La claudicación de los conmilitones

La guerra en el este de Europa

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La claudicación de los conmilitones

Mensajepor José Luis » Lun Jun 13, 2005 9:40 pm

¡Hola a todos!

Publiqué el siguiente texto hace ya bastante tiempo en otro Foro militar, y ahora lo rescato, con unas pequeñas modificaciones, para este nuevo Foro.

Sobre la incompetencia (y quizá más importante todavía, la pusilanimidad de carácter) de algunos los altos mandos del Heer y la Luftwaffe en la IIGM, se podrían escribir varios capítulos de un extenso libro que podría llevar por título: “La claudicación de los conmilitones”. Aunque el título no sea sugestivo, sin embargo refleja perfectamente la realidad de lo que entonces sucedió.

En este post voy hablar de un capítulo que titularía “Göring y Jeschonnek: una historia de necios”, invitando a los compañeros foristas a que se sumen a la discusión o añadidura de nuevos capítulos.

La acción transcurre entre los días 19 y 27 de noviembre de 1942.

Cuando el Ejército Rojo lanzó su operación Urano (19-11-1942) al noroeste de Stalingrado, Hitler se encontraba en Berchtesgaden, en la Bavaria meridional. A media tarde recibió una llamada telefónica desde su cuartel general en el este de Prusia, en la que Kurt Zeitzler, el jefe de Estado Mayor del OKH, le informaba agitado del ataque de las fuerzas armadas rusas en el frente rumano.

Cuando estas llamadas se repitieron a lo largo de la tarde, Hitler comenzó a verle las orejas al lobo, por lo que volvió su mirada al LXVIII Cuerpo Panzer del general Ferdinad Heim en la esperanza de que pudiera detener la ruptura rusa. Ordenó al general von Weichs, comandante del Grupo B de Ejércitos, abandonar toda operación en Stalingrado y transferir sus fuerzas desde la ciudad al flanco de la ruptura.

Al día siguiente, cuando el frente Sudoccidental soviético abrió brecha en el flanco sur del Eje de Stalingrado, Hitler comprendió que el Cuarto Ejército Panzer y el Sexto Ejército estaban en una peligrosa situación de ser cercados por las dos pinzas soviéticas. Llamó inmediatamente al mariscal von Manstein ordenándole que abandonara sus operaciones en Velikiye Luki para hacerse cargo del nuevo Grupo de Ejércitos del Don, en el sector de Stalingrado.

Manstein recibía así una patata caliente (Cuarto Ejército Panzer, Sexto Ejército y Ejército Rumano eran el trío mortal con un nuevo nombre) que Hitler le quiso enfriar con el proyectado auxilio de 6 divisiones de infantería y 4 divisiones panzer, 1 división de campaña de la Luftwaffe y varias unidades antiaéreas. Toda esta verborrea se quedó en dos divisiones de infantería, ya que el resto no estaban disponibles y no llegaron al sector hasta comenzado diciembre.

Es entonces cuando comienza la acción de nuestro imaginario capítulo, con la llegada al Berghof del general Hans Jeschonnek, jefe del Estado Mayor de la Luftwaffe, el 20 de noviembre, a requerimiento de Hitler para discutir el papel de la Luftwaffe en la difícil situación de los ejércitos amenazados en Stalingrado. Göring se encontraba en Karinhall.

Hitler explicó a Jeschonnek que el Sexto Ejército quedaría probablemente completamente aislado en los próximos días y que había formado un nuevo grupo de ejércitos bajo el mando de Manstein para intentar liberar al ejército de Paulus, retomar el terreno perdido y construir una fuerte línea defensiva. En el aparente entendimiento de que el cerco de Paulus sería sólo temporal, Jeschonnek le aseguró a Hitler que si se usaban los aviones de transporte y los bombarderos, y si se podían mantener los aeródromos dentro y fuera de la bolsa, la Luftwaffe podía aerotransportar los suministros suficientes al ejército, como lo había hecho el invierno anterior en Demyansk*.

La respuesta de Jeschonnek satisfizo a Hitler (quien tenía en mente que poco antes había aireado a todo el pueblo alemán que nadie los echaría de Stalingrado). Así que en la tarde del 21 de noviembre envió un telegrama a Paulus ordenándole la resistencia “a pesar del peligro de un cerco temporal”. Debería mantener abierta la línea del ferrocarril tanto tiempo como fuese posible “pues las órdenes del transporte aéreo ya se están dando”.

Tanto Hitler como Jeschonnek creyeron que Manstein rompería el cerco en poco tiempo, restaurando el frente meridional, por lo que el Sexto Ejército sólo necesitaría ser suministrado por aire en ese breve lapso de tiempo.

Pero los comandantes de campo tenían otras creencias, pues intuían que si no rompían inmediatamente (cuando aún estaban a tiempo) el suministro aéreo necesitaría de semanas, si no de meses. Decían que necesitarían un suministro diario de 750 toneladas, cosa que horrorizó a los comandantes locales de la Luftwaffe, que ya se imaginaban cómo diablos iban a realizar esa empresa con la cantidad y el estado de sus unidades.

En ese mismo día 21 de noviembre, el general Martín Fiebig, comandante del VIII Fliegerkorps (el cuerpo de la Luftwaffe responsable de todas las operaciones en el sector de Stalingrado), telefoneó al general Schmidt, el jefe del Estado Mayor del Sexto Ejército, para discutir las intenciones del ejército. Paulus escuchaba por otro teléfono. El informe que de esa conversación hizo Fiebig dice:

En respuesta a mis preguntas sobre las intenciones del Sexto Ejército, el general Schmidt me respondió que el comandante del ejército proponía desplegar su ejército en una defensa de erizo de Stalingrado.....Con respecto a las posibilidades de este tipo de defensa le pregunté cómo pretendían tener suministrado al S.E., especialmente cuando parecía que la línea de suministros de la retaguardia sería cortada muy pronto. El general Schmidt me contestó que los suministros serían enviados por aire. Le dije que suministrar a un ejército completo por aire era imposible, particularmente cuando nuestra flota de transporte ya estaba comprometida, especialmente en África del Norte. Le advertí contra las expectativas exageradas. A la mañana siguiente, a las 07.00 horas llamé nuevamente a Schmidt para decirle que se estaba confiando en exceso en el suministro aéreo. Le dije que después de largas deliberaciones, basadas en mi experiencia y conocimiento de los [limitados] medios disponibles, suministrar al S.E. por aire era simplemente irreal. Además, el tiempo y el enemigo eran factores completamente impredecibles.”

El general von Richthoffen, comandante de la Luftflotte 4 (la flota aérea a cargo de todas las operaciones en la Rusia meridional, incluyendo Ucrania, Crimea, el Mar Negro, el Cáucaso y, por supuesto, el sector de Stalingrado) tenía una opinión de más peso que la de su subordinado Fiebig. Richthoffen consideraba una locura completa por parte de Paulus y de su estado mayor planear una defensa de erizo en Stalingrado y mantener sus esperanzas en la Luftwaffe para sostener a su ejército. Escribió en su diario el día 21:

El S.E. cree que será suministrado por la flota aérea en sus posiciones de erizo. Realicé todos los esfuerzos para convencerles de que esto no puede ser llevado a cabo porque no tenemos disponibilidad de los recursos de transporte necesarios.”

