La estrategia de la Italia Fascista: del Caos al Desastre…
Publicado: Jue May 23, 2024 7:23 pm
Introducción
El desastre militar de la Italia fascista y la innegable responsabilidad de Mussolini han sido comentados hasta la saciedad. Se ha escrito y analizado abundantemente en la desastrosa política mussoliniana y las limitaciones de las fuerzas armadas italianas en los desastres militares sufridos. Este trabajo no pretende ser una revisión de algo ya estudiado hasta la saciedad sino un intento de acercar al lector aficionado las complejidades de la sociedad y política fascista. Además de exponer el radicalismo de Mussolini, las limitaciones del estado fascista, el caos en que se desarrollaron las numerosas y a veces contradictorias líneas estratégicas mussolinianas es importante comprender como la incompetencia de sus ejecutores provocó el desastre político-militar de la Italia fascista en 1940-1943. Desde este punto de vista además de hacer una exposición sobre los sucesos intentaré dar una explicación del trasfondo político, económico y militar que llevó al fracaso total de la Italia fascista en su intento de convertirse en una gran potencia. Me centraré sobre todo en los años treinta hasta mediados de 1941 cuando la Italia fascista se convirtió en la práctica en un satélite dependiente del III Reich. Si hago comentarios sobre sucesos o actuaciones posteriores será para subrayar determinados comportamientos y actitudes que siguieron produciéndose más tarde.
I. Introducción a la política italiana de los años veinte y treinta
La subida al poder de Mussolini con su marcha a Roma en 1922 no fue un hecho heroico como proclamaba la propaganda fascista. En realidad fue una cesión de poder dentro de un arreglo orquestado por las élites conservadoras. Mussolini aunque fuera el dictador nominal tendría que convivir con la élite económica y financiera, el Ejército, la Iglesia y la burocracia estatal que retendrían una cierta autonomía. Los militares rendían sumisión a la Corona y fueron inicialmente bastante impermeables al poder fascista. Durante los años veinte y treinta Mussolini intentó penetrar en todos estos bloques de poder estableciendo sus peones e intentando limitar la influencia del aparato tradicional. No conseguiría el poder omnímodo detentado por Hitler en Alemania aunque Mussolini hacia 1939 había logrado más cuota de poder que en 1922.
II. La estrategia mussoliniana: Principales errores y causas
Durante los años veinte Mussolini a pesar de sus rimbombantes declaraciones sobre la necesaria expansión territorial italiana fue pragmático y cauto. A excepción de algún conflicto localizado y poco importante con Grecia y Yugoeslavia la realidad es que en Europa se comportó de forma muy contenida. Mussolini estaba afianzando su poder e intentando que el partido fascista ocupara parcelas de poder en los estamentos tradicionales. Por otra parte contaba con bastantes simpatías entre las clases conservadoras británicas y francesas que lo veían como un hombre fuerte de orden, capaz de mantener a raya al comunismo. Mussolini desató una cruel guerra de en Libia para destruir a los rebeldes senussis que duró varios años hasta aproximadamente 1931 pero políticamente Libia era territorio italiano y a pesar de su crueldad no tuvo ninguna repercusión internacional. La subida al poder de Hitler junto con la descomposición del orden establecido tras la I Guerra Mundial fue lo que desataría una política más agresiva. La constatación del derrumbe del orden internacional junto a la tentación de conseguir un imperio fácilmente fagocitando los despojos de los vencidos sería el impulsor en el nuevo enfoque.
La estrategia en la Italia fascista en los años treinta y en la II Guerra Mundial fue la amalgama inestable del caos creado por las disfuncionalidades de la personalidad de Mussolini y la ejecución de esos planes por parte de unos mandos militares miopes, serviles y letárgicos. Desde el punto de vista práctico la estrategia estuvo oscilando entre el dominio en los Balcanes, las aventuras de Abisinia y España, la preponderancia en el Mediterráneo y sumida en el caos, oportunismo, falta de realismo y por si fuera poco una ausencia de planes operativos. Mussolini con sus frecuentes cambios de objetivos, falta de comprensión de las realidades estratégicas y materiales del momento, dispersión en la formulación de sus objetivos estratégicos sumiría en la confusión a un alto mando militar disfuncional y a una burocracia embrollada e ineficaz.
