La Historia como relato

Dudas e interrogantes sobre la Segunda Guerra Mundial

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La Historia como relato

Mensaje por José Luis » Mié Sep 09, 2026 8:07 am

¡Hola a todos!

La RAE define la palabra “relato” en su tercera acepción como “Reconstrucción discursiva de ciertos acontecimientos interpretados en favor de una ideología o de un movimiento político”.

En el sentido de esa acepción: ¿Es la Historia, en general, un relato? Y en particular: ¿Es la historia de la IIGM un relato o una sucesión de relatos?

Me gustaría conocer la opinión, argumentada, de los compañeros de foro que quieran participar en este hilo.

¿Qué opinión tengo yo al respecto? Básicamente y en términos generales, yo sostengo que la historia de la IIGM, como la de tantas otras guerras, es esencialmente un relato o sucesión de relatos de quienes las construyen y escriben, que no son sólo los historiadores. Hay excepciones, por supuesto. Y hay rectificaciones, también (Historiografía). Pero las posiciones dominantes, en cada momento, tienden a revestir de ideología lo que, al desnudo, no es más que una lucha de poder, de conquista, de rapiña de recursos estratégicos; en suma, una cuestión de lo que hoy algunos llaman geopolítica, y otros llamamos colonialismo/imperialismo. En dicha lucha, armada o no, los relatos consisten en justificar o explicar los conflictos en base a unos principios que, en realidad, nada tienen que ver con la realidad, o, en el mejor de los casos, juegan un papel totalmente secundario. Pondré algunos ejemplos.

Cuando se presenta la historia de la IIGM como la lucha de las democracias contra las tiranías, de la libertad contra la opresión, de la justicia contra el crimen, se está haciendo pura y llanamente un relato en el sentido arriba dicho. No fue la democracia ni la libertad (o cualquier otro noble principio) lo que llevó a Francia y Gran Bretaña, en primer lugar, a declarar la guerra a Alemania en 1939. Si realmente la democracia o la libertad constituyesen el eje central de la acción política y diplomática de esas dos potencias democráticas, entonces cabría esperar que mucho antes de que Alemania estuviese en condiciones de invadir militarmente Polonia, los gobiernos de Francia y Gran Bretaña se hubieran esforzado por neutralizar al régimen nazi, desde su misma llegada al poder en 1933. No fue esto lo que sucedió, sino más bien al contrario. Hubo por parte de los diferentes gobiernos de esas dos potencias una política de connivencia y hasta colaboración con el gobierno de la Alemania nazi. Tampoco fueron la democracia y la libertad, sino más bien lo contrario, lo que llevó a esas dos potencias a trabajar en contra de la II República Española durante la Guerra Civil Española, dejando el destino de la democracia española en manos de las intervenciones del fascismo alemán e italiano en dicha guerra civil. Como tampoco fue la defensa de esos nobles conceptos el factor decisivo que llevó a la infamia y desvergüenza de los Acuerdos de Munich de 1938, que vendieron Checoslovaquia al régimen nazi. Fue todo lo contrario, una colaboración con el régimen nazi, alegando como pretexto el mantener la paz y evitar una guerra que ya entonces era inevitable, dado el curso de los acontecimientos políticos en política exterior de los años previos.

Además: ¿Cómo iban a defender realmente valores democráticos y de libertad en política exterior unas potencias que habían hecho todo lo contrario para construir sus respectivos imperios? En el periodo de entreguerras (1919-1939), Gran Bretaña controlaba el imperio más grande del mundo que se extendía sobre más de 95 millones y medio de km2 de territorio y unos 530 millones de habitantes (lo que representaba casi el 30% de la población mundial en 1930, poco más de 2.000 millones de habitantes). El imperio francés se extendía por África, Oriente Medio e Indochina, con una población combinada de unos 113 millones de personas.

