El legado japonés
Publicado: Lun Feb 12, 2007 3:22 pm
La política de Japón en el gran espacio del sureste asiático dominado por este país se diferenció fundamentalmente en muchos aspectos de la mantenida por la Alemania hitleriana en Europa. El objetivo originario, perseguido por Japón hasta la primavera de 1943, consistió en dominar directamente las regiones conquistadas en el marco de la llamada "gran esfera de bienestar en el este de Asia" y estas regiones fueron sometidas a una administración militar organizada de forma rígidamente centralista, concediéndose en todo caso a la población indígena la posibilidad de una administración autónoma muy limitada en instancias inferiores. Sin embargo las fuerzas políticas de esos países, que aspiraban desde hacia ya varias décadas a la descolonización y la independencia, sintieron el desalojo de los señores coloniales blancos como una victoria conseguida por Japón para las demás naciones asiáticas; a partir de ese momento se trataba de transformarla poco a poco, mediante la resistencia a las prácticas brutales de la autoridad japonesa de ocupación, en una victoria común sobre los mismos blancos. Es cierto que los conquistadores japoneses cometieron algunos excesos terribles pero, a diferencia de lo que ocurría con Hitler, esos actos no fueron ordenados por el mando japonés ni aplicados de forma sistemática, sino que fueron el resultado de la arbitrariedad de algunas autoridades individuales. El gobierno japonés rechazó, por lo demás, desde un principio cualquier influencia económica de su aliado alemán, que manifestó un considerable interés sobre todo por las fuentes de materias primas de Indochina e Indonesia; la exclusión de los blancos era de validez general y, por tanto, se aplicaba también a las potencias aliadas del pacto tripartito.
Tras el cambio de la situación militar en la guerra del Pacífico, a fines de 1942 y principios de 1943, el gobierno japonés cambió de rumbo en su política con los pueblos de la esfera de bienestar que habría de ser de máxima importancia no sólo para esta fase final de la guerra, sino también, precisamente, para la evolución de la situación durante la posguerra en el sureste asiático. Un representante de este nuevo curso fue el ministro de asuntos exteriores, Shigemitsu, nombrado para el cargo en el gabinete de Tojo en abril de 1943. Antes de la guerra había sido muchos años embajador de su país en Londres y había pertenecido al grupo de los escasos críticos de la política expansiva que conducía a Japón a la guerra. Bajo el lema Asia para los asiáticos, Shigemitsu, se había propuesto ahora, como ministro de exteriores, el objetivo de dar a los países conquistados la independencia en el marco de un grupo de estados dirigidos, pero no dominados, por Japón y ganar para la cooperación a las fuerzas políticas locales que hasta ese momento se habían opuesto a la política de ocupación japonesa.
Ese cambio de rumbo se inició con la denominada nueva política de China. El régimen de Wang Ching-wei, establecido en Nankin por los japoneses en 1940, tras el alejamiento de Chang Kai-chek, su camarada de armas hasta entonces, que había llevado una existencia brumosa bajo la ocupación japonesa, fue reconocido ahora formalmente como un aliado de igual rango. El gobierno nacional chino de Wang Ching-wei declaró la guerra a EEUU y Gran Bretaña a principios de 1943. Ello no tuvo ningún significado militar, pues el número de desertores de la zona de influencia de Chang Kai-chek no fue tampoco digno de mención. Sin embargo, la declaración de guerra de Wang Ching-wei iba ligada a la supresión de los derechos territoriales especiales, las plazas comerciales y todas las concesiones en Tientsin y Shanghai, entre otras ciudades, que se remontaban a la época de la rebelión de los boxers de 1900, con lo cual se creó una realidad política de primer rango. Alemania e Italia fueron invitadas por el gobierno japonés a hacer otro tanto y renunciar a sus derechos especiales sobre China. Se tomaba así una decisión fundamental a la que Chang Kai-chek debía sumarse si no quería perder prestigio entre sus compatriotas, de manera que, con el fin de apoyarlo, las potencias occidentales hubieron de doblegarse a la idea de que sus posiciones de la época del imperialismo en China resultaban insostenibles y cedieron sin demora. China alcanzó así su soberanía, verbalmente, limitada por los blancos desde la guerra de Opio, hacía más de 100 años. Por parte japonesa siguieron una serie de declaraciones de independencia para Birmania y Filipinas. El reconocimiento de una Indonesia independiente fue la culminación de la formación de un grupo de estados en el sureste asiático al que se añadió Tailandia, que el 21 de enero de 1942 hubo de consentir en declarar la guerra a EEUU y Gran Bretaña ante la presión del avance de los japoneses desde la Indochina francesa. Los japoneses garantizaron también a la población de Corea y Formosa una autonomía mayor que la disfrutada hasta entonces. Sólo Singapur, rebautizada como Shonan, siguió estando directamente sometida a la administración militar japonesa y se transformó en una gran base para su flota y aviación.
