El libro de Russell Stolfi
Publicado: Jue Mar 12, 2009 12:15 am
Hola queridos amigos, he estado buscando por Internet el libro de Stolfi, " Los panzer de Hitler en el este " pues yo lo presté en su momento y, como es obligatorio, no me lo volvieron. Aunque, al presente, lo tengo escaneado, he estado curioseando por si estaba completo en algún portal. Como ya sé que todos sois muy buenos conocedores de la Red seguramente ya sabíais que hay un portal, que yo desconocía, llamado " La Segunda Guerra Mundial. Los años que cambiaron al mundo ", en el cual está este libro traducido. Hay también muchas traducciones de diversos temas, incluso algún artículo del coronel Glantz, sumo pontífice del Ostfront. Si está entre nosotros, bajo el anonimato de un pseudónimo, el esforzado traductor de tantas maravillas, el señor Francisco Medina, le quiero saludar y ofrecerle mi admiración por su admirable y desinteresada labor. Bueno, me he leído los ciento y pico folios del libro de Stolfi, he sacado, fielmente, apuntes y citas, y he querido hacer un resumen. Ahora, si puede ser, me gustaría, a mi vez, ofrecerlo, por si lo queréis leer. Para no cargar en exceso, he pensado publicar aquí este resumen en dos partes. Bueno, a ver que os parece.
Recibid, como siempre un abrazo de vuestro amigo
TORIFUNE
VALE IN CRASTINUM
LOS PANZER DE HITLER EN EL ESTE
En el libro “ Los panzer de Hitler en el este “, Russell Stolfi pretende demostrar que la campaña de Rusia que, con tan buenos presagios, emprendió Hitler, en 1941, fracasó a raíz de la falta de audacia y agresividad de su comandante en jefe, lo que motivó desastrosas decisiones militares que acarrearon las precondiciones que condujeron a la rendición incondicional a las tropas rusas y aliadas el ocho de mayo de 1945.
En efecto, Hitler, que, en política, siempre se mostró imaginativo y decidido, funcionó temerosamente y con indecisión en el terreno militar, que él concibió, acertadamente, además, como la continuación lineal de las conquistas políticas. El relevo de Halder supuso la pérdida definitiva de la visión militar en las operaciones bélicas y la preponderancia última del estilo de combate hitleriano, incapaz de asumir, al menos en forma práctica, los grandes retos militares a los que se enfrentaba la Werhmacht.
Si nos retrotraemos a los inicios de la IIGM, a la campaña de Francia, no sólo Hitler sino todo el OKH fueron incapaces de presentar un gran concepto operacional para decidir la situación bélica planteada en las fronteras del Oeste. Los mandos supremos estaban paralizados por el respeto al ejército francés y porque no encontraban solución al problema que originaba la existencia de la línea Maginot, que cerraba todas las posibilidades alemanas de invasión y arrinconaba a los ejércitos germanos en una zona carente por completo de espacio para la gran maniobra estratégica.
Entonces fue cuando surgió Manstein y aportó un término operacionalmente nuevo. Parece mentira que nadie, entre los jefes alemanes, hubiese dado con la única solución posible: el principio de la puerta basculante y, como resultado final, el golpe de hoz. Hitler partía de un concepto bélico limitado, que no pretendía la victoria decisiva. Antes bien, tan sólo se quería asegurar un cierto espacio que permitiese a Alemania vivir, aunque fuese bajo asedio. Esto significaba volver a la misma situación de empate que se originó durante la IGM. Hitler sabía muy bien que este empate, con el tiempo, acabaría, ineludiblemente, resolviéndose a favor del enemigo. Pero aún así no estaba dispuesto a forzar una peligrosa ruptura militar enfrentándose decididamente al ejército francés, el mayor y el más potente ejército del mundo, coaligado, además, con las temibles y eficaces fuerzas inglesas.
