La cuestión wagneriana
Publicado: Jue Jul 20, 2006 5:16 pm
Para quien no sea amante de la música clásica en alguna medida, y particularmente de la ópera –el gran espectáculo por excelencia del siglo XIX-, quiero preceder el siguiente resumen de un artículo sobre la música de Richard Wagner y el nazismo, de la puntualización de que las apenas diez óperas de Wagner son, en opinión de muchos, la más emotiva e intensa obra musical de todos los tiempos. La huella, incluso, ha llevado a que toda la “música de películas” que hoy nos es tan familiar está basada en la música wagneriana, donde se intenta unir la tensión dramática con la ambientación orquestal. Todos conocemos los “leitmotiv” de Wagner, sea la cabalgata de las valkirias, el cuerno de Sigfrido, el milagro del Viernes Santo del “Parsifal” o, cómo no, la un tanto pelma marcha nupcial de “Lohengrin”.
Richard Wagner, nacido en 1813 (el mismo año que su gran rival operístico, Verdi) era un genio alemán. Estaba medio loco y se dedicó a ser uno de los más grandes músicos de todos los tiempos después de haber intentado ser un gran literato. Con la formación musical inicial de cualquier aficionado a la música del medio burgués del que procedía, en poco tiempo se transforma en un tipo no sólo capaz de crear ciclópeas obras musicales de complicadísima orquestación (“El anillo de los Nibelungos”, en sus cuatro partes, dura en total más de doce horas… con doscientos leitmotiv), sino que además crea los argumentos dramáticos y hasta escribe los libretos en verso.
A partir de su ciclo del “Anillo de los Nibelungos”, compuesto a lo largo de VEINTE AÑOS se convierte en el genio indiscutido de la música en torno a 1860, pero la fuerza de sus temas musicales también hará que su mensaje dramático, su visión grandiosa, con pretensiones filosóficas, del destino humano, ejerza una gran influencia cultural en todo el pueblo alemán que vive en estos años la edificación del II Reich, con su Bismarck y su Kaiser.
La historia del “Anillo de los Nibelungos” es una peculiar lectura de las leyendas germánicas que por entonces estaban siendo recopiladas. Los dioses germánicos, derivados de las tradiciones indoeuropeas, guardan bastantes similitudes con los grecolatinos e incluso con los dioses de la antigua India, pero Wagner los retrata como dioses un tanto frágiles y sometidos a los caprichos de un azar que no pueden controlar, incluso como dioses mortales. Su salvación sólo podría llegar mediante el triunfo de “Sigfrido”, el héroe alemán, de estirpe divina, pero de naturaleza mortal, imprevisible, violento, impetuoso, inconstante, pero honesto, valeroso y sensible a los valores puros del amor, la belleza y la amistad. A mí, personalmente, siempre me ha parecido un cretino, pero Sigfrido es el héroe preferido del militarismo alemán y, cómo no, de Adolfo. Y también lo fue del filósofo Nietsche.
Sigfrido muere víctima de la traición tramada por el nibelungo Alberich, que ha robado el oro del Rihn (el tesoro del orden natural) para hacerse con él un anillo que le dará un poder terrenal ilimitado, aun a costa de renunciar al amor. Los nibelungos son unos bichos feos, negros, de apariencia vagamente humana, que viven en el subterráneo, codiciosos de las riquezas materiales, cobardes y amigos de la traición. Imagino que ya entienden a qué pretende referirse Wagner con esto.
Con la muerte traicionera de Sigfrido se pierde la oportunidad de gloria para la raza de los semidioses. El anillo vuelve al fondo del Rhin porque los humanos no son dignos de dominar el orden natural. Como algunos observarán, todos estos rollos tienen que ver con las secuelas posteriores de Tolkien y mil cuentos más. De hecho, dentro de la historia del “Anillo…” encontramos los argumentos arquetípicos de “el gato con botas”, “la bella durmiente” o “Juan Sin Miedo”. Y, ya puestos, no conviene olvidar que el argumento esencial de “Star wars” es un refrito del “Parsifal” de Wagner, su última ópera, quizá la mejor de toda la historia de la música y, por cierto, donde Wagner se redime bastante de su ideología pagana y violenta inicial, cristianizándola (Nietsche abominó del “Parsifal”).
