Serrano Suñer sugería cambios en el esquema del protocolo “que en realidad, no modificarían, de manera importante, el plan del Führer”, dice el documento que en su día formaba parte del archivo privado de Ribbentrop. Este le reitera una vez más que entendía muy bien las exigencias españolas, pero “nadie sabía como sería la conclusión de la paz y aún no se podía concretar el reparto definitivo de las posesiones francesas”.
A las nueve de la noche, se celebra una cena diplomática en el vagón de Hitler y a las diez y media se reemprenden las conversaciones. Franco insiste que España no puede entrar en la guerra a cambio de nada. Su tono es bajo, pesado, plano, hasta que Hitler, que no para de bostezar, se levanta de la mesa y, airadamente, da por concluida la reunión. Faltan diez minutos para la una de la mañana.
En el andén, los dos jefes de estado se despiden cordialmente. Es un gesto para guardar las apariencias. Todo junto nos dejó una anécdota para el futuro: cuando Franco aún estaba de pie en las escaleras de la puerta, en posición marcial y con el brazo alzado, despidiéndose de Hitler, el tren español se puso en marcha con una fuerte sacudida. Sólo los reflejos del general Moscardó, que lo cogió por la cintura, impidieron que el Caudillo cayera escaleras abajo.
El protocolo secreto y firmado
Después de la entrevista, Franco y Serrano Suñer llegaron al palacio de Aiete, en San Sebastián, donde, a la dos de la mañana, trabajaban en una nueva redacción del protocolo. Si bien se aceptó el compromiso con la alianza militar o pacto tripartito, querían hacer constar que:
“el compromiso que España contrae de entrar en la guerra junto con las potencias del Eje se efectuaría solo cuando la situación general así lo exigiera, la de España lo permitiera y se diera cumplimiento a las exigencias que ponemos nosotros para dar este paso”.
A las tres de la mañana, Franco se va a dormir convencido que ha toreado al amo de Europa. Pero aún no había salido el sol cuando lo despertó su cuñado, alarmado, para comunicarle que los alemanes querían el protocolo firmado o, en caso contrario, que España atendiera las consecuencias.
Un golpe bajo y un revés a sus planes iniciales. Al cabo de unas horas, Ribbentrop hizo saber al conde Ciano que todo estaba ligado y el ministro de Propaganda del Reich, Joseph Goebbels, escribió en su diario:
“España es, definitivamente, nuestra”.
Las modificaciones españolas en el protocolo nunca fueron aceptadas.
La conclusión es que el régimen de Franco firmó un compromiso formal de entrada de España en la guerra, aunque nunca lo desveló a su pueblo.
Sólo la atención que el Reich prestó al frente ruso a partir de 1941 y la despreocupación de Hitler por el frente del Oeste salvó a España de una obligación contractual, luchar contra Inglaterra.
La destrucción del protocolo para borrar cualquier implicación con el nazismo consagró el mito de Hendaya como un triunfo del franquismo, un mito que hoy ya puede darse por desmontado.
Kühnheit, Kühnheit, immer Kühnheit...
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