Prisioneros de Stalingrado

Dudas e interrogantes sobre la Segunda Guerra Mundial

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Prisioneros de Stalingrado

Notapor alex1807 » Sab Jun 30, 2007 12:42 pm

Hola amig@s , estoy buscando información sobre los prisioneros alemanes capturados en Stalingrado :Cantidad , unidades , destino y retorno a alemania.
Gracias
alex1807
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Notapor Álvaro_41 » Sab Jul 07, 2007 12:56 am

¡Hola, alex1807!

Te doy un pequeño aporte sobre lo que pides:

En la rendición de Stalingrado, el Mariscal de Campo Friedrich Paulus rinde a 118.000 soldados entre los que se encuentran 24 generales.
Más de la mitad de los soldados morirían en los campos de concentración soviéticos de Siberia. Paulatinamente seis mil de estos prisioneros irían regresando a su patria hasta 1956.
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Notapor alex1807 » Sab Jul 07, 2007 4:14 pm

Gracias , Álvaro_41

Saludos
alex1807
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Prisioneros alemanes en Stalingrado

Notapor CLAUDIO » Dom Mar 23, 2008 5:55 pm

Que posibilidades de mandar fotos sobre los prisioneros alemanes en Stalingrado, si es posible durante su cautiverio y los momentos en que estaban reconstruyendo la ciudad seria muy importante para mi que estoy haciendo un trabajo practico sobre la Batalla de Stalingrado. :twisted:
CLAUDIO
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Notapor Álvaro » Lun Mar 24, 2008 1:28 am

Hola amigo, voy a colocar aquí información que extraigo del libro de Antony Beevor, Stalingrado, lo único con lo que cuento:

... 130.00 hombres habían sido capturados. (Otra vez la confusión de estadísticas parece deberse principalmente al número de rusos con uniformes alemanes) ...

... anuncio de los 91.000 prisioneros ya proclamado por el gobierno soviético ...


El silencio que el 2 de febrero reinaba en la ciudad arruinada era sobrenatural para los

que se habían acostumbrado a la destrucción como a un estado natural. Grossman se

refirió a montículos de escombros y cráteres de bombas tan profundos que los rayos del

sol invernal con sus ángulos bajos no parecían nunca llegar al fondo, y de «raíles de

tren, donde los vagones están boca arriba, como caballos muertos».

Unos 3.500 civiles fueron puestos a trabajar en cuadrillas de enterradores.

Apilaban los cadáveres alemanes como troncos al lado del camino, y aunque tenían unas

cuantas carretas arrastradas por camellos, la mayor parte del trabajo de limpieza era

realizado con trineos y carretillas improvisadas. Los alemanes muertos fueron llevados a

los búnkeres, o lanzados a la gran zanja antitanque excavada en verano anterior. Más

tarde, 1.200 prisioneros alemanes fueron puestos a hacer el mismo trabajo, utilizando

carretas tiradas por hombres en vez de caballos. «Casi todos los miembros de estas

cuadrillas de trabajo –informó un prisionero de guerra- pronto se murieron de tifus».

Otros («docenas cada día», según el oficial de la NKVD en el campo de Beketovka),

fueron ejecutados por sus escoltas en el camino al trabajo.



Un gran contingente de prisioneros alemanes, muchos de los cuales estaban demasiado

débiles para tenerse en pie, se vieron también obligados a asistir al mitin político de

Stalingrado y a oír las largas arengas de tres de los principales comunistas alemanes:

Walter Ulbricht, Erich Weinert y Wilhelm Pieck.

El estado de la mayoría de prisioneros en el momento de la rendición era tan

lastimoso, que era previsible una considerable tasa de mortalidad para las siguientes

semanas y meses. Es imposible calcular cuánto fue agravado esto por los malos tratos,

la brutalidad ocasional y, sobre todo, por las deficiencias logísticas. De los 91.000

prisioneros tomados al final de la batalla, casi la mitad había fallecido en el momento en

que empezó la primavera. El propio Ejército Rojo reconoció en informes posteriores

que las órdenes para el cuidado de los prisioneros habían sido ignoradas, y que es

imposible decir cuántos alemanes fueron ejecutados sin control durante la rendición o

inmediatamente después, con frecuencia en venganza por la muerte de parientes o

camaradas.