Mussolini llevaba muchos años proclamando la necesidad de que Italia disfrutara de un imperio y territorios acordes con su posición de potencia mundial. El confinamiento de Italia en el Mediterráneo, mar controlado por Gran Bretaña, y la falta de recursos era algo que tenía que superarse mediante la acción política y la guerra. Desde el punto de vista conceptual y filosófico la guerra era para el régimen fascista la culminación del valor de la nación y su apoteosis. En la idea de guerra y expansión que tenía Mussolini, el estado fascista conseguiría de manera rápida el territorio e imperio que le habían negado las circunstancias históricas. Sería una guerra conseguida mediante la movilización masiva del pueblo italiano, efectuada con oportunismo para asegurar la victoria con rapidez y conseguir los territorios y poder que Italia merecía. Esta había sido una de las ideas centrales ideológicas desde principios de los años veinte pero no sería hasta 1933 que la ascensión de Hitler supuso un revulsivo en la escena internacional. Italia por fín tendría el imperio que merecía, el acceso a los mares y materias primas limitadas por Gran Bretaña y Francia.
Obviamente Mussolini se veía a si mismo como el hombre providencial que pondría en marcha ese programa imperial. Ahora bien, Mussolini era persona limitada intelectualmente, tenía una personalidad donde a lo largo de toda su vida había hecho gala de violencia física y amenaza a cualquiera que se interpusiera en sus objetivos. Había conseguido el poder mediante la agitación y amenaza apoyándose en los estamentos conservadores. Por otra parte la propaganda ilimitada sobre su personalidad y logros produjo un evidente endiosamiento que le haría ver con desconfianza cualquier opinión que no casara con sus ideas preconcebidas.
El cuerpo doctrinal fascista era bastante más confuso sobre que hacer con los territorios conquistados, en los africanos era fácil, los pueblos nativos serían súbditos sin casi derechos y poco más. En Europa no se contaba con una visión clara sobre que hacer con los yugoeslavos o griegos que quedaran dentro de la órbita italiana. Y todavía era más confusa sobre como iban a ser las relaciones políticas y económicas con la Alemania nazi. La cosmovisión racial de Hitler estaba ausente en el esquema mental de Mussolini que miraba con desdén el dogma racial del régimen nazi. Ahora bien, ese escepticismo hacia el radicalismo racial nazi no impedía la miopía más absoluta sobre la verdadera actitud de la población. Esta mostraba un gran desapego por los objetivos políticos del fascismo. La realidad es que el pueblo italiano no quería la guerra y no comprendía las razones para luchar en Libia o Rusia en pos de unos objetivos incomprensibles para muchos. Durante la guerra los italianos a excepción de una minoría ideologizada se mostrarían distanciados ante la autoridad centralizada fascista y los objetivos de la misma. No poca de esta actitud provenía de una desconfianza provinciana hacia un estado moderno pero recientemente fundado que no había superado la sociedad y cultura tradicional.
La opinión de Mussolini iría variando como sabemos, hacia mediados de los años treinta estaba en contra de que Alemania absorbiera a Austria y en general en que se impusiera en Europa central pues tenía ambiciones en los Balcanes e incluso países de Europa central como Hungría y Rumanía. Se enfrentaría ya en 1935 con Gran Bretaña y Francia por la invasión de Abisinia a pesar de que no estaba todavía alineado con Hitler. Pero a partir del Anschluss comenzó a acercarse a Hitler y con el desmembramiento de Checoslovaquia su alineamiento con este dictador era ya un hecho. A principios de 1939 estaba convencido que una gran contienda en Occidente era inevitable y que sería beneficiosa para Italia. Además del viejo objetivo de los Balcanes (Yugoeslavia, Albania y Grecia) y cierta dominación sobre Hungría y Rumanía tenía pretensiones sobre territorios franceses (Córcega, Túnez y una franja alrededor de la frontera francesa). Su pretensión era una “guerra paralela” de breve duración dentro de la guerra europea.(1)
El Estado mayor cuyo jefe fue mariscal Badoglio jefe de Estado Mayor entre 1925 hasta diciembre de 1940 no era más que la correa de transmisión a todo el estamento militar de las confusas directivas estratégicas del Duce. Badoglio, un militar conservador arquetípico de la época y los militares encargados de conformar esas directivas estratégicas en planes operativos eran de una manifiesta incompetencia, pasividad y servilismo. Apenas se apreciaban las consecuencias de la entrada en una guerra europea y posiblemente mundial. Y desde el punto de vista militar el desprecio hacia la mecanización, la integración de la tecnología militar y la gestión de la logística en pro de la creación de numerosas divisiones de infantería con escasa potencia de fuego y capacidad era consecuencia de las limitaciones intelectuales de la mayoría de mandos militares del momento.