Esta era la situación en la mente de Hitler hasta que llegó Manstein con la única respuesta posible. Precisamente, toda la campaña de Rusia se hundió por el hecho de que no hubo allí ningún Manstein que plantease un concepto operacional unitario para derrotar en bloque a todo el ejército ruso. En lugar de esto, el gigantesco proyecto estratégico que bullía con claridad en la mente de Hitler acabó en una interminable serie de combates particulares que suponían la sustitución de la perspectiva estratégica de alto nivel por una serie de conquistas económicas a corto plazo con el único fin de asegurar la supervivencia del movimiento nazi y la popularidad del mando supremo.
En el momento de tomar la decisión de ir a la guerra, Hitler no era un líder que dictase su voluntad contra la voluntad del pueblo. Él era consciente del desgaste que hubiera supuesto seguir este camino. Así, en consecuencia, cuando ya barruntaba que la guerra podría ser la continuación natural de sus exigencias políticas, ni siquiera quiso imponer al pueblo alemán las necesidades, económicamente brutales, de una política de rearme. Por eso el esfuerzo alemán en rearme fue, más bien, modesto, sobre todo en comparación con países como Rusia, donde toda la economía, a partir de la posguerra, fue reorientada con total desprecio hacia los sentimientos populares. Hitler era un dictador populista y no podía consentir en que sus actuaciones provocasen un impacto negativo en el afecto de los alemanes.
Stalin, sin embargo, estaba en una posición más aventajada pues no dependía de las masas para garantizar su continuidad. Le era totalmente indiferente la simpatía del pueblo, y el hecho de que la implantación de la economía soviética y de que la colectivización forzada provocase constantes y graves rebeliones no le hacía ser más tierno con su propio pueblo. Seguramente fue el al contrario: la resistencia de muchos campesinos y las dificultades en implantar una importante base industrial no hicieron sino exacerbar su impaciencia y acentuar su sadismo.
Cuando se inicia la campaña de Rusia, el 22 de junio de 1941, Hitler emprende una aventura de resultados inciertos. Pero cuando se llega al 16 de julio ya casi están creadas las precondiciones necesarias para que venza el Ejército Alemán. Entonces es el momento en que asoma el Hitler timorato y asustadizo. El Hitler incapaz de asumir grandes y colosales riesgos militares, el Hitler obsesionado por su éxito entre las masas, el Hitler que era consciente de que una etapa de largas privaciones y una economía de guerra podrían provocar su descrédito y, a la larga, su destrucción.
Así vivió él las interminables carencias básicas que sufrió Alemania en la IGM.
Él percibió acertadamente que la Alemania de Weimar no pudo evitar la erosión continua de un sistema económico sometido al asedio y a la carestía constante por parte de los países aliados. La antigua prosperidad alemana desapareció y el resentimiento empezó a brotar en las mentes de todos los ciudadanos.
A punto ya de derrotar al Ejército Ruso, Hitler vacila dando ocasión para que las fuerzas rusas recuperen la compostura. Conquistado Smolensko, la puerta de los ríos, Hitler manda detener el avance del Grupo de Ejércitos Centro, donde se había situado el Schwerpunkt, y retorna a su mentalidad de fortaleza abriendo la puerta a secundarios objetivos de tipo económico. Y ya se acabó todo.
Pero es que lo mismo estaba pasando en el Grupo de Ejércitos Norte, con von Leeb. Y lo mismo había pasado en la campaña del Oeste, estando al borde del completo desastre militar.
En efecto, al principio, en el frente Oeste, Hitler, se contentaba tan sólo con asegurar Bélgica. Después, una vez que las fuerzas alemanas empezaron a hacer progresos arrollando a las fuerzas francesas, Hitler estancó los avances para que se aseguraran regiones importantes por su producción de acero, hierro y carbón, aunque esto significase no sólo contradecir la misma realidad de la Blitzkrieg sino poner en peligro todas las conquistas e, incluso, el mismo porvenir de la guerra. Parece que Hitler era incapaz de reconocer que si se derrotaba rápidamente al ejército enemigo todas las reservas de acero y minerales estratégicos caerían en sus manos. Él, simplemente, seguía fijo en su mentalidad economicista y quería asegurar, antes que nada, el nivel de vida de la población alemana.