Hitler y su banda eran grandes admiradores de la música de Wagner, y, antes incluso de alcanzar el poder, Hitler mantuvo una afectuosa relación con los descendientes del chiflado compositor, en su santuario de Bayreuth, donde está aún el teatro de Ópera que el maestro construyó exclusivamente para representar sus obras. La influencia psicológica de Wagner en el retorcido cerebro de Adolf Hitler ha dado mucho que hablar y escribir.
Como español, no me olvido de que fue durante una de las pausas de una de las representaciones de “Sigfrido” (tercera parte del “Anillo…”) cuando Hitler decidió apoyar a Franco en la guerra civil española.
Éste es un extracto del artículo acerca de la música de Wagner hoy, en relación con el antisemitismo y particularmente la ciudadanía israelí:
Cuando en 1985, el museo Wagner de Bayreuth abrió una exposición titulada “Wagner y los judíos”, su organizador, el director del museo, dijo que era una reparación no para Wagner, sino para la verdad. La verdad es que algunos alemanes, como muchos israelíes, todavía no pueden digerir a Wagner, y que el compositor antisemita continua siendo un asunto poco atractivo en Alemania e hiriente en Israel.
“El antisemitismo de Richard Wagner deja una sombra considerable sobre su persona y su obra”, afirmó el director del museo en su introducción a la exposición: “hay expresiones usadas por él que podría haber sido atribuidas al violentamente antisemita panfleto nazi “Der Stürmer” y las cuales son todavía usadas hoy para calificarle como un promotor del Holocausto. Pero hay también otras expresiones en las que él se retracta de sus primeros pronunciamientos. Además, algunos de sus colegas y amigos eran judíos” (Aquí uno no puede evitar recordar la cita atribuida a Goering de que “soy yo quien determina quién es judío”)
El hecho de que una exposición de esta naturaleza fuera organizada en el propio santuario wagneriano es una indicación de que incluso allí Wagner es todavía altamente controvertido.
Aunque Richard Wagner vivió décadas antes del nacimiento del nazismo, su influencia en éste fue enorme. En un tratado, “Los judíos en la música”, publicado por primera vez en 1850, bajo seudónimo en la “Nueva revista de la música”, Wagner escribió que la música judía carece de toda expresión y está caracterizada por la frialdad y la indiferencia, la trivialidad y el absurdo. Admitir un judío en el mundo del arte resultaría tener consecuencias perniciosas. En “Arte alemán y política alemana”, Wagner habla de la “dañina influencia de los judíos en la moralidad de la nación”, añadiendo que el poder subversivo de los judíos es contrario a la mentalidad alemana.
Todas estas ideas, junto con el carácter ultranacionalista de sus óperas, especialmente en “El anillo de los nibelungos”, proporciona un amplio sustento para la ideología nazi y su concepción cultural.
En el folleto de introducción de la exposición, el director del museo intenta probar que las raíces del antisemitismo de Hitler no tuvo su origen en Wagner. La exposición pone énfasis en el aprecio de Wagner por compositores judíos como Mendehlssohn y Halevy. Se cita la amistad de Wagner con judíos como el maestro de coro Heinrich Porges y el director de orquesta Hemann Levi, el hijo de un rabino. (Incluso tuvo un enredo amoroso con la escritora francesa medio judía, Judith Gautier, la hija del escritor Theofile Gautier y la cantante judía Giulia Grisi)
El director de la exposición reduce las iras antisemitas de Wagner a los celos por los triunfos operísticos de otro compositor judío, Giacomo Meyerbeer. Asimismo los pronunciamientos de antisemitismo de Wagner se citan en la compañía de otros similares de Voltaire, Marx, Lutero o Napoleón (como si alguien dudara que el antisemitismo no vino al mundo con Wagner). Estos días, se proclama en el mismo folleto, “no queda rastro de antisemitismo en Bayreuth: sólo en 1983, el Festival de Bayreuth tuvo tres directores de orquesta judíos”
Se asegura que no se pretende con esta exposición desdeñar los hechos y tampoco se puede cerrar una herida abierta. Pero, si la herida todavía está abierta en Alemania, ¿cuánto más lo estará en Israel, con sus supervivientes del Holocausto y sus recuerdos?. ¿Debería ser la música de Wagner ser interpretada públicamente en el país? La controversia está todavía muy viva.