Hay que recalcar que el principal culpable de todo el embrollo estratégico italiano fue el propio Mussolini. Su arbitrariedad, creencia en su propia infalibilidad, ausencia de análisis objetivo y casi total desconocimiento de las cuestiones militares serían una combinación mortal. El era el que decidía y formulaba las grandes líneas estratégicas y gran parte del caos que reinó en la Italia fascista fue culpa suya. Las limitaciones intelectuales de Mussolini producirían una serie de consecuencias negativas para sus propias aspiraciones, el principal fue que su subordinación al III Reich sin apenas contrapartidas le convertiría en una potencia satélite. Eso afectaría inevitablemente a sus ambiciones en Francia, norte de Africa o los Balcanes cuando las demandas italianas serían dejadas de lado ante las decisiones unilaterales alemanas. Estos hechos le contrariaban y provocarían reacciones y decisiones que más tienen que ver con un complejo psicológico de inferioridad que con un análisis realista de la situación. La participación en la Batalla de Inglaterra y en parte la agresión a Grecia o el envío de un contingente a Rusia no tenían ningún propósito estratégico salvo servir al ego de Mussolini y disipar fuerzas.
En segundo lugar fue una persona incapaz de formular propuestas realistas de acuerdo a las posibilidades materiales y alérgica a cualquier tipo de planificación sistemática. La arbitrariedad de sus decisiones fue la constante así como la ausencia del análisis sobre las consecuencias. Cuando se realizó algún análisis superficial fue siempre basado en escenarios del caso más favorable, tomando de manera acrítica las opiniones de los esbirros más aduladores. Sus disparatadas exigencias sobre los ataques a Francia o a Grecia sin prácticamente tiempo para efectuar preparativos y a través de un terreno completamente inadecuado, sin una gran superioridad material y con una logística precaria. Su fijación en objetivos de prestigio fue una constante en los años treinta y en 1940 y 1941. La invasión de Abisinia fue una empresa costosa contra un país sumido en el medievo y que no iba a aportar nada de importancia material a la Italia fascista. Las aventuras coloniales en países lejanos, sin infraestructura ni materias primas de interés sólo se pueden comprender desde la óptica del prestigio puesto que fueron empresas ruinosas financieramente.
La triste realidad económica de la Italia fascista es que era una potencia de segundo orden sin prácticamente materias primas. Mussolini aunque estaba plenamente informado de esas limitaciones actuaba como si fuera el supremo líder que decide a su voluntad sin preocuparse de minucias como la gestión de los recursos.
Debido a esa pobreza económica y a pesar del deseo de expandir la fabricación de armamentos, en 1939 según los diversos -y a veces contradictorios- informes militares quedaba claro que el Ejército no estaría dispuesto hasta 1942-43, la Aviación hasta 1941 y la Marina hacia 1942 para afrontar un conflicto armado. Y la situación de las materias primas era incluso peor con stocks muy bajos de carbón, combustible, metales y otros materiales. En estas condiciones cualquier aventura bélica tendría que ser muy breve y la gestión de los limitados recursos muy ajustada. Y sin embargo Mussolini aunque fuera consciente de las limitaciones materiales actuó sin criterio disipando los escasos recursos en disparatadas actuaciones.
