La guadaña de la destrucción
Desde refugios improvisados en lo más profundo de las colinas, los noruegos escondidos vieron como el ejército de Rendulic transformaba los pueblos en islas de fuego. Con terrible eficacia, los alemanes en retirada se abrieron paso hacia el oeste, asolando a principios de noviembre un área de 160 kilómetros, de Kirkenes a Vadso, en el fiordo de Varenger.
Desde allí se dirigieron al norte hacia el pueblo de Berlevag. Un noruego recordaría más tarde la desolación absoluta de ese pueblo al paso del ejército:
“No quedaba una sola casa. Los que no habían sido llevados a la fuerza por los alemanes se habían ocultado en las montañas. Sólo quedaban 70 personas. Las encontramos buscando una lata de comida o un trozo de madera entre las ruinas”.
El terror continuó incluso después de que las nieves apagaran el último incendio del pueblo. Grupos más reducidos de alemanes regresaron para expulsar a los fugitivos, derribar paredes semiderruidas y matar a los animales que habían sobrevivido a la primera carnicería. Los noruegos se enfrentaron a la meticulosidad alemana con la conmovedora resolución de permanecer en las tierras arrasadas de Finnmark.
Aferrándose a la tierra.
Los alemanes encargados de evacuar los pueblos de Finnmark no contaron con la entereza de sus habitantes.
Sin dejarse desanimar por las extraordinarias pérdidas, y bajo la dureza del invierno, los supervivientes se aferraron a su tierra: miles se fundieron con las rocosas colinas para aguardar el paso de los alemanes, regresando días más tarde a sus pueblos arrasados para vivir en sótanos destruidos o en cabañas de barro. Allí, acosados por las enfermedades y el frío, subsistieron de pescado salado, grasa de ballena y de la escasa harina que había quedado.
Otros, temerosos de que regresaran los alemanes, decidieron permanecer en las cuevas y cavernas que tan bien les habían ocultado. Algunos se quedaron en sus refugios de montaña hasta que, por casualidad, fueron descubiertos al finalizar la guerra por equipos de rescate noruegos.
Fin del terror.
Los primeros habitantes de Finnmark en ser liberados fueron los residentes en Kirkenes, un pueblo minero en la frontera oriental de la región. A mediados de octubre de 1944, cuando en pleno repliegue del ejército alemán entró en Finnmark, 4.000 habitantes buscaron refugio en los húmedos túneles de una mina cercana.
Desde su escondite subterráneo los aterrados habitantes de Kirkenes escucharon el fuego de la artillería. El estruendo se prolongó varios días, mientras la retaguardia alemana repelía el avance de los soviéticos.
Finalmente, la noticia se abrió paso hasta el refugio: los soviéticos habían entrado en Kirkenes. Para los refugiados amontonados en la mina, el reino del terror de los alemanes había finalizado.
Fuentes:
Bajo el talón del conquistador (Time, Life, Rombo).
http://uit.no
www.bibl.u-szeged.hu
Saludos
Kühnheit, Kühnheit, immer Kühnheit...
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