28 de septiembre de 1938
Publicado: Jue May 11, 2006 9:56 pm
¡Hola a todos!
Primero la historia, luego el "What If?".
El general Franz Halder, que era segundo del general Beck en el Estado Mayor General (EMG), ocupó la jefatura del EMG tras la dimisión de Beck (que lo había recomendado para sucederle) a finales de agosto de 1938. Durante esas críticas fechas de agosto y septiembre de 1938 las demandas de Hitler sobre Checoslovaquia estaban provocando una crisis diplomática europea cuya única salida sólo parecía apuntar a la guerra. Dentro de Alemania un grupo de militares, políticos y civiles comenzó a preparar un golpe de estado, y el general Halder iba a convertirse en el eje central (aunque no fundamental) de esa conspiración.
Entre el 4 y el 15 de septiembre de 1938 se sucedieron una serie de encuentros secretos entre los conspiradores donde se gestaron los planes de actuación para el caso de que Hitler, como todo hacía prever, ordenara finalmente el ataque sobre Checoslovaquia. A partir del 15 de septiembre comenzaron a desarrollarse los planes del golpe, y el 27 de septiembre todo estaba listo para ejecutar el golpe de estado; sólo se esperaba la consigna de Halder.
La primera reunión se produjo entre el antiguo ministro de economía de Hitler, Hjalmar Schacht, y Halder. Schacht, desde la perspectiva económica, advirtió a Halder de las catastróficas consecuencias que sufriría Alemania en caso de una guerra contra las potencias occidentales, y, con la aprobación del también presente teniente coronel Oster (del Abwehr), preparó una entrevista a Halder con el Dr. Gisevius.
La razón de acercar a Gisevius al grupo tenía que ver con la actuación de la policía en el caso de llevarse a cabo el putsch. Gisevius era consejero (Regierungsrat) en el Ministerio del Interior, y entre 1933 y 1936 había trabajado con la Gestapo en el Ministerio de Interior Prusiano, en el Ministerio de Interior del Reich, en el cuartel general de la Policía Criminal del Reich y, hasta marzo de 1937, en el estado mayor del Regierungspräsident de Münster para temas de control de precios. Estaba igualmente bien relacionado con el Abwehr, y a través de Oster se preparó un encuentro en el apartamento de Halder de Berlín-Zehlendorf, encuentro que tuvo lugar poco después de la conversación entre Halder y Schacht.
En la entrevista Halder-Gisevius el primero dejó meridianamente claro su antagonismo hacia Hitler, a quien tachó de sanguijuela y criminal, pero expresó sus dudas acerca de la capacidad de convencer a sus camaradas generales de la determinación de Hitler de desencadenar una guerra, pues, según Halder, los generales creían que Hitler estaba simplemente lanzando un farol con su conducción política en la cuestión checa. Halder no estaba seguro de hasta qué punto las potencias occidentales harían la guerra contra Alemania, aunque había muchas probabilidades de que esto fuera así, si Alemania tomaba por la fuerza Checoslovaquia. En su opinión había que esperar, pues, al estallido de la guerra para actuar contra Hitler. A Gisevius le pareció que Halder –pedante, demasiado precavido aunque muy inteligente- no era de fiar. Halder no tenía muy clara la idea de Gisevius, que quería atacar al régimen nazi por criminal, acusaciones que encontrarían su base en la naturaleza criminal de la Gestapo, las SS y los campos de concentración. Ante esas instituciones no se necesitaba, en su opinión, ninguna justificación especial para atacar al régimen. Con respecto al juramento de lealtad que los militares habían prestado a Hitler como Comandante Supremo, la cuestión quedaba resuelta simulando el golpe no contra Hitler, sino contra el Partido y sus organizaciones. Halder dudaba; no estaba seguro de que la Wehrmacht no fuera posteriormente acusada de vulnerar la ley, cuando se le suponía todo lo contrario. Gisevius le garantizó que nada más ocupar el cuartel general de la Gestapo cuando se iniciara el golpe, hallarían pruebas de sobra de los crímenes de Heydrich, Himmler y Göring, pruebas que bastarían para justificar la legalidad del putsch. Pero Halder, a estas alturas, todavía no estaba dispuesto a usar el ejército contra el régimen nazi. Según el informe de Gisevius, Halder pensaba en colocar una bomba en el tren de Hitler, y que este acto fuese presentado más tarde como un ataque aéreo enemigo. Lo que buscaba era no relacionar a la Wehrmacht con el asesinato de Hitler.