Hasta muy entrada la noche, Richthoffen telefoneó a los mayores líderes del ejército y de la fuerza aérea para convencerles de que tal proyecto era una locura: a Göring en Berlín, Zeitzler en Prusia del Este, Jeschonnek en Berchtesgaden, y a von Weichs a su cuartel general del Grupo B de Ejércitos. Pero ninguno de ellos se fue con la queja a Hitler.

Al día siguiente el general Wolfgäng Pickert, comandante de la 9ª División Antiaérea (Flak) y el oficial más antiguo de la Luftwaffe en la bolsa, se hizo eco de los sentimientos de Richtoffen ante Paulus y Schmidt durante una conferencia en Nizhne-Chirskaya, a la que también asistía el general Hermann Hoth, comandante del Cuarto Ejército Panzer. De acuerdo con la versión de Pickert, en un momento determinado Schmidt le preguntó qué se debería hacer: “Reuniría todas las fuerzas y rompería hacia el sudoeste” respondió el general de antiaéreos. Schmidt le explicó que Hitler les había ordenado resistir a toda cosa en Stalingrado, que el ejército carecía de suficiente fuel para realizar un intento de ruptura y que el terreno mismo complicaría las cosas. Los soviéticos mantenían posiciones elevadas en el oeste, lo que significaba que el S.E. estaría expuesto a sus cañones si intentaba la ruptura. Es más, necesitarían abandonar a su suerte a 15.000 soldados enfermos y heridos. Por todo ello Schmidt creía que una ruptura acabaría como una “catástrofe napoleónica”. Picker rechazó sus argumentos como “absurdos”, insistiendo en que la ruptura era la única solución. Sus fuerzas antiaéreas podían ayudar considerablemente; tenía numerosas baterías pesadas para dar cobertura de fuego, y sus hombres podían llevar los cañones flak de 20 mm (160 de ellos) y sus municiones a través de las estepas. Schmidt concluyó la conversación diciendo: “No, se ha ordenado al ejército mantenerse firme en Stalingrado y en consecuencia desplegaremos una defensa de erizo y esperaremos el suministro aéreo”. Pickert, que desconocía el anterior debate de Schmidt con Fiebig, dijo: “¿Suministrar a todo un ejército desde el aire? ¡Absolutamente imposible! Simplemente no se puede hacer, especialmente con este tiempo”. Picker, a pesar de todos sus intentos, fue incapaz de convencer a Schmidt de lo irreal de su plan. Paulus, que había permanecido todo el tiempo en silencio, cortó al final: “Las dos únicas cosas que tengo en mente son: que Hitler me ha ordenado permanecer firme y que un intento de ruptura acabaría en una situación catastrófica”.

Von Weichs, que había escuchado atentamente los argumentos de Richthoffen, envió un teletipo al Alto Mando el 22 de noviembre en el que decía que la inmediata retirada del S.E. era esencial pues “el suministro aéreo de las 20 divisiones que componen este ejército no es posible. Con el transporte aéreo disponible, y en condiciones de tiempo favorables, sólo es posible suministrar un décimo de los requerimientos diarios esenciales”. Añadía Weichs que aunque la ruptura “entrañaría graves pérdidas, especialmente en material” era la única opción viable y, si fuera exitosa, daría un resultado favorable en la perspectiva general de la situación.

Varios de los comandantes de cuerpo atrapados en Stalingrado estaban de acuerdo en que la guerra había acabado para ellos si el Alto Mando rechazaba una ruptura y ordenaba el suministro aéreo. El 22 de noviembre, mientras Pickert se desesperaba por la tozudez de Schmidt y Paulus en Nizhne-Chirskaya, hubo una reunión de varios comandantes de cuerpo en Gumrak, dentro de la bolsa. Actuando por propia iniciativa, el general von Seydlitz, comandante del LI Cuerpo de Ejército, reunió a los siguientes generales para discutir la situación en que se encontraban: Erwin Jaenicke (IV Cuerpo de Ejército), Walter Heitz (VIII Cuerpo de Ejército), Karl Strecker (XI Cuerpo de Ejército) y Hans Hube (XIV Cuerpo Panzer). Todos se pusieron de acuerdo en que debía reunir a todas sus fuerzas y romper. Planificaron su ataque para el día 25 y, de acuerdo con von Weichs (pero no con Paulus que en esos momentos desconocía los planes) comenzaron a reagruparse para la operación.

Ahora hagamos un alto y una composición de lugar. Durante esos días decisivos para el futuro del Sexto Ejército, del 19 al 22 de noviembre, Hitler se encontraba en el Berghof, en Berchstesgaden, muy lejos de su cuartel general del Este de Prusia, adonde no llegó hasta el día 23 de noviembre.

Durante todo este tiempo sólo Jeschonnek (al que volveremos más tarde pues es mi protagonista principal de este capítulo), Jodl, Keitel, Paulus, Schmidt y Manstein (este último con las reservas que veremos más adelante) defendieron momentáneamente la defensa de las posiciones de Stalingrado y el suministro por vía aérea. El único que se mantuvo firme en esta idea fue Hitler, y más tarde Göring (aunque ya veremos por qué).
En contra estuvieron en todo momento los principales comandantes de la Luftwaffe involucrados de alguna manera en Stalingrado, el jefe del Estado Mayor del OKH, Zeitzler, y los principales comandantes de cuerpo. Pero en todos esos días, Hitler, desde el Berghof, mantuvo a raya, impidiendo el intento de ruptura del Sexto Ejército, a todos los jefes militares en torno a Stalingrado y al Estado Mayor del OKH.

En la noche del 23 de noviembre, Paulus envió un teletipo a Hitler indicando que su ejército debía romper a través del cerco hacia el sudoeste porque ahora estaba sufriendo fuerte escasez de fuel y munición y un incremento de los ataque enemigos contra ciertos sectores. Pedía “libertad de decisión” y finalizaba declarando que sus cinco comandantes de cuerpo compartían totalmente su punto de vista de la situación.

Hitler, ya en su cuartel general, envió a primeras horas del día 24 órdenes a Paulus para que la “Fortaleza de Stalingrado”, nombre que daba ahora el S.E., resistiera vigorosamente pues “el suministro aéreo con 100 Junkers más estaba en camino”.

La convicción de Hitler en su orden de defender la posición de Stalingrado tiene su explicación, en parte, en la camarilla que le rodeaba. Tanto en Berchtesgaden como en su viaje en tren hacia su cuartel general en Prusia el 23 de noviembre, Hitler no tuvo contacto personal ni telegráfico con los comandantes del ejército y de la fuerza aérea en el frente. Durante este crítico período de toma de decisiones no habló con Richthoffen, Fiebig o Pickert, cuyas fuerzas aéreas debían llevar a cabo la operación del masivo suministro aéreo, y que estaban diciendo a diestro y siniestro que carecían de los medios para sostener al S.E. Tampoco se comunicó con Weichs, que compartía la opinión de los oficiales de la Luftwaffe y abogaba por una inmediata ruptura. Hitler sólo se enteró de esas opiniones a través de Zeitzler, que las defendía.