Tras el final de la IGM y el desmoronamiento de los imperios centrales, los territorios árabes del derrotado imperio otomano fueron divididos por Gran Bretaña y Francia. Los británicos asumieron el control de Palestina e Irak; los franceses el de Siria y Líbano. A medida que las fuerzas británicas y francesas marchaban sobre Jerusalén, Baghdad, Damasco y Beirut, exterminaron toda forma de resistencia nacionalista entre las poblaciones locales. Asesinaron a sus líderes, pero no pudieron acabar con las raíces del nacionalismo que estaban bien plantadas en el mundo árabe, y de las cuales brotaron las rebeliones que se sucedieron en los años siguientes en pos de su independencia.

Toda África y la mayor parte de Asia (a excepción de Japón y la República de China, principalmente) estaban colonizadas por los imperios europeos (Gran Bretaña, Francia y Países Bajos). Una colonia significaba que el territorio y sus habitantes nativos eran administrados directamente por el gobierno del país colonizador, el cual imponía sus instituciones y sus funcionarios, mano de obra esclava, explotación de sus recursos naturales, y muy a menudo su cultura y su religión. Esta práctica criminal se remontaba a los imperios de la antigüedad clásica (babilonio, egipcio, persa, romano, etc.), y fue una constante durante toda la Historia, incluida la actualidad (si bien ahora con medios más sofisticados). El descubrimiento del continente americano a finales del siglo XV fue fundamentalmente eso: conquista de territorios, exterminio y/o sometimiento y explotación de sus poblaciones nativas y sus recursos naturales. Todo el continente americano actual es heredero de la colonización criminal, del imperialismo europeo.

No quiero extenderme más, de momento. Estos ejemplos sirven como contexto general del factor dominante que existía en la política exterior del periodo de entreguerras: colonialismo e imperialismo. Las grandes potencias (Gran Bretaña, Francia y USA) querían mantener o ampliar sus imperios; las potencias derrotadas o malparadas en la guerra (Alemania, Italia y Japón, principalmente) querían recuperarlos, crearlos o expandirlos. Y una última cuestión: para poder llevar a cabo esas guerras, cada potencia involucrada tenía que convencer o persuadir previamente a su sociedad para ganarse su apoyo mayoritario. Siendo más exacto, cada establishment de cada potencia (clases gobernantes y dominantes) tenía que convencer a la mayoría de sus gobernados y clases dominadas. Bien, también lo hicieron mediante el relato.

¿Alguien se anima a dar su opinión sobre este asunto? Yo sólo he hecho una aproximación a él; hay muchas más. ¿Las exponemos?

Saludos cordiales
JL
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Re: La Historia como relato

Mensaje por José Luis » Jue Sep 10, 2026 9:40 am

Veamos otro ejemplo de “historia como relato”, esta vez salido de la IGM, durante su transcurso y posguerra. Tiene que ver con la Revolución Rusa de 1917 y la Guerra Civil Rusa en que devino la anterior. Y su resultado e implicaciones. Aunque a primera vista pudiera parecer que no guarda relación con los acontecimientos posteriores que desembocaron en la IIGM, la realidad es bien distinta.

Es bien sabido (o debiera serlo) que la IGM, como otras guerras antes y después, fue una guerra imperialista. Con ello quiero significar que las causas que llevaron a la guerra no tuvieron nada que ver con los nobles principios que he citado más arriba ni con la mejora de las condiciones de vida de la gente corriente y moliente. Es más, fue una guerra totalmente contraria a los intereses generales de las clases trabajadoras organizadas (principalmente en sindicatos laborales y partidos políticos de naturaleza socialista). En cambio, esa guerra fue el resultado final de la confrontación política y diplomática de los intereses conflictivos de las élites de poder entre unos estados y otros, cuyo telón de fondo giraba en torno al desafío al statu quo del imperialismo existente. Sin embargo, la propaganda estatal, el relato, ganó de inicio el apoyo mayoritario de las sociedades (incluido el de todos los partidos socialistas europeos) necesario para poner a los estados involucrados en la lucha imperialista en pie de guerra. Una propaganda basada en pasiones desatadas de un nacionalismo y patriotismo espurios.