Peor aún, no aprendió nada de los fracasos y reveses iniciales que podría haber llevado a reconsiderar los objetivos y medios para su consecución. Un ejemplo es la ocupación de Albania en abril de 1939 con una pobre planificación y ejecución. Como el asistente de Ciano dijo en la ocasión: “Si los albaneses hubieran tenido una brigada de bomberos bien armada, nos hubieran arrojado al Adriático…” Y sin embargo se repetiría la tónica de desastres similares junto a la negativa a reconocer las consecuencias de una determinada política. Así por ejemplo prácticamente no hubo valoración sobre lo que suponía para la A.O.I. (Africa Oriental Italiana) la entrada en la guerra. La derivada evidente de su caída debido su aislamiento e imposibilidad de suministro no fue siquiera considerada. La única posibilidad de evitarlo hubiera sido una ofensiva que conquistara Egipto, abriera el canal de Suez y permitiera la unión aunque fuera precaria con las fuerzas italianas y sin embargo apenas se aportaron los recursos para ello que se disipaban en una miríada de aventuras diversas.
Probablemente el peor error de Mussolini fue el pensar que la guerra iba a ser breve y que Gran Bretaña firmaría la paz una vez expulsada de Francia. Sobre la inevitable extensión de la guerra a otros contendientes (especialmente EE.UU. y la URSS) no se efectuó la menor reflexión.
En el terreno diplomático y de política exterior Mussolini practicó un creciente intervencionismo siendo de hecho él mismo ministro de Exteriores entre 1932 y 1936 en incluso durante unos meses de 1943 tras la defenestración de Ciano en febrero de aquel año. Comenzó una progresiva politización y radicalización ideológica con el nombramiento de Galeazzo Ciano como ministro y apartando a los diplomáticos de carrera y nombrando a militantes fascistas en países clave como Gran Bretaña y Alemania. La principal consecuencia fue el quitar de en medio a diplomáticos que no comulgaran con las tesis de Mussolini y en desdeñar cualquier información que contradijera la política dictada por Mussolini. En general los diplomáticos de carrera tenían una visión más objetiva y mucha más comprensión de la estrategia europea y mundial así como las fuerzas en liza que los más ideologizados diplomáticos fascistas.
Fuentes:
(1) MacGregor Knox: Mussolini Unleashed, 1939-1941: Strategy and Politics in Fascist Italy´s Last War. Cambridge University Press 1999.
El desastre militar de la Italia fascista y la innegable responsabilidad de Mussolini han sido comentados hasta la saciedad. Se ha escrito y analizado abundantemente en la desastrosa política mussoliniana y las limitaciones de las fuerzas armadas italianas en los desastres militares sufridos. Este trabajo no pretende ser una revisión de algo ya estudiado hasta la saciedad sino un intento de acercar al lector aficionado las complejidades de la sociedad y política fascista. Además de exponer el radicalismo de Mussolini, las limitaciones del estado fascista, el caos en que se desarrollaron las numerosas y a veces contradictorias líneas estratégicas mussolinianas es importante comprender como la incompetencia de sus ejecutores provocó el desastre político-militar de la Italia fascista en 1940-1943. Desde este punto de vista además de hacer una exposición sobre los sucesos intentaré dar una explicación del trasfondo político, económico y militar que llevó al fracaso total de la Italia fascista en su intento de convertirse en una gran potencia. Me centraré sobre todo en los años treinta hasta mediados de 1941 cuando la Italia fascista se convirtió en la práctica en un satélite dependiente del III Reich. Si hago comentarios sobre sucesos o actuaciones posteriores será para subrayar determinados comportamientos y actitudes que siguieron produciéndose más tarde.
I. Introducción a la política italiana de los años veinte y treinta
La subida al poder de Mussolini con su marcha a Roma en 1922 no fue un hecho heroico como proclamaba la propaganda fascista. En realidad fue una cesión de poder dentro de un arreglo orquestado por las élites conservadoras. Mussolini aunque fuera el dictador nominal tendría que convivir con la élite económica y financiera, el Ejército, la Iglesia y la burocracia estatal que retendrían una cierta autonomía. Los militares rendían sumisión a la Corona y fueron inicialmente bastante impermeables al poder fascista. Durante los años veinte y treinta Mussolini intentó penetrar en todos estos bloques de poder estableciendo sus peones e intentando limitar la influencia del aparato tradicional. No conseguiría el poder omnímodo detentado por Hitler en Alemania aunque Mussolini hacia 1939 había logrado más cuota de poder que en 1922.
