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El proceso de Tokio, el "Nuremberg japonés"

Los juicios de Núremberg, las nuevas fronteras

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El proceso de Tokio, el "Nuremberg japonés"

Mensajepor Erich Hartmann » Mié Jun 15, 2005 5:22 am

Artículo de la "Crónica militar y política de la Segunda guerra Mundial" editada por SARPE, págs 190-201

SIETE HORCAS EN TOKIO

La confesión de los acusados evitó al emperador la vergüenza del proceso.


Como sucedió en Europa al final de la contienda, a fin de asegurar bajo la justicia internacional a los jerarcas del Tercer Reich responsables de crímenes de guerra y contra la humanidad, y de complot y delitos contra la paz, así sucedió también en Extremo Oriente. La gigantesca caza a los jefes japoneses que deberán comparecer a juicio es ordenada expresamente por el general Douglas Mac Arthur, Comandante Supremo de las Fuerzas Aliadas en el Pacifico, en virtud de los poderes absolutos que se le otorgaron con la rendición incondicional del 2 de septiembre de 1945 y con la declaración de Potsdam del 26 de julio, que concretamente le permitió proceder a la detención de los (presuntos) criminales de guerra en espera de procesarles. Seguimos en esto las investigaciones de dos historiadores italianos, Giacomo de Antonellis y Giuliano Colliva, que reconstruyeron minuciosamente el excepcional proceso a los acusados nipones (llamado también "el Nuremberg japonés"), reproduciendo todas las fases que lo precedieron y siguieron, como, por ejemplo, la captura de los acusados.

En la inmediata posguerra, y a cargo de los departamentos americanos de investigación en las tropas de ocupación, en todas las localidades del Japón fueron redactadas listas interminables de personas comprometidas con el régimen derrotado. Se llenaron los campos de internamiento. Se instruyeron centenares de procesos. Se realizaron a gran escala redadas de sospechosos. La mayor operación tuvo lugar el 4 de enero de 1946 e implicó a más de mil personas, pero muchas ni siquiera fueron sometidas a juicio y se las soltó en seguida.

Un nuevo método de actuación fue el envío de los criminales hacia el lugar de sus acciones. Así, el general Yamashita Tomobumi (los nombres van enunciados al estilo japonés, con el apellido delante), comandante en jefe de las Filipinas, fue procesado y ahorcado en Manila. Algunos altos funcionarios gubernativos fueron juzgados en Yokohama, sede de sus cargos. Los responsables de las crueldades de Manchuria fueron entregados a los aliados soviéticos debido a la competencia territorial.

El proceso de Tokio implicó a veintiocho acusados —en representación de la entera clase dirigente nipona, de las que se excluyeron, por evidentes motivos de oportunidad, los miembros de la familia imperial—, y se presenta inmediatamente bajo su aspecto político. En el banquillo de los acusados se alinean cuatro primeros ministros, tres ministros del Exterior, dos embajadores, un consejero del emperador, un ministro de la Guerra, un ministro de Marina, un ministro de Hacienda, doce militares de elevado rango, un secretario de Estado, un ministro sin cartera y un teórico del expansionismo. En el curso del proceso se reducen a veinticinco. Dos desaparecen de muerte natural y uno por locura evidente.


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Mensajepor Erich Hartmann » Mié Jun 15, 2005 10:59 pm

Días de gran tensión

En cuanto a los otros altos responsables de la guerra, han preferido por lo general morir o eclipsarse, antes o después de la rendición. A partir de la noche del 14 de agosto, por ejemplo, el general Anami Korechika, ministro de la Guerra, recurrió al seppuku (traducción japonesa del chino harakiri), prefiriendo "expirar su gran culpa". La mañana siguiente el vicealmirante Onishi, ideador de los Kamikaze, declara a sus familiares: "No tengo otro modo de honrar a mi pueblo y a mi emperador", y se suicida.

Aquellos días son para el Japón de tensión individual y colectiva. Se quitan la vida los generales Sugiyama, Tanaka Siichi y Honjo Shigeru. El 24 de agosto, 24 miembros del Daitó Juku (Instituto para el Gran Oriente) cometen seppuku tras haber recorrido desfilando las calles centrales de la capital. Dos días después de la rendición otros doce paisanos, todos miembros de la Meiró Kai (Asociación del Sol Esplendoroso), con su líder Hibi Waichi a la cabeza, se matan delante del palacio imperial. Y llegamos al 16 de diciembre, cuando también un ex primer ministro, el principe Konoye Fumimaro, prefiere envenenarse a sobrevivir soportando la vergüenza de la detención. Sin embargo, no es unánime este singular sentido del honor. Tsuji Masanobu, ex jefe de la zona de operaciones de los mares del sur, por ejemplo, escapa a la detención británica y vaga por tres años en el Sudeste asiático disfrazado de monje budista, para volver luego al Japón, una vez superado el peligro, recobrando una posición de prestigio.