Aunque Gisevius no salió muy satisfecho de su encuentro con Halder, éste dio instrucciones a Oster al día siguiente para que cooperara con Gisevius en la preparación del golpe de estado. Pero la actitud posterior de Halder, que no quería ejecutar el golpe de estado hasta el último momento, llevó a Schacht, Gisevius y Oster a desconfiar del verdadero compromiso de Halder con el golpe, y, en consecuencia, se dedicaron a buscar a un jefe militar capaz de actuar decididamente en el caso de que Halder, al final, se echara atrás. Oster no tuvo dudas en la elección; se dirigió al que había sido su antiguo superior inmediato, el general von Witzleben, que ahora era el comandante en jefe del III Distrito Militar (III Cuerpo de Ejército, con cuartel general en el nº 144 Hohenzollerndamm, Berlín). Cuando Oster y Gisevius preguntaron a Witzleben si estaba dispuesto a sumarse a un golpe de estado, éste respondió afirmativamente bajo varias condiciones. Primero quería tener la seguridad de que la invasión de Checoslovaquia provocaría una guerra con Francia y Gran Bretaña (pensaba en Austria), pues no quería oponerse a Hitler si éste conseguía otra victoria incruenta en Checoslovaquia. Nadie mejor que Schacht podía responder a Witzleben, por lo que se preparó un encuentro al que Witzleben asistió acompañado del mayor general Walter Graf von Brockdorff-Ahlefeldt, comandante de la 23ª División (Potsdam). En la reunión también estuvo presente Gisevius. El encuentro tuvo lugar en alguna fecha comprendida entre el 4 y el 14 de septiembre, y hubo un rápido acuerdo entre Schacht y los dos generales. Schacht estaba convencido de la intervención de las potencias occidentales si Hitler invadía Checoslovaquia, por lo que los generales acordaron hacer todo lo posible para evitar esa guerra. Witzleben dio su palabra de que actuaría, aun si fuera necesario sin el acuerdo de Halder.
A partir de aquí, Brockdorff se encargaría de planificar las medidas militares, y Gisevius de la utilización de la policía de Berlín y la neutralización de la policía y las SS en el resto del país. Nebe, el director de la Oficina de la Policía Criminal del Reich, y Oster les proporcionarían el material necesario. Gisevius, con la disculpa dada por Witzleben a su edecán de que iba a arreglar unos papales familiares, ocupó la oficina de Witzleben en el cuartel general del Distrito como centro de operaciones. Entre sus primeras tareas buscó hacerse con la colaboración de Fritz-Dietlof Graf von der Schulenburg, vicepresidente de la policía de Berlín. Schulenberg, que había ingresado en el NSDAP en 1933, se había convertido paulatinamente en un anti-nazi convencido, fundamentalmente a raíz del affaire von Fritsch. Así que de simpatizante nazi pasó a contactar con miembros de la oposición al régimen, como Cäsar von Hofacker, Graf von Üxküll, Yorck von Wartenburg, Berthold Graf Stauffenberg y Ulrich Wilhelm Graf Schwerin von Schwanenfeld. Y también tenía contactos con Albrecht von Kessel, el enlace de von Weizsäcker con el grupo conspirador de Halder-Witzleben y con Hans Oster y Friedrich Wilhelm Heinz.
Pero tener a Schulenberg no era suficiente sin la participación de su jefe, Wolf Heinrich Graf von Helldorff. Helldorff fue ganado para la causa unos días después, y tanto él como Schulenberg aseguraron a Gisevius que la policía de Berlín permanecería, en el peor de los casos, neutral.
Sin embargo, hubo polémica entre los conspiradores acerca de lo que se debía hacer con Hitler. Gisevius opinaba que, al principio del golpe, debía declararse a Hitler de cara al público como mal asesorado por sus colaboradores nazis, y luego asesinarlo. Para él, el tiranicidio era una necesidad moral. Halder se oponía al asesinato, aunque no a la eliminación de Hitler; cuestión formal: prefería no arrestar a Hitler y que éste fuese eliminado de tal manera que jamás se pudiera involucrar al ejército, y para no dar pie al nacimiento del mito de Hitler. Prefería su antigua idea de explosionar el tren de Hitler y echar la culpa a un bombardeo enemigo, aunque eso significaba tener que esperar al estallido de la guerra. Beck, el antiguo jefe del EMG, creía que era mejor arrestar a Hitler y llevarlo a juicio público para que todo el pueblo alemán pudiera enterarse de sus crímenes, evitando de esta forma el renacimiento del mito de la “puñalada por la espalda”. Oster deseaba arrestar a Hitler y declararlo loco mediante el concurso de un panel de médicos a cuya cabeza estaría el cuñado de Hans von Dohnanyi, el psiquiatra profesor Karl Bonhoeffer. Dohnanyi, jurista, llevaba desde 1933 reuniendo pruebas para un juicio contra Hitler. El mayor Friedrich Wilhelm Heinz, ex comandante Stahlhelm, era el representante del grupo de oficiales más jóvenes que quería pura y simplemente asesinar a Hitler.