Hitler permanecía mentalmente bloqueado en una mentalidad de fortaleza que le impedía ser capaz de asumir los graves riesgos nacionales inherentes a cualquier decisión histórica. Porque, como ya hemos dicho, también en el Oeste pretendía, únicamente, unos limitados objetivos militares para conseguir unas discutibles conquistas económicas. Hitler nunca comprendió que la esencia de la Blitzkrieg es la victoria instantánea. Hitler no entendió que el primer movimiento ya ha de acarrear la inevitable victoria puesto que crea las precondiciones que conducen al éxito. De hecho la Campaña de Francia lo demuestra: el primer y genial movimiento, el cruce del Mosa, ya significó que se había ganado, casi, toda la campaña. La guerra en el Oeste se ganó en tan sólo cuatro días: el tiempo que se tardó en cruzar el Mosa y avanzar hacia el otro lado. En la teoría de la Blitzkrieg, la apertura lo es todo, y un movimiento que signifique derroche de oportunidades conlleva el fracaso final. Así pues, Barbarroja y Taifún significaron enormes éxitos operacionales pero absolutos desastres estratégicos. Tras Barbarroja, hiciera lo que hiciera el ejército alemán, la derrota ya estaba predeterminada. Y es que después de Barbarroja no sólo se había perdido ya la dominación psicológica por parte del invasor hacia el ejército ruso sino que además se había trasnochado ya todo concepto de victoria militar. Entonces es, en efecto, cuando Hitler empieza a afianzar la necesidad de lograr secundarios objetivos económicos en la cuenca del Donetz.
Esta decisión de Hitler supone perder de vista la trayectoria militar del conflicto por cuanto arrastra a una dispersión de fuerzas y de esfuerzos, dando, además, al enemigo el tiempo necesario para que se recomponga. Esto es algo típico de mentes militarmente irresolutas porque son políticamente dependientes de la emoción y del afecto del pueblo.
Y, sin embargo, Hitler en política actuó con una audacia y una rapidez casi increíbles. De hecho, superó a Bismarck como unificador de las naciones y los pueblos de expresión alemana. Esta política relámpago, de conquistas y de recuperación del orgullo nacional ( Blitzaussenpolitik ) fue el mayor logro hitleriano, puesto que no hubo derramamiento de sangre. Hitler recuperó territorios, ganó otros nuevos y extendió el prestigio alemán a alturas ni siquiera soñadas en la República de Weimar sin disparar una sola bala.
Hitler recurrió a una política agotadora y dramática, actuando sobre terrenos seguros para él, sabiendo que tenía todas las de ganar y sabiendo que, en política internacional, la primera declaración de intenciones ya debe acarrear la victoria formal e inmediata o, por lo menos, las precondiciones de la misma.
Desde este punto de vista, la decisión de atacar a Rusia era la correcta pues sabemos de sobra que Stalin ya había decidido atacar a Alemania no más tarde del verano del 42. El desplazamiento del ejército ruso a las fronteras con Alemania, el gigantesco programa de fortificaciones, rearme y reorganización y, sobre todo, la negativa de Molotov de seguir colaborando con Alemania en la cesión de importantísimos minerales estratégicos aseguró a Hitler que intervenir contra Rusia, a corto plazo, era la decisión correcta. De hecho, era la única decisión válida para Alemania. Tampoco hay que negligir la violencia del imperialismo soviético en el Báltico así como sus exigencias totalmente inasumibles de bases en los estrechos de Dinamarca, el Bósforo e incluso en los territorios polacos del Reich y la necesidad de manos libres en Yugoeslavia, Bulgaria y Rumania. Estas peticiones imposibles convencieron a Hitler de que los rusos entrarían en guerra contra Alemania en un plazo no muy largo.