II. La estrategia mussoliniana: Principales errores y causas
Durante los años veinte Mussolini a pesar de sus rimbombantes declaraciones sobre la necesaria expansión territorial italiana fue pragmático y cauto. A excepción de algún conflicto localizado y poco importante con Grecia y Yugoeslavia la realidad es que en Europa se comportó de forma muy contenida. Mussolini estaba afianzando su poder e intentando que el partido fascista ocupara parcelas de poder en los estamentos tradicionales. Por otra parte contaba con bastantes simpatías entre las clases conservadoras británicas y francesas que lo veían como un hombre fuerte de orden, capaz de mantener a raya al comunismo. Mussolini desató una cruel guerra de en Libia para destruir a los rebeldes senussis que duró varios años hasta aproximadamente 1931 pero políticamente Libia era territorio italiano y a pesar de su crueldad no tuvo ninguna repercusión internacional. La subida al poder de Hitler junto con la descomposición del orden establecido tras la I Guerra Mundial fue lo que desataría una política más agresiva. La constatación del derrumbe del orden internacional junto a la tentación de conseguir un imperio fácilmente fagocitando los despojos de los vencidos sería el impulsor en el nuevo enfoque.
La estrategia en la Italia fascista en los años treinta y en la II Guerra Mundial fue la amalgama inestable del caos creado por las disfuncionalidades de la personalidad de Mussolini y la ejecución de esos planes por parte de unos mandos militares miopes, serviles y letárgicos. Desde el punto de vista práctico la estrategia estuvo oscilando entre el dominio en los Balcanes, las aventuras de Abisinia y España, la preponderancia en el Mediterráneo y sumida en el caos, oportunismo, falta de realismo y por si fuera poco una ausencia de planes operativos. Mussolini con sus frecuentes cambios de objetivos, falta de comprensión de las realidades estratégicas y materiales del momento, dispersión en la formulación de sus objetivos estratégicos sumiría en la confusión a un alto mando militar disfuncional y a una burocracia embrollada e ineficaz.
Mussolini llevaba muchos años proclamando la necesidad de que Italia disfrutara de un imperio y territorios acordes con su posición de potencia mundial. El confinamiento de Italia en el Mediterráneo, mar controlado por Gran Bretaña, y la falta de recursos era algo que tenía que superarse mediante la acción política y la guerra. Desde el punto de vista conceptual y filosófico la guerra era para el régimen fascista la culminación del valor de la nación y su apoteosis. En la idea de guerra y expansión que tenía Mussolini, el estado fascista conseguiría de manera rápida el territorio e imperio que le habían negado las circunstancias históricas. Sería una guerra conseguida mediante la movilización masiva del pueblo italiano, efectuada con oportunismo para asegurar la victoria con rapidez y conseguir los territorios y poder que Italia merecía. Esta había sido una de las ideas centrales ideológicas desde principios de los años veinte pero no sería hasta 1933 que la ascensión de Hitler supuso un revulsivo en la escena internacional. Italia por fín tendría el imperio que merecía, el acceso a los mares y materias primas limitadas por Gran Bretaña y Francia.
Obviamente Mussolini se veía a si mismo como el hombre providencial que pondría en marcha ese programa imperial. Ahora bien, Mussolini era persona limitada intelectualmente, tenía una personalidad donde a lo largo de toda su vida había hecho gala de violencia física y amenaza a cualquiera que se interpusiera en sus objetivos. Había conseguido el poder mediante la agitación y amenaza apoyándose en los estamentos conservadores. Por otra parte la propaganda ilimitada sobre su personalidad y logros produjo un evidente endiosamiento que le haría ver con desconfianza cualquier opinión que no casara con sus ideas preconcebidas.