Sobre el 20 de septiembre de 1938 se celebró una reunión en la casa de Oster a la que asistieron Heinz, Witzleben y Goerdeler, entre otros conspiradores. Witzleben declaró su intención de dirigirse a la Cancillería del Reich, rodeado de oficiales de su cuartel general y buscar con la ayuda de una escolta de oficiales leales a Hitler para pedirle su dimisión. Al mismo tiempo, las unidades del III Cuerpo de Ejército, previamente alertadas, ocuparían Berlín y se anticiparían a sofocar cualquier intento de resistencia de las SS. Witzleben, con el apoyo de Goerdeler, insistió en arrestar a Hitler, pero Heinz advirtió que eso era una ingenuidad y él tomaría medidas más drásticas. Al final Oster y Witzleben acordaron comisionar a Heinz para formar un grupo de escolta para Witzleben de unos veinte a treinta oficiales jóvenes, pero Heinz también incluiría trabajadores y estudiantes anti-Hitler. Entre los líderes de la escolta formada por Heinz estaba el teniente Hans-Albrecht Herzner, quien más tarde, durante la campaña polaca, dirigiría el “comando” Abwehr cuya misión sería capturar el Paso Jablunka y mantenerlo para permitir el avance de las tropas alemanas. También se encontraba Wolfgang Knaak, del Abwehr, que moriría durante un ataque aéreo sobre el puente del río Duna en 1941.
Cuando el 26 de septiembre el gobierno británico declaró a la prensa que si, a pesar de las satisfacción de las demandas originales sobre Checoslovaquia, Hitler comenzaba una guerra, Francia cumpliría con las obligaciones de su alianza con Checoslovaquia, y Gran Bretaña y Rusia le prestarían su apoyo, en ese momento los conspiradores ya tenían lo que tanto tiempo llevaban esperando. A las 13.20 del 27 de septiembre de 1938, Jodl escribió en su diario: “El Führer aprueba el movimiento en vanguardia de la primera ola de ataque para que pueda estar en sus áreas de reunión el 30.9”; diez minutos más tarde escribió: “Cúrsese telefónicamente al general Halder”. Esa noche Hitler aprobó la movilización de “cinco divisiones activas en el Oeste (26ª, 34ª, 36ª, 33ª y 35ª) y las 14 divisiones Landwehr”. El anuncio de movilización general fue previsto para las 2 p.m. del 28 de septiembre.
En esa misma noche del 27 de septiembre Oster se hizo con una copia de la respuesta que Hitler había dado por la tarde a Chamberlain, escrita por Weizsäcker, y que era un rechazo de la propuesta del premier británico. Al día siguiente, de mañana, Gisevius entregó la copia a Witzleben en su cuartel general; Witzleben se fue con ella al cuartel general de Halder en el Tirpitzufer y se la mostró como “prueba” de la decisión de Hitler de ir a la guerra. Halder se fue con el documento a Brauchitsch, y salió afirmando haber convencido al comandante en jefe del ejército de que era el momento de entrar en acción. La escolta de Witzleben estaba preparada para asaltar la Cancillería, cuya doble puerta tras los centinelas se había encargado de dejar abierta Kordt, el asistente de Schulenburg.
Pero en la misma tarde del 28 de septiembre llegaron las noticias de la convocatoria hecha por Mussolini para una conferencia al día siguiente en Munich a la que asistirían Daladier y Chamberlain. El resultado político de esa conferencia es conocido. El golpe de estado se canceló.
Fuente:
Peter Hoffmann
The History of the German Resistance 1933-1945 [McGill-Queen's University Press, 3ª Edición (September 1996)]
Capítulo 7: Halder’s Plan
El "What If?": ¿qué curso creéis que seguirían los acontecimientos en el caso de llevarse a cabo este coup d'état?
