teniente general Stopford escribió:fantástico Schindler, un tiempo muy bien aprovechado, sigue así
Muchas gracias amigo, espero lo disfruten y ya falta poco para finalizar.
Los primeros rusos
Rompieron el primer anillo de defensas exteriores de la ciudad y se abrieron paso hasta el segundo. Venían agazapados tras los tanques y los cañones, y entraban combatiendo por las calles, los caminos, las avenidas y a través de los parques. A la vanguardia venían las tropas de asalto de Koniev y Zhukov, curtidas en el combate, y con ellos los soldados, con gorros de cuero, de cuatro grandes ejércitos de tanques; tras estos llegaban fila tras fila de soldados de infantería.
Eran una hueste extraña, oriundos de todas las repúblicas de la Unión Soviética. Entre ellos se hablaba tantas lenguas y dialectos, que los oficiales no podían a veces comunicarse con los elementos de sus propias unidades. Formaban en las filas ucranianos con carelios, gregorianos con kasakos, armenios con azerbijanos, basquirios, tártaros, mongoles y cosacos. Algunos soldados llevaban uniforme pardo oscuro; otros caqui o gris-verde. Otros vestían pantalón oscuro con guerrera de cuello alto. Sus gorras eran igualmente variadas: capuchas de cuero con largas orejeras sueltas, gorros de piel, gorras caqui deformadas y manchadas de sudor. Llegaban a caballo,a pie, en motocicleta, en carros de tracción animal, y en muy diversos vehículos capturados... y cayeron sobre Berlín.
El lechero Richard Poganowska detuvo su carreta y se quedó mirando atónito: por la calle bajaban cinco tanques rusos. Viró en redondo y volvió a la lechería Domane-Dahlem; allí se reunió con su familia en el sótano. Estuvieron esperando un tiempo. De pronto alguien abrió la puerta de un puntapié y entraron soldados del Ejército Rojo. Sin hablar miraron el entorno; luego se fueron. Al poco tiempo volvieron varios soldados y ordenaron a Poganowska y a los demás empleados que fueran al edificio de la administración. Mientras esperaba, Poganowska observó que se habían llevado todos los caballos, pero les habían dejado las vacas. Un oficial soviético que hablaba perfectamente bien alemán les ordenó volver al trabajo. Debían cuidar y ordeñar al ganado, les dijo. El lechero casi no podía creer lo que oía; había esperado algo mucho peor.
Marianne Bombach, al salir de un sótano en Wilmersdorf, vio que habían montado una cocina de campaña rusa justamente al lado de la puerta trasera de su casa. Los soldados compartían sus víveres y golosinas con los niños de la vecindad. A Marianne le impresionó especialmente ver los buenos modales de aquella gente. habían colocado al revés algunas grandes latas de basura y las estaban usando como mesas. Las tenían cubiertas por sendos matelillos redondos, al parecer tomados de las quintas vecinas. Aparte de su fraternización con los niños, los rusos parecían no hacer caso a la población civil. Se quedaron durante algunas horas, y luego siguieron su camino.
La disciplina y el orden de las primeras tropas asombró a casi todos. El farmacéustico Hans Miede observó que los soldados soviéticos parecían "evitar disparar dentro de las casas, a menos que supiesen con seguridad que se ocultaban allí los defensores alemanes". En el sector de Wilmersdorf, Ilse Antz estaba dormida en el sótano de su casa cuando entró el primer ruso; había creído siempre que iban a "echar a los berlineses como forraje a los rusos". Despertó sobresaltada y se quedó mirándolo atemorizada. Pero el joven militar de cabellos negros se limitó a sonreirle y decirle en alemán chapurreado: "¿Por qué miedo?" Ya pasar peligro. Duerma ahora".
A un grupo de berlineses la llegada de los rusos no le causó ningún terror: los judíos hacía ya mucho tiempo que se habían acostumbrado a dominar el miedo y, al ver sus barrios invadidos, salían de sus escondites. Joachim Lipschitz surgió del sótano de los Kruger en Karlshorst para salir al encuentro de las tropas del Eje´rcito Rojo. Hablándoles en el ruso lento y titubeandoles que había aprendido en su largo encierro subterráneo, trató de expresar su gratitud por la liberación. Se quedó estupefacto al ver que los rusos contestaban con estrepitosas carcajadas. Bulliciosamente y dándole palmadas en la espalda le dijeron que ellos también se alegraban, pero que él hablaba pésimamente el ruso.
A Joachim no le importó. Para él y para Eleanore Kruger había terminado la larga espera. Serían la primera pareja en casarse al terminar la batalla. Tan pronto como lo recibieran, según comentaba Eleanore después, el certificado de matrimonio representaría su "victoria personal sobre los nazis". Habían ganado y "nada podría perjudicarles en adelante".
*
Si la madre superiora Cunigundis sentía miedo, no lo demostraba su cara rolliza y pacífica. la batalla se desarrollaba en torno de la Haus Dahlem. Cada vez que disparaban los tanques, el edificio se estremecía; hasta en el sótano se sentían las sacudidas, a pesar de estar protegido con sacos de arena. pero la madre superiora hacía caso omiso de los cañones y las granadas. Estaba orando en el pequeño comedor, convertido en capilla. Durante un momento pareció desvanecerse el fragor de la batalla. La superiora seguía de rodillas hasta que llegó una de las hermanas al oratorio y le cuchicheó al oído: "Los rusos..están aquí".
La madre superiora se santiguó con toda calma, hizo una genuflexión y salió de la capilla rápidamente en pos de la hermana, para encontrarse con los militares que mandaba un joven teniente. Ordenaron venir a Lena, la cocinera ucraniana, para que les sirviese de intérprete. La superiora observó que el oficial "era muy elegante y su comportamiento, excelente".
La interrogó sobre la Hans Dahlem. Ella le explicó que era casa de maternidad, orfanato y hospital.
-¿Hay soldados aquí? ¿Tienen ustedes armas?
- No.Claro que no.
Algunos de los soldados comenzaron entonces a pedir relojes y alhajas. El teniente les habló ásperamente, y la soldadesca retrocedió avergonzada.
La madre superiora dijo al teniente que la Hans Dahlem necesitaba una garantía de protección para los niños, las parturientas y las religiosas. El teniente se encogió de hombros: solo le interesaba despejar el terreno de combatientes enemigos y seguir adelante.
Al salir los rusos del edificio algunos soldados se quedaron mirando la gran estatua de San Miguel ("Caballero combatiente de Dios contra la maldad"). Anduvieron alrededor de la escultura tocando los pliegues de la túnica y mirándole la cara. El teniente se despidió de la madre superiora. Pero algo parecía preocuparle. Por un instante reparó en su gente que admiraba la estatua. Luego dijo a la superiora: "Lo que ve usted son soldados decentes, buenos y disciplinados. Pero debo advertirle que los que vienen atrás son cerdos".
*Joachim Lipschitz llegó a ser con el tiempo uno de los más célebres funcionarios de Berlín Occidental. En 1955, como senador de Asuntos Interiores, estuvo a cargo de la fuerza de policía de la ciudad. Fue acérrimo enemigo del régimen comunista de Alemania Oriental y siguió siéndolo hasta su muerte en 1961.
Continúa...
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