La entrada en la guerra de Estados Unidos aceleró las tendencias a la disgregación en Austria-Hungría. El famoso programa de 14 Puntos para la Paz del presidente Wilson, que incluía el derecho a la autodeterminación para las nacionalidades del Imperio Habsburgo, galvanizó a los movimientos nacionalistas. El acuerdo de Pittsburg, firmado poco después por Masaryk con los dirigentes de la comunidad eslovaca de Estados Unidos, fue la base para la creación de un Gobierno provisional de Checoslovaquia, con sede en París. Asimismo, la Revolución Rusa y el triunfo bolchevique, con su programa de autodeterminación de las nacionalidades, fueron importantes elementos de apoyo de los ideales independentistas de las minorías, al tiempo que hacían alentar al proletariado de Austria-Hungría esperanzas de profundos cambios sociales.
A mediados de octubre de 1918, el líder de los diputados checos en el Consejo de Estado austriaco (Reichsrat), Karel Kramar, exigió en Praga el derecho de autodeterminación de su nacionalidad y la respuesta popular que encontró la demanda convenció a las autoridades vienesas de que la situación se había vuelto insostenible El emperador Carlos, en un último intento por conservar la cohesión del Estado, prometió en un manifiesto, fechado el día 16, el establecimiento de una monarquía federal en Cisleitania –pero no en Transleitania, donde el Gobierno húngaro había vetado la iniciativa– en la cual “cada nacionalidad formará, en su territorio, un Estado autónomo”. Pero la propuesta federalista, que una década antes hubiera podido ser viable, no lo era ya. El día 27, el Gabinete imperial solicitaba un armisticio a los Aliados. Ello abrió las puertas a la disgregación interior.
Al día siguiente, el Gobierno provisional de Masaryk proclamaba en París la creación de Checoslovaquia, decisión imitada por el Comité Nacional Checo de Praga, que se hizo con el poder apoyado por la movilización popular, y por el Consejo Nacional Eslovaco, que sólo veía viable la independencia respecto de Hungría en el marco de la unión con los checos. Ese mismo día, un Consejo Nacional Rumano de Bucovina acordó la unión de la provincia a Rumania y los polacos del ducado de Teschen (Cieszyn), en la Silesia austriaca, constituyeron su Consejo Nacional, que proclamó la incorporación del enclave a una todavía inexistente República Polaca. Veinticuatro horas después, los dirigentes del Club Polaco del Reichsrat formaron en Cracovia una Comisión de Liquidación, auténtico Gobierno provisional que proclamó la secesión de Galitzia, a la espera de que la retirada de los alemanes permitiera la reunificación de Polonia.