Cuando en agosto de 1995, la ópera “El holandés errante” fue emitida en la radio de Israel a hora de máxima audiencia, rompió en parte un tabú.
“No creo en vincular la música con el racismo. Si lo hiciéramos, deberíamos dejar de tocar a Chopin en Israel, porque él también fue un furioso antisemita” dice un violinista de la Sinfónica de Jerusalén. “Pero a causa de que la música de Wagner despierta emociones tan profundas, siento que, en tanto que convulsiona a alguien que lo asocia con los nazis, con su propio sufrimiento o el de su familia en el Holocausto, la música de Wagner no debería ser interpretada públicamente. La función de la música, después de todo, es suavizar, hacer al oyente sentirse mejor, estimular o pacificar su alma. El que quiera oír la música de Wagner puede escucharla en privado”
“Como oyente, considero Tristan e Isolda una obra maestra de la música del siglo XIX, pero al mismo tiempo me siento repelido por la Weltanschauung de Wagner. Yo no puedo sentarme y disfrutar de su música. Nunca pongo su música en mi casa. Los escritos antisemitas de Wagner siempre cubrirán de sombra su vida” Así habla Gottfried Wagner, el bisnieto del compositor durante unas conferencias dadas en Israel. “No puedo separar las óperas de su trabajo teórico. Sus escritos y su música forman un todo. El siempre se consideró a sí mismo primero como un filósofo, y después como un músico”, dice Gottfried Wagner que ha sido desautorizado por su familia y vive bajo amenaza de grupos neonazis. El dedica su vida profesional a escribir y dar conferencias acera del antisemitismo de Wagner y sus consecuencias en la política y cultura alemanas.
Un ex-diplomático opina que “aunque Zubin Mehta una vez me dijo que ninguna orquesta puede ser una orquesta de verdad sin interpretar a Wagner, yo esperaría hasta que hubiese fallecido el último superviviente del Holocausto. Sin embargo, pienso que estamos siendo hipócritas porque interpretamos a Carl Orff sin compunción, y éste se declaró públicamente adepto al partido nazi, carnet incluido. Asimismo, la música de Richard Strauss, que sí fue prohibida, al cabo de unos años ha sido gradualmente readmitida”
De hecho, la historia de los dos Richards es bastante diferente. Mientras Wagner era un teórico que pretendía dejar sus ideas a la posteridad, Strauss era un pragmático. Strauss fue designado como máximo responsable de del Reichmusikkammer en 1933 y en dos años consiguió que todos los intérpretes judíos fuesen expulsados de las actuaciones públicas.
En 1937 las autoridades nazis quisieron hacer olvidar el nombre del judío Mendelssohn, autor de la popular “Sueño de una noche de verano”, y pidieron a Strauss que reescribiera la música, a lo que éste se negó, sin embargo, Orff, el autor del conocidísimo “Carmina Burana”, sí aceptó a hacerlo. Orff ha sido perdonado, mientras continúa la controversia sobre Wagner.
Una encuesta arrojó el dato de que el 50% de la opinión pública israelí estaba en contra de que la Filarmónica de Israel interpretara la música de Wagner y sólo un 25 % a favor. Entre los mismos suscriptores de la Filarmónica todavía existía un 30% en contra, por lo que la Filarmónica ha continuado con su autocensura
La cuestión permanece, ¿puede una discusión sobre Wagner ser limitada al ámbito de su música? El compositor alemán no pretendió no mezclar el arte y la política, ya que no sólo escribió la música de sus óperas, sino también los libretos con un mensaje supernacionalista.
Mientras que no puede ser mantenido que Wagner era directamente responsable del nacionalsocialismo, no hay duda de que fue un poderoso símbolo de la era Nazi, y su música tuvo una gran importancia en la psique nazi. Así, para los judíos sobrevivientes de los horrores nazis, la música de Wagner representa un vívido recordatorio de estos, y el argumento de no mezclar música y política no viene al caso, porque si alguien mezcló ambas cosas, ése fue Richard Wagner.
http://www.jewishvirtuallibrary.org/jso ... agner.html
Añadamos la observación de que, por lo menos en Alemania, Wagner está prácticamente rehabilitado, y el Festival de Bayreuth suele reunir a todos los altos dignatarios del país, incluidos los más progresistas.