La Indochina francesa mantuvo una posición especial, pues en 1940/41 el gobierno de Vichy había puesto esta colonia a disposición de Japón como base de partida para sus operaciones militares. La administración colonial francesa siguió pues en funciones, (a la oficial dependiente de Vichy, se sumaba otra extraoficial, que pasaría finalmente a las órdenes de De Gaulle, a la espera de tomar posesión con la victoria de los aliados). Sin embargo, el 9 de marzo de 1945, los japoneses pusieron fin a esta administración colonial blanca, la única que seguía vigente en el interior de su gran espacio; desarmaron e internaron a las tropas francesas y declararon independientes Anam, Camboya y Laos. El emperador Bao Dai se encargó formalmente del gobierno, mientras el movimiento Vietmín, a las órdenes de Ho Chi Min, organizaba en todo el territorio una resistencia nacionalista cuyo objetivo era un Vietnam independiente, con una estructura social distinta de la establecida bajo el dominio francés.
En Indonesia fue aceptado por los japoneses como jefe de gobierno, a principios de 1945, el jefe del movimiento nacional, Sukarno; en Birmania, Ba Maw, ya en 1943, y en Filipinas, Laurel, exponentes todos ellos de los correspondientes movimientos nacionalistas que en la época de preguerra se había opuesto al poder colonial y en los primeros años de ocupación nipona había optado por la resistencia contra Japón. En la fase final de la guerra no llegaron a formarse, a la espera de una liberación desde el exterior, movimientos de resistencia o partisanos comparables con los de la Europa de Hitler ni siquiera entre los países donde algunos sectores de los movimientos nacionalistas se habían distanciado considerablemente de las autoridades japonesas, entre las cuales siguieron ganando terreno las prácticas de dureza aplicadas por mandos subordinados, a pesar del cambio de rumbo oficial en Tokio. La totalidad de fuerzas nacionalistas se preparó, más bien, a ofrecer resistencia a la vuelta de los señores coloniales.
Continua...
Tras el cambio de la situación militar en la guerra del Pacífico, a fines de 1942 y principios de 1943, el gobierno japonés cambió de rumbo en su política con los pueblos de la esfera de bienestar que habría de ser de máxima importancia no sólo para esta fase final de la guerra, sino también, precisamente, para la evolución de la situación durante la posguerra en el sureste asiático. Un representante de este nuevo curso fue el ministro de asuntos exteriores, Shigemitsu, nombrado para el cargo en el gabinete de Tojo en abril de 1943. Antes de la guerra había sido muchos años embajador de su país en Londres y había pertenecido al grupo de los escasos críticos de la política expansiva que conducía a Japón a la guerra. Bajo el lema Asia para los asiáticos, Shigemitsu, se había propuesto ahora, como ministro de exteriores, el objetivo de dar a los países conquistados la independencia en el marco de un grupo de estados dirigidos, pero no dominados, por Japón y ganar para la cooperación a las fuerzas políticas locales que hasta ese momento se habían opuesto a la política de ocupación japonesa.
