¡Hola a todos!
Juan M. Parada C. escribió:
Temo, sin ánimos de parecer incauto, que he sido hasta ahora víctima de esta clase de relatos, como bien se ha explicado aquí.
Estimado Parada, todos hemos sido y somos víctimas de los “relatos” y la propaganda. Y no sólo sobre la Historia pasada, sino también sobre la presente. Quienes leemos Historia (y quienes seguimos con cierta atención los acontecimientos políticos importantes de la actualidad) conocemos más o menos los hechos históricos porque se han historiado (mejor o peor), pero la mayoría de las veces no conocemos sus verdaderas causas porque los historiadores no las han explicado porque no han sabido, no han querido o no les han dejado. Conocemos las “causas” (siempre de diferente color) que han trasladado las “agendas oficiales” (incluida la Academia y sus historiadores), “causas” que en la inmensa mayoría de las ocasiones son una tapadera de la auténtica realidad. Luego nosotros, muchas veces por mor de nuestros prejuicios o preferencias políticas e ideológicas, “compramos” las que más se adaptan o satisfacen nuestra particular visión del mundo. Tanto de buena fe como de mala fe. Conocemos un acontecimiento político de la actualidad, pero solemos desconocer lo que ha sucedido entre bambalinas, que es al fin y al cabo lo que lo ha causado. Conocemos la superficie de las cosas; solemos desconocer lo que se oculta bajo ella. Y la mayoría de las veces pasan años y años hasta que finalmente conocemos sus verdaderas causas (aunque a veces seguimos sin conocerlas). Con respecto a la IIGM, afortunadamente se ha avanzado mucho en este sentido en las últimas tres o cuatro décadas, y hoy en día el lector interesado cuenta con una breve pero selecta bibliografía que da cuenta de ello. Me voy a tomar la libertad de copiar a continuación parte de la introducción de una de estas últimas obras selectas porque resume muy bien el fondo de lo que llevo expresando en este hilo. Merece la pena su extensión:
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22 de mayo de 1945. El Tercer Reich está en ruinas. Más de dos millones de soldados soviéticos ocupan la destrozada capital de Berlín, escenario de la última gran batalla de la Segunda Guerra Mundial en Europa. Los ejércitos estadounidense y británico están acampados junto al río Elba, casi cien kilómetros al oeste. Al otro lado del mundo, los dirigentes japoneses siguen desafiantes, aunque los bombarderos B-29 estadounidenses queman ciudades de Japón hasta los cimientos. Pero que también Tokio caiga es solo cuestión de tiempo. La mayor guerra de la historia de la humanidad está entrando en sus últimos meses. Aunque los aliados están a punto de conseguir la victoria, una creciente sensación de ansiedad se cierne sobre sus dirigentes. Winston Churchill, primer ministro del Imperio británico, acaba de recibir un documento secreto preparado por su personal militar. El estudio, cuyo nombre en clave es Operación Impensable, describe un plan para atacar a la Unión Soviética en poco menos de seis semanas. «El objetivo general o político es imponer a Rusia la voluntad de Estados Unidos y del Imperio británico», explican los autores. Pero derrotar a los soviéticos no será tarea fácil. Los altos mandos británicos calculan que el
Ejército Rojo disfruta de una ventaja numérica de más de dos a uno, con 261 divisiones soviéticas contra 103 estadounidenses, británicas y polacas. «Si vamos a embarcarnos en una guerra con Rusia, debemos estar
preparados para llevar a cabo una guerra total, que será larga y costosa. Nuestra inferioridad numérica en tierra hace extremadamente dudoso que tengamos un éxito delimitado y rápido», advierten. Además, las escasas esperanzas de las fuerzas occidentales dependen de que tomen una medida drástica. Tendrán que reconstituir, rearmar y liberar lo que queda de las legiones nazis de Adolf Hitler para que luchen junto a los soldados estadounidenses y británicos contra el Ejército Rojo.
El plan de Churchill para la Tercera Guerra Mundial puede parecer una historia alternativa, pero era muy real. Y el primer ministro no era el único que pensaba en esos términos. Dos años antes, en el verano de 1943, Geroid Robinson, jefe de la división rusa de la rama de investigación y análisis de la Oficina de Servicios Estratégicos (OSS ) de Estados Unidos, precursora de la CIA , había presentado un plan similar «para volver contra Rusia todo el poder de una Alemania invicta, todavía gobernada por los nazis o los generales». Ahora sabemos que los dirigentes estadounidenses y británicos decidieron no seguir adelante con esas propuestas, pero el mero hecho de que se las plantearan no concuerda con nuestra imagen actual de la Segunda Guerra Mundial. ¿Por qué los dirigentes aliados valoraban la posibilidad de una guerra contra uno de ellos meses, incluso años, antes de derrotar a las potencias del Eje? ¿Por qué figuras como Churchill consideraban la opción de unir fuerzas con los altos mandos nazis para atacar a sus aliados soviéticos?
