como un conflicto
profundamente enraizado en el contexto más amplio de la historia mundial. Y de esta forma intenta excavar los cimientos coloniales de la guerra y trazar sus secuelas imperiales.
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Paul Thomas Chamberlin, Tierra Quemada. Una historia global de la Segunda Guerra Mundial (Barcelona: Galaxia Gutemberg, 2025).

Saludos cordiales
JL
"Dioses, no me juzguéis como un dios
sino como un hombre
a quien ha destrozado el mar" (Plegaria fenicia)

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