Por otra parte, tanto Alemania como la Rusia comunista estaban imbuidas de la ideología fanática del inherente cumplimiento de una misión histórica. La partición de Polonia, además, había hecho vecinos a los jurados y dinámicos enemigos. Su posición era la de “ pecho contra pecho “, como dijo el propio Hitler.
Una vez ya en guerra, Hitler, el político astuto y eficaz, fue incapaz de aportar sus novedades y su estilo a la conducción de la guerra. El Hitler militar siguió dando prioridad a la esencia de su éxito político- social: el ser un alemán de alemanes. Es decir, un populista fanático.
Así pues, hemos definido al Hitler militar con sus dos rasgos políticos más notables, es decir, fanático y populista. Un fanático y populista que hubo de enfrentarse a crisis desafiantes en el terreno militar para las cuales no tenía la mentalidad adecuada.
Parece mentira cómo Hitler, que siempre se jactó de su intrepidez, se comportó tan ponderadamente en toda la guerra en el Ostfront considerando obsesivamente los intereses económicos alemanes, en primer lugar, y, después, a los aliados rumanos, húngaros, checos, finlandeses, a los posibles aliados ( como Turquía ) y a los conniventes ( como España y Suecia ). Pero no nos engañemos, aunque Hitler diese importancia a estos aspectos tan materialistas, tan simplemente domésticos y tan escasamente ideologizados, la verdad es que la ausencia de sentido de la proporción fue la razón del éxito nazi, y no la causa de su destrucción, como comúnmente se dice. ¿ Quién habría pensado que un club de resentidos de poca monta y bebedores de cerveza, cuyos activos monetarios, en el momento de llegar Hitler al NSADP, eran siete marcos y que se reunían en sombrías tabernas iba a ser, pocos años más tarde, el árbitro de la paz mundial ? ¿ Quién lo habría pensado ? La audacia y el no tener límites en la proyección de sus metas fue la principal fuerza de este partido y el origen de toda su descomunal energía.
Un Hitler realista, con un adecuado sentido de la proporción, nunca se hubiera embarcado en los océanos por los que navegó. Y, sin embargo, este planteamiento se quiebra cuando entramos en la lógica de la Blitzkrieg. Cuanta más intrepidez y espectacularidad en las decisiones necesitaba la Blitzkrieg más sentido de la proporción, prudencia y conservadurismo exhibía Hitler.
Nos sigue desconcertando su atrevimiento en las soluciones políticas y su parálisis cuando había de asumir riesgos militares. Por ejemplo, el nueve de marzo de 1938, Hitler decidió el uso del ejército para resolver la crisis de Austria. En consecuencia, ordenó al Alto Mando que el Heer fuese trasladado a las fronteras con Austria y estuviese dispuesto no más tarde del día once de marzo a las nueve de la mañana. El día señalado, a las nueve y media de la mañana el Ejército alemán se hallaba ya perfectamente desplegado y dispuesto para invadir Austria. La desmesura de esta teatral y arriesgada decisión dejó congelados a todos los miembros de la oposición nazi en Austria. La respuesta que la movilización militar alemana suscitó en las masas fue una sacudida clamorosa de apoyo incondicional en Austria al tiempo que los elementos que se oponían, dentro y fuera del país, quedaron superados por el paroxismo emotivo que desencadenó el calculado movimiento nazi. Una vez más, para bien de Hitler, triunfó la desmesura. ¿ Acaso hubiera se hubiera atrevido Hitler a realizar un gesto tan amenazador si hubiese tenido sentido de la proporción ? ¿ Acaso, Hitler, no se daba cuenta de que si en política seguía los derroteros del sentido común y del sentido de la proporción las posibilidades de éxito eran nulas ?
