Jörg Muth, Command Culture
Publicado: Sab Jun 02, 2012 5:19 pm
¡Hola a todos!
Jörg Muth, Command Culture. Officer Education in the U. S. Army and the German Armed Forces, 1901-1940, and the Consequences for World War II (Denton, Texas: University of North Texas Press, 2011), 366 páginas tapa dura.
A lo largo de los años he leído decenas de libros y artículos cuyo tema de estudio era la educación de oficiales del ejército, principalmente del ejército alemán, del ejército soviético y, en menor grado, del ejército estadounidense y, en menor grado todavía, de la comparación de esa educación entre dos de los tres ejércitos mencionados. La mayor parte de estos trabajos se concentraron en la época de entreguerras y -aparte del sistema de selección de los aspirantes a oficiales y su promoción- en el currículo de los cursos y su distribución. No he encontrado en el devenir de esas lecturas un trabajo realmente revelador, tan sólo algunos estudios con rasgos e indicios reveladores. Hasta que he leído el libro arriba referenciado. Añado que para mí una obra reveladora es aquella que, por una parte, me proporciona información nueva sobre un tema que ya conozco con bastante profundidad (y que viene a confirmar que uno nunca conoce bastante y que el conocimioento es un proceso sin fin), y, por la otra, me despeja o aclara un montón de dudas sobre aspectos del tema cuya resolución no había podido encontrar en mis lecturas anteriores. Es en este sentido en el que digo que el libro de Muth ha sido, para mí, auténticamente revelador y duro. Además, me ha servido para renovar mi curiosidad por dicho tema (el sistema de educación del oficial militar en el primer tercio del siglo XX) y me servirá de guía futura.
Jörg Muth (1967) estudió Historia, Sociología y Derecho Penal en las universidades de Marburg y Potsdam, pero tras su graduación y la publicación de un exitoso libro sobre la deserción en el ejército prusiano de Federico el Grande (Flucht aus dem militärischen Alltag [2003]), tuvo que trasladarse a Estados Unidos para, ante la falta de apoyo obtenido en los círculos académicos alemanes, completar su tesis doctoral en la Universidad de Utah, en la cual está basada su libro Command Culture. El autor afirma en el capítulo de reconocimientos de su libro que, más allá de las diferentes excusas que le dieron en el entorno académico alemán (no así en el entorno militar, como el del MGFA, donde siempre fue bien recibido), el verdadero motivo para esa falta de apoyo académico fue el hecho de ser una especie de historiador heterodoxo o inconformista (maverick), postura rechazada por el sistema académico alemán. En este rechazo del sistema académico alemán actual y el recurso del autor a buscar una salida en el sistema académico americano se evidencia una ironía, cuando uno ya está bien metido en la lectura del libro, al comprobar que la misma situación, pero opuesta, se daba en el sistema académico del U. S. Army en la época tratada, y en cambio se permitía, e incluso se alentaba, el inconformismo en el ejército prusiano-alemán.
Sin embargo, en mi opinión, Muth no me parece un inconformista o un heterodoxo en su libro, sino más bien un autor que desafía y revisa muchos de los clichés arraigados en la cultura militar de ambos ejércitos y critica, con una mordacidad que me recuerda a la crítica literaria de Poe (quien, por cierto, fue cadete en West Point), las carencias, defectos y errores del sistema educativo de las escuelas de cadetes y escuelas militares estadounidenses (y West Point queda muy mal parada, con unas prácticas cuya lectura me ha dejado mal cuerpo) y, también, de la academia de guerra alemana (donde se preparaban los oficiales previamente seleccionados para los cursos de Estado Mayor General). Y, a mi juicio, hace ambas cosas de forma convincente, más allá de que lo haga de forma terrible y descarnada. Quizá por ello muchos West Pointers hayan reaccionado de forma tan airada en sus críticas al libro de Muth. La verdad siempre escuece y, a veces, avergüenza.
Command and Culture se divide en dos partes centrales, más allá de la introducción, el preludio y las conclusiones. La primera está dedicada a la selección y comisión de oficiales, y la segunda a la educación posterior en las academias de estado mayor general, en ambas partes estudiando el sistema americano y el alemán. Y aunque no es propiamente una parte, yo tengo como tal las casi cien páginas del capítulo de notas, que son, aparte de la académica cita de fuentes, una verdadera delicia de comentarios complementarios a la información que sustentan.