La captura de los acusados del proceso de Tokio ocurre en diversos momentos. La orden de detención de Tojo lleva fecha del 11 de septiembre, y ocurre en circunstancias dramáticas. El "arquitecto" de la guerra del Pacifico comprende que suicidándose conseguirá atribuirse por entero la culpa de la derrota, evitando a la familia imperial y a las máximas jerarquías nipones afrentas posteriores. Ante los periodistas que acuden a entrevistarlo —pues circula el rumor de la inminente detención, difundido a propósito para permitirle matarse—, aparece tranquilo, y afirma que "hay una diferencia sustancial entre la dirección de un país en guerra y ser considerado un criminal de guerra".

Faltan pocas horas para la llegada de la Military Police americana. Tojo Hideki hace salir a su esposa de la lujosa vivienda al borde de la capital y espera rodeado de una patrulla de gendarmes japoneses, la patrulla que ha de llevarle al cuartel general de Yokohama. Tojo está sombrío. Cuando el comandante Paúl Kraus le pide identificarse, le solicita a su vez las credenciales. Recibidas éstas, se retira a sus habitaciones, toma una pistola que guardaba para suicidarse en el momento de la detención, y apunta a una señal que se ha hecho sobre el pecho encima del corazón.


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Mensajepor Erich Hartmann » Jue Jun 16, 2005 10:20 pm

¡Tojo no "consigue" morir!

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El disparo sobresalta a los militares americanos que esperan ante la casa. El general japonés esta caído sobre una silla con el arma humeante en la diestra. Se pierde tiempo esperando un médico —son casi las 16.30 de la tarde— mientras los corresponsales americanos irrumpen impacientes en la habitación cogiendo objetos "para recuerdo". Uno corta un trozo de pantalón, otro empapa un pañuelo de sangre. Hacen falta dos horas para conseguir un médico americano. Este realiza la sutura de la herida en medio de los fotógrafos, que piden continuamente que se mueva al herido para poder enfocarle mejor. Fuera, la mujer reza de rodillas para que la muerte sobrevenga pronto, pero Tojo no ha sabido dispararse con firmeza y se salva.

Otras detenciones tienen lugar el 17 de noviembre y el I de diciembre. El 23 de enero de 1946 se presenta espontáneamente Matsuoka Yosuke, que en septiembre del 40 ha firmado el Pacto Tripartito en calidad de ministro del Exterior. El último capturado es Shiyemitsu Mamoru, otro ex ministro del Exterior, descubierto el 28 de abril.


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Mensajepor Erich Hartmann » Vie Jun 17, 2005 11:11 pm

El proceso de Tokio en uno de los pocos edificios que quedaron en pie

La Academia de Guerra de Tokio, en el barrio residencial de la capital, donde tenían su sede varios ministerios, es uno de los poquísimos edificios que quedaron en pie en esa zona al terminar la segunda contienda mundial. Allí se desarrolla el proceso contra los criminales de guerra japoneses, que concluirá con siete condenas a muerte, seis a cadena perpetua, una a veinte años de cárcel y otra a siete, y será también el proceso más largo, pues iniciado el 3 de mayo de 1946, ocupará 417 sesiones y no terminará hasta el 12 de noviembre de 1948.

El Tribunal Militar Internacional para Extremo Oriente, presidido por el australiano Sir William Flood Webb, se constituye el 3 de mayo de 1946 ante un público formado casi exclusivamente por representantes diplomáticos, periodistas, observadores extranjeros y abogados. Haces de luz iluminan a lo largo y a lo ancho la sala para facilitar la labor de los operadores de cine y de los fotógrafos autorizados.

Una parte de la sala está reservada a las cabinas de cristal para la traducción simultánea. Es el hallazgo más brillante del escenógrafo del proceso. En Japón la técnica de traducción simultánea es todavía desconocida, y el descubrimiento de los auriculares es un elemento de gran sorpresa para el público y los acusados. A la izquierda, según se entra, está la mesa del tribunal, construida excepcionalmente alta para subrayar la potestad absoluta de los jueces. Pero los acusados se encuentran en un escueto recinto de madera con tres niveles, tras el lugar de la defensa y de los ayudantes del tribunal, según el estilo británico. Cada gesto está medido, y sometido a un procedimiento formalmente impecable. Todo parece responder a la declaración de Truman para que "esta pública presentación de la culpa de estos malhechores lleve a la unánime y permanente repulsa de la guerra por parte de nuestros ex enemigos; del militarismo, de la agresión y de toda noción de superioridad racial".