Así era el Hitler político. Hábil y decidido, y muy calculador en cuanto al sentido de la oportunidad. Porque el Hitler político no era un alocado jugador de póquer que apostaba, azarosamente. No. Hitler apostaba sobre seguro, sabiendo que sólo podía ganar. Si no, no cabía el juego. Sin embargo, en el terreno militar, funcionaba el otro Hitler: el que se aferraba al sentido de la proporción por encima de cualquier otro valor propiciando, así, no sólo la derrota histórica de su excelente ejército sino, lo que es peor, sufrimientos incontables a su propio pueblo y a toda la Humanidad. En efecto, la fijación de Hitler por conducir la guerra según presupuestos, básicamente, economicistas ( por ejemplo, el ataque a Leningrado, la ocupación de Ucrania y del Cáucaso, la conquista de Crimea, necesaria, además, para mantener su prestigio frente a Rumania, Turquía y Bulgaria ) demuestran su palpable sentido de la realidad, de la medida y de la proporción.
Recibid, como siempre un abrazo de vuestro amigo
TORIFUNE
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LOS PANZER DE HITLER EN EL ESTE
En el libro “ Los panzer de Hitler en el este “, Russell Stolfi pretende demostrar que la campaña de Rusia que, con tan buenos presagios, emprendió Hitler, en 1941, fracasó a raíz de la falta de audacia y agresividad de su comandante en jefe, lo que motivó desastrosas decisiones militares que acarrearon las precondiciones que condujeron a la rendición incondicional a las tropas rusas y aliadas el ocho de mayo de 1945.
En efecto, Hitler, que, en política, siempre se mostró imaginativo y decidido, funcionó temerosamente y con indecisión en el terreno militar, que él concibió, acertadamente, además, como la continuación lineal de las conquistas políticas. El relevo de Halder supuso la pérdida definitiva de la visión militar en las operaciones bélicas y la preponderancia última del estilo de combate hitleriano, incapaz de asumir, al menos en forma práctica, los grandes retos militares a los que se enfrentaba la Werhmacht.
Si nos retrotraemos a los inicios de la IIGM, a la campaña de Francia, no sólo Hitler sino todo el OKH fueron incapaces de presentar un gran concepto operacional para decidir la situación bélica planteada en las fronteras del Oeste. Los mandos supremos estaban paralizados por el respeto al ejército francés y porque no encontraban solución al problema que originaba la existencia de la línea Maginot, que cerraba todas las posibilidades alemanas de invasión y arrinconaba a los ejércitos germanos en una zona carente por completo de espacio para la gran maniobra estratégica.
Entonces fue cuando surgió Manstein y aportó un término operacionalmente nuevo. Parece mentira que nadie, entre los jefes alemanes, hubiese dado con la única solución posible: el principio de la puerta basculante y, como resultado final, el golpe de hoz. Hitler partía de un concepto bélico limitado, que no pretendía la victoria decisiva. Antes bien, tan sólo se quería asegurar un cierto espacio que permitiese a Alemania vivir, aunque fuese bajo asedio. Esto significaba volver a la misma situación de empate que se originó durante la IGM. Hitler sabía muy bien que este empate, con el tiempo, acabaría, ineludiblemente, resolviéndose a favor del enemigo. Pero aún así no estaba dispuesto a forzar una peligrosa ruptura militar enfrentándose decididamente al ejército francés, el mayor y el más potente ejército del mundo, coaligado, además, con las temibles y eficaces fuerzas inglesas.
Esta era la situación en la mente de Hitler hasta que llegó Manstein con la única respuesta posible. Precisamente, toda la campaña de Rusia se hundió por el hecho de que no hubo allí ningún Manstein que plantease un concepto operacional unitario para derrotar en bloque a todo el ejército ruso. En lugar de esto, el gigantesco proyecto estratégico que bullía con claridad en la mente de Hitler acabó en una interminable serie de combates particulares que suponían la sustitución de la perspectiva estratégica de alto nivel por una serie de conquistas económicas a corto plazo con el único fin de asegurar la supervivencia del movimiento nazi y la popularidad del mando supremo.