La primera parte, la dedicada a la selección y comisión de oficiales, pone casi toda su atención, con respecto al bando americano, en la Academia Militar de West Point. Reduciré mi reseña a algunos de los aspectos que más han llamado mi atención sobre el sistema educativo de la más famosa academia militar de los Estados Unidos.
Siendo la más famosa, era sin embargo una academia adonde sólo asisitía una minoría de todos los oficiales americanos. Pero esta minoría constituía después una mayoría entre los rangos más altos y las posiciones más importantes del U. S. Army. Durante la IIGM, los graduados de West Point sólo representaban un 1,5 por ciento de todo el cuerpo de oficiales, pero constituían el 74 por ciento de los 480 oficiales generales.
Sin embargo, siendo tan representativa e importante, la educación militar en West Point comprendía aspectos que sólo puedo calificar de sorprendentes, cuando no impropios de un ejército de un país con tan excelentes instituciones y cultura democráticas. Con un exceso militarmente injustificado de reparto de horas y énfasis en ciertas materias del currículo, como ingeniería o matemáticas, sorprende que la asignatura de historia militar simplemente haya estado ausente en toda la historia de la academia hasta 1946:
In 1900, an incredible 75 percent of a cadet's course work in the four years he attended West Point dealt with mathematics, the sciences, and engineering. The academic board thwarted all proposals for modifications of the old curriculum, such as introducing military history or modern infantry tactics, with the argument that the present one would build “mental discipline”. This “party line” persisted for more than a century and even appears in modern historiography.
[…] Military history, a sine qua non for the education of officers, entered in West Point curriculum as an independent discipline only in 1946. (Muth, 44-45).
En West Point, la formación del carácter, tan importante para el liderazgo, quedó ignorada en favor de la subordinación, una instrucción exhaustiva y la “disciplina mental”. Esta educación tan desigual llevó al presidente Theodore Roosevelt a interferir en la misma declarando que “mathematical training is a necessary thing for an engineer or an artilleryman, doubtless; but I esteem it to literally no importance for the cavalryman or infantryman. If tomorrow I had to choose officers from the regular army for important positions in the event of war, I should care no more for their mathematical training than for their knowledge of whist or chess.” (Muth, 47).
Los intentos y esfuerzos que algunos oficiales superiores llevaron a cabo para cambiar este estado de cosas en el currículo chocaron con la oposición frontal de los profesores y superintendentes de la academia, anclados en unas prácticas obsoletas, indudable corporativismo y en la típica y nefasta vanidad de tales cargos. Todos querían que los recortes en las horas de las asignaturas en cuestión se llevara a cabo en las de los demás, aumentando en cambio en las suyas.
Quizás el aspecto de West Point que más negativamente me ha impresionado es el de las novatadas, su grado y alcance y, sobre todo, su permisividad práctica. Los cadetes en su primer año en la academia estaban sujetos a los abusos y vejaciones más humillantes, hasta un grado de auténtico sadismo, por parte de los cadetes veteranos. Cuando MacArthur fue nombrado superintendente de West Point, entonces ya el brigadier general más joven del ejército, intentó terminar con estas prácticas vejatorias con el llamdo “MacArthur Plebe System”, que negaba cualquier tipo de honor a los cadetes que no tomaban una posición activa contra las novatadas. El simple hecho de no gastarlas o mirar hacia otro lado cuando se cometían ya no era suficiente. El propio MacArthur no había escapado a las novatadas cuando fue un “plebe” (novato) en 1899:
He had been “eagled,” hanged from a stretcher, and was then forced to “shower” for twenty-two minutes, which is explained later in the text. The whole procedure left him unconscious and totally exhausted. In a common misunderstanding of the honor code among the cadets, he first refused to testify against his tormentors in front of a congressional hearing. In front of a military court that explained to him the proper honorable behavior, he named the sadists who had hazed him. (Muth, 49).