El acusado principal es el general Tojo Hideki, llamado "la navaja". Pequeño de estatura pero ágil, de ideas limitadas y ambicioso, al comienzo del proceso cuenta casi sesenta y dos años. En 1930 era coronel en el ejército del Kuantung, en Manchuria, y siete años más tarde llega a ser jefe del Estado Mayor. En 1938 le reclaman desde Tokio para confiarle el cargo de subsecretario de la Guerra. Dos años más, y fue ministro de la Guerra. Luego, en octubre de 1941, llegó incluso a primer ministro.

Tojo aparece como uno de los más destacados representantes del militarismo japonés y el mayor responsable de la contienda en el Pacifico. En cierto momento llegó a tener en sus manos la dirección del gobierno, el ministerio de la Guerra y el Mando Supremo del ejército. "No participé en los preparativos para la agresión a PearI Harbor —llega, no obstante, a sostener en el proceso— porque lo supe apenas dos días antes".

Su estrella declina en julio de 1944 con la caída de Saipán, cuando la suerte del Japón está irremediablemente decidida. De los otros acusados, todos han ocupado altos cargos en el gobierno o en las fuerzas armadas. La mayor parte son generales: Itagaki Seishiro, primer jefe de Estado Mayor del ejército del Kuantung y luego ministro de la Guerra y jefe de las tropas que ocuparon Singapur; Umezo Yoshiro, subsecretario de la Guerra en los años de preparación bélica: Araki Sadao, uno de los más destacados nacionalistas y convencido impulsor de la expansión en Manchuria, ministro de la Guerra durante tres años; Sato Kenryo, que tiene apenas cincuenta años y es, por tanto, el más joven de los acusados, comandante supremo del ejército en el periodo central de la guerra; Doihara Kenji, llamado por sus intrigas 'el Lawrence de Manchuria", jefe en esa región de los servicios especiales del ejército nipón; Matsui Iwane. comandante en jefe de las fuerzas japonesas en China central, uno de los responsables del saqueo de Nanking: Muto Akira, Jefe de Estado Mayor de las fuerzas de Filipinas en 1944 y anteriormente comandante supremo del ejército; Kimura Heitaro, subsecretario de la Guerra y jefe de los ejércitos japoneses en Birmania, y Hoshino Naoki, jefe de gabinete de Tokio, su amigo y principal colaborador desde los tiempos del "caso" manchú.


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Mensajepor Erich Hartmann » Lun Jun 20, 2005 5:06 am

Los otros generales son Hashimoto Kingoro, Hata Shunroku y Minami Jiro, a los que se tribuyen responsabilidades menores. Sólo hay dos almirantes: Shimada Shigetaro, sombra de Tojo y acaso el hombre más impopular en el país, ministro de Marina desde 1941 a 1944, y Oka Takasumi, responsable de las fuerzas de mar durante casi toda la duración de la guerra.

Cosa de un tercio de los acusados está compuesto por civiles. De ellos el más comprometido es Hirota Koki, un hombre duro y obstinado. Primer ministro desde marzo de 1936 a febrero de 1937, es decir, cuando se había iniciado la subida de los militares al control total del país y la simultánea preparación de los planes expansionistas. El noble Kido Koichi, por el contrario, en su calidad de consejero personal del emperador y jefe del Jushin o Consejo de la Corona, es el más importante personaje no militar, con grandes responsabilidades políticas. En el grupo se encuentra también el embajador en Berlin, Oshima Iroshi, decidido mantenedor del Pacto Tripartito, y el embajador en Roma. Shiratori Toshio, figura de segundo plano junto con los políticos Hiranuma Kiniaki y Suzuki Teiichi. A pesar de las apariencias, menos comprometidos parecen el mismo ministro del Exterior Togo Shiyenori, titular del Gaimusho en la época de Peral Harbor, y Shiyemitsu Mamoru. Físicamente frágil, privado de la pierna derecha perdida en China en 1932 como consecuencia de un atentado, Shiyemitsu ha dirigido el ministerio del Exterior en el último periodo del gabinete Tojo, subiendo a bordo del acorazado "Missouri" para firmar la rendición incondicional.

Tres acusados desaparecen durante el proceso. Dos por fallecimiento, y por locura manifiesta Okawa Shumei, que al iniciarse el procedimiento con la lectura del pliego de cargos, se descompone y ataca a Tojo, sentado junto a él, dándole puñetazos en su calva cabeza. La sesión se interrumpe temporalmente, y al reanudarse, el doctor Okawa prorrumpe en un llanto desconsolado, como un niño. Después de un mes el tribunal autoriza su internamiento en un hospital psiquiátrico, y casi un año después anula su nombre en la lista de los acusados. Los otros dos —Matsuoka Yosuke y Nagamo Osami, que ha tenido una parte relevante en el mando del ataque a la base de Pearl Harbor—, mueren por causas naturales, respectivamente, el 27 de junio de 1946 y el 5 de enero de 1947.