Una vez iniciada la guerra, no duró mucho tiempo el entusiasmo popular que la apoyó inicialmente. Tan pronto los estragos de la guerra comenzaron a materializarse en todos los ámbitos de la sociedad, tan pronto como empezaron a generalizarse las carencias materiales para vivir, a aumentar la cifra de los muertos, los heridos y los mutilados en una guerra devastadora que parecía no tener fin, entonces comenzaron las revoluciones. La primera de ellas y la más importante por su trascendencia y repercusión en el resto de Europa (y del mundo) fue la Revolución Rusa de febrero de 1917, la primera y la única revolución que triunfó transformando radicalmente los resortes del poder. La Rusia Zarista, una autocracia terrible que representó muy bien esa condenada opresión de una minoría muy minoritaria ejercida sobre el resto de la población, dejó de existir, y el poder, tras la revolución bolchevique de octubre, pasó a las manos de quienes hasta entonces lo venían sufriendo sobre sus espaldas por generaciones.

Inicialmente, los líderes políticos de las democracias liberales de la Entente aplaudieron la revolución porque significaba (así lo veían) el inicio de una transición de Rusia hacia una economía de mercado libre. No se alegraban por el final de un régimen político que oprimía, explotaba, encarcelaba y asesinaba a los ciudadanos que luchaban por la libertad (ya desde la clandestinidad, ya en abierto como en la Revolución de 1905), sino por las ventajas económicas que suponía la supuesta conversión al capitalismo de un país inmenso lleno de posibilidades para los grandes negocios del capitalismo. Así que, más allá de un cierto temor en los aledaños del poder, los líderes políticos de las tres grandes potencias de la Entente (USA, Gran Bretaña y Francia) saludaron encantados la revolución rusa y la caída del régimen zarista.

Este fervor inicial capitalista comenzó a evaporarse en octubre, cuando los bolcheviques se hicieron con el poder político (que hasta entonces venía detentando un gobierno provisional que venía asumiendo los objetivos de la Entente, esto es mantener a Rusia en la guerra contra las Potencias Centrales), y denunciaron como ilegítima la deuda zarista con las potencias de la Entente (que no pagarían), nacionalizaron todas las inversiones extranjeras en Rusia, y declararon como primer objetivo sacar a Rusia de la guerra (que era lo que pedía a gritos el grueso de la población rusa: paz y pan). Todo esto alarmó en sumo grado a las potencias de la Entente (pues venía a representar un desafío serio a los dogmas e intereses del capitalismo), pero sus líderes se contuvieron con la esperanza de que los bolcheviques mantuvieran a Rusia en la guerra, pese a su declaración en contra. La Entente hizo todo cuanto pudo (en el terreno diplomático y político) para mantener a Rusia en la guerra, pero el gobierno bolchevique (con cierta división entre sus miembros) aceptó y firmó finalmente (diciembre de 1917 y febrero de 1918) unos tratados de paz con las Potencias Centrales que ponían un fin formal a la participación de la nueva Rusia Soviética en la guerra (mientras continuaba con su guerra civil). Y esa fue la gota que colmó el vaso de la paciencia de la Entente, tras lo cual inició la ayuda y colaboración con los reaccionarios rusos (Blancos) para derrocar a los bolcheviques (Rojos), mientras continuaba a su vez la guerra contra las Potencias Centrales.

Finalmente, las fuerzas bolcheviques derrotaron a las fuerzas reaccionarias y a los contingentes militares enviados por la Entente. Y ahí, en ese momento preciso y no en 1947 como cuenta la “historia como relato”, comenzó realmente la “guerra fría” entre el capitalismo y el comunismo. La Revolución Rusa comenzó en febrero de 1917 y no culminó (de por medio la revolución de octubre, la guerra civil y la guerra con Polonia) hasta junio de 1923, años después del final de la Gran Guerra a finales de 1918.

En esta “guerra fría” entre el capitalismo y el comunismo, las potencias capitalistas intentaron aislar (en el ámbito político y diplomático, y en el ámbito económico) a la Rusia Soviética y someterla como un estado paria. La propaganda capitalista contra el comunismo soviético no cesó hasta 1941 (cuando Gran Bretaña y Estados Unidos firmaron la llamada Gran Alianza con la URSS contra Alemania y sus aliados). De la otra parte, en la órbita bolchevique alumbró también el fervor de extender la revolución comunista a otros países europeos (y no europeos), una frenética esperanza que se desvaneció finalmente en 1923, aunque siguió operando en la propaganda capitalista como una amenaza real, ya desde la Rusia bolchevique, ya desde las fuerzas socialistas y comunistas dentro de los regímenes capitalistas.