Típico en el pensamiento retorcido de Hitler, las opiniones que no venían directamente de sus propietarios perdían mucho valor, y achacó a la ansiedad de Zeitzler y a su derrotismo la desproporcionada importancia que éste les concedía. Era una vieja artimaña del austriaco.

Por otra parte, los asesores de Hitler, el adoctrinado Keitel y el lacónico Jold, no estaban en situación de dar un consejo solvente, pues carecían de elementos suficientes de juicio. Pero Keitel jamás se opondría a Hitler (antes al contrario, le halagaría el oído con la clarividencia y genialidad de su amado Führer; no puedo dejar de imaginar la escena que el 20 de julio de 1944 mostraba a Keitel abrazando a su jefe y dando gracias al cielo porque se había salvado del regalo de Stauffenberg) y Jold..........Jold estaba hasta las narices de los berretines de su jefe. En definitiva, ambos militares coincidían en que el S.E., pese a su complicada situación, debía resistir y esperar el suministro aéreo de la Luftwaffe, confiando en que Manstein rompiera el cerco.

Así que la única persona de la camarilla de Hitler que se atrevió a disentir con el punto de vista de Hitler fue sorprendentemente el propio Jeschonnek, el mismo hombre que el día 20 le había dicho que la Luftwaffe resolvería los problemas de suministro del S.E. ¿Qué le había ocurrido al bueno de Hans?

Jeschonnek, que al menos era un hombre sincero, se había arrepentido de sus comentarios a Hitler tan pronto los profesionales de su estado mayor examinaron las cifras y después de hablar varias veces por teléfono con su buen amigo Richthoffen. Hans llegó a la conclusión de que, incluso con buen tiempo y sin tener en cuenta la acción de la aviación enemiga, no se podría suministrar por aire al S.E. en la medida de sus necesidades. Como una confabulación del demonio, cuando Jeschonnek informó a Hitler de que sus conclusiones habían sido precipitadas, éste (lo imagino con aire impasible) le espetó a su subordinado que, además de Keitel y Jold, ahora contaba con el apoyo del jefe de la Luftwaffe: el mismísimo Hermann Göring.

Aunque algunas fuentes apuntan al día 21 de noviembre como fecha en que Göring aseguró a Hitler que la Luftwaffe podría llevar a cabo el suministro aéreo, todo hace pensar que están equivocadas. Hitler confesó a Richthoffen el 11 de febrero de 1943 que Göring no era culpable enteramente del fracaso del transporte aéreo porque él mismo había prometido al S.E. el suministro aéreo “sin el conocimiento del mariscal del Reich”. Hitler hizo esta promesa a Paulus, como se recordará, el 21 de noviembre.

Sucede que cuando Göring habló con Hitler telefónicamente el 21 de noviembre, el mariscal no estaba en condiciones de poder emitir un juicio sobre la capacidad de la Luftwaffe para el transporte aéreo de suministros. Sin embargo, al día siguiente, 22 de noviembre, Göring fue al Berchtesgaden, donde Hitler le preguntó directamente si la Luftwaffe podía apoyar el suministro aéreo. El mariscal le respondió: “Sí, se puede hacer”. Más tarde confesó a su amigo el general Bruno Lörzer que no podía haber dado ninguna otra respuesta ya que Hitler había empleado el peor tipo de chantaje emocional, diciéndole: “Escuche, Göring. Si la Luftwaffe no puede hacer esto, el S.E. está perdido”. Göring, según su relato, no podía hacer otra cosa que asentir, pues de lo contrario él y la Luftwaffe quedarían como los culpables de la pérdida de ese ejército. Así que le respondió: “Mi Führer, haremos el trabajo”.

Göring también comentó (a Paul Corner, subsecretario de Estado del Plan Cuatrienal) que Hitler le había presionado mostrándole las cifras que le había dado Jeschonnek. Pero los números del jefe de estado mayor de la Luftwaffe estaban equivocados. Eschenauer, oficial de suministros de Jeschonnek, había informado a su jefe que los contenedores de suministro aéreo estándares de “250 Kg” y “1.000 Kg” en los cuales Jeschonnek había basado sus cálculos sólo podían llevar realmente unos dos tercios de esas cargas. Sus nombres sólo derivaban del tamaño de las bombas que ellos cambiaban en los racks (los estantes donde iban almacenadas las bombas). Jeschonnek se dio cuenta inmediatamente de su error y se lo comunicó a Göring para que advirtiera a Hitler de que sus datos estaban basados en cálculos errados; pero Göring dijo que ya era demasiado tarde y le prohibió decir nada a Hitler. Por el contrario, el “coleccionista” de arte llamó a Hitler para repetirle su incondicional convencimiento de que la Luftwaffe podía hacer el trabajo, diciéndole que si no estaba seguro podía llamar a Milch, su segundo e Inspector General del Aire. Cuando Milch se enteró de esta trama en 1946, escribió en su diario: “¡Engaño más incompetencia igual a un mariscal del Reich!”.

De acuerdo con las declaraciones de posguerra de Zeitzler, después de que Hitler regresara a su cuartel general en la noche del 23 de noviembre, el militar intentó por todos los medios convencer a Hitler de que las promesas de Göring eran imposibles de cumplir. Después de explicarle ampliamente sobre el tonelaje requerido por el S.E y de la carencia de aviones para transportarlo, Zeitzler dijo a Hitler que “habiendo examinado los hechos en detalle, la conclusión es inevitable: no es posible mantener al S.E. suministrado por aire”. Hitler, con cierta irritación en su rostro, le respondió: “El mariscal del Reich me ha asegurado que es posible”. Como Zeitzler seguía en sus trece, Hitler envió a buscar al mariscal. Cuando éste estuvo presente le preguntó: “Göring, ¿puede usted mantener suministrado por aire al S.E.?” El mariscal, levantando su mano derecha, dijo: “Mi Führer, yo le aseguro que la Luftwaffe puede mantener al S.E. suministrado”.

Entonces Hitler desvió una mirada triunfante sobre Zeitzler, pero éste rehusó dar su brazo a torcer. “La Luftwaffe ciertamente no puede hacerlo”, insistió, a lo cual un Göring enfadado respondió: “Usted no está en posición de dar una opinión sobre este asunto”. Zeitzler pidió permiso a Hitler para rebatir a Göring: “Señor mariscal del Reich, ¿sabe usted qué cantidad de tonelaje ha de volar cada día?”. Göring, fuera de juego, dijo que él no lo sabía, pero sí sus oficiales de estado mayor. Entonces, el oficial de estado mayor de Zeitzler resumió los requerimientos del S.E.: “Teniendo en cuenta todos los stocks actuales del S.E., teniendo en cuenta las necesidades mínimas absolutas y tomando todas las medidas de emergencia posibles, el S.E. necesitará una entrega de 300 toneladas por día. Pero ya que no todos los días se podrá volar, como yo mismo aprendí en el pasado invierno, entonces habrá que transportar diariamente al S.E. unas 500 toneladas si se quiere mantener el promedio mínimo indispensable”.