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Mensajepor Erich Hartmann » Lun Jun 20, 2005 11:13 pm

El tribunal

El tribunal que juzga a estos hombres constituye un organismo muy distinto —por la heterogeneidad de su composición y la longitud de la fase de declaraciones— de la audiencia de Nuremberg. Pero a pesar del titulo de "militar" no tiene más que dos miembros de uniforme: el representante norteamericano y el soviético. Pero es verdaderamente internacional, porque los jueces pertenecen a once países (y no sólo a las potencias que en El Cairo, el 1 de diciembre de 1943, acordaron "pelear para reprimir y castigar la agresión del Japón").

Con el presidente del tribunal, Flood Webb, asistido por el coronel Vern Walbridge como secretario general, son jueces Edward Stuart Mac Dougall, canadiense; Mei Ju-ao, chino; Bernard Victor A. Roling, holandés; Erima Harvey Borthcraft, neozelandés; Iván M. Zaryanov, soviético; Myron C. Cramer, estadounidense, que sustituye el 22 de julio de 1946 a John P. Higgins; Henri Bernard, francés; Lord Patrick, británico; Radks M. Pal, indio y Delfín Jaranilla, filipino (estos dos últimos, agregados después de las sesiones iniciales).

Se trata de parlamentarios, juristas y magistrados muy conocidos en sus respectivos países. La larga duración del proceso se debe en buena parte en su cautela al examinar pruebas y testimonios, buscando la efectiva y directa culpabilidad de los acusados. El clima oriental anima a la reflexión sin quitar nada a la flexibilidad del juicio. De ello se dan bien pronto cuenta los acusados, en torno a los cuales se despliega una muchedumbre de abogados y asistentes legales, en parte americanos y en parte japoneses. Son 104 los miembros de la defensa, un número excepcional. Los abogados se quejan con frecuencia de lo inadecuado de los servicios, de la meticulosidad de los controles, de la lentitud con que reciben el material y de la resistencia ante algunas de sus solicitudes de testimonio. Además, la distinta mentalidad jurídica entre americanos y japoneses no ayuda a plantear una batalla defensiva al mismo tiempo. En este campo predominan las figuras del capitán Beverly M. Coleman y de John W. Guider, por un lado, y de los abogados Terry Terasaki y George Yamaoka, por otro. Después de las incertidumbres iniciales, los prisioneros japoneses reciben plena asistencia legal.

En cuanto a la acusación, que tiene el abierto apoyo del Mando Supremo Aliado, cada una de las once naciones ha suministrado su propio representante oficial. En conjunto el colegio fiscal está constituido por 72 personas, a cuya cabeza se encuentra el prosecutor estadounidense Joseph B. Keenan, rodeado por el soviético Serguei A. Golunsky, el británico A. S. Commyns-Carr, el chino Che-chun Hsiang, el francés Robert Oneto, el australiano A. J. Mansfield, el canadiense H. G. Nolan, el holandés W. G. F. BorgerhofT Mulder, el neozelandés R. H. Quilliam, el indio Govinda Menon y el filipino Pedro López. Algunos pertenecen a la rama civil, otros a los grados militares.

El presidente Webb pertenece desde hace casi cuarenta años al Colegio de Abogados de Australia. Tiene cincuenta y nueve años y es presidente del Tribunal de Queensland. Es quien consigue, interviniendo en el momento oportuno, a arreglar las cuestiones más complejas, quizá con un guiño de ojo. Durante dos años ha dirigido una comisión de encuesta sobre crímenes de guerra japoneses en las áreas de interés de su país. Por este precedente la defensa esboza una protesta, sin insistir demasiado antes de reconocer plenamente la imparcialidad del presidente.

El tribunal adopta la lengua inglesa como principal, y el procedimiento legal anglosajón por cuanto es conocido de siete de los once jueces. Pero algunas veces se recurre a formas mixtas, en cierto sentido originales, para resolver necesidades especiales. Los jueces soviético, francés, holandés e indio se muestran formalistas por encima de todo, pero Webb logra siempre resolver sus contrastes.


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Mensajepor Erich Hartmann » Mié Jun 22, 2005 1:00 am

La controversia más sonada, dentro del colegio de jueces, nace de la insistencia del presidente por incluir en la acusación a Hirohito. "Si una guerra agresiva es considerada como una ofensa a la ley internacional —afirma Webb, indicando al emperador como principal responsable del conflicto—, ninguna nación puede perdonar esa ofensa". Desiste finalmente por la decidida oposición de sus colegas y por la confesión de los acusados, unánimes en exculpar al símbolo del Sol Naciente. Esta maniobra contribuye a hacer comprender a los historiadores que nunca un soberano constitucional tuvo menos poder decisorio que este emperador divinizado, cuyo peso sobre los acontecimientos de alcance histórico parece haber sido siempre insignificante. Tojo llegará a declarar: "El emperador ni siquiera imaginaba el estado de preparación militar y el avanzado proyecto de agresión a los Estados Unidos".