El cuerpo doctrinal fascista era bastante más confuso sobre que hacer con los territorios conquistados, en los africanos era fácil, los pueblos nativos serían súbditos sin casi derechos y poco más. En Europa no se contaba con una visión clara sobre que hacer con los yugoeslavos o griegos que quedaran dentro de la órbita italiana. Y todavía era más confusa sobre como iban a ser las relaciones políticas y económicas con la Alemania nazi. La cosmovisión racial de Hitler estaba ausente en el esquema mental de Mussolini que miraba con desdén el dogma racial del régimen nazi. Ahora bien, ese escepticismo hacia el radicalismo racial nazi no impedía la miopía más absoluta sobre la verdadera actitud de la población. Esta mostraba un gran desapego por los objetivos políticos del fascismo. La realidad es que el pueblo italiano no quería la guerra y no comprendía las razones para luchar en Libia o Rusia en pos de unos objetivos incomprensibles para muchos. Durante la guerra los italianos a excepción de una minoría ideologizada se mostrarían distanciados ante la autoridad centralizada fascista y los objetivos de la misma. No poca de esta actitud provenía de una desconfianza provinciana hacia un estado moderno pero recientemente fundado que no había superado la sociedad y cultura tradicional.
La opinión de Mussolini iría variando como sabemos, hacia mediados de los años treinta estaba en contra de que Alemania absorbiera a Austria y en general en que se impusiera en Europa central pues tenía ambiciones en los Balcanes e incluso países de Europa central como Hungría y Rumanía. Se enfrentaría ya en 1935 con Gran Bretaña y Francia por la invasión de Abisinia a pesar de que no estaba todavía alineado con Hitler. Pero a partir del Anschluss comenzó a acercarse a Hitler y con el desmembramiento de Checoslovaquia su alineamiento con este dictador era ya un hecho. A principios de 1939 estaba convencido que una gran contienda en Occidente era inevitable y que sería beneficiosa para Italia. Además del viejo objetivo de los Balcanes (Yugoeslavia, Albania y Grecia) y cierta dominación sobre Hungría y Rumanía tenía pretensiones sobre territorios franceses (Córcega, Túnez y una franja alrededor de la frontera francesa). Su pretensión era una “guerra paralela” de breve duración dentro de la guerra europea.(1)
El Estado mayor cuyo jefe fue mariscal Badoglio jefe de Estado Mayor entre 1925 hasta diciembre de 1940 no era más que la correa de transmisión a todo el estamento militar de las confusas directivas estratégicas del Duce. Badoglio, un militar conservador arquetípico de la época y los militares encargados de conformar esas directivas estratégicas en planes operativos eran de una manifiesta incompetencia, pasividad y servilismo. Apenas se apreciaban las consecuencias de la entrada en una guerra europea y posiblemente mundial. Y desde el punto de vista militar el desprecio hacia la mecanización, la integración de la tecnología militar y la gestión de la logística en pro de la creación de numerosas divisiones de infantería con escasa potencia de fuego y capacidad era consecuencia de las limitaciones intelectuales de la mayoría de mandos militares del momento.
Hay que recalcar que el principal culpable de todo el embrollo estratégico italiano fue el propio Mussolini. Su arbitrariedad, creencia en su propia infalibilidad, ausencia de análisis objetivo y casi total desconocimiento de las cuestiones militares serían una combinación mortal. El era el que decidía y formulaba las grandes líneas estratégicas y gran parte del caos que reinó en la Italia fascista fue culpa suya. Las limitaciones intelectuales de Mussolini producirían una serie de consecuencias negativas para sus propias aspiraciones, el principal fue que su subordinación al III Reich sin apenas contrapartidas le convertiría en una potencia satélite. Eso afectaría inevitablemente a sus ambiciones en Francia, norte de Africa o los Balcanes cuando las demandas italianas serían dejadas de lado ante las decisiones unilaterales alemanas. Estos hechos le contrariaban y provocarían reacciones y decisiones que más tienen que ver con un complejo psicológico de inferioridad que con un análisis realista de la situación. La participación en la Batalla de Inglaterra y en parte la agresión a Grecia o el envío de un contingente a Rusia no tenían ningún propósito estratégico salvo servir al ego de Mussolini y disipar fuerzas.
