''LOS PRIMEROS AÑOS''
Casi todo el mundo conoce la historia del flautista de Hamelin.
Todavía en nuestros días lleva el nombre de Koppenstrasse, el camino que recorrieron en Hamelin los chicos que nunca más habrían de volver. A sus lados se levantan casas feas y grises que tienen patios angostos y sucios. Durante el verano, la superficie áspera del camino se convierte en una trampa de polvo; hay multitud de baches que durante las lluvias de primavera y verano se tornan en grandes y profundos lodazales. Aún no ha sido pavimentado y termina en angosta vereda que conduce a los campos y hortalizas que quedan al pie de la montaña Koppenberg.
Pasé mis primeros años en ese camino; cierto que no era nada atractivo, pero tampoco yo era un niño bonito; tenía el pelo rojo y estaba plagado de pecas.
Mi padre era policía. Durante la Primera Guerra Mundial fue Sargento de Estado Mayor, Décima Compañía, 18 Regimiento de Infantería. Era hombre de aspecto impresionante y un gran soldado. Después y durante muchos años prestó sus servicios en el cuerpo de policía de la ciudad, admirado y respetado por todos sus conciudadanos. Ganó una condecoración en la Batalla de Flandes, pero fue hecho prisionero en las afueras de Yprés, en el año 1915. Pasó cuatro largos años como prisionero de guerra en el campamento isleño de Belle Ile, en la Bahía de Vizcaya.
Regresó en 1919 y se casó. Ana era la más atractiva de las hijas del carpintero y albañil Wilhelm Maertens. De su padre heredó la terquedad así como un gran sentido del humor. Hasta hoy, sus ojos pueden iluminar jovialmente sus facciones suaves, sin arrugas, que nimba su pelo blanco. Siempre pensé que mi padre había demostrado su buen gusto al casarse con Ana y que yo habría hecho lo mismo en su lugar.
Nací el 24 de marzo de 1921, un año y ocho días después del casamiento de mis padres. Lejos estaba yo de ser el niño ideal. Mi padre tuvo que educarme con dureza, cuidando de que desde mi más temprana edad fuese acostumbrándome al concepto prusiano de orden y disciplina. El elemento principal que utilizó para educarme fue una larga correa con la que mis espaldas llegaron a familiarizarse penosamente. El sargento de la Plana Mayor me trató como nuevo recluta y, sin embargo, sé que me quiso, por lo que ahora le estoy agradecido, a pesar de las buenas zurras que me dio y que, a decir verdad, debo confesar fueron bien merecidas.
Como sitio de recreo tuve las barrancas, el cuartel donde había el campo para desfiles y las caballerizas, así como las cuadras de alojamiento, con sus largos corredores y espaciosos vestíbulos. Desde muy chico aprendí a usar un rifle, limpiarlo, apuntar y dispararlo; también me enseñaron a armar una ametralladora y colocarla en posición de tiro. Nunca me asustó el ruido de los disparos. Los soldados eran mis amigos y mis compañeros de juego; juntos pasamos muy buenos ratos.
Corrieron los años. Era raro que algún acontecimiento emocionante llegara a perturbar la paz y calma de la vida propia de nuestra ciudad, que, como siempre, se extendía al pie de suaves pendientes en las colinas sombreadas de árboles. Las aguas del río seguían deslizándose, atravesaban el pueblo, se arremolinaban y caían sobre dos amplias esclusas; parte de ellas era desviada para el abastecimiento de fuerza motriz con que operaba el gran molino de harina que había en la isla. Los remolcadores luchaban contra la corriente y arrastraban largas hileras de chalanas y barcazas de carga vacías. Balsas difíciles de manejar y lanchones pesadamente cargados zarpaban y se deslizaban río abajo, en dirección al valle, más allá de los muelles y hermosas y limpias calzadas que servían de paseo en las márgenes del río. Durante el verano, llegaba gran número de turistas que viajaban en ferrocarril o en automóvil. La atmósfera de romántica época medieval que envolvía a la ciudad era un gran atractivo y se traducía en buenos negocios para los hoteles, restaurantes, tiendas y guías de turistas, etc., especialmente si los domingos hacía un buen día.
