El sacrificio de Hitler
Publicado: Lun Ene 05, 2009 12:45 pm
A finales de 1942, Hitler comprende que ha de volver a sacrificarse...
Su enérgica decisión el 8 de noviembre de 1942, de responder al desembarco aliado en Marruecos y Argelia enviando un ejército al estrecho de Gibraltar, le ha abierto de nuevo una expectativa realista de ganar militarmente la guerra pese a las frustraciones experimentadas en las semanas anteriores (derrota de El Alamein, imposibilidad de capturar el Cáucaso y Stalingrado). Pero esta nueva expectativa le exige volver a sacrificarse.
Por la gloria de Alemania, el Führer tuvo que transigir a llegar a acuerdos políticos con la derecha burguesa en 1933. Al año siguiente, hubo de hacer matar a Roehm y a otros de sus mejores partidarios. Gracias a ese tipo de acciones le fue posible, mientras fingía ceder poder político, tomar gradualmente el control absoluto de la nación y de su partido. En decisiones así consiste el saber político: fingir cesiones que satisfagan temporalmente a los adversarios mientras no se pierde de vista la meta final.
Ya dueño de Alemania, en 1938 tuvo que ceder en Checoslovaquia, aceptando la conferencia de Munich por presiones de ingleses y franceses. Pero después logró salirse con la suya.
Y, finalmente, en agosto de 1939 tuvo que llegar a un pacto con los soviéticos. Pacto que tuvo que mantener durante casi dos años...
Y ahora, de nuevo, tiene que pactar si quiere conseguir la victoria definitiva de una guerra de desgaste que él no había previsto.
A un país débil como España, le bastó con amenazarlo con la invasión para que el día 9 de noviembre declarasen la guerra a los aliados y atacaran Gibraltar. Los españoles se habían portado bien desde entonces. Cuando un mes más tarde los aliados atacaron la provincia española del norte de Marruecos, los soldados españoles, junto con las tropas de élite alemanas aerotransportadas, lograron resistir.
Después, los americanos se retiraron de Argelia, y los franceses se adhirieron también al Eje. Los americanos respondieron proclamando la independencia de Marruecos. Hitler, necesitado del apoyo musulmán e interesado por la infantería marroquí, apoyó también la independencia de aquel primitivo reino de salvajes africanos.
Ahora había convocado, en Milán, con Mussolini como anfitrión, una conferencia de los nuevos aliados del Mediterráneo. Y tendría que sacrificarse de nuevo. No sólo para conseguir que franceses, españoles e italianos aceptasen la independencia árabe, sino para conseguir su plena cooperación en la guerra de desgaste que tenía por delante, y particularmente en la campaña que seguiría a la de Marruecos: la conquista de Egipto.
El fin de la conferencia es determinar la pauta de una nueva alianza del Eje para ganar la guerra en dos años. Italia no podía ya echarse atrás, y España era demasiado débil. El problema era Francia, y ceder ante Francia, tras haberla derrotado militarmente dos años antes, sería un terrible sacrificio para el orgullo de Hitler.
A la conferencia en Milán, acude el viejo y astuto Petain, siempre fingiéndose senil, y su ruin ministro Laval. Acude el necio y cobarde Franco, y su insoportable cuñado. Y el atribulado Mussolini, cuya fidelidad no ha sido recompensada por la fortuna.
Reunido con los otros dictadores, Hitler expone la situación: conquistar el Mediterráneo es la única opción para ganar la guerra. Pudo hacerse dos años atrás, pero aún es posible. Con el Mediterráneo no sólo se domina Europa y se derrota a los británicos, también se gana la guerra a Rusia, con el dominio del Mar Negro y sus infinitas riquezas en materias primas. Pero conquistar el Mediterráneo exigirá, en los siguientes meses, la cooperación absoluta y el aprovechamiento inteligente de todos los recursos disponibles. Entre estos recursos están los que pueden aportar los estados musulmanes del Mediterráneo, con sus fusileros y sus posibilidades de mano de obra. Hitler comprende que esto significaría una cesión aparente de riqueza y prestigio por parte de las naciones mediteráneas con intereses coloniales. Ha pensado, sin embargo, en sustanciosas compensaciones.
Haciendo de tripas corazón, Hitler ofrece un mapa de África. Es sólo papel, un pagaré que sólo podrá cobrarse en dos años.
Frente al antiguo reparto de África
http://es.wikipedia.org/wiki/Reparto_de_%C3%81frica
Hitler ofrece ahora el despojo total de las posesiones británicas para ofrecérselas a los nuevos aliados.