Pero el sistema de MacArthur no sirvió para nada práctico, y las novatadas (que en la mayoría de los casos es un puro eufemismo por aunténtico sadismo) continuaron y continúan hoy en día en el U. S. Army para su propia vergüenza. Todos hemos vivido alguna vez novatadas que, cuando no pasan de ser bromas más o menos llevaderas, se aceptan como un ritual de iniciación (casi de hermandad) que todo novato debe sufrir estoicamente. Yo lo padecí en el internado y en el servicio militar, y creo que actualmente sigue en boga en el ejército, colegios mayores y demás centros similares. Pero la novatada deja de ser una broma cuando los que la imponen sobrepasan los límites de lo que es aceptable y entran en el campo de la vejación y aun el sadismo. Esto es inaceptable y debiera ser cortado de raíz, acabando incluso con la práctica “sana” de las novatadas. En el ejército prusiano-alemán de finales del siglo XIX y principios del XX, este proceder estaba absolutamente prohibido y era sancionado con rigor, algo que Muth amplía cuando, tras dejar el bando americano, toca el tema de las escuelas de cadetes alemanas. Pero dedica un buen número de páginas a las indecentes novatadas de West Point.
La educación en tan famosa academia duraba cuatro años, de los cuales el primero era una auténtica pesadilla para los recién llegados (llamados “plebes”), pues durante todo ese año debían sufrir los abusos de los “yearlings”, los “cows” y los “firsties”, siendo estos últimos los que más poder tenían. En otras academias militares, los novatos tenían otros nombres, como “rats” en el Instituto Militar de Virginia (IMV), Lexington, Virginia, y “knobs” en The Citadel de Charleston, Carolina del Sur.
El nombre “Beast Barracks” describe adecuadamente las primeras semanas en las que los “plebes” [had to survive relentless harassment, insults, and aggravated physical training beyond any health recommendations. This procedure was called “hazing”, and the severity of it depended on year and cadet company. It has been at all times a part of life at the American military academies. The ordeal did not end after the weeks of the “Beast Barracks” but continued, usually less severely, throughout the “plebe year”. Plebes remained at the mercy of the upperclassmen] (Muth, 49-50).
Como suele ocurrir, algunos “upperclassmen” (los veteranos, cadetes de los cursos superiores) ejecutaban o participaban de las novatadas (“hazing”) porque era simplemente la costumbre y lo que se esperaba de ellos, pero otros, lamentablemente, se portaban como sádicos: [A collection of potential hazing techniques reads like a supplement to the Marquis the Sade's writings] (Muth, 50).
Se cree que las novatadas comenzaron en West Point posiblemente después de la Guerra Civil americana, pero es posible que ya existieran desde la fundación de la academia y que sólo fueran ganando en brutalidad. El número de expulsiones por maltratos a los “plebes” se incrementó después de la Guerra Civil, pero ello no debe considerarse un factor de severidad contra las novatadas en cualquier periodo dado: [Not only did this humiliating practise usually take place out of the sight of officers who held the power to discipline upperclassmen, but nearly half of the dismissed cadets were later reinstated. Of the total of forty-one cadets dismissed or forced to resign from 1846 to 1909 -a relatively small number given the many years and the magnitude of the problem- eighteen returned.] (Ibid.).
Este estado de cosas, que siguió prácticamente igual, es una clara demostración, para Muth, de la falta de voluntad dentro del liderazgo de la academia para zanjar definitivamente este problema que padecieron todos los cadetes, en su primer curso, en West Point. Ike Eisenhower fue un “plebe” en 1911; el que más tarde sería un extraordinario oficial de inteligencia, Benjamin Abbot “Monk” Dickson, dimitió de su comisión sólo dos años después de su graduación para entrar en la universidad porque creía que el nivel de lo que había aprendido en West Point lo dejaba por debajo del nivel educacional que habían tenido sus amigos de la época previa a su entrada en la academia.
Había salvajadas para dar y regalar: por ejemplo, someter al novato a una serie de ejercicios y abusos físicos que sólo tenían fin cuando se caía o perdía el conocimiento; obligarlo a hacer flexiones implacablemente poniendo cristales rotos bajo su cuerpo; embadurnar su cabello con sirope y atarlo en el suelo cerca de un hormiguero; encerrarlo en un armario durante horas; comer o beber hasta vomitar; privarlo de comida o agua para que cayera durante los ejercicios físicos por malnutrición o deshidratación; soportar que los veteranos le mearan encima, etc., etc. Por no hablar de las novatadas gastadas al novato que tenía una religión o color “equivocados”, o cualquier defecto o característica especial en su físico. Sólo Dios sabe cuántos “plebes”, que quizás podrían haberse convertido en excelentes oficiales, abandonaron West Point por no soportar o ser capaces de soportar estos abusos.