Otra violenta discusión ocurrió entre Webb y el abogado Smith, defensor de Hirota, el cual impugnaba la autoridad jurídica de Mac Arthur. "El general ha violado la Constitución americana —sostenía con vehemencia el letrado—, aceptando ser investido con el poder supremo y abusando de su autoridad en nombre del Tribunal Militar Internacional".

"El tribunal —cortó en ese momento el presidente— no es un congreso ni un parlamento, y no puede impugnar la autoridad de Mac Arthur". Luego, calmándose, añadió: "Más tarde, si fuera necesario en interés de la justicia, podrá presentar su reclamación en forma de argumentos legales, pero no en forma de una acusación de carácter político".

Muchos defensores se apresuraron a presentar excusas a Webb asegurándole que no querían poner en duda la autoridad del Comandante Supremo del Pacífico. En los primeros meses, prácticamente, la defensa asiste al proceso como observadora. Se escuchan los cargos generales y particulares, se anota la marcha de la acusación, se sigue la declaración de los testigos en estrados y la lectura de las declaraciones recogidas. Finalmente, el 27 de enero de 1947, se concede la palabra a la defensa. Unas pocas escaramuzas preceden —repitiendo la moción de los defensores en Nuremberg— a la primera iniciativa acordada por todo el colegio de la defensa, una moción para pedir la suspensión del procedimiento contra los veinticinco acusados. Motivo: incompetencia de los jueces, inexistencia de una pretendida conspiración contra el mundo, e irresponsabilidad de los acusados por crímenes contra la humanidad cometidos por tropas japonesas.

El consejero de la defensa, Yamaoka, interviene en defensa de esta moción: "Los crímenes aquí presentados no constituyen ultraje a la moralidad humana y todavía no están definidos como crímenes según una ley natural. Esto no significa afirmar que no deben ser castigados. Probablemente lo serian, pero sólo cuando fuesen tipificados como tales por las leyes civiles". Es el argumento de "ninguna pena sin ley". ¿Qué se pretende? No, ciertamente, la liberación inmediata de los acusados, sino al menos limitar las acusaciones.

Pero los cargos están mucho más articulados. Los 28 acusados deben responder ante el Tribunal y el mundo de conspiración contra la paz, de crímenes contra la humanidad, de crímenes de guerra y de haber desencadenado la agresión a los aliados. En otros términos, se les adjudican hechos como la invasión de Manchuria, la agresión a China y el ataque a Pearl Harbor sin previa declaración de guerra, de matanzas y de malos tratos a prisioneros población civil en las zonas ocupadas, el saqueo de Nanking y las atrocidades de Manila. El pliego de cargos, en pocas palabras, pone en discusión toda la política y la actividad militar de los japoneses desde 1931 hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. En efecto, en el decenio anterior al conflicto, el expansionismo japonés, dirigido a crear una Gran Asia bajo el dominio del Sol Naciente, ha llevado a sus autores a mancharse con numerosos delitos, empezando el 19 de septiembre de 1931, cuando, a causa de un supuesto atentado a una línea ferroviaria controlada por el Japón, el ejército del Kuantung invade Manchuria y en poco tiempo da cuenta de las tropas chinas (un año después surge el estado satélite de Manchukuo).

La agresión a China comienza con el bombardeo de Shanghai, en enero de 1932, y con la ocupación de las provincias de Jehol y Chiahar en 1935. Después de un periodo de relativa calma, el Japón, que mientras tanto se había salido de la Sociedad de Naciones, desencadena, en julio de 1937, un conflicto que gradualmente implica a toda Asia, hasta constituir (en 1940) otro estado satélite en el territorio de China oriental y meridional, con un ficticio "Gobierno Central de la República China" en Nanking. En cuanto a la agresión a los Estados Unidos, hay que recordar la voluntad de Hirohito de abrir las hostilidades con una formal declaración de guerra, la jugada preparada por los militares con una nota diplomática de última hora para aprovechar al máximo la sorpresa, y las dificultades en la embajada nipona de Washington para entregar el documento al Departamento de Estado americano cuando el bombardeo de Peral Harbor había ya comenzado.

Si algunas dudas se suscitan todavía en ciertos cargos, son innegables las responsabilidades directas o indirectas en otras acusaciones, entre ellas los crímenes perpetrados contra los prisioneros: exterminios en masa, torturas, empleo en actividades no consentidas por las leyes de guerra, castigos excesivos e ilegales, y malos tratos a heridos y enfermos.