Saludos cordiales
José Luis
Primero la historia, luego el "What If?".
El general Franz Halder, que era segundo del general Beck en el Estado Mayor General (EMG), ocupó la jefatura del EMG tras la dimisión de Beck (que lo había recomendado para sucederle) a finales de agosto de 1938. Durante esas críticas fechas de agosto y septiembre de 1938 las demandas de Hitler sobre Checoslovaquia estaban provocando una crisis diplomática europea cuya única salida sólo parecía apuntar a la guerra. Dentro de Alemania un grupo de militares, políticos y civiles comenzó a preparar un golpe de estado, y el general Halder iba a convertirse en el eje central (aunque no fundamental) de esa conspiración.
Entre el 4 y el 15 de septiembre de 1938 se sucedieron una serie de encuentros secretos entre los conspiradores donde se gestaron los planes de actuación para el caso de que Hitler, como todo hacía prever, ordenara finalmente el ataque sobre Checoslovaquia. A partir del 15 de septiembre comenzaron a desarrollarse los planes del golpe, y el 27 de septiembre todo estaba listo para ejecutar el golpe de estado; sólo se esperaba la consigna de Halder.
La primera reunión se produjo entre el antiguo ministro de economía de Hitler, Hjalmar Schacht, y Halder. Schacht, desde la perspectiva económica, advirtió a Halder de las catastróficas consecuencias que sufriría Alemania en caso de una guerra contra las potencias occidentales, y, con la aprobación del también presente teniente coronel Oster (del Abwehr), preparó una entrevista a Halder con el Dr. Gisevius.
La razón de acercar a Gisevius al grupo tenía que ver con la actuación de la policía en el caso de llevarse a cabo el putsch. Gisevius era consejero (Regierungsrat) en el Ministerio del Interior, y entre 1933 y 1936 había trabajado con la Gestapo en el Ministerio de Interior Prusiano, en el Ministerio de Interior del Reich, en el cuartel general de la Policía Criminal del Reich y, hasta marzo de 1937, en el estado mayor del Regierungspräsident de Münster para temas de control de precios. Estaba igualmente bien relacionado con el Abwehr, y a través de Oster se preparó un encuentro en el apartamento de Halder de Berlín-Zehlendorf, encuentro que tuvo lugar poco después de la conversación entre Halder y Schacht.
En la entrevista Halder-Gisevius el primero dejó meridianamente claro su antagonismo hacia Hitler, a quien tachó de sanguijuela y criminal, pero expresó sus dudas acerca de la capacidad de convencer a sus camaradas generales de la determinación de Hitler de desencadenar una guerra, pues, según Halder, los generales creían que Hitler estaba simplemente lanzando un farol con su conducción política en la cuestión checa. Halder no estaba seguro de hasta qué punto las potencias occidentales harían la guerra contra Alemania, aunque había muchas probabilidades de que esto fuera así, si Alemania tomaba por la fuerza Checoslovaquia. En su opinión había que esperar, pues, al estallido de la guerra para actuar contra Hitler. A Gisevius le pareció que Halder –pedante, demasiado precavido aunque muy inteligente- no era de fiar. Halder no tenía muy clara la idea de Gisevius, que quería atacar al régimen nazi por criminal, acusaciones que encontrarían su base en la naturaleza criminal de la Gestapo, las SS y los campos de concentración. Ante esas instituciones no se necesitaba, en su opinión, ninguna justificación especial para atacar al régimen. Con respecto al juramento de lealtad que los militares habían prestado a Hitler como Comandante Supremo, la cuestión quedaba resuelta simulando el golpe no contra Hitler, sino contra el Partido y sus organizaciones. Halder dudaba; no estaba seguro de que la Wehrmacht no fuera posteriormente acusada de vulnerar la ley, cuando se le suponía todo lo contrario. Gisevius le garantizó que nada más ocupar el cuartel general de la Gestapo cuando se iniciara el golpe, hallarían pruebas de sobra de los crímenes de Heydrich, Himmler y Göring, pruebas que bastarían para justificar la legalidad del putsch. Pero Halder, a estas alturas, todavía no estaba dispuesto a usar el ejército contra el régimen nazi. Según el informe de Gisevius, Halder pensaba en colocar una bomba en el tren de Hitler, y que este acto fuese presentado más tarde como un ataque aéreo enemigo. Lo que buscaba era no relacionar a la Wehrmacht con el asesinato de Hitler.