Las novatadas casi cuestan la carrera de uno de los mejores oficiales del U. S. Army, para Muth (para mí el oficial superior más competente de toda la IIGM y de todos los ejércitos en el nivel estratégico de la guerra): el que sería jefe del Estado Mayor del U. S. Army, George C. Marshall. En su caso la novatada tuvo lugar en el IMV (apodado “West Point del Sur”), donde en su año de “rat” fue tan gravemente herido por una cruel novatada que casi pone fin a su carrera antes de comenzarla: [He was forced to squat over the blade of an upright bayonet and after a time he fell because of exhaustion and cut his buttock severely.] (Muth, 56). Y muy mal lo tuvo que pasar también Patton, que fue “rat” en el IMV en 1903 y “plebe” al año siguiente en West Point, con el agravante de que, al no superar las matemáticas, tuvo que repetir el curso de “plebe”. Carl A. “Tooey” Spaatz casi abandona la academia durante sus primeras semanas allí a causa de las absurdas novatadas.
Regresando al currículo, la desigual importancia con la que eran consideradas las asignaturas por el profesorado y los superintendentes tuvo unos efectos realmente perniciosos: [Numbers emphasize the problem: Of the 3,816 cadets who were separated from the Academy in the first century, only a fraction failed in tactics, the premier area of knowledge for an officer except leadership.] (Muth, 61). Sanger, el mayor general que hizo este descubrimiento, señaló correctamente que “this might be considered an anomaly detrimental to the objects of the Academy as a military school”. (Ibid.).
“We plebes had to pick up things, and then set them right down, put on our coat, and then take it off, and I was punished if upperclassmen found paper in my wastebasket. Now, a wastebasket is a pretty simple functional thing, and that's where papers belong. How silly can one get?” Estas palabras pertenecen al que Muth considera, opinión que comparto, el líder de combate más extraordinario que jamás haya llevado el uniforme del U. S. Army, Creighton Abrams, el intrépido comandante del 37º Batallón de Tanques de la 4ª División Acorazada. Junto a su amigo Cohen, comandante del 10º Batallón de Infantería Acorazada también de la 4ª División Acorazada, la propaganda de la Wehrmacht los tildó de “Roosevelt's highest paid butchers”, un gran honor, como significa Muth, para dos oficiales que no eran más que dos comandantes de batallón. Pues bien, Creighton Abrams, que llegó a ser Jefe del Estado Mayor del U. S. Army en 1972 y cuyo apellido fue dado a un famoso tanque, definió su año de "plebe" en West Point como “a pretty brutal experience. The hazing was degrading and certainly not character building”.
Y lo peor de esta práctica, tan deshonrosa para quienes la ejecutan y la mantienen como tan degradante y humillante para quienes la sufren, en el U. S. Army es que todavía sigue vigente, por mucho que se niegue oficialmente. Muth entrevistó a numerosos oficiales (hombres y mujeres) de las clases comprendidas entre 1952 y 1996 y les preguntó sobre sus experiencias con el sistema de novatadas:
Not a single one gave a direct and frank account after my initial question. Other interviewers report the same experiences. Some former and current officers refused to answer at all. Others needed to be persuaded gently. Evidently, those who went through the system -either as victims or as perpetrators, and as it has been shown many had been both- carried with them a sense of embarrassment and even shame.. (Muth, 64-65).
Se me ha ido la mano en la extensión que he dado a este asunto de las novatadas en las academias militares estadounidenses, pero es que su grado de brutalidad y su persistencia secular me han dado mucho que pensar. Una conducta así parece más propia de una institución de un estado totalitario, no de un estado con tan arraigo democrático como el estadounidense. Paradójicamente, esta situación era inconcebible en las escuelas de cadetes de la Alemania Imperial, la Alemania de Weimar y la Alemania de Hitler. Y por supuesto, es inconcebible en las de la Alemania actual. Ahora entiendo un poco más que, quizás, el episodio que sirve de argumento a la película “Algunos hombres buenos” (A Few Good Men, 1992), no es una exageración, sino la consecuencia última de tales excesos. Lamentablemente, parece que persiste la nefasta confusión de identificar lo que no son más que bravuconadas, en el mejor de los casos, y sadismo, en el peor, con el honor.
Si ya la primera lectura de este asunto me dejó muy mal cuerpo, esta segunda lectura que he hecho para la reseña me lo ha vuelto a “enfermar”, y se me han sacado las ganas de continuar. Ya regresaré otro día con cosas más interesantes y reveladoras que esta desagradable cuestión.