Ese cambio de rumbo se inició con la denominada nueva política de China. El régimen de Wang Ching-wei, establecido en Nankin por los japoneses en 1940, tras el alejamiento de Chang Kai-chek, su camarada de armas hasta entonces, que había llevado una existencia brumosa bajo la ocupación japonesa, fue reconocido ahora formalmente como un aliado de igual rango. El gobierno nacional chino de Wang Ching-wei declaró la guerra a EEUU y Gran Bretaña a principios de 1943. Ello no tuvo ningún significado militar, pues el número de desertores de la zona de influencia de Chang Kai-chek no fue tampoco digno de mención. Sin embargo, la declaración de guerra de Wang Ching-wei iba ligada a la supresión de los derechos territoriales especiales, las plazas comerciales y todas las concesiones en Tientsin y Shanghai, entre otras ciudades, que se remontaban a la época de la rebelión de los boxers de 1900, con lo cual se creó una realidad política de primer rango. Alemania e Italia fueron invitadas por el gobierno japonés a hacer otro tanto y renunciar a sus derechos especiales sobre China. Se tomaba así una decisión fundamental a la que Chang Kai-chek debía sumarse si no quería perder prestigio entre sus compatriotas, de manera que, con el fin de apoyarlo, las potencias occidentales hubieron de doblegarse a la idea de que sus posiciones de la época del imperialismo en China resultaban insostenibles y cedieron sin demora. China alcanzó así su soberanía, verbalmente, limitada por los blancos desde la guerra de Opio, hacía más de 100 años. Por parte japonesa siguieron una serie de declaraciones de independencia para Birmania y Filipinas. El reconocimiento de una Indonesia independiente fue la culminación de la formación de un grupo de estados en el sureste asiático al que se añadió Tailandia, que el 21 de enero de 1942 hubo de consentir en declarar la guerra a EEUU y Gran Bretaña ante la presión del avance de los japoneses desde la Indochina francesa. Los japoneses garantizaron también a la población de Corea y Formosa una autonomía mayor que la disfrutada hasta entonces. Sólo Singapur, rebautizada como Shonan, siguió estando directamente sometida a la administración militar japonesa y se transformó en una gran base para su flota y aviación.
La Indochina francesa mantuvo una posición especial, pues en 1940/41 el gobierno de Vichy había puesto esta colonia a disposición de Japón como base de partida para sus operaciones militares. La administración colonial francesa siguió pues en funciones, (a la oficial dependiente de Vichy, se sumaba otra extraoficial, que pasaría finalmente a las órdenes de De Gaulle, a la espera de tomar posesión con la victoria de los aliados). Sin embargo, el 9 de marzo de 1945, los japoneses pusieron fin a esta administración colonial blanca, la única que seguía vigente en el interior de su gran espacio; desarmaron e internaron a las tropas francesas y declararon independientes Anam, Camboya y Laos. El emperador Bao Dai se encargó formalmente del gobierno, mientras el movimiento Vietmín, a las órdenes de Ho Chi Min, organizaba en todo el territorio una resistencia nacionalista cuyo objetivo era un Vietnam independiente, con una estructura social distinta de la establecida bajo el dominio francés.
En Indonesia fue aceptado por los japoneses como jefe de gobierno, a principios de 1945, el jefe del movimiento nacional, Sukarno; en Birmania, Ba Maw, ya en 1943, y en Filipinas, Laurel, exponentes todos ellos de los correspondientes movimientos nacionalistas que en la época de preguerra se había opuesto al poder colonial y en los primeros años de ocupación nipona había optado por la resistencia contra Japón. En la fase final de la guerra no llegaron a formarse, a la espera de una liberación desde el exterior, movimientos de resistencia o partisanos comparables con los de la Europa de Hitler ni siquiera entre los países donde algunos sectores de los movimientos nacionalistas se habían distanciado considerablemente de las autoridades japonesas, entre las cuales siguieron ganando terreno las prácticas de dureza aplicadas por mandos subordinados, a pesar del cambio de rumbo oficial en Tokio. La totalidad de fuerzas nacionalistas se preparó, más bien, a ofrecer resistencia a la vuelta de los señores coloniales.
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