Renée Brion, un veterano frances.
Publicado: Lun May 25, 2009 11:07 pm
Les voy a contar la historia de un veterano francés que conocí en sus últimos días y sentado a los pies de su cama me hizo conocer toda su vida y las consecuencias que la guerra le había provocado.
Nacido en las cercanías de Bidarray en los Pirineos franceses, su infancia fue apacible, a su educación formal se le sumaba la ayuda que prestaba a sus padres en una pequeña parcela de campo trabajada con laboriosidad junto sus tres hermanas mujeres menores.
Su padre hablaba poco y su mamá decía que se debía a los horrores vividos por él en la gran guerra, que esperaba que nunca más algo así debiera ocurrir.
Un día todos los amigos se alistaron y el con 18 años se despidió de sus familia y vio en los ojos de sus padres, según contaba, la tristeza y la desazón.
Se dirigieron al macizo central donde permanecieron por 4 o 5 meses formándose como soldados de infantería.
Al poco tiempo, estalla la guerra y su unidad es transferida en las cercanías de Maubeuge, contaba la diferencia en equipamiento, entrenamiento y moral con el ejercito Alemán, decía que eran maquinas perfectas de hacer la guerra, recordaba la valentía de muchos y la cobardía de otros, en especial de muchos oficiales que en las primeras escaramuzas desaparecieron sin dejar rastros, de lo rápido que los rebasaron.
Luego de 60 años recordaba a Dominic Bridoux, amigo de la infancia muerto por un jovencísimo y apuesto soldado Alemán una vez rendido, todo eso sin mostrar la mínima emoción.
Le había contado que me interesaba la II guerra mundial y que había viajado a la vieja Europa para ver esos escenarios y con tristeza decía que todo aquello seguramente había cambiado, en ese entonces todo era dolor y desolación.
Una vez prisionero en un campo en Baviera padeció el hambre, la angustia y los piojos, si los piojos más grandes que vos hayas visto querido doctor, piojos que te hacia doler.
En ese campo, donde rara vez los visitaban de la Cruz Roja Internacional y donde se hacinaban miles de combatientes franceses, conoció a un compañero Vasco Francés de apellido Baduel, que había crecido en las pampas y le contaba que la comida y el trabajo nunca faltaban y que tierra para cultivar era enorme.
Desde ese momento empezó a soñar con una nueva vida lejos, muy lejos de tanto dolor, despertándose en esos miserables barracones y viéndose en el pasto verde de la soledad bonaerense.
Al ser liberados por las tropas Norteamericanas, regresó como pudo a su pueblito, viendo los estragos que la guerra había provocado en el país y sus gentes.
Cuando le conto a su padre sus intenciones, este le dijo “vete y cuando puedas llévanos”.
Sesenta años después, en la cama del hospital, contaba que había traído a sus padres y hermanas a vivir a la Argentina, que había sido feliz, que nunca pudo encontrar a Baduel, que paradójicamente se había casado con una hija de Alemanes a la que aún amaba y que sus hijos y nietos le habían hecho olvidar quien sabe que otros recuerdos incontados.
Al morir, vi su hermosa descendencia, hijos, nietos, incluida seguramente una de sus hermanas, ya viejita y derecha como él y su bandera envolviendo su morada final, lejos, muy lejos de Bidarray, pero feliz, seguramente por el deber cumplido.
Nacido en las cercanías de Bidarray en los Pirineos franceses, su infancia fue apacible, a su educación formal se le sumaba la ayuda que prestaba a sus padres en una pequeña parcela de campo trabajada con laboriosidad junto sus tres hermanas mujeres menores.
Su padre hablaba poco y su mamá decía que se debía a los horrores vividos por él en la gran guerra, que esperaba que nunca más algo así debiera ocurrir.
Un día todos los amigos se alistaron y el con 18 años se despidió de sus familia y vio en los ojos de sus padres, según contaba, la tristeza y la desazón.
Se dirigieron al macizo central donde permanecieron por 4 o 5 meses formándose como soldados de infantería.
Al poco tiempo, estalla la guerra y su unidad es transferida en las cercanías de Maubeuge, contaba la diferencia en equipamiento, entrenamiento y moral con el ejercito Alemán, decía que eran maquinas perfectas de hacer la guerra, recordaba la valentía de muchos y la cobardía de otros, en especial de muchos oficiales que en las primeras escaramuzas desaparecieron sin dejar rastros, de lo rápido que los rebasaron.
Luego de 60 años recordaba a Dominic Bridoux, amigo de la infancia muerto por un jovencísimo y apuesto soldado Alemán una vez rendido, todo eso sin mostrar la mínima emoción.
Le había contado que me interesaba la II guerra mundial y que había viajado a la vieja Europa para ver esos escenarios y con tristeza decía que todo aquello seguramente había cambiado, en ese entonces todo era dolor y desolación.
Una vez prisionero en un campo en Baviera padeció el hambre, la angustia y los piojos, si los piojos más grandes que vos hayas visto querido doctor, piojos que te hacia doler.
En ese campo, donde rara vez los visitaban de la Cruz Roja Internacional y donde se hacinaban miles de combatientes franceses, conoció a un compañero Vasco Francés de apellido Baduel, que había crecido en las pampas y le contaba que la comida y el trabajo nunca faltaban y que tierra para cultivar era enorme.
Desde ese momento empezó a soñar con una nueva vida lejos, muy lejos de tanto dolor, despertándose en esos miserables barracones y viéndose en el pasto verde de la soledad bonaerense.
Al ser liberados por las tropas Norteamericanas, regresó como pudo a su pueblito, viendo los estragos que la guerra había provocado en el país y sus gentes.
Cuando le conto a su padre sus intenciones, este le dijo “vete y cuando puedas llévanos”.
Sesenta años después, en la cama del hospital, contaba que había traído a sus padres y hermanas a vivir a la Argentina, que había sido feliz, que nunca pudo encontrar a Baduel, que paradójicamente se había casado con una hija de Alemanes a la que aún amaba y que sus hijos y nietos le habían hecho olvidar quien sabe que otros recuerdos incontados.
Al morir, vi su hermosa descendencia, hijos, nietos, incluida seguramente una de sus hermanas, ya viejita y derecha como él y su bandera envolviendo su morada final, lejos, muy lejos de Bidarray, pero feliz, seguramente por el deber cumplido.