Sin embargo, en contra de lo que sería de esperar, Richard Wagner no ocupa en el alma cultural alemana el lugar que Shakespeare entre los británicos o Cervantes entre los españoles. Y esto tiene su motivo...
Richard Wagner, nacido en 1813 (el mismo año que su gran rival operístico, Verdi) era un genio alemán. Estaba medio loco y se dedicó a ser uno de los más grandes músicos de todos los tiempos después de haber intentado ser un gran literato. Con la formación musical inicial de cualquier aficionado a la música del medio burgués del que procedía, en poco tiempo se transforma en un tipo no sólo capaz de crear ciclópeas obras musicales de complicadísima orquestación (“El anillo de los Nibelungos”, en sus cuatro partes, dura en total más de doce horas… con doscientos leitmotiv), sino que además crea los argumentos dramáticos y hasta escribe los libretos en verso.
A partir de su ciclo del “Anillo de los Nibelungos”, compuesto a lo largo de VEINTE AÑOS se convierte en el genio indiscutido de la música en torno a 1860, pero la fuerza de sus temas musicales también hará que su mensaje dramático, su visión grandiosa, con pretensiones filosóficas, del destino humano, ejerza una gran influencia cultural en todo el pueblo alemán que vive en estos años la edificación del II Reich, con su Bismarck y su Kaiser.
La historia del “Anillo de los Nibelungos” es una peculiar lectura de las leyendas germánicas que por entonces estaban siendo recopiladas. Los dioses germánicos, derivados de las tradiciones indoeuropeas, guardan bastantes similitudes con los grecolatinos e incluso con los dioses de la antigua India, pero Wagner los retrata como dioses un tanto frágiles y sometidos a los caprichos de un azar que no pueden controlar, incluso como dioses mortales. Su salvación sólo podría llegar mediante el triunfo de “Sigfrido”, el héroe alemán, de estirpe divina, pero de naturaleza mortal, imprevisible, violento, impetuoso, inconstante, pero honesto, valeroso y sensible a los valores puros del amor, la belleza y la amistad. A mí, personalmente, siempre me ha parecido un cretino, pero Sigfrido es el héroe preferido del militarismo alemán y, cómo no, de Adolfo. Y también lo fue del filósofo Nietsche.
Sigfrido muere víctima de la traición tramada por el nibelungo Alberich, que ha robado el oro del Rihn (el tesoro del orden natural) para hacerse con él un anillo que le dará un poder terrenal ilimitado, aun a costa de renunciar al amor. Los nibelungos son unos bichos feos, negros, de apariencia vagamente humana, que viven en el subterráneo, codiciosos de las riquezas materiales, cobardes y amigos de la traición. Imagino que ya entienden a qué pretende referirse Wagner con esto.
Con la muerte traicionera de Sigfrido se pierde la oportunidad de gloria para la raza de los semidioses. El anillo vuelve al fondo del Rhin porque los humanos no son dignos de dominar el orden natural. Como algunos observarán, todos estos rollos tienen que ver con las secuelas posteriores de Tolkien y mil cuentos más. De hecho, dentro de la historia del “Anillo…” encontramos los argumentos arquetípicos de “el gato con botas”, “la bella durmiente” o “Juan Sin Miedo”. Y, ya puestos, no conviene olvidar que el argumento esencial de “Star wars” es un refrito del “Parsifal” de Wagner, su última ópera, quizá la mejor de toda la historia de la música y, por cierto, donde Wagner se redime bastante de su ideología pagana y violenta inicial, cristianizándola (Nietsche abominó del “Parsifal”).
Hitler y su banda eran grandes admiradores de la música de Wagner, y, antes incluso de alcanzar el poder, Hitler mantuvo una afectuosa relación con los descendientes del chiflado compositor, en su santuario de Bayreuth, donde está aún el teatro de Ópera que el maestro construyó exclusivamente para representar sus obras. La influencia psicológica de Wagner en el retorcido cerebro de Adolf Hitler ha dado mucho que hablar y escribir.