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Mensajepor Erich Hartmann » Vie Jun 24, 2005 5:55 am

Los crímenes cometidos contra la población

Aunque el Japón figuraba entre los firmantes de la Convención de Ginebra de 1929 sobre el trato a prisioneros de guerra, innumerables son los episodios de crueldad, como el exterminio de gran parte de los 78.000 defensores de las Filipinas capturados en el 42 en Batán y obligados a caminar cientos de kilómetros bajo el ardiente sol, desnutridos y con escasas reservas de agua; como la ejecución de los aviadores prisioneros después de la misión Doolittle (primer bombardeo del Japón, abril de 1942); o como el exterminio de dieciséis pilotos americanos en 1945, realizado personalmente por oficiales japoneses en el Cuartel General de Fukoka: ocho, muertos en el transcurso de ritos ceremoniales, y los otros, asesinados después del lanzamiento de la segunda bomba atómica.

El proceso revela luego los crímenes contra la población civil cometidos en todas las zonas ocupadas, pero sobre todo en China. Millares de chinos, que se negaron a cooperar, fueron exterminados sistemáticamente desde 1931 en adelante, muchos reducidos a esclavitud y otros deportados. Algunas de estas ejecuciones en masa fueron realizadas con gas. El saqueo de Nanking, en 1938 —durante el cual más de cien mil personas fueron muertas—, es el más triste y famoso ejemplo de este género. Gota a gota, todo surge de este pasado terrorífico. Las tentativas de las defensa de amortiguar el efecto de las revelaciones no han logrado mucha atención. La discusión de pruebas está ya terminada.

El 4 de noviembre de 1948, el tribunal inicia la lectura de las conclusiones finales, de más de 1.200 páginas, que ocupa hasta ocho días. En ella se reconstruye la entera historia del Japón en el último decenio, desde la centralización del poder en manos de los ambiciosos jefes militares hasta la preparación ideológica de los japoneses a la guerra y, finalmente, a la dictadura.

No se deja nada en el tintero en esta síntesis del larguísimo proceso que en el transcurso de dos años y medio ha tenido 417 sesiones, ha escuchado 419 testimonios y 779 declaraciones escritas y ha manejado 4.336 documentos.


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Mensajepor Erich Hartmann » Sab Jun 25, 2005 12:58 am

El 12 de noviembre, el Tribunal Militar Internacional para el Extremo Oriente llega al momento de la sentencia. En la atmósfera tensa y silenciosa de la sala, los acusados, en pie y bajo la luz cegadora de los reflectores, presentan un aspecto más deprimido de lo usual. Es el ajuste de cuentas. El presidente Sir William Webb enumera, con voz firme y rápida, las distintas condenas.

La mayor parte de los acusados se esfuerza por mantener una actitud impasible. No todos lo consiguen. Alguno palidece y se sienta, abatido. Otros tratan de asumir una actitud de desafío. Itagaki, por ejemplo, sonríe sarcástico, y Tojo no se preocupa siquiera de escuchar por los auriculares la traducción de la sentencia, seguro de recibir la horca. El Tribunal ha probado, sin sombra de duda, su participación en la larga serie de agresiones niponas, concluyendo que él "tiene la responsabilidad mayor de los ataques criminales japoneses a sus vecinos".

Si hay unanimidad en condenar los crímenes del país derrotado, no tan absoluta es la certeza de los jueces sobre la responsabilidad personal de los acusados.

El veredicto ha sido redactado tras numerosos debates, unos superficiales, pero otros durísimos. "El estatuto mismo del tribunal -declara, unos días después, el juez francés Bernard- no estaba fundado en ninguna regla de derecho existente en el momento en que se habían cometido las infracciones. Además, en el curso del proceso se han violado tantos principios de justicia, que no hay duda alguna de que la sentencia del tribunal sería anulada por razones de derecho en la mayor parte de los países civilizados".

El mismo presidente Webb presenta su opinión: "Considero mucha más justa la condena al exilio que a la horca. Los delitos cometidos por los acusados han sido menos odiosos y menos extendidos que los cometidos por los criminales de guerra alemanes".


EL VEREDICTO EN EL NUREMBERG DE TOKIO

Muerte en la horca
Doihara Kenji, sesenta y cinco años, jefe de los servicios especiales en Manchuria.

Hirota Koki, setenta años, primer ministro de marzo del 36 a febrero del 37.

Itagaki Seishiro, sesenta y tres años, jefe del ejército del Kuantung.

Kimura Heitaro, sesenta años, jefe en Birmania en 1944.

Mtasui Iwane, setenta años, jefe de la China central.

Muto Akira, cincuenta y seis años, jefe de las Filipinas en 1944.

Tojo Hideki, sesenta y cuatro años, primer ministro y ministro de la Guerra desde octubre de 1941 a julio de 1944.

Cadena perpetua

Araki Sadao: setenta y un años, ministro de la Guerra desde 1931 a 1934.

Hashimoto Kingoro, cincuenta y ocho años, general responsable del saqueo de Nanking.

Hata Shunroku, sesenta y nueve años, miembro del Mando Supremo de guerra.

Hiranuma Kiichiro, ochenta y un años, primer ministro en 1939.