Yo puedo hacerlo” soltó Göring. Perdiendo el temperamento Zeitzler contestó. “¡Mi Führer. Eso es una mentira!”. Hitler acabó diciendo que tenía que creer a su mariscal del Reich y que toda disputa estaba zanjada.

El único problema con la versión de Zeitzler es la fecha –23 de noviembre-, cuestión que él no aseguró, pues sitúa esa discusión entre el 22 y el 26 de noviembre. La mayoría de los escritores sitúan esta trifulca en las primeras horas del día 24, poco después de que Hitler llegase de Berchtesgaden y poco después de que emitiera su orden de resistir a Paulus.

Pero la discusión de Zeitzler no tuvo lugar el 24, antes de que comenzara la operación del transporte aéreo, ya que después de visitar a Hitler en el Berghof el día 22, Göring se trasladó a París en su lujoso tren “Asia”. Allí permaneció los siguientes cuatro días (tenía cosas más importantes que hacer que organizar la operación de transporte aéreo: visitar a los tratantes de arte parisinos y sus galerías). Göring regresó al cuartel general de Hitler en Rastenburg el 27 de noviembre, y su calentura con Zeitzler tuvo lugar probablemente en esta fecha, es decir, tres días después de que Hitler decidiese su aprobación final para la operación de transporte aéreo.

Richthoffen, cansado de que sus quejas no tuvieran eco, anotó en su diario el día 25: “Hoy suministramos la bolsa con todos nuestros Ju-52s, pero sólo teníamos 30 aparatos disponibles para esto”.

En cuanto a Manstein, envió al Alto Mando un mensaje más optimista que el de Richthoffen. Al igual que Jodl, el gran estratega alemán mantenía que aunque la ruptura era la opción más segura y a pesar de que el ejército estaba en serio peligro manteniendo sus actuales posiciones, no estaba convencido por la insistencia del Grupo B de Ejércitos de la necesidad de una ruptura inmediata. Si podía comenzar una operación de liberación al principio de diciembre, argumentaba, y si los refuerzos prometidos llegaban a tiempo, era todavía posible salvar al ejército. Por supuesto, astutamente previno, si se mostraba imposible lanzar la ofensiva o suministrar al S.E. por aire, entonces debería realizarse la ruptura ya.

La opinión de Manstein tuvo mucho peso para Hitler (o mejor habría que decir que Hitler utilizó la reputación del mariscal en su favor), que la esgrimió contra los comandantes “derrotistas”.

Con todo, este lamentable episodio de la historia de la Wehrmacht entre los días 19 y 27 de noviembre de 1942, que llevaría a la pérdida de más de 200.000 hombres en Stalingrado, tiene a sus protagonistas principales en tres personajes de muy diferente disposición pero de parecida incompetencia. Y dos de ellos, criminales y pérfidos.

Jeschonnek nunca debió alcanzar la posición de jefe del Estado Mayor de la Luftwaffe: carecía de competencia y personalidad. Lo primero que debió haber hecho cuando fue preguntado por Hitler el 20 de noviembre sobre las posibilidades de la Luftwaffe de suministrar al S.E., fue consultar a los oficiales especialistas de su estado mayor y contactar con los comandantes de la Luftwaffe en el frente de Stalingrado. De haber hecho eso, hubiera podido negar a Hitler la salida que buscaba para evitar quedar en ridículo después de las bravatas que había soltado públicamente sobre la incondicional permanencia del ejército alemán en Stalingrado. Al no actuar así, confiando en sus conocimientos (que no estaban a la altura de las circunstancias), dio a Hitler un argumento que ya nunca soltó, y que vino a confirmarse más tarde por un impresentable como Göring. Jeschonnek no soportó la presión y se suicidó en 1943, como antes lo había hecho otro desgraciado, Udet, a finales de noviembre de 1941. Hitler culpó, cara a la galería, de la pérdida de Stalingrado a sus comandantes derrotistas y a los incompetentes de la Luftwaffe. Dejó que Göring continuara drogándose y gozando de sus riquezas artísticas. Y él continuó otro tipo de matanza que empezaba a arrojar resultados escalofriantes.

* Demyansk.-
Jeschonnek seguramente se arrepintió de hacer esta comparación tan pronto conoció de lo que estaba hablando. Allí, en Demiansk, 100.000 hombres del II Cuerpo de Ejército necesitaron no menos de 300 toneladas diarias de suministros. Para ello la Luftwaffe se vio en la necesidad de comprometer a casi 500 Junkers Ju-52s para asegurar que 150 aviones pudieran transportar ese tonelaje diario. La diferencia con Demyansk es que en Stalingrado había comprometidos 250.000 hombres, por lo que las necesidades de tonelaje eran de más del doble del tonelaje de Demyansk. Además, en Demyansk la Luftwaffe no se encontró prácticamente con la resistencia de la fuerza aérea rusa, situación bien diferente de la que ahora enfrentaba en Stalingrado. Más, la Luftwaffe ya no tenía la misma cantidad disponible de aparatos que el invierno anterior para llevar a cabo ese proyecto.

Para narrar el hilo de los acontecimientos me he servido de un artículo de Joel S.A. Hayward “Stalingrado”, publicado en el Aerospace Power Journal, primavera de 1997.


Saludos cordiales
José Luis

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Mensajepor beltzo » Jue Nov 03, 2005 4:01 am

Hola Jose Luis:

Me parece tremendamente injusto hacer recaer gran parte de la culpa del desastre de Stalingrado sobre las espaldas de Jeschonnek, aunque en una primera instancia pensara que el abastecimiento aéreo podía ser viable no se obceco en ello y el mismo en compañía de Zeitzler expuso a Hitler los graves inconvenientes de aquella acción. Debió ser además bastante convincente pues el general Bodenschatz telefoneo a Goering inmediatamente para pedirle explicaciones, como consecuencia este ultimo hizo que Jeschonneck se pusiera al telefono y le prohibió taxativamente seguir con su actitud pesimista frente al fuhrer.
A raiz de este episodio Jeschonnek por lealtad a su superior (¿que otra alternativa tenia?) no se opuso directamente al abastecimiento aéreo, aunque personalmente no creyera que se pudiera llevar a cabo, se limito a decir que solo seria viable en determinadas condiciones.
Resumiendo, aunque en un principio metiera la pata rectificar es de sabios, pienso que lo hizo a tiempo y no creo que se pueda culpar a Jeschonnek en mayor medida que a Manstein por ejemplo que supuestamente iba a romper el cerco.

Claro que hubo 2 que nunca rectificaron y no creo que haga falta decir quienes eran...

Saludos

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Mensajepor José Luis » Jue Nov 03, 2005 6:58 am

¡Hola, Beltzo!