Austria y Hungría, mermadas y rotas, se veían enfrentadas al caos interno. En Viena, los diputados alemanes del Reichsrat, proclamaron el día 30 un Estado austriaco que pretendía, ya vanamente, englobar a todos los territorios de población germana del Imperio. En Hungría, mientras la agitación social se extendía, el Gabinete nacionalista de Sándor Wekerle fue sustituido el 1 de noviembre por un Comité Nacional, cuya figura principal era el liberal-demócrata conde Karolyi. El Comité proclamó la ruptura del Compromiso de 1867 y la recuperación de la plena soberanía del Estado magiar bajo un sistema democrático. Pero la Transleitania se deshacía. Los eslovacos aceptaban integrar un Estado común con los checos. Los sudeslavos de Croacia-Eslavonia y el Banato se independizaban, dispuestos a integrar un solo Estado con Serbia y Montenegro y para ello formaban un Consejo Nacional en Zagreb. Y los rumanos de Transilvania, tras constituir su Consejo Nacional en Arad, se hacían con el control de la región y no ocultaban su intención de unirse a la Rumania transcarpática.
Austria-Hungría se derrumbó. El 11 de noviembre, al día siguiente de la firma del armisticio con los Aliados, el emperador Carlos renunció “a toda participación en los asuntos de Estado” y abandonaba Viena en dirección a Hungría, mientras un Directorio de tres miembros asumía sus funciones y el Reichsrat proclamaba la República de Austria. Cuarenta y ocho horas después, con Hungría a punto de adoptar un régimen republicano, el último emperador Habsburgo partía hacia el exilio, sin abdicar formalmente.
Eclipse otomano
Los gobernantes otomanos habían entrado en la guerra dispuestos a frenar el proceso de disgregación del Imperio y a recuperar su hegemonía en el mundo musulmán. Frente a la debilidad mostrada en el período 1911-13 –guerras contra Italia y contra la Entente Balcánica–, el Ejército turco demostró una considerable capacidad durante la Gran Guerra para resistir, cediendo terreno muy lentamente, a las ofensivas rusas y británicas en varios frentes: el Caúcaso, Palestina y el sur de Mesopotamia. El Estado otomano, sin embargo, no tenía la capacidad técnica y económica necesaria para mantener una larga guerra de desgaste. Además, los turcos eran una minoría en el conjunto del Imperio y la lealtad de los restantes pueblos resultaba más que dudosa. A partir de la primavera de 1917, las condiciones militares cambiaron. La sublevación de las tribus árabes del Hedjaz, dirigidas por el emir Feisal, facilitó el avance británico hacia Siria. En Mesopotamia, los turcos perdieron Bagdad y se vieron forzados a replegarse hasta el Kurdistán. (Ver La Aventura de la Historia, nº 53, “Irak, tierra codiciada”, marzo 2003).
El Gobierno nacionalista del Comité de la unión y el Progreso (los Jóvenes Turcos), presidido por Mehmet Talat, se negaba, sin embargo, a reconocer la inminencia de un colapso bélico. En marzo de 1918, la paz con Rusia no sólo anuló la amenaza en el noreste, sino que permitió a los otomanos recuperar los distritos armenios y ocupar las tierras caucásicas, ricas en petróleo. Pero ese triunfo no servía para ocultar la multiplicación de graves problemas. Las nacionalidades no turcas –árabes, armenios, kurdos– estaban en plena rebelión. Durante el verano, Líbano y el sur de Siria fueron conquistados por los británicos, cuyo ejército de Mesopotamia se aproximó a Mosul. Las escuadras francesa y británica se preparaban para intentar forzar el paso de los Estrechos. Alemania, enfrentada a sus propias carencias, había dejado de ser la fuente de suministros bélicos que precisaba el esfuerzo de guerra de Turquía.

La derrota de Bulgaria fue la gota que colmó el vaso. Ahora, los ejércitos aliados en los Balcanes se encontraban a pocas horas de Estambul, y la defensa de los Estrechos se tornaba imposible. El Gobierno turco inició negociaciones para el armisticio, que se firmó el 30 de octubre a bordo del acorazado británico Superb, anclado en la bahía de Mudros. Sus cláusulas suponían la retirada de las tropas otomanas de Siria y de Mesopotamia, la vuelta a puerto de todos los buques de guerra y el control militar aliado sobre los ferrocarriles y las fortificaciones de los Dardanelos y el Bósforo. Formalmente, y a la espera del tratado de paz, el Imperio se mantenía bajo el sultán Mehmet VI, llegado al trono cuatro meses antes. Los Jóvenes Turcos conservaban también el control gubernamental, en manos de otro de sus dirigentes, Ahmed Tevfik Pasha. Pero nada iba ya a ser igual.
Las potencias vencedoras codiciaban el Próximo Oriente otomano, que ya se habían repartido varias veces sobre el papel durante la guerra. No esperaron para distribuir el botín a las conversaciones de paz que debían iniciarse en París. A lo largo del invierno de 1918-19, franceses y británicos ocuparon los principales puertos, incluida Estambul, establecieron guarniciones en la Turquía europea y en Cilicia y asumieron el control de todos los ferrocarriles. Siria, Palestina y Mesopotamia escapaban ya totalmente a la autoridad del sultán y, en el noroeste, la población armenia esperaba la protección aliada para establecer su propio Estado.
En abril de 1919, los italianos empezaron a ocupar su nueva zona de influencia, que abarcaba todo el sureste de Anatolia. Y pocos días después, los griegos desembarcaban en Esmirna y, con autorización del Consejo Supremo Aliado, avanzaban hacia el interior del Asia Menor, triunfalmente acogidos por la numerosa población helena de la zona. Turquía parecía próxima a seguir la suerte de Austria-Hungría.

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