Hoshino Naoki, Cincuenta y seis años, secretario de Estado con Tojo.

Kaya Okinori, cincuenta y nueve años, ministro de Hacienda en el 37 y el 38.

Kido Koichi, cincuenta y nueve años, jefe del Consejo del emperador.

Koiso Kuniaki, sesenta y ocho años, primer ministro de julio del 44 a abril del 45.

Minami Jiro, setenta y cuatro años, jefe del ejército del Kuantung del 34 al 36.

Oka Takasumi, cincuenta y ocho años, jefe del Estado Mayor de la Marina del 40 al 44.

Oshima Hiroshi, sesenta y dos años, embajador en Alemania.

Sato Kenryo, cincuenta y tres años, jefe de Estado Mayor del ejército del 42 al 44.

Shimada Shigetaro, sesenta y cinco años, ministro de Marina.

Shiratori Toshio, sesenta y un años, embajador en Italia.

Suzuki Teiichi, sesenta años, ministro sin cartera del 41 al 43.

Umezu Yoshiro, sesenta años, subsecretario de la Guerra del 36 al 38.

Penas de cárcel

Togo Shigenori, sesenta y seis años, ministro del Exterior en varias épocas (a veinte años).

Shiyemitsu Mamoru, sesenta y un años, ministro del Exterior en varias épocas (a siete años).

Excluidos de la acusación

Matsuoka Yosuke, muerto el 27 de junio de 1946.

Nagamo Osami, muerto el 5 de enero de 1947.

Okawa Shumei, internado en un hospital de enfermos mentales el 4 de junio de 1946.


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Mensajepor Erich Hartmann » Dom Jun 26, 2005 12:58 am

"Vosotros olvidad Pearl Harbor y nosotros olvidaremos Hiroshima"

Ni siquiera el holandés Roling aprueba del todo la sentencia, mientras que el juez indio, Pal, expone su desacuerdo hasta redactar una memoria de 1.235 páginas para refutar las condenas. Pero el representante soviético es inflexible. Unas palabras de distensión llegan de un representante de la defensa: "Ahora la paz debe reinar entre nosotros. Los horrores de la guerra deben ceder el paso a la colaboración entre los pueblos. Los Estados Unidos deberán olvidar Pearl Harbor y nosotros, los japoneses, olvidaremos Hiroshima y Nagasaki".

Además de Tojo, son condenados a muerte los generales Doihara, Itagaki, Kimura, Matsui y Muto, y un solo civil, el político Hirota. A todos se les atribuye responsabilidad probada en crímenes de guerra. Para dieciséis prisioneros es la cadena perpetua, mientras que Togo, considerado no culpable de retrasar la entrega de la declaración de guerra a los Estados Unidos, debe cumplir veinte años de cárcel. Sólo siete años —es la condena más leve- para Shiyemitsu, llevado ante el tribunal únicamente por la insistencia de los soviéticos. En el pasado ocupó el cargo de embajador en Moscú.

No faltan reacciones en el país. Corre el rumor de que el emperador Hirohito intenta abdicar si las condenas son realmente cumplidas. El tiempo desmiente la hipótesis. Los ambientes de derechas se agitan.

El 20 de noviembre el partido de la juventud nipona organiza una manifestación masiva en favor de Tojo. No sirve de nada. En ese punto ya es imposible toda marcha atrás. "Nadie es infalible en sus decisiones, pero, sin embargo, hace falta confiar en el procedimiento seguido en el curso del proceso", sostiene Mac Arthur aceptando la sentencia y, habiendo llamado al jefe del VIII Ejército, general Walker, dispone la ejecución para la semana siguiente al 25 de noviembre.

Pero las ejecuciones deberán ser suspendidas. Los defensores de los siete condenados (Doihara, Hirota, Tojo, a muerte; Kido, Oka. Sato y Shimada, a cadena perpetua) han intentado una acción desesperada de salvamento, presentando un recurso al Tribunal Supremo de los Estados Unidos. Tokio y el Japón esperan tensos. El Tribunal Supremo examina el recurso, y el 20 de diciembre da a conocer su decisión con un conciso comunicado. "El general Mac Arthur ha sido elegido y actúa como Comandante Supremo de las fuerzas aliadas. El Tribunal Militar ha sido instituido por el general Mac Arthur en su calidad de órgano ejecutivo de las fuerzas aliadas. Por lo tanto, el Tribunal Supremo de los Estados Unidos no tiene poder ni autoridad para revisar, confirmar, rechazar o anular la sentencia. De aquí que la petición sea desestimada".


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Mensajepor Erich Hartmann » Lun Jun 27, 2005 6:02 am

EJECUCIÓN A MEDIANOCHE

Los siete condenados a la horca pasan sus últimos días de vida en la cárcel de Sugamo. Aparentemente todos están tranquilos, resignados a su suerte. El ex Premier y ministro de la Guerra, Tojo Hideki —que será el primero en subir al patíbulo—, pide incluso escoger su última comida. Rehúsa el alimento normal (que es el de las raciones militares americanas) y solicita platos tradicionales japoneses. Sus compañeros hablan, por turno, con el sacerdote budista Hanayama.