Francia, que tendría que ceder Marruecos, Tunez y Siria, recibiría ahora el enorme territorio de Nigeria, el de Ghana, casi la mitad del congo belga (Leopoldville) y el territorio de Rhodesia del Sur y los vecinos de Nyasalandia y Bechuanalandia. Y, por supuesto, la independencia de Marruecos, que tendría su propia administración y su propio ejército, no implica la cesión de todos los intereses económicos franceses.
España, a cambio del pequeño territorio del norte de Marruecos, vería enormemente ampliado su territorio de África ecuatorial anexionando el Camerún (a cuyos derechos renunciaría Alemania) y el gran territorio de Rhodesia del Norte.
Italia tendría que permitir, al fin de la guerra, la independencia de Libia, pero a cambio recibiría enormes territorios aptos para el poblamiento: el sur del Sudan, la Somalia británica, Uganda y, sobre todo, Kenya: una nueva Italia. También recibiría un territorio estratégico en África occidental, Sierra Leona.
Alemania se conformaría con recuperar sus antiguos territorios perdidos en 1914, excepto Camerún. Por Camerún recibiría la compensación de Liberia y el sur del Congo belga (Elisabethville).
Tras entregar los mapas y los dossiers adjuntos, Hitler se resigna a reunirse en privado con cada uno de los dictadores.
El primero es Franco. A Franco le confirma, en privado, que la cesión de Rhodesia del Norte es indicativa de que todo el imperio portugués en África (y Portugal mismo) pasarán a poder de los españoles. Pero para esto hay que esperar a que se acabe la campaña que acaba de comenzar en Marruecos. Finalmente se habla de la contribución económica y militar. El ridículo dictador español parece muy contento.
Después, Mussolini. El nuevo imperio en el Este de África parece una compensación suficiente. Sobre el nuevo estatus de gran potencia que Francia va a conseguir, Hitler asegura que, después de la guerra, se verá atenuado por la coacción que el inmenso Reich vencedor ejercerá sobre ellos. Lo importante es que Italia siga contribuyendo a la victoria en el Mediterráneo.
Y, finalmente, lo peor de todo: los franceses. Fingen no estar satisfechos, una vez hechos independientes, ¿quién garantiza que los marroquíes respetarán los intereses económicos de Francia?, ¿y Argelia?, ¿cuál será su situación final si los árabes se envalentonan?
Por los demás, Francia rearmará su ejército y pondrá en marcha su gran poder industrial al servicio de los intereses del Eje (la industria francesa triplica potencialmente a la italiana), pero bajo ningún concepto enviará tropas a Rusia que no sean voluntarias. ¿Y Alsacia?
Hitler, resignado, cede en todo: Alsacia será francesa por siempre, el ejército francés se limitará a defender su propio suelo y desaparecen las compensaciones de guerra. Pero exige que el poder militar de Francia se subordine a los intereses comunes del Eje. La Marina y aviación francesas habrán de desarrollarse para afrontar una guerra de desgaste que hacia 1944 alcanzará su punto culminante frente a la industria militar norteamericana. Y habrá petróleo, trigo y carbón del Mar Negro para todos los aliados del Eje: transportado por el Mediterráneo, una vez se conquiste éste.
Finalmente, vuelve a reunirse con los tres dictadores. Ahora se trata del esfuerzo para conquistar Suez. Tienen seis meses para preparar una campaña cuyo principal obstáculo es de tipo logístico: los británicos volverán a arrinconarse al final del desierto y confiarán en su fuerza aeronaval para negar los suministros a Rommel. Para superar este obstáculo es precisa la cooperación efectiva de todas las naciones del Mediterráneo: hacen falta todos los barcos, todos los aviones, todos los vehículos de transporte terrestre, todo el combustible... Es preciso que todos los aliados del Eje cooperen bajo el mando estratégico alemán, el único que tiene la experiencia y los medios militares para la victoria.
Hitler, agotado por haber tenido que mostrarse débil y necesitado de ayuda, y teniendo que cambalachear con un mero mapa pintado sobre papel, abandona Milan rumiando secreto resentimiento. Cuando la victoria se consiga finalmente, a finales de 1944, Francia habrá logrado volver a ser una potencia a expensas de Gran Bretaña, sí, pero el III Reich será entonces el mayor imperio jamás visto sobre la tierra y la dictadura militar, burguesa y clerical de los franceses no será amenaza alguna para el nacionalsocialismo en el mundo.