En el momento de tomar la decisión de ir a la guerra, Hitler no era un líder que dictase su voluntad contra la voluntad del pueblo. Él era consciente del desgaste que hubiera supuesto seguir este camino. Así, en consecuencia, cuando ya barruntaba que la guerra podría ser la continuación natural de sus exigencias políticas, ni siquiera quiso imponer al pueblo alemán las necesidades, económicamente brutales, de una política de rearme. Por eso el esfuerzo alemán en rearme fue, más bien, modesto, sobre todo en comparación con países como Rusia, donde toda la economía, a partir de la posguerra, fue reorientada con total desprecio hacia los sentimientos populares. Hitler era un dictador populista y no podía consentir en que sus actuaciones provocasen un impacto negativo en el afecto de los alemanes.
Stalin, sin embargo, estaba en una posición más aventajada pues no dependía de las masas para garantizar su continuidad. Le era totalmente indiferente la simpatía del pueblo, y el hecho de que la implantación de la economía soviética y de que la colectivización forzada provocase constantes y graves rebeliones no le hacía ser más tierno con su propio pueblo. Seguramente fue el al contrario: la resistencia de muchos campesinos y las dificultades en implantar una importante base industrial no hicieron sino exacerbar su impaciencia y acentuar su sadismo.
Cuando se inicia la campaña de Rusia, el 22 de junio de 1941, Hitler emprende una aventura de resultados inciertos. Pero cuando se llega al 16 de julio ya casi están creadas las precondiciones necesarias para que venza el Ejército Alemán. Entonces es el momento en que asoma el Hitler timorato y asustadizo. El Hitler incapaz de asumir grandes y colosales riesgos militares, el Hitler obsesionado por su éxito entre las masas, el Hitler que era consciente de que una etapa de largas privaciones y una economía de guerra podrían provocar su descrédito y, a la larga, su destrucción.
Así vivió él las interminables carencias básicas que sufrió Alemania en la IGM.
Él percibió acertadamente que la Alemania de Weimar no pudo evitar la erosión continua de un sistema económico sometido al asedio y a la carestía constante por parte de los países aliados. La antigua prosperidad alemana desapareció y el resentimiento empezó a brotar en las mentes de todos los ciudadanos.
A punto ya de derrotar al Ejército Ruso, Hitler vacila dando ocasión para que las fuerzas rusas recuperen la compostura. Conquistado Smolensko, la puerta de los ríos, Hitler manda detener el avance del Grupo de Ejércitos Centro, donde se había situado el Schwerpunkt, y retorna a su mentalidad de fortaleza abriendo la puerta a secundarios objetivos de tipo económico. Y ya se acabó todo.
Pero es que lo mismo estaba pasando en el Grupo de Ejércitos Norte, con von Leeb. Y lo mismo había pasado en la campaña del Oeste, estando al borde del completo desastre militar.
En efecto, al principio, en el frente Oeste, Hitler, se contentaba tan sólo con asegurar Bélgica. Después, una vez que las fuerzas alemanas empezaron a hacer progresos arrollando a las fuerzas francesas, Hitler estancó los avances para que se aseguraran regiones importantes por su producción de acero, hierro y carbón, aunque esto significase no sólo contradecir la misma realidad de la Blitzkrieg sino poner en peligro todas las conquistas e, incluso, el mismo porvenir de la guerra. Parece que Hitler era incapaz de reconocer que si se derrotaba rápidamente al ejército enemigo todas las reservas de acero y minerales estratégicos caerían en sus manos. Él, simplemente, seguía fijo en su mentalidad economicista y quería asegurar, antes que nada, el nivel de vida de la población alemana.