No sólo no es injusto culpar a Jeschonnek de su actitud irresponsable, sino que es hacer justicia a la realidad de lo que sucedió.

Ya nunca debió ocupar un puesto de responsabilidad tan grande para el que no estaba capacitado, como antes le había sucedido a Udet, pero una vez en él y consciente de sus limitaciones en cuestiones técnicas de logística -fundamentales para estimar fundadamente la viabilidad de un suministro aéreo de esa envergadura-, lo primero que debió hacer antes de contestar afirmativamente a la pregunta de Hitler fue consultar con sus subordinados especialistas sobre el tema para el cual él no estaba capacitado para dar una respuesta, en uno u otro sentido. Y sólo después de esas consultas y tras obtener la respuesta de sus especialistas debió informar a Hitler de su respuesta. El puente aéreo, entonces, nunca se habría llevado a cabo, y de llevarse a cabo no sería Jeschonnek el responsable.

Cuando Jeschonnek, después de decir a Hitler que se podía realizar el suministro aéreo que temporalmente satisfaciera las necesidades del VI Ejército, consultó a sus especialistas y éstos le dijeron que era materialmente imposible satisfacer las necesidades básicas del VI E, entonces Jeschonnek quiso rectificar, pero ya era tarde pues con su actitud había dado a Hitler lo que éste necesitaba para justificar su terquedad.

El único camino honesto que le quedaba entonces a Jeschonnek era presentar su dimisión. No lo hizo, y después su conciencia, cuando el desastre se había consumado, lo condujo al suicidio, como igualmente antes le había sucedido a Udet.

No es pues injusto, a mi juicio, señalar las responsabilidades de los tres personajes centrales de esa tragedia. Que Jeschonnek ocupe el tercer puesto en la escala de responsabilidades no merma en nada su culpabilidad. Y sin olvidar que Paulus tiene un puesto de honor junto a ese trío.

Y por favor, cualquier intento de equiparación de responsabilidades de esos tres personajes con la responsabilidad posterior de Manstein no supera la realidad o, en el mejor de los casos, desvía el verdadero origen de la desgracia del VI E.

Saludos cordiales
José Luis
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Mensajepor beltzo » Jue Nov 03, 2005 9:02 am

Hola de nuevo

Bueno veo que coincidimos en los hechos pero no en las conclusiones, yo no niego la parte de responsabilidad que le corresponde a Jeschonnek, lo que no creo que merezca es que se le coloque a la misma altura de responsabilidades que Hitler y Goering, si tenia unos superiores que no eran capaces de dar marcha atrás cuando aun estaban a tiempo como hizo él, no creo que fuera culpa suya.

Creo además que fue bastante honesto cuando él mismo reconoció su error ante el Fuhrer con la desacreditacion a si mismo que eso conllevaba, dimitir hubiera sido mas correcto, pero aun así su honestidad creo que queda muy por encima de la media del III Reich (que no es que fuera muy alta precisamente).

Los motivos de su suicidio creo que fueron por muchas mas causas que la catástrofe de Stalingrado y una al menos de igual peso que esa es la de hallarse en medio de dos ruedas de molino que le iban aplastando lentamente como ya antes le sucediera a Udet (esto no descarta que ambos tuvieran sus propias responsabilidades).
No creo que sea casualidad que cuando nombraron sucesor suyo a Günther Korten, Richthofen, que no fue elegido para el cargo por exigir amplios poderes, anotara en su diario:"por lo que personalmente me afecta, una autentica bendición, pues mi destino (como jefe del estado mayor) me hubiera llevado en seguida a la catástrofe".

Con respecto a Manstein lo que quiero decir es que si le hubiera puesto las cosas claras a Hitler sobre la imposibilidad de romper el cerco quizás este se habría pensado dos veces su genial plan. Y para terminar, en mi opinión el origen de la desgracia del VI ejercito empieza con el nombramiento de Von Paulus como su comandante en jefe.

Todo lo anterior son opiniones personales y espero haberlas expresado con claridad, pudiera estar equivocado pero es como pienso a la luz de los hechos que conozco.

Saludos

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José Luis
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Mensajepor José Luis » Jue Nov 03, 2005 5:39 pm

¡Buenos días a todos!

¡Hola, Beltzo!

Déjame expresarte previamente mi sincero respeto por tus opiniones personales, muchas de las cuales yo comparto. Por ejemplo, la honestidad demostrada por Jeschonnek al reconocer que sus cálculos personales para los requerimientos del puente aéreo estaban basados en falsos presupuestos, hecho que ya subrayé en el post que dio origen a este topic. O también la serie de circunstancias que lo llevaron a decidir quitarse la vida. Y no menos, el hecho de su ineludible responsabilidad, en la parte que le tocó, por los sucesos que llevaron a la decisión de Hitler de ordenar el suministro aéreo a los 250.000-270.000 hombres que estaban cercados en Stalingrado.

Yo no he cargado la mayor responsabilidad por la decisión de preparar y ejecutar un plan inviable a Jeschonnek. Esa losa está sobre la cabeza de Hitler, comandante en jefe del OKH y máximo responsable de las operaciones militares en el Frente Oriental en el tiempo que nos ocupa. Y después toca a Göring, comandante en jefe del OKL. Y luego viene Paulus, máximo responsable del destino del VI Ejército que mandaba.

Pero quien proporcionó a Hitler la coartada para mantener firme su obsesión de no retirarse de Stalingrado (lo había afirmado públicamente en una de sus peroratas) fue el jefe del Estado Mayor General de la Luftwaffe, esto es, Jeschonnek.

Pero ¿cómo era realmente Jeschonnek? ¿Era la honestidad una virtud de su carácter o sólo aparecía esta virtud ante situaciones de extrema gravedad? ¿Era Jeschonnek un oficial de estado mayor general capacitado para asumir el mando del Estado Mayor del OKL?

El nombramiento de Jeschonnek como jefe de EMG de la Luftwaffe fue obra del mayor alumbrador y enterrador de la Luftwaffe: Göring. Pero dejemos a Hermann. Todo aficionado de la Luftwaffe sabe que el mariscal del Reich era hombre de muy limitados conocimientos en temas de suministro, logística, estrategia, y de ignorancia supina en capacidades aeronáuticas y motores de aviación. Además, a Hermann no le gustaba el trabajo duro. Él era o pretendía ser un esteta al estilo de Wilde. Por ello siempre delegó muchas de sus responsabilidades como comandante en jefe de la Luftwaffe, aunque jamás permitió que las cosas rodaran sin su conocimiento y permiso. Era tan sumamente irresponsable que en julio de 1938 reconoció a los industriales de la aviación que sólo veía a Udet, por entonces al cargo de todos los departamentos técnicos de la Luftwaffe, una vez por semana. Y Udet, que había sido un gran piloto de caza en la IGM, estaba tan incapacitado para saber de asuntos técnicos como lo estaba Jeschonnek para dirigir el EMG de la Luftwaffe.