Su enérgica decisión el 8 de noviembre de 1942, de responder al desembarco aliado en Marruecos y Argelia enviando un ejército al estrecho de Gibraltar, le ha abierto de nuevo una expectativa realista de ganar militarmente la guerra pese a las frustraciones experimentadas en las semanas anteriores (derrota de El Alamein, imposibilidad de capturar el Cáucaso y Stalingrado). Pero esta nueva expectativa le exige volver a sacrificarse.
Por la gloria de Alemania, el Führer tuvo que transigir a llegar a acuerdos políticos con la derecha burguesa en 1933. Al año siguiente, hubo de hacer matar a Roehm y a otros de sus mejores partidarios. Gracias a ese tipo de acciones le fue posible, mientras fingía ceder poder político, tomar gradualmente el control absoluto de la nación y de su partido. En decisiones así consiste el saber político: fingir cesiones que satisfagan temporalmente a los adversarios mientras no se pierde de vista la meta final.
Ya dueño de Alemania, en 1938 tuvo que ceder en Checoslovaquia, aceptando la conferencia de Munich por presiones de ingleses y franceses. Pero después logró salirse con la suya.
Y, finalmente, en agosto de 1939 tuvo que llegar a un pacto con los soviéticos. Pacto que tuvo que mantener durante casi dos años...
Y ahora, de nuevo, tiene que pactar si quiere conseguir la victoria definitiva de una guerra de desgaste que él no había previsto.
A un país débil como España, le bastó con amenazarlo con la invasión para que el día 9 de noviembre declarasen la guerra a los aliados y atacaran Gibraltar. Los españoles se habían portado bien desde entonces. Cuando un mes más tarde los aliados atacaron la provincia española del norte de Marruecos, los soldados españoles, junto con las tropas de élite alemanas aerotransportadas, lograron resistir.
Después, los americanos se retiraron de Argelia, y los franceses se adhirieron también al Eje. Los americanos respondieron proclamando la independencia de Marruecos. Hitler, necesitado del apoyo musulmán e interesado por la infantería marroquí, apoyó también la independencia de aquel primitivo reino de salvajes africanos.
Ahora había convocado, en Milán, con Mussolini como anfitrión, una conferencia de los nuevos aliados del Mediterráneo. Y tendría que sacrificarse de nuevo. No sólo para conseguir que franceses, españoles e italianos aceptasen la independencia árabe, sino para conseguir su plena cooperación en la guerra de desgaste que tenía por delante, y particularmente en la campaña que seguiría a la de Marruecos: la conquista de Egipto.
El fin de la conferencia es determinar la pauta de una nueva alianza del Eje para ganar la guerra en dos años. Italia no podía ya echarse atrás, y España era demasiado débil. El problema era Francia, y ceder ante Francia, tras haberla derrotado militarmente dos años antes, sería un terrible sacrificio para el orgullo de Hitler.
A la conferencia en Milán, acude el viejo y astuto Petain, siempre fingiéndose senil, y su ruin ministro Laval. Acude el necio y cobarde Franco, y su insoportable cuñado. Y el atribulado Mussolini, cuya fidelidad no ha sido recompensada por la fortuna.
Reunido con los otros dictadores, Hitler expone la situación: conquistar el Mediterráneo es la única opción para ganar la guerra. Pudo hacerse dos años atrás, pero aún es posible. Con el Mediterráneo no sólo se domina Europa y se derrota a los británicos, también se gana la guerra a Rusia, con el dominio del Mar Negro y sus infinitas riquezas en materias primas. Pero conquistar el Mediterráneo exigirá, en los siguientes meses, la cooperación absoluta y el aprovechamiento inteligente de todos los recursos disponibles. Entre estos recursos están los que pueden aportar los estados musulmanes del Mediterráneo, con sus fusileros y sus posibilidades de mano de obra. Hitler comprende que esto significaría una cesión aparente de riqueza y prestigio por parte de las naciones mediteráneas con intereses coloniales. Ha pensado, sin embargo, en sustanciosas compensaciones.
Haciendo de tripas corazón, Hitler ofrece un mapa de África. Es sólo papel, un pagaré que sólo podrá cobrarse en dos años.
Frente al antiguo reparto de África
http://es.wikipedia.org/wiki/Reparto_de_%C3%81frica
Hitler ofrece ahora el despojo total de las posesiones británicas para ofrecérselas a los nuevos aliados.