Aunque Gisevius no salió muy satisfecho de su encuentro con Halder, éste dio instrucciones a Oster al día siguiente para que cooperara con Gisevius en la preparación del golpe de estado. Pero la actitud posterior de Halder, que no quería ejecutar el golpe de estado hasta el último momento, llevó a Schacht, Gisevius y Oster a desconfiar del verdadero compromiso de Halder con el golpe, y, en consecuencia, se dedicaron a buscar a un jefe militar capaz de actuar decididamente en el caso de que Halder, al final, se echara atrás. Oster no tuvo dudas en la elección; se dirigió al que había sido su antiguo superior inmediato, el general von Witzleben, que ahora era el comandante en jefe del III Distrito Militar (III Cuerpo de Ejército, con cuartel general en el nº 144 Hohenzollerndamm, Berlín). Cuando Oster y Gisevius preguntaron a Witzleben si estaba dispuesto a sumarse a un golpe de estado, éste respondió afirmativamente bajo varias condiciones. Primero quería tener la seguridad de que la invasión de Checoslovaquia provocaría una guerra con Francia y Gran Bretaña (pensaba en Austria), pues no quería oponerse a Hitler si éste conseguía otra victoria incruenta en Checoslovaquia. Nadie mejor que Schacht podía responder a Witzleben, por lo que se preparó un encuentro al que Witzleben asistió acompañado del mayor general Walter Graf von Brockdorff-Ahlefeldt, comandante de la 23ª División (Potsdam). En la reunión también estuvo presente Gisevius. El encuentro tuvo lugar en alguna fecha comprendida entre el 4 y el 14 de septiembre, y hubo un rápido acuerdo entre Schacht y los dos generales. Schacht estaba convencido de la intervención de las potencias occidentales si Hitler invadía Checoslovaquia, por lo que los generales acordaron hacer todo lo posible para evitar esa guerra. Witzleben dio su palabra de que actuaría, aun si fuera necesario sin el acuerdo de Halder.
A partir de aquí, Brockdorff se encargaría de planificar las medidas militares, y Gisevius de la utilización de la policía de Berlín y la neutralización de la policía y las SS en el resto del país. Nebe, el director de la Oficina de la Policía Criminal del Reich, y Oster les proporcionarían el material necesario. Gisevius, con la disculpa dada por Witzleben a su edecán de que iba a arreglar unos papales familiares, ocupó la oficina de Witzleben en el cuartel general del Distrito como centro de operaciones. Entre sus primeras tareas buscó hacerse con la colaboración de Fritz-Dietlof Graf von der Schulenburg, vicepresidente de la policía de Berlín. Schulenberg, que había ingresado en el NSDAP en 1933, se había convertido paulatinamente en un anti-nazi convencido, fundamentalmente a raíz del affaire von Fritsch. Así que de simpatizante nazi pasó a contactar con miembros de la oposición al régimen, como Cäsar von Hofacker, Graf von Üxküll, Yorck von Wartenburg, Berthold Graf Stauffenberg y Ulrich Wilhelm Graf Schwerin von Schwanenfeld. Y también tenía contactos con Albrecht von Kessel, el enlace de von Weizsäcker con el grupo conspirador de Halder-Witzleben y con Hans Oster y Friedrich Wilhelm Heinz.
Pero tener a Schulenberg no era suficiente sin la participación de su jefe, Wolf Heinrich Graf von Helldorff. Helldorff fue ganado para la causa unos días después, y tanto él como Schulenberg aseguraron a Gisevius que la policía de Berlín permanecería, en el peor de los casos, neutral.
Sin embargo, hubo polémica entre los conspiradores acerca de lo que se debía hacer con Hitler. Gisevius opinaba que, al principio del golpe, debía declararse a Hitler de cara al público como mal asesorado por sus colaboradores nazis, y luego asesinarlo. Para él, el tiranicidio era una necesidad moral. Halder se oponía al asesinato, aunque no a la eliminación de Hitler; cuestión formal: prefería no arrestar a Hitler y que éste fuese eliminado de tal manera que jamás se pudiera involucrar al ejército, y para no dar pie al nacimiento del mito de Hitler. Prefería su antigua idea de explosionar el tren de Hitler y echar la culpa a un bombardeo enemigo, aunque eso significaba tener que esperar al estallido de la guerra. Beck, el antiguo jefe del EMG, creía que era mejor arrestar a Hitler y llevarlo a juicio público para que todo el pueblo alemán pudiera enterarse de sus crímenes, evitando de esta forma el renacimiento del mito de la “puñalada por la espalda”. Oster deseaba arrestar a Hitler y declararlo loco mediante el concurso de un panel de médicos a cuya cabeza estaría el cuñado de Hans von Dohnanyi, el psiquiatra profesor Karl Bonhoeffer. Dohnanyi, jurista, llevaba desde 1933 reuniendo pruebas para un juicio contra Hitler. El mayor Friedrich Wilhelm Heinz, ex comandante Stahlhelm, era el representante del grupo de oficiales más jóvenes que quería pura y simplemente asesinar a Hitler.