Permítime, Beltzo, que recuerde que -salvo raras excepciones como Udet, Milch y otros cuanto altos oficiales de la Luftwaffe que provenían de la aviación civil- la mayoría de los altos oficiales de la Luftwaffe provenían del Reichswehr. Con ocasión de la fundación del Ministerio del Aire en 1933, Blomberg se aseguró de que el cuerpo de oficiales de la Luftwaffe se formara con oficiales de elite del Reichswehr. Blomberg le presentó a Göring a dos oficiales para que eligiera a uno de ellos como jefe de EMG de la Luftwaffe: Walther Wewer y Erich von Manstein. Hermann eligió a Wewer, que se convirtió en el único oficial de la Luftwaffe que tenía una visión estratégica a largo plazo, y cuya muerte accidental, sin duda, privó a la Luftwaffe de su mejor hombre y dejó su organización, dirección y desarrollo técnico en manos de verdaderos incompetentes. Cabe señalar que tras la muerte de Wever, Blomberg ofreció a Göring al futuro jefe de EMG del OKH, el general Franz Halder, como sustituto del malogrado Wever.

Bien, tras este ya largo preámbulo tengo que decir que Jeschonnek era un oficial de estado mayor general que también provenía del Reichswehr. Había sido el primero de su clase en la Kriegsakademie, hecho que aseguraba un rápido ascenso hacia los más altos rangos de la carrera militar. Jeschonnek fue nombrado jefe de EMG de la Luftwaffe en febrero de 1939, sustituyendo a Hans-Jürgen Stumpff, que había sucedido a Kesselring, el sucesor de Wever. Jeschonnek, a pesar de su brillante expediente académico, era arrogante y corto de miras, y se llevaba mal con Milch (Secretario de Estado)*. Pero lo peor de todo es que estaba convencido que Hitler era el "comandante más grande de la historia", lo que lo deshabilitaba desde un principio para tener un juicio propio e independiente, características esenciales para el puesto que había sido designado.

Cuenta Williamson Murray que poco después del Pacto de Munich Hitler exigió que se quintuplicase la producción de la Luftwaffe para 1942, "un objetivo imposible dadas las restricciones económicas y la proporción megalómana del programa. (Semejante fuerza necesitaría el 85% del fuel de la aviación mundial y constaría 60 millones de RM, un equivalente total a todo el gasto de defensa alemán del periodo 1933-39)"*.

Pues bien, en este antiguo suceso ya podemos ver cómo era el verdadero Jeschonnek. A pesar de que todos los altos oficiales concluyeron correctamente que tal plan era una absoluta quimera, el jefe de EMG de la Luftwaffe anunció solemnemente: "Caballeros, en mi opinión es nuestro deber apoyar al Führer y no trabajar contra él"*.

No es, pues, extraño que cuando surgió la crisis de Stalingrado el 19 de noviembre de 1942, Jeschonnek, por principio, actuase para complacer al Führer, algo que había hecho desde que había sido nombrado jefe de EMG en 1939.

Es a la luz de su actuación general entre 1939-1942 como jefe del EMG del OKL como debemos valorar, en mi opinión, la actitud inicial de Jeschonnek en la cadena cronológica de acontecimientos que llevaron a la ejecución del puente aéreo de Stalingrado. Y en esta perspectiva, tan reflejadora de la realidad, es donde Jeschonnek se nos muestra tal como era: un alto mando sin visión estratégica a medio o largo plazo, sólo preocupado por los números a corto plazo, siempre presto a satisfacer los deseos del Führer, por más ilusorios que éstos fueran, y falto de carácter para imponer su propio punto de vista en las situaciones de extrema gravdedad cómo la desarrollada en Stalingrado. Reconociendo su propio error, Jeschonnek no trabajó con tesón para convencer a Hitler de la falsedad de sus propios cálculos, sino que se plegó a la perversa voluntad de su jefe inmediato, Göring, y trabajó "en la dirección del Führer", para utilizar la expresión de Kershaw.

Por último, Beltzo, también comparto tu opinión -que ya expresé en no pocas ocasiones cuando surgió este tema- de que Manstein no debió aceptar la quimera del puente aéreo (que él puso como condición sine qua non para la viabilidad posterior de la operación de rescate) y, en cambio, debió trabajar para convencer a Hitler de ejecutar inmediatamente la ruptura del VI en Stalingrado. Pero éste ya es otro tema.

*Williamson Murray, Strategy for Defeat: The Luftwaffe 1933-1945 (Air University Press, Maxwell Air Force Base, Alabama, 1983) pp. 9-11

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Mensajepor beltzo » Jue Nov 03, 2005 11:03 pm

Hola otra vez

Finalmente creo que estamos de acuerdo prácticamente en todo, por que mi mayor discrepancia era que yo entendí en tu primer post que asignabas el mismo nivel de responsabilidad a Hitler, Goering y Jeschonnek que era lo que me parecía injusto para este último, pues aunque si tuviera su parte de culpa esta no era comparable a la de los otros implicados.

Realmente Jeschonnek no creo que tuviera nunca ni una sola opción de cambiar la opinión de Hitler cualquiera que hubiera sido su actuación (a no ser que Goering le hubiese apoyado), tras recibir instrucciones de este último ya no se opuso al abastecimiento aéreo sino que dijo que solo sería posible en determinadas circunstancias, la primera era que las condiciones meteorológicas permitieran volar, este punto esta claro que nadie lo podía garantizar y menos en pleno invierno, tanto Hitler como Goering lo sabían pero no pareció importarles. Es decir Jeschonnek al poner este punto en primer lugar lo que realmente estaba tratando es hacer ver a sus superiores que era algo imposible de llevar a cabo, al menos así lo entiendo yo, de manera que se estaba oponiendo a la operación de la única manera que le era posible para no desobedecer las ordenes de Goering.

Si creo que le faltaba personalidad y mas aún para imponer sus ideas a Hitler, como ejemplo desde pocos meses antes de su suicidio, cuando dio por buenas las cifras de producción de cuatrimotores por parte de los EEUU a menudo comentaba: "un peligro de tal importancia, que la catástrofe de Stalingrado seria cosa de poca monta en proporción"*. Aunque avisó a Hitler del peligro no supo hacerlo con la debida insistencia, en parte por que siempre confió en el genio de su fuhrer.

En cierta ocasión hablando sobre el suicidio comento: "¿acaso el sacrificio voluntario de la vida no llama la atención sobre la existencia de una terrible amenaza, que si no, sería tomada a broma?" Eso es lo que creo que puso en práctica cuando se quitó la vida, y refleja su impotencia para hacer ver a sus superiores sus puntos de vista, por supuesto su suicidio no sirvió de nada.

Personalmente considero a Jeschonnek como un hombre inteligente, sincero y honesto (lo que no quiere decir que muchas veces estuviera equivocado) pero falto de carácter, preparación y visión estratégica para el puesto que le fue confiado.

*Todas las citas aparecen en "La Luftwaffe" de Cajus Bekker edición de enero del 72

PD. Por lo que a mandos con falta de carácter se refiere para mi el paradigma es el inefable Keitel, probablemente con un puesto de honor entre los conmilitones.