Francia, que tendría que ceder Marruecos, Tunez y Siria, recibiría ahora el enorme territorio de Nigeria, el de Ghana, casi la mitad del congo belga (Leopoldville) y el territorio de Rhodesia del Sur y los vecinos de Nyasalandia y Bechuanalandia. Y, por supuesto, la independencia de Marruecos, que tendría su propia administración y su propio ejército, no implica la cesión de todos los intereses económicos franceses.
España, a cambio del pequeño territorio del norte de Marruecos, vería enormemente ampliado su territorio de África ecuatorial anexionando el Camerún (a cuyos derechos renunciaría Alemania) y el gran territorio de Rhodesia del Norte.
Italia tendría que permitir, al fin de la guerra, la independencia de Libia, pero a cambio recibiría enormes territorios aptos para el poblamiento: el sur del Sudan, la Somalia británica, Uganda y, sobre todo, Kenya: una nueva Italia. También recibiría un territorio estratégico en África occidental, Sierra Leona.
Alemania se conformaría con recuperar sus antiguos territorios perdidos en 1914, excepto Camerún. Por Camerún recibiría la compensación de Liberia y el sur del Congo belga (Elisabethville).
Tras entregar los mapas y los dossiers adjuntos, Hitler se resigna a reunirse en privado con cada uno de los dictadores.
El primero es Franco. A Franco le confirma, en privado, que la cesión de Rhodesia del Norte es indicativa de que todo el imperio portugués en África (y Portugal mismo) pasarán a poder de los españoles. Pero para esto hay que esperar a que se acabe la campaña que acaba de comenzar en Marruecos. Finalmente se habla de la contribución económica y militar. El ridículo dictador español parece muy contento.
Después, Mussolini. El nuevo imperio en el Este de África parece una compensación suficiente. Sobre el nuevo estatus de gran potencia que Francia va a conseguir, Hitler asegura que, después de la guerra, se verá atenuado por la coacción que el inmenso Reich vencedor ejercerá sobre ellos. Lo importante es que Italia siga contribuyendo a la victoria en el Mediterráneo.
Y, finalmente, lo peor de todo: los franceses. Fingen no estar satisfechos, una vez hechos independientes, ¿quién garantiza que los marroquíes respetarán los intereses económicos de Francia?, ¿y Argelia?, ¿cuál será su situación final si los árabes se envalentonan?
Por los demás, Francia rearmará su ejército y pondrá en marcha su gran poder industrial al servicio de los intereses del Eje (la industria francesa triplica potencialmente a la italiana), pero bajo ningún concepto enviará tropas a Rusia que no sean voluntarias. ¿Y Alsacia?
Hitler, resignado, cede en todo: Alsacia será francesa por siempre, el ejército francés se limitará a defender su propio suelo y desaparecen las compensaciones de guerra. Pero exige que el poder militar de Francia se subordine a los intereses comunes del Eje. La Marina y aviación francesas habrán de desarrollarse para afrontar una guerra de desgaste que hacia 1944 alcanzará su punto culminante frente a la industria militar norteamericana. Y habrá petróleo, trigo y carbón del Mar Negro para todos los aliados del Eje: transportado por el Mediterráneo, una vez se conquiste éste.
Finalmente, vuelve a reunirse con los tres dictadores. Ahora se trata del esfuerzo para conquistar Suez. Tienen seis meses para preparar una campaña cuyo principal obstáculo es de tipo logístico: los británicos volverán a arrinconarse al final del desierto y confiarán en su fuerza aeronaval para negar los suministros a Rommel. Para superar este obstáculo es precisa la cooperación efectiva de todas las naciones del Mediterráneo: hacen falta todos los barcos, todos los aviones, todos los vehículos de transporte terrestre, todo el combustible... Es preciso que todos los aliados del Eje cooperen bajo el mando estratégico alemán, el único que tiene la experiencia y los medios militares para la victoria.
Hitler, agotado por haber tenido que mostrarse débil y necesitado de ayuda, y teniendo que cambalachear con un mero mapa pintado sobre papel, abandona Milan rumiando secreto resentimiento. Cuando la victoria se consiga finalmente, a finales de 1944, Francia habrá logrado volver a ser una potencia a expensas de Gran Bretaña, sí, pero el III Reich será entonces el mayor imperio jamás visto sobre la tierra y la dictadura militar, burguesa y clerical de los franceses no será amenaza alguna para el nacionalsocialismo en el mundo.