Fue ahí donde crecí, feliz y ajeno a toda preocupación durante mi niñez.
Para 1931 había terminado los cuatro años de escuela elemental y asistía a la secundaria. Era éste un instituto muy antiguo y de arraigos tradicionales. Nunca fui un alumno estrella, como tampoco había sido un angelito durante mis primeros años. Por supuesto, cometí cuanta falta puede ser conocida en el calendario escolar y creo haber sido un tormento perfecto para mis maestros que parecían considerar mi comportamiento como cosa natural y nunca me guardaron permanentes rencores o mala voluntad.
Nunca olvidaré al decano del colegio, el anciano doctor Trobitius, hombre extraordinario y digno de toda consideración. Era una lástima que enseñara matemáticas, química y biología, porque las únicas materias que me interesaban eran filosofía, idiomas, historia y arte. También me encantaban los deportes, especialmente remar; por cierto que en el verano de 1937 llegué a ser capitán del Club de Remos de la escuela. En mi clase todos teníamos que tomar lecciones de baile. Poco era el tiempo que quedaba para dedicarlo al estudio; de manera que, hablando en sentido general, convertí en una práctica el no asistir nunca a las clases de biología o química. Casi durante seis meses pude pasármela de ese modo, pero llegó el día en que las autoridades escolares me descubrieron y estuve a punto de ser expulsado de la escuela.
Fui llevado ante el Director. Por cuanto se refería a nosotros, era la personificación completa de toda autoridad; hombre alto, delgado, con facciones de sabio y aspecto impecable.
Estaba sentado tras enorme escritorio y fumaba un tabaco Virginia; a su lado, en cómoda silla, se había desplomado Trobitius, con su reluciente calva. Ambos me ignoraron por completo, haciéndome sentir intranquilo. Me remordía la conciencia. Quizás no había sido tan vivo como me lo suponía.
Por fin, el Director me preguntó por qué había dejado de asistir a las clases del doctor Trobitius.
Habría podido idear alguna excusa, como estar enfermo de la garganta o padecer un dolor de estómago, o cualquier otro pretexto por el estilo; sin embargo, en aquella ocasión decidí confesar la verdad. Ciertamente, no soy de los que creen que siempre debe decirse sólo la verdad; pero pensé que en aquel momento era una buena idea hacerlo. No quería sentirme avergonzado de haber dicho mentiras al estar delante del Director. Además, según mi opinión, la verdad podía hacerles buena impresión y, por ende, reduciría la severidad del castigo.
Con toda franqueza le dije al Director que no me interesaban las clases que impartía el doctor Trobitius, que su enseñanza era árida y fastidiosa. Por supuesto, al oír eso, por poco se desmaya el instructor. El Director me miró asombrado, porque esperaba alguna de las excusas habituales, pero reaccionó inmediatamente y durante varios minutos me regañó atronadoramente; sin embargo los rayos cayeron sobre el pobre ancianito Trobitius, después que fui retirado de su presencia.
No se me impuso ningún castigo, y pasado el incidente tuve la impresión de que las clases que impartía el viejo profesor eran ya más interesantes...
Aquel verano, mientras asistía a la clase de baile, me enamoré por primera vez. La adoraba con todo el ardor romántico de mis dieciséis años. Se llamaba Lieselotte y su padre era doctor; en cuanto a la que hubiera sido mi suegra, era una dama de la alta sociedad y no podía estar de acuerdo con nuestras relaciones porque mi padre era sólo un policía común y corriente.
También en aquel tiempo empecé a escribir por primera vez. Tuve la suerte de poder vender algunos artículos y cuentos cortos que me produjeron algo de dinero para mis gastos personales; además, compuse unos poemas para Lieselotte, que se mostró encantada con ellos.
Al año siguiente me enamoré locamente de Annaliese. Tenía el cuerpo de una diosa. Le dediqué los mismos poemas, a los que sólo tuve que cambiar el nombre, y quedó igualmente complacida.