Es probable que la Segunda Guerra Mundial sea el conflicto más estudiado de la historia de la humanidad; una búsqueda en la biblioteca de la Universidad de Columbia arrojó casi 160.000 resultados sobre este tema.
Sin embargo, a pesar de esta atención exhaustiva, la inmensa mayoría de las obras en inglés ofrecen una interpretación sorprendentemente unidimensional del conflicto, que presentan como una guerra buena, una
cruzada contra el fascismo y una batalla del mundo libre y democrático contra un totalitarismo atroz. Esta interpretación, lo que podríamos llamar la explicación ortodoxa de la Segunda Guerra Mundial, surgió en la década de 1950, durante los años más oscuros de la Guerra Fría. Estudiosos de todo Occidente se encontraron viviendo en un mundo transformado por el conflicto: se había puesto de rodillas a los viejos imperios europeos, el historial de crímenes de guerra nazis había desacreditado la eugenesia y el racismo científico, y la evidente batalla ideológica entre Estados Unidos y la Unión Soviética dominaba los asuntos internacionales. La primera generación de estudiosos de la Segunda Guerra Mundial elaboró relatos que
reflejaban el espíritu de su época. Plantearon la guerra como una lucha democrática contra el fascismo y restaron importancia a las dinámicas raciales y coloniales, que ya no parecían relevantes. Optaron por celebrar las contribuciones de los aliados occidentales y marginaron el papel de las fuerzas soviéticas y chinas, que era más problemático. Confeccionaron una historia que convertía a los imperios en Estados nación y a los conquistadores en libertadores. La suya fue una historia de la guerra presentada como una parábola sobre los males del totalitarismo y el triunfo de un orden democrático liderado por Estados Unidos.
En los últimos 75 años, esta explicación ortodoxa de la guerra ha dominado absolutamente en nuestra memoria colectiva. Mientras que todos los demás conflictos importantes del siglo XX han sido objeto de múltiples rondas de revisionismo académico (incluidas la Primera Guerra Mundial, la Guerra Fría, la guerra de Corea y la guerra de Vietnam, por nombrar solo algunas), las explicaciones tradicionales han seguido atrincheradas en el caso de la Segunda Guerra Mundial. ¿Por qué sigue siendo tan difícil encontrar nuevas interpretaciones? Parte de la respuesta está en la claridad moral de la guerra. La Alemania nazi es quizá el régimen más abominable de la historia humana. Las potencias del Eje cometieron muchas de las
atrocidades más viles que el mundo haya visto jamás. Y ningún estudioso serio lamenta la derrota de la Alemania nazi, la Italia fascista y el Japón imperial.
Pero la interpretación ortodoxa de la Segunda Guerra Mundial no consigue explicar fenómenos como la Operación Impensable. De hecho, si observamos más de cerca, vemos que la realidad de la Segunda Guerra
Mundial fue mucho más confusa de lo que nos han hecho creer los relatos predominantes del bien contra el mal. La mayoría de los historiadores coinciden ahora en que lo que derrotó a las legiones de Hitler no fueron
soldados estadounidenses y británicos amantes de la libertad en el frente occidental, sino el sacrificio de millones de soldados soviéticos conducidos por brutales mandos comunistas a través de los mortíferos campos de Europa del Este. Los aliados occidentales contribuyeron a la victoria no tanto con valor e idealismo democrático como con salvajes ataques con bombas incendiarias y atómicas contra ciudades del Eje, que incineraron a cientos de miles de civiles.
Este libro plantea que el mayor conflicto de la historia no fue la guerra buena entre la democracia y el fascismo que suelen describir los libros de historia. Fue más bien una inmensa guerra racial y colonial marcada por atrocidades salvajes en la que imperios rivales lucharon en enormes extensiones de Asia y Europa. Aunque la guerra destruyó el colonialismo europeo y japonés, forjó los nuevos imperios estadounidense y soviético y creó un sistema de Estados muy militarizados, poseedores de armas
nucleares y centrados en librar una guerra perpetua contra poblaciones enteras.