¿Cómo siguió esta “guerra fría” entre las potencias capitalistas y la Rusia comunista? Bastantes años antes de que comenzara la Segunda Guerra Mundial en 1939, el gobierno soviético consiguió establecer finalmente (a partir de 1926) relaciones comerciales con las potencias capitalistas, relaciones comerciales que abrieron las puertas para que las potencias capitalistas, unas después de otras, reconocieran finalmente el nuevo estado de la Unión de Repúblicas Socialistas, y establecieran relaciones diplomáticas formales con la apertura de embajadas y consulados entre sí. La “camisa de fuerza” que las potencias victoriosas de la Entente pretendieron imponer a los dos grandes “estados parias” salidos de la guerra (Unión Soviética y Alemania) se rompió por la vía del capital (negocios) tras la amenaza desafiante del Pacto de Rapalo ruso-germano de 1922. Como en tantas ocasiones, antes y después, los intereses del capital se imponen siempre a cualquier obstáculo político o ideológico, casi siempre al margen de los intereses del común de las sociedades. Los comunistas rusos, que debían reconstruir un inmenso país hecho ruinas por las guerras y muy rezagado en la modernización, utilizaron y aprovecharon en pos de ello el insaciable apetito capitalista.

Las cosas, en su esencia, no cambiaron sustancialmente entre las mayorías sociales del mundo capitalista y de la Rusia Soviética. En esta última se produjeron poco a poco grandes avances sociales y económicos (especialmente si los consideramos en comparación con el estado de la cuestión en la Rusia zarista), pero el gran sueño del proletariado socialista se vio muy pronto truncado por la lucha intestina por el poder político. En este sentido, la fase que debía ser de la dictadura del proletariado acabó convirtiéndose en la dictadura del Partido Comunista. Los bolcheviques en el poder acabaron convirtiéndose en aquello contra lo que habían luchado, y la Rusia Soviética se convirtió en una dictadura comunista, donde el hecho central siguió siendo el clásico: una minoría privilegiada desde el poder del Estado oprimiendo, reprimiendo, encarcelando y asesinando a millones de entre su población.

¿Y el contexto general?

La Gran Guerra de 1914-1918 acabó rompiendo en pedazos los imperios de las Potencias Centrales en Europa y Oriente Próximo. Los imperios alemán, austro-húngaro y otomano quedaron desmembrados y sus territorios divididos para formar una serie de nuevos estados independientes y mandatos de la Sociedad de las Naciones. Aunque Alemania sobrevivió como nación, fue desposeída de sus colonias en ultramar y grandes partes de su territorio en el este y el oeste de la nación. Rusia perdió un 40 por ciento de su población y una cuarta parte de su territorio, fruto de los tratados de paz ya citados antes con las Potencias Centrales antes de acabar la guerra. De este caos de los imperios desmembrados surgieron 6 nuevos estados (Finlandia, Estonia, Letonia, Lituania, Polonia, Checoslovaquia); 4 antiguos reformados (Alemania, Austria, Hungría y Turquía), y 5 mandatos de la Sociedad de las Naciones (Palestina, Transjordania, Siria, Líbano e Irak). No surgieron sin violencia: en los cinco años que siguieron al final de la guerra, más de 4 millones de personas fueron asesinadas en guerras civiles o conflictos étnicos dentro de sus territorios. Muchos millones más se convirtieron en refugiados tras escapar durante la guerra de los ejércitos enemigos, o fueron desplazados a la fuerza, víctimas de una salvaje limpieza étnica propiciada por el colapso de los imperios. Si ya la guerra había causado en sí mismo más de 40 millones de bajas, entre muertos y heridos en el frente (militares) y la retaguardia (civiles), las revoluciones, las guerras civiles y los conflictos étnicos que siguieron produjeron un panorama dantesco en buena parte de Europa. Un cuadro terrible donde la inmensa mayoría de las víctimas procedían de las clases trabajadoras y dominadas, mientras que había una minoría muy minoritaria que se había llenado los bolsillos de oro y poder: las clases dominantes. Y que aumentarían todavía más su riqueza con la reconstrucción de lo que la guerra había devastado. Esta era la realidad subyacente tras los horrores de la guerra.