Saludos cordiales
JL
Jörg Muth, Command Culture. Officer Education in the U. S. Army and the German Armed Forces, 1901-1940, and the Consequences for World War II (Denton, Texas: University of North Texas Press, 2011), 366 páginas tapa dura.
A lo largo de los años he leído decenas de libros y artículos cuyo tema de estudio era la educación de oficiales del ejército, principalmente del ejército alemán, del ejército soviético y, en menor grado, del ejército estadounidense y, en menor grado todavía, de la comparación de esa educación entre dos de los tres ejércitos mencionados. La mayor parte de estos trabajos se concentraron en la época de entreguerras y -aparte del sistema de selección de los aspirantes a oficiales y su promoción- en el currículo de los cursos y su distribución. No he encontrado en el devenir de esas lecturas un trabajo realmente revelador, tan sólo algunos estudios con rasgos e indicios reveladores. Hasta que he leído el libro arriba referenciado. Añado que para mí una obra reveladora es aquella que, por una parte, me proporciona información nueva sobre un tema que ya conozco con bastante profundidad (y que viene a confirmar que uno nunca conoce bastante y que el conocimioento es un proceso sin fin), y, por la otra, me despeja o aclara un montón de dudas sobre aspectos del tema cuya resolución no había podido encontrar en mis lecturas anteriores. Es en este sentido en el que digo que el libro de Muth ha sido, para mí, auténticamente revelador y duro. Además, me ha servido para renovar mi curiosidad por dicho tema (el sistema de educación del oficial militar en el primer tercio del siglo XX) y me servirá de guía futura.
Jörg Muth (1967) estudió Historia, Sociología y Derecho Penal en las universidades de Marburg y Potsdam, pero tras su graduación y la publicación de un exitoso libro sobre la deserción en el ejército prusiano de Federico el Grande (Flucht aus dem militärischen Alltag [2003]), tuvo que trasladarse a Estados Unidos para, ante la falta de apoyo obtenido en los círculos académicos alemanes, completar su tesis doctoral en la Universidad de Utah, en la cual está basada su libro Command Culture. El autor afirma en el capítulo de reconocimientos de su libro que, más allá de las diferentes excusas que le dieron en el entorno académico alemán (no así en el entorno militar, como el del MGFA, donde siempre fue bien recibido), el verdadero motivo para esa falta de apoyo académico fue el hecho de ser una especie de historiador heterodoxo o inconformista (maverick), postura rechazada por el sistema académico alemán. En este rechazo del sistema académico alemán actual y el recurso del autor a buscar una salida en el sistema académico americano se evidencia una ironía, cuando uno ya está bien metido en la lectura del libro, al comprobar que la misma situación, pero opuesta, se daba en el sistema académico del U. S. Army en la época tratada, y en cambio se permitía, e incluso se alentaba, el inconformismo en el ejército prusiano-alemán.
Sin embargo, en mi opinión, Muth no me parece un inconformista o un heterodoxo en su libro, sino más bien un autor que desafía y revisa muchos de los clichés arraigados en la cultura militar de ambos ejércitos y critica, con una mordacidad que me recuerda a la crítica literaria de Poe (quien, por cierto, fue cadete en West Point), las carencias, defectos y errores del sistema educativo de las escuelas de cadetes y escuelas militares estadounidenses (y West Point queda muy mal parada, con unas prácticas cuya lectura me ha dejado mal cuerpo) y, también, de la academia de guerra alemana (donde se preparaban los oficiales previamente seleccionados para los cursos de Estado Mayor General). Y, a mi juicio, hace ambas cosas de forma convincente, más allá de que lo haga de forma terrible y descarnada. Quizá por ello muchos West Pointers hayan reaccionado de forma tan airada en sus críticas al libro de Muth. La verdad siempre escuece y, a veces, avergüenza.
Command and Culture se divide en dos partes centrales, más allá de la introducción, el preludio y las conclusiones. La primera está dedicada a la selección y comisión de oficiales, y la segunda a la educación posterior en las academias de estado mayor general, en ambas partes estudiando el sistema americano y el alemán. Y aunque no es propiamente una parte, yo tengo como tal las casi cien páginas del capítulo de notas, que son, aparte de la académica cita de fuentes, una verdadera delicia de comentarios complementarios a la información que sustentan.