Los fuegos de guerra que arrasaron gran parte del mundo industrializado quemaron un orden colonial de quinientos años e hicieron posible que la humanidad construyera el mundo de nuevo. Las antiguas
potencias coloniales lucharon hasta la extenuación solo para que las energías colosales de la Unión Soviética y Estados Unidos las consumieran. Estos superestados del tamaño de un continente, que contaban con recursos y mano de obra aparentemente ilimitados, trabajaron para construir nuevos órdenes hegemónicos sobre las ruinas de un mundo devastado por la guerra. Tierra quemada es una historia de esta transformación. Es un relato tanto de continuidad como de cambio que intenta entender cómo una guerra iniciada por ejércitos tirados por caballos contra objetivos coloniales destruyó el viejo orden imperial y creó un nuevo mundo dominado por superpotencias con armas nucleares capaces de proyectar un violento cataclismo en todo el planeta.
Este nuevo mundo no fue testigo de una época de paz ni eliminó el azote del colonialismo. Como ponen de manifiesto documentos desclasificados como «Operación Impensable», mucho antes del final de la guerra, oficiales de inteligencia estadounidenses y británicos se planteaban alistar al ejército alemán, al que aún no habían vencido, en una nueva guerra contra la Unión Soviética. Equipos especiales de soldados aliados
peinaban el ex Tercer Reich en busca de científicos e ingenieros nazis a los que reclutar para construir los arsenales de los futuros adversarios de la Guerra Fría. Los dirigentes soviéticos se dedicaban a instaurar regímenes títeres en toda Europa del Este para que sirvieran de glacis estratégico contra un posible futuro asalto de las potencias occidentales y a enviar espías para que se infiltraran en los programas armamentísticos de sus aliados. Mientras las superpotencias se preparaban para la inminente Guerra
Fría, los gobiernos de Gran Bretaña, Francia y los Países Bajos hacían planes para reconstruir sus administraciones coloniales en Extremo Oriente con la ayuda de muchas de las figuras que habían colaborado con las fuerzas japonesas durante las ocupaciones. De este modo, las convulsiones de la Segunda Guerra Mundial prepararon el terreno para medio siglo de violencia genocida en África, Asia, Latinoamérica y Oriente Medio, mientras Europa y Norteamérica estaban al borde de una guerra nuclear en toda regla.
Pero no basta con reconocer la naturaleza a menudo ambigua de la violencia de la guerra y la naturaleza problemática de su legado. Replantearse constantemente la Segunda Guerra Mundial exige reexaminar
a fondo nuestros supuestos básicos sobre el conflicto, su lugar en la historia mundial y los objetivos subyacentes de los contendientes, así como lo que estaba en juego en el resultado. El primer paso en este proceso consiste en abordar la guerra no como una singularidad histórica o un acontecimiento en sí mismo, sino como un conflicto atrapado en las corrientes más profundas de la historia mundial moderna. En los capítulos siguientes se argumenta que la Segunda Guerra Mundial fue un episodio decisivo en una historia mucho más larga de ascenso y caída de grandes potencias, guerra colonial y violencia racial.
Al plantear la Segunda Guerra Mundial como una batalla entre Estados nación e ideologías políticas, los estudiosos ortodoxos han restado importancia a la dinámica explícitamente imperial que impregnó la guerra y determinó sus resultados. Los arquitectos de la Segunda Guerra Mundial crecieron en un mundo dominado por grandes imperios europeos, y en este contexto imperial concibieron los planes y estrategias que dieron origen a la Segunda Guerra Mundial. Todos los principales contendientes lucharon como imperios que perseguían objetivos imperiales. Los combates en Asia y Europa empezaron a consecuencia de las conquistas imperiales del Eje, no por desacuerdos ideológicos con las futuras potencias aliadas. En pocas palabras, Londres y París declararon la guerra a Alemania porque la Wehrmacht invadió Polonia, no porque los dirigentes británicos y franceses se opusieran a los principios políticos del nazismo o del fascismo en general. Asimismo, Japón libró en Asia una guerra de conquista colonial, no una cruzada ideológica.
Abordar la Segunda Guerra Mundial como una lucha imperial ayuda a explicar la brutalidad genocida del conflicto. A lo largo del siglo XIX , los escritores occidentales se habían acostumbrado a la idea de guerra
«civilizada», un tipo de conflicto entre Estados nación establecidos en el que todos los bandos respetaban una serie de reglas básicas. Los soldados debían llevar uniforme, la violencia debía limitarse a frentes identificables, debía respetarse a los civiles, se debía tratar a los prisioneros de guerra con humanidad, etcétera. Sin embargo, estas restricciones no se aplicaban a las guerras coloniales contra pueblos sin Estado. Las guerras coloniales a menudo adoptaban la forma de destrucciones generalizadas de sociedades no occidentales que eliminaban la distinción entre civiles y combatientes y promovían la violencia racializada. A principios del siglo XX , la mayoría de los observadores creían que esos conflictos habían quedado relegados a las zonas del interior de las colonias, lejos de los centros de la civilización occidental de Europa y Norteamérica y de las ciudades portuarias cosmopolitas de Extremo Oriente.