Como español, no me olvido de que fue durante una de las pausas de una de las representaciones de “Sigfrido” (tercera parte del “Anillo…”) cuando Hitler decidió apoyar a Franco en la guerra civil española.
Éste es un extracto del artículo acerca de la música de Wagner hoy, en relación con el antisemitismo y particularmente la ciudadanía israelí:
Cuando en 1985, el museo Wagner de Bayreuth abrió una exposición titulada “Wagner y los judíos”, su organizador, el director del museo, dijo que era una reparación no para Wagner, sino para la verdad. La verdad es que algunos alemanes, como muchos israelíes, todavía no pueden digerir a Wagner, y que el compositor antisemita continua siendo un asunto poco atractivo en Alemania e hiriente en Israel.
“El antisemitismo de Richard Wagner deja una sombra considerable sobre su persona y su obra”, afirmó el director del museo en su introducción a la exposición: “hay expresiones usadas por él que podría haber sido atribuidas al violentamente antisemita panfleto nazi “Der Stürmer” y las cuales son todavía usadas hoy para calificarle como un promotor del Holocausto. Pero hay también otras expresiones en las que él se retracta de sus primeros pronunciamientos. Además, algunos de sus colegas y amigos eran judíos” (Aquí uno no puede evitar recordar la cita atribuida a Goering de que “soy yo quien determina quién es judío”)
El hecho de que una exposición de esta naturaleza fuera organizada en el propio santuario wagneriano es una indicación de que incluso allí Wagner es todavía altamente controvertido.
Aunque Richard Wagner vivió décadas antes del nacimiento del nazismo, su influencia en éste fue enorme. En un tratado, “Los judíos en la música”, publicado por primera vez en 1850, bajo seudónimo en la “Nueva revista de la música”, Wagner escribió que la música judía carece de toda expresión y está caracterizada por la frialdad y la indiferencia, la trivialidad y el absurdo. Admitir un judío en el mundo del arte resultaría tener consecuencias perniciosas. En “Arte alemán y política alemana”, Wagner habla de la “dañina influencia de los judíos en la moralidad de la nación”, añadiendo que el poder subversivo de los judíos es contrario a la mentalidad alemana.
Todas estas ideas, junto con el carácter ultranacionalista de sus óperas, especialmente en “El anillo de los nibelungos”, proporciona un amplio sustento para la ideología nazi y su concepción cultural.
En el folleto de introducción de la exposición, el director del museo intenta probar que las raíces del antisemitismo de Hitler no tuvo su origen en Wagner. La exposición pone énfasis en el aprecio de Wagner por compositores judíos como Mendehlssohn y Halevy. Se cita la amistad de Wagner con judíos como el maestro de coro Heinrich Porges y el director de orquesta Hemann Levi, el hijo de un rabino. (Incluso tuvo un enredo amoroso con la escritora francesa medio judía, Judith Gautier, la hija del escritor Theofile Gautier y la cantante judía Giulia Grisi)
El director de la exposición reduce las iras antisemitas de Wagner a los celos por los triunfos operísticos de otro compositor judío, Giacomo Meyerbeer. Asimismo los pronunciamientos de antisemitismo de Wagner se citan en la compañía de otros similares de Voltaire, Marx, Lutero o Napoleón (como si alguien dudara que el antisemitismo no vino al mundo con Wagner). Estos días, se proclama en el mismo folleto, “no queda rastro de antisemitismo en Bayreuth: sólo en 1983, el Festival de Bayreuth tuvo tres directores de orquesta judíos”
Se asegura que no se pretende con esta exposición desdeñar los hechos y tampoco se puede cerrar una herida abierta. Pero, si la herida todavía está abierta en Alemania, ¿cuánto más lo estará en Israel, con sus supervivientes del Holocausto y sus recuerdos?. ¿Debería ser la música de Wagner ser interpretada públicamente en el país? La controversia está todavía muy viva.
Cuando en agosto de 1995, la ópera “El holandés errante” fue emitida en la radio de Israel a hora de máxima audiencia, rompió en parte un tabú.