Todos, la víspera de la muerte —se sabe que la ejecución ha sido fijada para la medianoche del 22 de diciembre de 1948—, escriben a sus familias. Luego se saludan entre sí y van a dormir, por última vez, a sus celdas. A las 23,40 del 22 de diciembre un oficial americano acompañado por una escolta armada despierta a los siete condenados
Después de haber asistido a un brevísimo servicio religioso, el pequeño cortejo, con un sacerdote budista y el capellán de la prisión al frente, se dirige al lugar de la ejecución.

El primer grupo de condenados —Doihara, Matsui, Mulo y Tojo— entra en la cámara de la muerte. En el centro, muy iluminada, hay una plataforma de madera sobre la que se alzan cinco horcas. Hay poquísimos presentes. Ningún periodista. Fuera de los responsables de la prisión, mandada por el coronel Handwerk, los únicos testigos son un oficial británico, un americano, un chino, un soviético y un médico militar.

Los condenados se acercan al patíbulo. Tojo viste un descolorido uniforme de auxiliar del ejército, sin grados ni condecoraciones. Con paso firme sube el primero a la horca. El verdugo cubre la cabeza de los cuatro hombres con un capuchón negro y ajusta el nudo corredizo a sus cuellos. El silencio es rasgado de pronto por un inesperado grito de ¡Banzai! Que precede por un instante a la orden de un oficial. Las cuatro trampillas se abren a la vez. También las otras tres ejecuciones se realizan rápidamente. Treinta y cinco minutos después de medianoche el médico ha completado su trabajo. No hay duda sobre la muerte de los siete hombres. Después sus cuerpos son cargados en camiones de la policía militar y llevados al crematorio de Kubyama. Las cenizas salen hacia un destino secreto y los periódicos publican una poesía dictada por Tojo antes de morir:

"Adiós a todos, hoy atravesaré las montañas terrenas, y gozosamente entraré en los campos de Buda".


Final

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Mensajepor Erich Hartmann » Sab Jul 02, 2005 2:45 am

Repercusión actual del proceso...

TOKIO, 25 jun (Xinhuanet) -- El Templo Yasukuni de Tokio intentó defender hoy a los 14 criminales de guerra sentenciados de la Segunda Guerra Mundial que honra, alegando que ya no son criminales en Japón.

Según una declaración escrita del santuario en respuesta a una entrevista con "Tokyo News", Yasukuni duda de la justa sentencia contra los criminales de guerra por parte del Tribunal Militar Internacional para Oriente Lejano (TMIOL) tras la Segunda Guerra Mundial, argumentando que el juicio no es correcto incondicionalmente.

"Japón ha revisado leyes al respecto para conceder pensión a los familiares de los convictos criminales de guerra así como a los muertos en las guerras ordinarias, ambos son llamados muertos de deber oficial", reclamó el templo. "En ese sentido, los criminales de guerra dejan de ser considerados como criminales en Japón, porque el gobierno nunca paga pensiones a los criminales".

Yasukuni también rechazó la demanda de establecer un nuevo monumento nacional para separar la consagración de los criminales de guerra de clase A de la de los muertos en guerras ordinarias, y pidió al primer ministro Junichiro Koizumi que continúe sus visitas al templo.

Muchos países asiáticos han protestado categóricamente contra las visitas de líderes japoneses a Yasukuni, que honra los criminales responsables de la guerra agresiva japonesa contra sus vecinos.

Koizumi ha realizado visitas anuales al templo desde que asumió el cargo en 2001.


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Mensajepor Erich Hartmann » Jue Nov 10, 2005 12:00 am

Interesante enlace en inglés acerca de este proceso:

http://cnd.org/mirror/nanjing/NMTT.html

Y algunas fotos:

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El general Tojo durante el proceso

http://www.trumanlibrary.org/photographs/98-2455.jpg


Algunos de los acusados más importantes:

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Hideiki Tojo

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Jiro Minami

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Shunroku Hata

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Akira Muto

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Seishiro Itagaki

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Yosuke Matsuoka

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Iwane Matsui



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Mensajepor Erich Hartmann » Vie Nov 11, 2005 4:14 am

Interesantes fotografías sobre el proceso, no se pierdan la de Tojo tras su intento de suicidio:

http://www.trumanlibrary.org/photograph ... als&page=1


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Mensajepor Erich Hartmann » Vie Nov 11, 2005 4:15 am

Documento sobre el proceso: Indictment from the International Military Tribunal for the Far East Ahí lo tienen completo:

http://www.trumanlibrary.org/whistlesto ... genumber=1


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