Saludos

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Mensajepor José Luis » Vie Nov 04, 2005 2:42 am

El punto importante, Beltzo, es la coartada que dio Jeschonnek a Hitler. Ese paso fue crucial. Hitler no tenía conocimientos ni elementos de juicio suficientes para imponer un criterio sobre la viabilidad de un suministro aéreo de las características que se daban en Stalingrado. Hitler jamás se atrevería a enfrentarse a Zeitzler sin un razonamiento fundado (fuera acertado o equivocado). Zeitzler tenía un buen informe de las necesidades y complejidades de realizar un puente aéreo de esa envergadura. Por ello la razón de que Hitler llamara a Jeschonnek al Berghof el 20 de noviembre (al día siguiente de la contraofensiva soviética) fue para solicitar del jefe del EMG de la Luftwaffe una opinión autorizada sobre la viabilidad de esa operación de suministro aéreo. Y Jeschonnek le dio su parabien, haciendo unos cálculos que se basaban en presupuestos equivocados y en la inteligencia de que el puente aéreo sería temporal.

Hitler se agarró a esa opinión teóricamente autorizada -era la opinión del jefe del EMG del OKL- como un náufrago a una tabla. En esos momentos Göring estaba en Karinhall, así que no había nadie nominalmente superior a Jeschonnek en la Luftwaffe con más mando operativo. Al día siguiente Hitler envió el famoso telegrama a Paulus ordenándole la resistencia. Y en ese momento Hitler no había hablado del asunto con Göring, tal como relato en el primer post de este topic. No fue hasta el día 22 de noviembre cuando Göring acudió a Berchtesgaden.

Cuando Jeschonnek se dio cuenta de su error, tal como relaté al principio de este topic:[Eschenauer, oficial de suministros de Jeschonnek, había informado a su jefe que los contenedores de suministro aéreo estándares de “250 Kg” y “1.000 Kg” en los cuales Jeschonnek había basado sus cálculos sólo podían llevar realmente unos dos tercios de esas cargas. Sus nombres sólo derivaban del tamaño de las bombas que ellos cambiaban en los racks (los estantes donde iban almacenadas las bombas). Jeschonnek se dio cuenta inmediatamente de su error y se lo comunicó a Göring para que advirtiera a Hitler de que sus datos estaban basados en cálculos errados; pero Göring dijo que ya era demasiado tarde y le prohibió decir nada a Hitler], ya era demasiado tarde, no porque no se pudiera rectificar a tiempo, sino porque lo que Hitler necesitaba para poder llevar a cabo el sacrificio wagneriano de Stalingrado ya se lo había dado Jeschonnek el 20 de noviembre.

En realidad, y dados los antecedentes, todo hace pensar que aunque Jeschonnek hubiese dado desde un primer momento una opinión negativa a Hitler sobre la viabilidad del suministro aéreo, el Führer seguramente pediría una opinión más a Göring, y éste jamás daría una respuesta que no le agradara a Hitler. Pero la realidad fue la que fue, y por ello Jeschonnek tiene su lugar de honor en esta "conjura de necios" que urdió el desatinado plan del puente aéreo de Stalingrado. Hitler ocupa el primer lugar, por ser el máximo responsable; Göring y Jeschonnek, en ese orden, con respecto a la Luftwaffe. Y por encima de todos ellos, Paulus, que era el responsable directo del destino inmediato del VI Ejército.

Naturalmente, en la lista de los conmilitones -dejando a un lado el desastre de Stalingrado- hay un gran número de necios, y Keitel no podía faltar.

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Mensajepor jenisais » Vie Nov 11, 2005 11:18 am

Para Jose Luis. Citas como avatar unas palabras del gral. Burgdorf a Martin Bormann. ¿Es este gral. Burgdorf el que acompañado por el gral. Maisel fue el 14 de octubre de 1944 a llevar la orden mortal al mariscal Rommel en su casa? Espero tu respuesta para hacer mi posterior comentario. Gracias.
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Mensajepor José Luis » Vie Nov 11, 2005 5:01 pm

¡Buenos días a todos!

¡Hola, Jenisais!

En efecto, se trata del general Wilhelm Burgdorf, el ayudante en jefe de Hitler y jefe de personal tras la muerte del general Rudolf Schmundt como consecuencia de las heridas del atentado de Stauffenberg.

El pasaje lo saqué del ensayo de Joachim Fest, El Hundimiento (Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2003), páginas 58-59.

Las palabras de Burgdorf a Bormann se produjeron durante un fuerte altercado entre ambos durante los últimos días de la guerra en el búnker de Hitler. Burgdorf era, con toda razón, un oficial despreciado por la inmensa mayoría de los oficiales del Heer, y ahora le recriminaba a Bormann que él lo había dado todo por la causa nacionalsocialista pagando el precio del desprecio de todo el cuerpo de oficiales del ejército alemán, mientras que los líderes nazis se habían enriquecido..........

Y fue ese Burgdorf quien, acompañado de Maisel, otro impresentable, visitaron a Rommel para hacerle tomar la amarga píldora que le enviaba Hitler.

Escogí esa firma porque me parece que resume muy bien la podredumbre, la falsedad y la tardía decepción que produjo régimen nazi entre sus seguidores militares más fanáticos.

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Mensajepor jenisais » Sab Nov 12, 2005 8:55 am

Gracias Jose Luis. Ya me lo temía yo. Vaya par de miserables.
Releyendo el libro "Rommel" que el Circulo de Amigos de la Hª en su colección Grandes jefes militares, editó en 1974, no puedo por menos que comentar que el ayudante del Mariscal, el capitán Aldinger, comentó a Rommel cuando supo del destino fatal que le comunicaron los dos sayones, que al menos se llevaría por delante a estos sicarios. Y que el Mariscal debía entonces intentar escapar. Manfred, que había llegado ese mismo día con permiso de su batería AA, les comunicó que la casa estaba rodeada de coches de la Gestapo. Y además el telefono acaba de ser interrumpido. Rommel resignado les comentó "Es preferible que muera yo solo, y evitar que os maten a todos". Y con el valor que demostró toda su vida afrontó su destino. Qué diferencia con este par de sujetos y del lunático que los envió. Ni siquieron tuvieron valor de morir combatiendo, y eligieron el facil camino del suicidio.
Y me acabo de acordar que el gral. Burgdorf sale en la pelicula de "El hundimiento". Se le puede ver también en las famosas ultimas fotos de Hitler al condecorar en los jardines de la Cancillería a unos adolescentes de las HJ.
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Mensajepor José Luis » Dom Nov 13, 2005 1:02 am

¡Hola a todos!

Estimado Jenisais,

Yo tengo la biografía de Rommel por Desmond Young en la edición de 1972 del Círculo de Amigos de la Historia, "edición íntegra para CAH por cortesía de Ediciones Grijalbo-Barcelona".

Son tres tomos de tapas duras, lomo negro y cubiertas verdes, y en la portada en gris plateado el rostro inmortal de Rommel.