Tanto a Lieselotte como a Annaliese les juré amor y devoción eterna, pero cuando llegué a ser aviador quebranté todas mis promesas. Todavía me alegra recordar que ni mi pelo lacio y rojo ni las pecas que cubrían mi nariz fueron obstáculo para que me quisieran.
En aquellos días, aparte de querer a Lieselotte y Annaliese, sentía gran amor por la vieja escuela, por nuestro pueblo de rincones extraños y únicos, por sus calles angostas y por la navegación en el río. En verdad que amaba la vida.
En el año de 1931 me hice miembro de la Asociación de Boy Scouts (Pfadfinderbund). Acostumbrábamos vagar por todas partes de Alemania, pasando las noches en campamentos, dando largos paseos a pie, desarrollando un sentimiento de camaradería y cantando a coro alrededor de las hogueras.
El 30 de enero de 1933, cuando los nazis subieron al poder, tenía yo doce años. Me acuerdo perfectamente de aquel día. Las tropas de asalto (SA) se apoderaron de la Casa del Ayuntamiento a eso del mediodía y trataron de izar la bandera de la esvástica. A la sazón, mi padre estaba de guardia en el edificio y junto con otros dos oficiales de policía arriaron nuevamente la bandera. Durante muchos años el incidente no fue olvidado y siempre se le acusó de haber sido el responsable de tal proceder.
Pocas semanas más tarde, un domingo se celebró un servicio religioso dedicado a las distintas organizaciones de jóvenes. Fui uno de los boy scouts que asistieron a la iglesia. Al salir a la plaza del mercado, nos asaltaron los miembros de la Juventud Hitlerista (HJ) y sobrevino una violenta pelea callejera en la que tuvo que intervenir la policía.
Al efectuarse una reunión interseccional de exploradores en Lüneberg, a la que concurrieron 20,000 muchachos, las Juventudes Hitleristas trataron de derribar los campamentos; luchamos contra ellos y los vencimos en toda la línea. Como consecuencia, fue suspendida la reunión por órdenes del Ministro del Interior, y el campamento tuvo que ser levantado en unas cuantas horas. La Asociación de Boy Scouts fue declarada organización ilegal y todos fuimos incorporados, colectivamente, a la Juventud Alemana de Menores (Jungfolk), que era una subdivisión de las Juventudes Hitleristas. Los que habíamos sido exploradores, permanecimos unidos y formamos una tropa (Fahnlein) continuando nuestros paseos a pie, levantando nuestros campamentos y cantando como antes lo hacíamos.
En 1935, cuando cumplí los catorce años, llenaba ya el requisito para ser admitido en las Juventudes Hitleristas propiamente dichas, pero rehusé la oportunidad que se me brindaba. Sin embargo, dos años más tarde cedí ante la presión que se me hizo y entré a formar parte de la Juventud Mecanizada de Hitler. Muy pronto surgieron las dificultades con las autoridades, porque, como capitán que era del Club de Remos de la escuela, se me consideraba, en sentido general, como de ideas reaccionarias. Durante las regatas y después de una carrera de lanchas, se produjo un incidente en el que algunos de los miembros del club se vieron involucrados en una lucha contra la Juventud Hitlerista Streifendienst, que era algo así como una fuerza de policía integrada por muchachos. A fin de evitar la desgracia de ser expulsado de las Juventudes Hitleristas, volví a incorporarme a la división integrada por la Juventud Alemana de Menores, donde me hice cargo de la organización y supervisión de deportes y campamentos para los chicos. De este modo pude reducir al mínimo los ejercicios militares y regimentación, fomentando la libertad, el buen humor y la camaradería.
Las Juventudes Hitleristas eran como cualquiera otra organización nazi. Llegaron a hacerse intolerables porque no supieron aplicar correctamente, en la práctica, los principios fundamentales del nacionalsocialismo. Sin embargo, hay que tener presente que estos principios e ideales subyugaban materialmente a los jóvenes y que los sosteníamos con el máximo entusiasmo, habiendo podido enorgullecernos del resurgimiento poderoso de nuestro amado país durante los años en que éramos todavía muy jóvenes.
CONTINUA