La primera parte, la dedicada a la selección y comisión de oficiales, pone casi toda su atención, con respecto al bando americano, en la Academia Militar de West Point. Reduciré mi reseña a algunos de los aspectos que más han llamado mi atención sobre el sistema educativo de la más famosa academia militar de los Estados Unidos.
Siendo la más famosa, era sin embargo una academia adonde sólo asisitía una minoría de todos los oficiales americanos. Pero esta minoría constituía después una mayoría entre los rangos más altos y las posiciones más importantes del U. S. Army. Durante la IIGM, los graduados de West Point sólo representaban un 1,5 por ciento de todo el cuerpo de oficiales, pero constituían el 74 por ciento de los 480 oficiales generales.
Sin embargo, siendo tan representativa e importante, la educación militar en West Point comprendía aspectos que sólo puedo calificar de sorprendentes, cuando no impropios de un ejército de un país con tan excelentes instituciones y cultura democráticas. Con un exceso militarmente injustificado de reparto de horas y énfasis en ciertas materias del currículo, como ingeniería o matemáticas, sorprende que la asignatura de historia militar simplemente haya estado ausente en toda la historia de la academia hasta 1946:
In 1900, an incredible 75 percent of a cadet's course work in the four years he attended West Point dealt with mathematics, the sciences, and engineering. The academic board thwarted all proposals for modifications of the old curriculum, such as introducing military history or modern infantry tactics, with the argument that the present one would build “mental discipline”. This “party line” persisted for more than a century and even appears in modern historiography.
[…] Military history, a sine qua non for the education of officers, entered in West Point curriculum as an independent discipline only in 1946. (Muth, 44-45).
En West Point, la formación del carácter, tan importante para el liderazgo, quedó ignorada en favor de la subordinación, una instrucción exhaustiva y la “disciplina mental”. Esta educación tan desigual llevó al presidente Theodore Roosevelt a interferir en la misma declarando que “mathematical training is a necessary thing for an engineer or an artilleryman, doubtless; but I esteem it to literally no importance for the cavalryman or infantryman. If tomorrow I had to choose officers from the regular army for important positions in the event of war, I should care no more for their mathematical training than for their knowledge of whist or chess.” (Muth, 47).
Los intentos y esfuerzos que algunos oficiales superiores llevaron a cabo para cambiar este estado de cosas en el currículo chocaron con la oposición frontal de los profesores y superintendentes de la academia, anclados en unas prácticas obsoletas, indudable corporativismo y en la típica y nefasta vanidad de tales cargos. Todos querían que los recortes en las horas de las asignaturas en cuestión se llevara a cabo en las de los demás, aumentando en cambio en las suyas.
Quizás el aspecto de West Point que más negativamente me ha impresionado es el de las novatadas, su grado y alcance y, sobre todo, su permisividad práctica. Los cadetes en su primer año en la academia estaban sujetos a los abusos y vejaciones más humillantes, hasta un grado de auténtico sadismo, por parte de los cadetes veteranos. Cuando MacArthur fue nombrado superintendente de West Point, entonces ya el brigadier general más joven del ejército, intentó terminar con estas prácticas vejatorias con el llamdo “MacArthur Plebe System”, que negaba cualquier tipo de honor a los cadetes que no tomaban una posición activa contra las novatadas. El simple hecho de no gastarlas o mirar hacia otro lado cuando se cometían ya no era suficiente. El propio MacArthur no había escapado a las novatadas cuando fue un “plebe” (novato) en 1899:
He had been “eagled,” hanged from a stretcher, and was then forced to “shower” for twenty-two minutes, which is explained later in the text. The whole procedure left him unconscious and totally exhausted. In a common misunderstanding of the honor code among the cadets, he first refused to testify against his tormentors in front of a congressional hearing. In front of a military court that explained to him the proper honorable behavior, he named the sadists who had hazed him. (Muth, 49).