En ese año de 1972 tenía yo poco más de 14 años, y fue la primera obra de la IIGM que compré con mis dineros. Son indescriptibles los momentos de placer y ensoñación que entonces experimenté leyendo las hazañas y las desgracias de ese héroe legendario. Y te puedo asegurar que hoy en día, cuando ya pasaron 34 años desde entonces, siento exactamente lo mismo. Es uno de los pocos casos en que la imagen del héroe de un adolescente se mantiene inalterada a lo largo de los años después de profundizar mucho más en su vida profesional y familiar.

Saludos cordiales
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Mensajepor jenisais » Jue Nov 17, 2005 10:12 am

Celebro, José Luis, que te siga emocionando el libro de Desmond Young, "Rommel". A mí me pasa igual. En concreto yo tengo el ejemplar de Editorial Bruguera, 1 edicion setiembre 1969, colección Libro Amigo Nº 113. Formato bolsillo, y 445 paginas; con derechos concedidos por Ed. Grijalbo.. Fue mi segundo libro sobre el Mariscal. El primero y también inolvidable fue"Con Rommel en el desierto" de Heinz W. Schdmit. Editorial Juventud, 1968 (6ª edicion) con 263 páginas y fotos en B/N.
Por si sirve de ayuda, hay un libro muy interesante sobre este tema:"Zorros del desierto" de Paul Carell. Editorial Argos, Barna. 1969
Saludos
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Mensajepor jenisais » Jue Nov 17, 2005 10:37 am

Al sacar el libro sobre Rommel de mi caótica biblioteca, aparecieron al lado dos obras que tienen que ver con este hilo sobre el Frente Oriental.
-La ultima odisea, de Cajus Bekker. Título original: Flucht übers meer. Algo así como Huída/fuga sobre el mar. Editorial Bruguera, Libro Amigo ( coleccion Hª y Biografía)nº 360; 1ª edicion enero 1976. Formato bolsillo y 380 páginas. El libro tiene como subtítulo "Danzig 1945": Y es en efecto un cumplido relato de la evacuación de los alemanes, civiles y militares, en el ultimo año de la guerra en el frente oriental sobre el mar Báltico.

-Stalingrado, hasta la última bala, de Heinz Schröter. Ed. Plaza y Janés, colección Libro documento; 1968. Formato bolsillo, y 438 páginas. Copio parte de su contraportada: Este libro se escribió ya una vez, en el año 1943 por orden de Goebbels, en nombre de Hitler, y, con tal fin se recurría a toda la documentación secreta del Alto Mando alemán. Cuando la semblanza histórica de aquellas 22 diivisiones que jamas regresaron llegó a manos del Ministro de Educación popular y Propaganda , este no pudo ocultar su espanto ante el contenido de la misma y exclamó. "Intolerable para el pueblo alemán".
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La claudicación de los conmilitones

Mensajepor Schwerpunkt » Jue Nov 06, 2008 2:20 am

Me sumo a este hilo con tremendo retraso... simplemente quiero hacer un par de comentarios a la penosa actuación de los comandantes supremos de la Luftwaffe. De Hermann Göring está ya todo dicho, a pesar de su inteligencia, su holgazanería, su drogadicción y adicción a la vida muelle, causaron que no prestara ninguna atención al desarrollo técnico del arma aérea. Su escaso tiempo era dedicado –además del robo a escala industrial de obras de arte por toda Europa- al mantenimiento de su reino de taifa político dentro del III Reich. No olvidemos que además de jerarca de la Luftwaffe controlaba directamente gigantescos intereses económicos e industriales: las minas de hierro de baja ley de Salzgitter eran solo una de ellas.

El caso es que con total desprecio hacia las vidas humanas y sin ningún cálculo serio de las posibilidades logísticas de la operación, Göring dijo al Führer lo que éste quería oir, y que se podía mantener la bolsa de Stalingrado abastecida si bién con un suministro limitado.

Para que sirva de comparación, en la bolsa de Demyansk, se habían abastecido a unos 95-100.000 soldados alemanes sin que ninguna división panzer estuviera en el cerco. Tengamos en cuenta que el tonelaje necesario para mantener en estado operativo a una división de infantería era inferior al necesario para idéntico fín de una división panzer que consumía mucho mas combustible y algo mas de munición en operaciones de naturaleza similar. La bolsa de Demyansk presentaba la peculiaridad de estar mucho mas cerca de las líneas y aeródromos alemanes de lo que estaba la bolsa de Stalingrado. Incluso aunque los propios alemanes no sabían con exactitud cuantos hombres estaban en el cerco, sabían a ciencia cierta que eran unas tres veces mas que en Demyansk. En realidad había unos 270.000 hombres incluyendo las tres divisiones panzer y las dos motorizadas que aunque desgastadas por los intensos combates callejeros todavía necesitaban una asignación generosa de combustible y munición para estar operativas. Esto sin contar con alimentos y suministros de otra índole.

Una simple estimación de estas circunstancias concluiría que los alemanes necesitarían al menos 4 ó 5 veces más aviones de transporte en Stalingrado que en Demiansk para suministrar el tonelaje mínimo para mantener la bolsa y que se cifraba en unas 750 t diarias. Tengamos en cuenta que en Demiansk para mantener las cinco divisiones de infantería y la división de infantería motorizada se necesitaron unas 250 t diarias. La diferencia es que al estar mas lejos la bolsa de Stalingrado el rendimiento o carga que podían llevar los aviones era menor (mayor consumo de combustible, mayor tasa de bajas y menor de operatividad producidas por el desgaste de la operación) Incluso aunque Jeschonnek y Göring no hubieran tenido cifras exactas de la disponibilidad de aviones, su localización y cifras medias de carga, era evidente que ese puente aéreo no era posible porque sencillamente no había ese número de aviones. A esto hay que añadir que habría que tener aviones de repuesto –y tripulaciones- para reponer pérdidas. Tengamos en cuenta que en los meses que duró el puente aéreo en Demiansk los alemanes perdieron 265 aviones (de ellos unos 150 de transporte o bombarderos convertidos para la ocasión)

Incluso con trucos de prestidigitación –a los que Göring era muy dado- era matemáticamente imposible suministrar no ya las 750 t sino siquiera las 500 t de la rebaja de última hora juzgadas el mínimo indispensable a base de dejar a las divisiones de infantería sin movilidad ninguna por sacrificar los caballos para su consumo. Pero Göring y sus esbirros proclamaron con gran fanfarria lo que Hitler quería oir en pro de su prestigio político. No olvidemos que este tipo de actuaciones fueron cobrando mayor protagonismo a medida que llegaban los reveses y se optaba por la improvisación entre los diversos asistentes a las conferencias de situación. Himmler y otros son buenos ejemplos de este tipo de actuación que estaba a medio camino entre la farsa y la tragedia.

El resto es ya historia; a pesar de los esfuerzos hercúleos y de terribles pérdidas no se pudieron servir mas de 100 t diarias de media. El resultado fue la aniquilación del VI Ejército y la mayor derrota de la Wehrmacht hasta la fecha.
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