La tasa de mortalidad en los llamados hospitales era aterradora. El sistema de

túneles en la garganta del Tsaritsa rebautizado como «Hospital de prisioneros de guerra

no 1» siguió siendo el más grande y horrible, aunque sólo fuera porque no habían

quedado edificios en pie que ofrecieran alguna protección contra el frío. Las paredes

rezumaban agua, el aire estaba poco menos que contaminado, reciclaje malsano de la

respiración humana, con tan escaso oxígeno que las pocas lámparas de aceite, hechas de

latas, titilaban y se apagaban constantemente, dejando los túneles en la oscuridad. Cada

galería no era más ancha que las víctimas tendidas allí, una al lado de otra, en la húmeda

tierra removida del suelo del túnel, de modo que era difícil, en la penumbra, no tropezar

o pisar algún pie que sufría de congelamiento, provocando roncos alaridos de dolor.

Muchas de estas víctimas de congelamiento murieron de gangrena porque los cirujanos

no daban abasto. Otra cuestión es si hubieran sobrevivido a una amputación en su

debilitado estado y sin anestesia.

La condición de muchos de los 4.000 pacientes era penosa en grado sumo y los

doctores se veían impotentes pues los hongos se propagaban en la carne podrida. Casi

no había vendas ni medicamentos. Las úlceras y las llagas abiertas ofrecían puntos

fáciles de entrada al tétanos generado por la suciedad. La instalación sanitaria, que

consistía en un único cubo para veintenas de hombres afectados por la disentería, era

incalificable, y por la noche no había lámparas. Muchos hombres estaban demasiado

débiles para levantarse del suelo y no había suficientes camilleros para responder a los

constantes gritos pidiendo ayuda. Los camilleros, ya débiles por la desnutrición y pronto

acosados también por la fiebre, tenían que sacar agua contaminada del barranco.

Los doctores carecían incluso de una lista fiable de los nombres de los pacientes,

por no hablar de recetas médicas adecuadas. Las tropas rusas de la segunda línea, y

también los miembros de las unidades de ambulancia, habían robado el equipo médico y

las medicinas, incluidos los analgésicos. El capellán protestante de la 297a división fue

muerto por la espalda por un mayor soviético cuando se inclinaba para ayudar a un

hombre herido.

Los oficiales médicos rusos estaban espantados por las malas condiciones.

Algunos eran comprensivos. El comandante ruso compartía sus cigarrillos con los

doctores alemanes, pero otros miembros del personal soviético intercambiaban pan por

los relojes que hubieran escapado a las primeras rondas de saqueo. Dibold, el doctor de

la 44a división de infantería, contaba cómo, cuando una cirujana del ejército, alegre y

con una cara colorada de ancestro campesino, vino a negociar por los relojes, un joven

austriaco de una familia pobre le mostró un reloj de plata, una reliquia familiar que sin

duda le entregaron al marchar a la guerra, y a cambio recibió media hogaza de pan que

el joven dividió entre otros hombres, quedándose con la porción más pequeña para él.

La miseria también sacó la escoria a la superficie. Ciertos individuos explotaron

el desamparo de sus antiguos camaradas con una desvergüenza antes inimaginable. Los

ladrones robaban a los cadáveres y a los pacientes más débiles. Si alguno tenían un

reloj, un anillo de matrimonio o cualquier otro objeto de valor, pronto se lo arrebataban

en la oscuridad. Pero la naturaleza tiene su propia forma de justicia poética. Los

ladrones de los enfermos rápidamente se convirtieron en enfermos de tifus, víctimas de

los piojos infectados que venían con el botín. A un intérprete, conocido por sus infames

actividades, se le encontró, cuando murió, una gran bolsa de anillos de oro que

escondía.



Primero, las autoridades soviéticas no proporcionaron ninguna ración. Los archivos de

la NKVD y del Ejército Rojo muestran ahora que, incluso aunque se sabía que la

rendición era inminente, no se habían hecho prácticamente preparativos para custodiar a

los prisioneros, por no hablar de alimentarlos. El comunista alemán, Erich Weinert,

asegura que la nieve alta impidió el transporte de suministros, pero esto es poco

convincente. El problema real era una mezcla de indiferencia brutal y de incompetencia

burocrática, sobre todo la descoordinación entre el ejército y la NKVD.

Había también una profunda resistencia a ofrecer raciones a los prisioneros

alemanes cuando la Unión Soviética padecía una escasez tan desesperada de alimentos.

Muchos soldados del Ejército Rojo estaban muy desnutridos, por no hablar de los

civiles, de modo que la idea de dar algún alimento a los invasores que habían saqueado

el país parecía casi perversa. Las raciones finalmente comenzaron a llegar a los tres o

cuatro días; para entonces los hombres no habían comido prácticamente nada durante

casi dos semanas. Incluso para los enfermos había poco más que una hogaza de pan para

diez hombres, más algo de sopa hecha de unos cuantos granos de mijo y pescado salado.