Sobre el 20 de septiembre de 1938 se celebró una reunión en la casa de Oster a la que asistieron Heinz, Witzleben y Goerdeler, entre otros conspiradores. Witzleben declaró su intención de dirigirse a la Cancillería del Reich, rodeado de oficiales de su cuartel general y buscar con la ayuda de una escolta de oficiales leales a Hitler para pedirle su dimisión. Al mismo tiempo, las unidades del III Cuerpo de Ejército, previamente alertadas, ocuparían Berlín y se anticiparían a sofocar cualquier intento de resistencia de las SS. Witzleben, con el apoyo de Goerdeler, insistió en arrestar a Hitler, pero Heinz advirtió que eso era una ingenuidad y él tomaría medidas más drásticas. Al final Oster y Witzleben acordaron comisionar a Heinz para formar un grupo de escolta para Witzleben de unos veinte a treinta oficiales jóvenes, pero Heinz también incluiría trabajadores y estudiantes anti-Hitler. Entre los líderes de la escolta formada por Heinz estaba el teniente Hans-Albrecht Herzner, quien más tarde, durante la campaña polaca, dirigiría el “comando” Abwehr cuya misión sería capturar el Paso Jablunka y mantenerlo para permitir el avance de las tropas alemanas. También se encontraba Wolfgang Knaak, del Abwehr, que moriría durante un ataque aéreo sobre el puente del río Duna en 1941.
Cuando el 26 de septiembre el gobierno británico declaró a la prensa que si, a pesar de las satisfacción de las demandas originales sobre Checoslovaquia, Hitler comenzaba una guerra, Francia cumpliría con las obligaciones de su alianza con Checoslovaquia, y Gran Bretaña y Rusia le prestarían su apoyo, en ese momento los conspiradores ya tenían lo que tanto tiempo llevaban esperando. A las 13.20 del 27 de septiembre de 1938, Jodl escribió en su diario: “El Führer aprueba el movimiento en vanguardia de la primera ola de ataque para que pueda estar en sus áreas de reunión el 30.9”; diez minutos más tarde escribió: “Cúrsese telefónicamente al general Halder”. Esa noche Hitler aprobó la movilización de “cinco divisiones activas en el Oeste (26ª, 34ª, 36ª, 33ª y 35ª) y las 14 divisiones Landwehr”. El anuncio de movilización general fue previsto para las 2 p.m. del 28 de septiembre.
En esa misma noche del 27 de septiembre Oster se hizo con una copia de la respuesta que Hitler había dado por la tarde a Chamberlain, escrita por Weizsäcker, y que era un rechazo de la propuesta del premier británico. Al día siguiente, de mañana, Gisevius entregó la copia a Witzleben en su cuartel general; Witzleben se fue con ella al cuartel general de Halder en el Tirpitzufer y se la mostró como “prueba” de la decisión de Hitler de ir a la guerra. Halder se fue con el documento a Brauchitsch, y salió afirmando haber convencido al comandante en jefe del ejército de que era el momento de entrar en acción. La escolta de Witzleben estaba preparada para asaltar la Cancillería, cuya doble puerta tras los centinelas se había encargado de dejar abierta Kordt, el asistente de Schulenburg.
Pero en la misma tarde del 28 de septiembre llegaron las noticias de la convocatoria hecha por Mussolini para una conferencia al día siguiente en Munich a la que asistirían Daladier y Chamberlain. El resultado político de esa conferencia es conocido. El golpe de estado se canceló.
Fuente:
Peter Hoffmann
The History of the German Resistance 1933-1945 [McGill-Queen's University Press, 3ª Edición (September 1996)]
Capítulo 7: Halder’s Plan
El "What If?": ¿qué curso creéis que seguirían los acontecimientos en el caso de llevarse a cabo este coup d'état?
Saludos cordiales
José Luis