Pero se equivocaban. Las guerras coloniales supusieron un modelo para gran parte de la violencia de la Segunda Guerra Mundial. En el mundo colonial pueden encontrarse los precursores de Auschwitz e Hiroshima. Los primeros campos de concentración aparecieron no en la Alemania nazi, sino en la colonia británica de Sudáfrica durante la guerra de los bóeres. Los soldados alemanes iniciaron su primera guerra de exterminio no en Europa del Este, sino en la colonia alemana de África del Sudoeste en 1901. Las primeras campañas concertadas de bombardeo aéreo del mundo no atacaron Londres o Róterdam, sino ciudades de las colonias de África, Asia y Oriente Medio. Cuando los dirigentes estadounidenses y británicos se sentaron a planificar la invasión anfibia de Normandía, recurrieron a un caudal de conocimientos adquiridos a lo largo de generaciones de guerra en el mundo colonial. La Segunda Guerra Mundial fusionó la mentalidad bélica colonial, que apenas distinguía entre civiles y combatientes, con una estrategia de guerra total que movilizaba todos los recursos del Estado para llevar a cabo matanzas masivas e industrializadas.
Berlín y Tokio pusieron en marcha esta fusión de guerra colonial y guerra total con campañas genocidas que pretendían convertir el centro de Europa y las bulliciosas metrópolis de Asia en nuevos espacios coloniales.
Tras haber lanzado las mayores campañas coloniales de la historia mundial, los dirigentes alemanes y japoneses rechazaron las limitaciones de la guerra «civilizada» y desataron todo el terror de la guerra «salvaje» contra los pueblos de Europa del Este y Asia oriental. Las potencias aliadas no tardaron en hacer lo mismo y lanzaron ataques con napalm contra centros de población, enviaron ejércitos a saquear los territorios conquistados y dirigieron ataques atómicos contra ciudades japonesas. Al final de la guerra,
las masacres de civiles se habían convertido en una parte fundamental de las tácticas de combate de todos los bandos. Como dirían más tarde teóricos como Hannah Arendt y Aimé Césaire, las peores atrocidades de la guerra se entienden mejor como violencia colonial devuelta a la metrópoli.
Situar la Segunda Guerra Mundial en el amplio panorama de la historia mundial también nos permite analizar mejor el impacto del conflicto en la posguerra. La Segunda Guerra Mundial fue un momento crucial en la
evolución del orden internacional moderno desde la era del colonialismo formal hasta la geopolítica de la Guerra Fría. Los relatos ortodoxos que restan importancia a las dimensiones coloniales de la guerra tienden a pasar por alto esta transición e imponen una separación imaginaria entre la historia del imperialismo del siglo XIX y la dinámica de la Guerra Fría. El resultado ha sido restar importancia a las raíces imperiales de la geopolítica de las superpotencias y ocultar los fundamentos coloniales de nuestro orden internacional contemporáneo. La interpretación ortodoxa de la guerra se convierte así en un instrumento absolutorio que purga los pecados del imperio y limpia los residuos que ha dejado en el mundo de la posguerra.
Este libro intenta retirar las capas de mitología que cubren la Segunda Guerra Mundial y poner en cuestión las interpretaciones predominantes del conflicto. Se aparta del enfoque que se centra en los grandes dirigentes y las operaciones militares para analizar cómo el conflicto más grande de la historia transformó las relaciones entre imperio, raza, violencia, guerra y Estado. Geográficamente, el libro se aleja de las playas de Normandía para hacer mayor hincapié en los teatros de operaciones más sangrientos de Europa del Este y Asia oriental. Rompe con las explicaciones estándares de la guerra argumentando que la raza y el imperio eran dimensiones centrales del conflicto. Aborda la Segunda Guerra Mundial como un conflicto
profundamente enraizado en el contexto más amplio de la historia mundial. Y de esta forma intenta excavar los cimientos coloniales de la guerra y trazar sus secuelas imperiales.
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Paul Thomas Chamberlin,
Tierra Quemada. Una historia global de la Segunda Guerra Mundial (Barcelona: Galaxia Gutemberg, 2025).
Saludos cordiales
JL