El “nuevo orden” que salió de la muerte y la devastación de esta guerra se erigió de nuevo y con más violencia sobre los cimientos del imperio, el colonialismo, el racismo y la explotación laboral. Un “nuevo orden” mundial que ayudó finalmente a que se establecieran una serie de gobiernos de extrema derecha (fascistas) con la firme intención de convertir a sus países (o recuperarlos) en nuevas potencias imperialistas. Ya no sólo era cuestión de explotar la mano de obra y la riqueza en sus propios países, sino de someter territorios de ultramar para explotar y subyugar en ellos lo mismo que en casa. Las nuevas democracias (todas ellas repúblicas) que se establecieron en los nuevos estados salidos del colapso de los imperios derrotados en la guerra, y también en sus viejos estados, muy pronto fueron destruidas por fuerzas fascistas que establecieron dictaduras de corte militar. La “nueva” Europa, y con ella el mundo, caminaba hacia una nueva guerra imperialista y racista de dimensiones desconocidas hasta entonces.

En los primeros meses de 1918 las fuerzas comunistas y anticomunistas combatieron en una terrible guerra civil en Finlandia que acabó con las vidas de 36.000 personas. Hacia el sur y a lo largo de los nuevos estados bálticos (Estonia, Letonia y Lituania), los mercenarios alemanes (muchos de ellos veteranos de la guerra) expoliaron pueblos y ciudades, masacraron a sus civiles y violaron a sus mujeres. Entre 1919 y 1920 las milicias húngaras en Budapest, en su lucha contra el régimen comunista, masacraron a unos 5.000 sospechosos de ser izquierdistas. Situaciones similares se extendieron por toda la Europa central y oriental. Se estima que hubo 29 transferencias violentas de poder hasta 1920 y unos 4 millones de víctimas mortales (una cantidad superior a la cifra combinada de muertes sufridas por Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos durante la guerra). Por su parte, la Revolución Rusa y su guerra civil y su guerra con Polonia causaron la muerte de unos 3 millones de rusos entre 1917 y 1923, más otros 2 millones víctimas de la hambruna entre 1921 y 1922. Finalmente, Estados Unidos se había convertido en 1919 en el mayor imperio del mundo, no en tierras pero sí en los ámbitos comercial y financiero. Era el gran acreedor a quien todo el mundo (incluidos los imperios europeos) debían dinero. Y en los años siguientes ampliaría ese imperio invisible dando forma territorial a sus ganancias o dominios, saliendo de la Segunda Guerra Mundial como el mayor imperio del planeta.

Todo esto que cuento es en sí mismo un relato, el mío. Dista mucho de ser original, ni de pretenderlo. Pero creo que desnuda los relatos falsos, sesgados, parciales o deliberadamente incompletos que tan a menudo han construido las “propagandas oficiales” y quienes las han difundido y defendido, también desde la disciplina histórica, a conveniencia de intereses ideológicos y políticos de cada momento, tanto dentro del capitalismo como el comunismo de esa época (que continúa por otras vertientes en la actual). Básicamente, hay ciertas realidades que han permanecido esencialmente inalteradas en la historia de la humanidad, pese a los progresos habidos en diferentes ámbitos de la misma. La guerra es una de ellas, una constante histórica que no surge como un fenómeno meteorológico o una catástrofe natural. En su abrumadora mayoría, las guerras son el resultado final de la confrontación de los insaciables apetitos de poder de unas minorías elitistas que condenan a la destrucción las vidas y los bienes de unas mayorías sociales. Enfrentar a estas mayorías sociales entre sí para ganarlas para la causa de la élites de poder es el objetivo del “relato oficial”, ya sea para ir a la guerra, ya sea después para justificarla. Voy a concluir con una perogrullada: si las guerras tuvieran que combatirlas en los fretes de batalla únicamente quienes las preparan, las provocan y las declaran, tened por seguro que que no habría guerras tal como las conocemos.

Saludos cordiales
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