“No creo en vincular la música con el racismo. Si lo hiciéramos, deberíamos dejar de tocar a Chopin en Israel, porque él también fue un furioso antisemita” dice un violinista de la Sinfónica de Jerusalén. “Pero a causa de que la música de Wagner despierta emociones tan profundas, siento que, en tanto que convulsiona a alguien que lo asocia con los nazis, con su propio sufrimiento o el de su familia en el Holocausto, la música de Wagner no debería ser interpretada públicamente. La función de la música, después de todo, es suavizar, hacer al oyente sentirse mejor, estimular o pacificar su alma. El que quiera oír la música de Wagner puede escucharla en privado”
“Como oyente, considero Tristan e Isolda una obra maestra de la música del siglo XIX, pero al mismo tiempo me siento repelido por la Weltanschauung de Wagner. Yo no puedo sentarme y disfrutar de su música. Nunca pongo su música en mi casa. Los escritos antisemitas de Wagner siempre cubrirán de sombra su vida” Así habla Gottfried Wagner, el bisnieto del compositor durante unas conferencias dadas en Israel. “No puedo separar las óperas de su trabajo teórico. Sus escritos y su música forman un todo. El siempre se consideró a sí mismo primero como un filósofo, y después como un músico”, dice Gottfried Wagner que ha sido desautorizado por su familia y vive bajo amenaza de grupos neonazis. El dedica su vida profesional a escribir y dar conferencias acera del antisemitismo de Wagner y sus consecuencias en la política y cultura alemanas.
Un ex-diplomático opina que “aunque Zubin Mehta una vez me dijo que ninguna orquesta puede ser una orquesta de verdad sin interpretar a Wagner, yo esperaría hasta que hubiese fallecido el último superviviente del Holocausto. Sin embargo, pienso que estamos siendo hipócritas porque interpretamos a Carl Orff sin compunción, y éste se declaró públicamente adepto al partido nazi, carnet incluido. Asimismo, la música de Richard Strauss, que sí fue prohibida, al cabo de unos años ha sido gradualmente readmitida”
De hecho, la historia de los dos Richards es bastante diferente. Mientras Wagner era un teórico que pretendía dejar sus ideas a la posteridad, Strauss era un pragmático. Strauss fue designado como máximo responsable de del Reichmusikkammer en 1933 y en dos años consiguió que todos los intérpretes judíos fuesen expulsados de las actuaciones públicas.
En 1937 las autoridades nazis quisieron hacer olvidar el nombre del judío Mendelssohn, autor de la popular “Sueño de una noche de verano”, y pidieron a Strauss que reescribiera la música, a lo que éste se negó, sin embargo, Orff, el autor del conocidísimo “Carmina Burana”, sí aceptó a hacerlo. Orff ha sido perdonado, mientras continúa la controversia sobre Wagner.
Una encuesta arrojó el dato de que el 50% de la opinión pública israelí estaba en contra de que la Filarmónica de Israel interpretara la música de Wagner y sólo un 25 % a favor. Entre los mismos suscriptores de la Filarmónica todavía existía un 30% en contra, por lo que la Filarmónica ha continuado con su autocensura
La cuestión permanece, ¿puede una discusión sobre Wagner ser limitada al ámbito de su música? El compositor alemán no pretendió no mezclar el arte y la política, ya que no sólo escribió la música de sus óperas, sino también los libretos con un mensaje supernacionalista.
Mientras que no puede ser mantenido que Wagner era directamente responsable del nacionalsocialismo, no hay duda de que fue un poderoso símbolo de la era Nazi, y su música tuvo una gran importancia en la psique nazi. Así, para los judíos sobrevivientes de los horrores nazis, la música de Wagner representa un vívido recordatorio de estos, y el argumento de no mezclar música y política no viene al caso, porque si alguien mezcló ambas cosas, ése fue Richard Wagner.
http://www.jewishvirtuallibrary.org/jso ... agner.html
Añadamos la observación de que, por lo menos en Alemania, Wagner está prácticamente rehabilitado, y el Festival de Bayreuth suele reunir a todos los altos dignatarios del país, incluidos los más progresistas.
Sin embargo, en contra de lo que sería de esperar, Richard Wagner no ocupa en el alma cultural alemana el lugar que Shakespeare entre los británicos o Cervantes entre los españoles. Y esto tiene su motivo...