Pero el sistema de MacArthur no sirvió para nada práctico, y las novatadas (que en la mayoría de los casos es un puro eufemismo por aunténtico sadismo) continuaron y continúan hoy en día en el U. S. Army para su propia vergüenza. Todos hemos vivido alguna vez novatadas que, cuando no pasan de ser bromas más o menos llevaderas, se aceptan como un ritual de iniciación (casi de hermandad) que todo novato debe sufrir estoicamente. Yo lo padecí en el internado y en el servicio militar, y creo que actualmente sigue en boga en el ejército, colegios mayores y demás centros similares. Pero la novatada deja de ser una broma cuando los que la imponen sobrepasan los límites de lo que es aceptable y entran en el campo de la vejación y aun el sadismo. Esto es inaceptable y debiera ser cortado de raíz, acabando incluso con la práctica “sana” de las novatadas. En el ejército prusiano-alemán de finales del siglo XIX y principios del XX, este proceder estaba absolutamente prohibido y era sancionado con rigor, algo que Muth amplía cuando, tras dejar el bando americano, toca el tema de las escuelas de cadetes alemanas. Pero dedica un buen número de páginas a las indecentes novatadas de West Point.
La educación en tan famosa academia duraba cuatro años, de los cuales el primero era una auténtica pesadilla para los recién llegados (llamados “plebes”), pues durante todo ese año debían sufrir los abusos de los “yearlings”, los “cows” y los “firsties”, siendo estos últimos los que más poder tenían. En otras academias militares, los novatos tenían otros nombres, como “rats” en el Instituto Militar de Virginia (IMV), Lexington, Virginia, y “knobs” en The Citadel de Charleston, Carolina del Sur.
El nombre “Beast Barracks” describe adecuadamente las primeras semanas en las que los “plebes” [had to survive relentless harassment, insults, and aggravated physical training beyond any health recommendations. This procedure was called “hazing”, and the severity of it depended on year and cadet company. It has been at all times a part of life at the American military academies. The ordeal did not end after the weeks of the “Beast Barracks” but continued, usually less severely, throughout the “plebe year”. Plebes remained at the mercy of the upperclassmen] (Muth, 49-50).
Como suele ocurrir, algunos “upperclassmen” (los veteranos, cadetes de los cursos superiores) ejecutaban o participaban de las novatadas (“hazing”) porque era simplemente la costumbre y lo que se esperaba de ellos, pero otros, lamentablemente, se portaban como sádicos: [A collection of potential hazing techniques reads like a supplement to the Marquis the Sade's writings] (Muth, 50).
Se cree que las novatadas comenzaron en West Point posiblemente después de la Guerra Civil americana, pero es posible que ya existieran desde la fundación de la academia y que sólo fueran ganando en brutalidad. El número de expulsiones por maltratos a los “plebes” se incrementó después de la Guerra Civil, pero ello no debe considerarse un factor de severidad contra las novatadas en cualquier periodo dado: [Not only did this humiliating practise usually take place out of the sight of officers who held the power to discipline upperclassmen, but nearly half of the dismissed cadets were later reinstated. Of the total of forty-one cadets dismissed or forced to resign from 1846 to 1909 -a relatively small number given the many years and the magnitude of the problem- eighteen returned.] (Ibid.).
Este estado de cosas, que siguió prácticamente igual, es una clara demostración, para Muth, de la falta de voluntad dentro del liderazgo de la academia para zanjar definitivamente este problema que padecieron todos los cadetes, en su primer curso, en West Point. Ike Eisenhower fue un “plebe” en 1911; el que más tarde sería un extraordinario oficial de inteligencia, Benjamin Abbot “Monk” Dickson, dimitió de su comisión sólo dos años después de su graduación para entrar en la universidad porque creía que el nivel de lo que había aprendido en West Point lo dejaba por debajo del nivel educacional que habían tenido sus amigos de la época previa a su entrada en la academia.
Había salvajadas para dar y regalar: por ejemplo, someter al novato a una serie de ejercicios y abusos físicos que sólo tenían fin cuando se caía o perdía el conocimiento; obligarlo a hacer flexiones implacablemente poniendo cristales rotos bajo su cuerpo; embadurnar su cabello con sirope y atarlo en el suelo cerca de un hormiguero; encerrarlo en un armario durante horas; comer o beber hasta vomitar; privarlo de comida o agua para que cayera durante los ejercicios físicos por malnutrición o deshidratación; soportar que los veteranos le mearan encima, etc., etc. Por no hablar de las novatadas gastadas al novato que tenía una religión o color “equivocados”, o cualquier defecto o característica especial en su físico. Sólo Dios sabe cuántos “plebes”, que quizás podrían haberse convertido en excelentes oficiales, abandonaron West Point por no soportar o ser capaces de soportar estos abusos.