Hitler permanecía mentalmente bloqueado en una mentalidad de fortaleza que le impedía ser capaz de asumir los graves riesgos nacionales inherentes a cualquier decisión histórica. Porque, como ya hemos dicho, también en el Oeste pretendía, únicamente, unos limitados objetivos militares para conseguir unas discutibles conquistas económicas. Hitler nunca comprendió que la esencia de la Blitzkrieg es la victoria instantánea. Hitler no entendió que el primer movimiento ya ha de acarrear la inevitable victoria puesto que crea las precondiciones que conducen al éxito. De hecho la Campaña de Francia lo demuestra: el primer y genial movimiento, el cruce del Mosa, ya significó que se había ganado, casi, toda la campaña. La guerra en el Oeste se ganó en tan sólo cuatro días: el tiempo que se tardó en cruzar el Mosa y avanzar hacia el otro lado. En la teoría de la Blitzkrieg, la apertura lo es todo, y un movimiento que signifique derroche de oportunidades conlleva el fracaso final. Así pues, Barbarroja y Taifún significaron enormes éxitos operacionales pero absolutos desastres estratégicos. Tras Barbarroja, hiciera lo que hiciera el ejército alemán, la derrota ya estaba predeterminada. Y es que después de Barbarroja no sólo se había perdido ya la dominación psicológica por parte del invasor hacia el ejército ruso sino que además se había trasnochado ya todo concepto de victoria militar. Entonces es, en efecto, cuando Hitler empieza a afianzar la necesidad de lograr secundarios objetivos económicos en la cuenca del Donetz.
Esta decisión de Hitler supone perder de vista la trayectoria militar del conflicto por cuanto arrastra a una dispersión de fuerzas y de esfuerzos, dando, además, al enemigo el tiempo necesario para que se recomponga. Esto es algo típico de mentes militarmente irresolutas porque son políticamente dependientes de la emoción y del afecto del pueblo.
Y, sin embargo, Hitler en política actuó con una audacia y una rapidez casi increíbles. De hecho, superó a Bismarck como unificador de las naciones y los pueblos de expresión alemana. Esta política relámpago, de conquistas y de recuperación del orgullo nacional ( Blitzaussenpolitik ) fue el mayor logro hitleriano, puesto que no hubo derramamiento de sangre. Hitler recuperó territorios, ganó otros nuevos y extendió el prestigio alemán a alturas ni siquiera soñadas en la República de Weimar sin disparar una sola bala.
Hitler recurrió a una política agotadora y dramática, actuando sobre terrenos seguros para él, sabiendo que tenía todas las de ganar y sabiendo que, en política internacional, la primera declaración de intenciones ya debe acarrear la victoria formal e inmediata o, por lo menos, las precondiciones de la misma.
Desde este punto de vista, la decisión de atacar a Rusia era la correcta pues sabemos de sobra que Stalin ya había decidido atacar a Alemania no más tarde del verano del 42. El desplazamiento del ejército ruso a las fronteras con Alemania, el gigantesco programa de fortificaciones, rearme y reorganización y, sobre todo, la negativa de Molotov de seguir colaborando con Alemania en la cesión de importantísimos minerales estratégicos aseguró a Hitler que intervenir contra Rusia, a corto plazo, era la decisión correcta. De hecho, era la única decisión válida para Alemania. Tampoco hay que negligir la violencia del imperialismo soviético en el Báltico así como sus exigencias totalmente inasumibles de bases en los estrechos de Dinamarca, el Bósforo e incluso en los territorios polacos del Reich y la necesidad de manos libres en Yugoeslavia, Bulgaria y Rumania. Estas peticiones imposibles convencieron a Hitler de que los rusos entrarían en guerra contra Alemania en un plazo no muy largo.
Por otra parte, tanto Alemania como la Rusia comunista estaban imbuidas de la ideología fanática del inherente cumplimiento de una misión histórica. La partición de Polonia, además, había hecho vecinos a los jurados y dinámicos enemigos. Su posición era la de “ pecho contra pecho “, como dijo el propio Hitler.
Una vez ya en guerra, Hitler, el político astuto y eficaz, fue incapaz de aportar sus novedades y su estilo a la conducción de la guerra. El Hitler militar siguió dando prioridad a la esencia de su éxito político- social: el ser un alemán de alemanes. Es decir, un populista fanático.
Así pues, hemos definido al Hitler militar con sus dos rasgos políticos más notables, es decir, fanático y populista. Un fanático y populista que hubo de enfrentarse a crisis desafiantes en el terreno militar para las cuales no tenía la mentalidad adecuada.