En segundo lugar fue una persona incapaz de formular propuestas realistas de acuerdo a las posibilidades materiales y alérgica a cualquier tipo de planificación sistemática. La arbitrariedad de sus decisiones fue la constante así como la ausencia del análisis sobre las consecuencias. Cuando se realizó algún análisis superficial fue siempre basado en escenarios del caso más favorable, tomando de manera acrítica las opiniones de los esbirros más aduladores. Sus disparatadas exigencias sobre los ataques a Francia o a Grecia sin prácticamente tiempo para efectuar preparativos y a través de un terreno completamente inadecuado, sin una gran superioridad material y con una logística precaria. Su fijación en objetivos de prestigio fue una constante en los años treinta y en 1940 y 1941. La invasión de Abisinia fue una empresa costosa contra un país sumido en el medievo y que no iba a aportar nada de importancia material a la Italia fascista. Las aventuras coloniales en países lejanos, sin infraestructura ni materias primas de interés sólo se pueden comprender desde la óptica del prestigio puesto que fueron empresas ruinosas financieramente.
La triste realidad económica de la Italia fascista es que era una potencia de segundo orden sin prácticamente materias primas. Mussolini aunque estaba plenamente informado de esas limitaciones actuaba como si fuera el supremo líder que decide a su voluntad sin preocuparse de minucias como la gestión de los recursos.
Debido a esa pobreza económica y a pesar del deseo de expandir la fabricación de armamentos, en 1939 según los diversos -y a veces contradictorios- informes militares quedaba claro que el Ejército no estaría dispuesto hasta 1942-43, la Aviación hasta 1941 y la Marina hacia 1942 para afrontar un conflicto armado. Y la situación de las materias primas era incluso peor con stocks muy bajos de carbón, combustible, metales y otros materiales. En estas condiciones cualquier aventura bélica tendría que ser muy breve y la gestión de los limitados recursos muy ajustada. Y sin embargo Mussolini aunque fuera consciente de las limitaciones materiales actuó sin criterio disipando los escasos recursos en disparatadas actuaciones.
Peor aún, no aprendió nada de los fracasos y reveses iniciales que podría haber llevado a reconsiderar los objetivos y medios para su consecución. Un ejemplo es la ocupación de Albania en abril de 1939 con una pobre planificación y ejecución. Como el asistente de Ciano dijo en la ocasión: “Si los albaneses hubieran tenido una brigada de bomberos bien armada, nos hubieran arrojado al Adriático…” Y sin embargo se repetiría la tónica de desastres similares junto a la negativa a reconocer las consecuencias de una determinada política. Así por ejemplo prácticamente no hubo valoración sobre lo que suponía para la A.O.I. (Africa Oriental Italiana) la entrada en la guerra. La derivada evidente de su caída debido su aislamiento e imposibilidad de suministro no fue siquiera considerada. La única posibilidad de evitarlo hubiera sido una ofensiva que conquistara Egipto, abriera el canal de Suez y permitiera la unión aunque fuera precaria con las fuerzas italianas y sin embargo apenas se aportaron los recursos para ello que se disipaban en una miríada de aventuras diversas.
Probablemente el peor error de Mussolini fue el pensar que la guerra iba a ser breve y que Gran Bretaña firmaría la paz una vez expulsada de Francia. Sobre la inevitable extensión de la guerra a otros contendientes (especialmente EE.UU. y la URSS) no se efectuó la menor reflexión.
En el terreno diplomático y de política exterior Mussolini practicó un creciente intervencionismo siendo de hecho él mismo ministro de Exteriores entre 1932 y 1936 en incluso durante unos meses de 1943 tras la defenestración de Ciano en febrero de aquel año. Comenzó una progresiva politización y radicalización ideológica con el nombramiento de Galeazzo Ciano como ministro y apartando a los diplomáticos de carrera y nombrando a militantes fascistas en países clave como Gran Bretaña y Alemania. La principal consecuencia fue el quitar de en medio a diplomáticos que no comulgaran con las tesis de Mussolini y en desdeñar cualquier información que contradijera la política dictada por Mussolini. En general los diplomáticos de carrera tenían una visión más objetiva y mucha más comprensión de la estrategia europea y mundial así como las fuerzas en liza que los más ideologizados diplomáticos fascistas.
Fuentes:
(1) MacGregor Knox: Mussolini Unleashed, 1939-1941: Strategy and Politics in Fascist Italy´s Last War. Cambridge University Press 1999.