Las novatadas casi cuestan la carrera de uno de los mejores oficiales del U. S. Army, para Muth (para mí el oficial superior más competente de toda la IIGM y de todos los ejércitos en el nivel estratégico de la guerra): el que sería jefe del Estado Mayor del U. S. Army, George C. Marshall. En su caso la novatada tuvo lugar en el IMV (apodado “West Point del Sur”), donde en su año de “rat” fue tan gravemente herido por una cruel novatada que casi pone fin a su carrera antes de comenzarla: [He was forced to squat over the blade of an upright bayonet and after a time he fell because of exhaustion and cut his buttock severely.] (Muth, 56). Y muy mal lo tuvo que pasar también Patton, que fue “rat” en el IMV en 1903 y “plebe” al año siguiente en West Point, con el agravante de que, al no superar las matemáticas, tuvo que repetir el curso de “plebe”. Carl A. “Tooey” Spaatz casi abandona la academia durante sus primeras semanas allí a causa de las absurdas novatadas.
Regresando al currículo, la desigual importancia con la que eran consideradas las asignaturas por el profesorado y los superintendentes tuvo unos efectos realmente perniciosos: [Numbers emphasize the problem: Of the 3,816 cadets who were separated from the Academy in the first century, only a fraction failed in tactics, the premier area of knowledge for an officer except leadership.] (Muth, 61). Sanger, el mayor general que hizo este descubrimiento, señaló correctamente que “this might be considered an anomaly detrimental to the objects of the Academy as a military school”. (Ibid.).
“We plebes had to pick up things, and then set them right down, put on our coat, and then take it off, and I was punished if upperclassmen found paper in my wastebasket. Now, a wastebasket is a pretty simple functional thing, and that's where papers belong. How silly can one get?” Estas palabras pertenecen al que Muth considera, opinión que comparto, el líder de combate más extraordinario que jamás haya llevado el uniforme del U. S. Army, Creighton Abrams, el intrépido comandante del 37º Batallón de Tanques de la 4ª División Acorazada. Junto a su amigo Cohen, comandante del 10º Batallón de Infantería Acorazada también de la 4ª División Acorazada, la propaganda de la Wehrmacht los tildó de “Roosevelt's highest paid butchers”, un gran honor, como significa Muth, para dos oficiales que no eran más que dos comandantes de batallón. Pues bien, Creighton Abrams, que llegó a ser Jefe del Estado Mayor del U. S. Army en 1972 y cuyo apellido fue dado a un famoso tanque, definió su año de "plebe" en West Point como “a pretty brutal experience. The hazing was degrading and certainly not character building”.
Y lo peor de esta práctica, tan deshonrosa para quienes la ejecutan y la mantienen como tan degradante y humillante para quienes la sufren, en el U. S. Army es que todavía sigue vigente, por mucho que se niegue oficialmente. Muth entrevistó a numerosos oficiales (hombres y mujeres) de las clases comprendidas entre 1952 y 1996 y les preguntó sobre sus experiencias con el sistema de novatadas:
Not a single one gave a direct and frank account after my initial question. Other interviewers report the same experiences. Some former and current officers refused to answer at all. Others needed to be persuaded gently. Evidently, those who went through the system -either as victims or as perpetrators, and as it has been shown many had been both- carried with them a sense of embarrassment and even shame.. (Muth, 64-65).
Se me ha ido la mano en la extensión que he dado a este asunto de las novatadas en las academias militares estadounidenses, pero es que su grado de brutalidad y su persistencia secular me han dado mucho que pensar. Una conducta así parece más propia de una institución de un estado totalitario, no de un estado con tan arraigo democrático como el estadounidense. Paradójicamente, esta situación era inconcebible en las escuelas de cadetes de la Alemania Imperial, la Alemania de Weimar y la Alemania de Hitler. Y por supuesto, es inconcebible en las de la Alemania actual. Ahora entiendo un poco más que, quizás, el episodio que sirve de argumento a la película “Algunos hombres buenos” (A Few Good Men, 1992), no es una exageración, sino la consecuencia última de tales excesos. Lamentablemente, parece que persiste la nefasta confusión de identificar lo que no son más que bravuconadas, en el mejor de los casos, y sadismo, en el peor, con el honor.
Si ya la primera lectura de este asunto me dejó muy mal cuerpo, esta segunda lectura que he hecho para la reseña me lo ha vuelto a “enfermar”, y se me han sacado las ganas de continuar. Ya regresaré otro día con cosas más interesantes y reveladoras que esta desagradable cuestión.
Saludos cordiales
JL