Parece mentira cómo Hitler, que siempre se jactó de su intrepidez, se comportó tan ponderadamente en toda la guerra en el Ostfront considerando obsesivamente los intereses económicos alemanes, en primer lugar, y, después, a los aliados rumanos, húngaros, checos, finlandeses, a los posibles aliados ( como Turquía ) y a los conniventes ( como España y Suecia ). Pero no nos engañemos, aunque Hitler diese importancia a estos aspectos tan materialistas, tan simplemente domésticos y tan escasamente ideologizados, la verdad es que la ausencia de sentido de la proporción fue la razón del éxito nazi, y no la causa de su destrucción, como comúnmente se dice. ¿ Quién habría pensado que un club de resentidos de poca monta y bebedores de cerveza, cuyos activos monetarios, en el momento de llegar Hitler al NSADP, eran siete marcos y que se reunían en sombrías tabernas iba a ser, pocos años más tarde, el árbitro de la paz mundial ? ¿ Quién lo habría pensado ? La audacia y el no tener límites en la proyección de sus metas fue la principal fuerza de este partido y el origen de toda su descomunal energía.
Un Hitler realista, con un adecuado sentido de la proporción, nunca se hubiera embarcado en los océanos por los que navegó. Y, sin embargo, este planteamiento se quiebra cuando entramos en la lógica de la Blitzkrieg. Cuanta más intrepidez y espectacularidad en las decisiones necesitaba la Blitzkrieg más sentido de la proporción, prudencia y conservadurismo exhibía Hitler.
Nos sigue desconcertando su atrevimiento en las soluciones políticas y su parálisis cuando había de asumir riesgos militares. Por ejemplo, el nueve de marzo de 1938, Hitler decidió el uso del ejército para resolver la crisis de Austria. En consecuencia, ordenó al Alto Mando que el Heer fuese trasladado a las fronteras con Austria y estuviese dispuesto no más tarde del día once de marzo a las nueve de la mañana. El día señalado, a las nueve y media de la mañana el Ejército alemán se hallaba ya perfectamente desplegado y dispuesto para invadir Austria. La desmesura de esta teatral y arriesgada decisión dejó congelados a todos los miembros de la oposición nazi en Austria. La respuesta que la movilización militar alemana suscitó en las masas fue una sacudida clamorosa de apoyo incondicional en Austria al tiempo que los elementos que se oponían, dentro y fuera del país, quedaron superados por el paroxismo emotivo que desencadenó el calculado movimiento nazi. Una vez más, para bien de Hitler, triunfó la desmesura. ¿ Acaso hubiera se hubiera atrevido Hitler a realizar un gesto tan amenazador si hubiese tenido sentido de la proporción ? ¿ Acaso, Hitler, no se daba cuenta de que si en política seguía los derroteros del sentido común y del sentido de la proporción las posibilidades de éxito eran nulas ?
Así era el Hitler político. Hábil y decidido, y muy calculador en cuanto al sentido de la oportunidad. Porque el Hitler político no era un alocado jugador de póquer que apostaba, azarosamente. No. Hitler apostaba sobre seguro, sabiendo que sólo podía ganar. Si no, no cabía el juego. Sin embargo, en el terreno militar, funcionaba el otro Hitler: el que se aferraba al sentido de la proporción por encima de cualquier otro valor propiciando, así, no sólo la derrota histórica de su excelente ejército sino, lo que es peor, sufrimientos incontables a su propio pueblo y a toda la Humanidad. En efecto, la fijación de Hitler por conducir la guerra según presupuestos, básicamente, economicistas ( por ejemplo, el ataque a Leningrado, la ocupación de Ucrania y del Cáucaso, la conquista de Crimea, necesaria, además, para mantener su prestigio frente a Rumania, Turquía y Bulgaria ) demuestran su palpable sentido de la realidad, de la medida y de la proporción.