Hubiera sido irreal esperar un mejor trato, especialmente si uno considera el historial de

la Wehrmacht en el trato de sus propios prisioneros, tanto militares como civiles, en la

Unión Soviética.

Lo que más temían los doctores para sus pacientes, sin embargo, no era a la

muerte por inanición, sino a la epidemia de tifus. Muchos habían esperado un brote en

el Kessel cuando aparecieron los primeros casos, pero no se habían atrevido a expresar

sus preocupaciones pues temían que se desatara el pánico. En el sistema de tuneles,

continuaban aislando las diferentes enfermedades según iban apareciendo, fuera difteria

o tifus. Rogaron a las autoridades que procuraran centros de despiojamiento, pero

muchos soldados del Ejército Rojo y casi todos los civiles de la región estaban todavía

infectados.

No es sorprendente que muchos murieran. Parecían quedar pocas razones para

luchar por la vida. La perspectiva de ver otra vez a la familia era remota. Alemania

estaba tan lejos que podría haber estado en otro mundo, un mundo que ahora parecía

tener más que ver con la pura fantasía. La muerte prometía una liberación del

sufrimiento, y hacia el final, sin dolor y sin fuerzas, no había más que un sentimiento de

flotante ingravidez. Era más probable que sobrevivieran aquellos que luchaban, fuese

por fe religiosa, o por una obstinada negativa a morir en esa sordidez, o por estar

decididos a vivir para el bien de sus familias.



La voluntad de vivir desempeñaba un papel igual de importante en aquellos que fueron

llevados a los campos de prisioneros. Los que Weinert llamó «fantasmas harapientos

que cojeaban y arrastraban los pies» seguían al hombre que iba delante. Tan pronto

como el esfuerzo de la marcha calentaba sus cuerpos, podían sentir que los piojos se

volvían más activos. Algunos civiles les arrebataban las mantas de la espalda, les

escupían en la cara o les tiraban piedras. Era mejor estar adelante en la columna, y lo

más seguro, estar cerca de uno de los escoltas. Algunos soldados junto a los que

pasaban, en contra de las órdenes del Ejército Rojo, disparaban por divertirse a las

columnas de prisioneros, exactamente como los soldados alemanes habían disparado a

los prisioneros del Ejército Rojo en 1941.

Los más afortunados fueron llevados directamente a uno de los campos de

agrupamiento designados en el área, aunque variaban mucho en la distancia. Los de la

bolsa septentrional, por ejemplo, fueron llevados a Dubovka, a 20 km al norte de

Stalingrado. Tardaron dos días. Durante la noche, fueron llevados a edificios arruinados

sin techo, destruidos por la Luftwaffe, como sus guardias no dejaban de recordarles.

Miles, sin embargo, fueron llevados a lo que sólo puede llamarse marchas de la

muerte. La peor, sin alimento ni agua a temperaturas que oscilaban entre los 25 y 30

grados bajo cero, seguía un rumbo zigzagueante desde el barranco del Tsaritsa, a través

de Gumrak y Gorodishche, y terminaban al cabo de cinco días en Beketovka. De vez en

cuando escuchaban disparos en el aire helado, cuando otra víctima se desplomaba en la

nieve incapaz de caminar más. La sed era una amenaza tan grande como la debilidad

por el hambre. Aunque rodeados de nieve, sufrían el destino del Viejo Marinero,

sabiendo los peligros de consumirla.

Rara vez había un refugio disponible para la noche, de modo que los prisioneros

dormían juntos sobre la nieve. Muchos se despertaban para encontrar a sus camaradas

cercanos muertos y congelados tiesos junto a ellos. En un intento de impedirlo, uno del

grupo era designado para permanecer despierto listo para despertar a los otros después

de media hora. Entonces todos se movían enérgicamente para reactivar la circulación.

Otros ni siquiera se atrevían a acostarse. Esperando dormir como los caballos, se

paraban juntos en un grupo con una manta sobre la cabeza para conservar algo del calor

de la respiración.

La mañana no traía ningún alivio, sino el horror de la marcha hacia adelante.

«Los rusos tenían métodos muy simples –señaló un teniente que logró sobrevivir-.

Aquellos que podían caminar, fueron llevados. Aquellos que no, fuera por las heridas o

la enfermedad, los mataban o los dejaban sin comida para que se murieran». Habiendo

captado esta lógica brutal, estaba listo para cambiar su jersey de lana por leche y pan de

una campesina rusa en la parada de la noche, porque sabía que de otro modo se caería

de debilidad al día siguiente.

«Nos pusimos en marcha con 1.200 hombres –relataba un soldado de la 305a

división de infantería- y sólo un décimo cerca de 120 hombres, quedaron vivos para

cuando llegamos a Beketovka».

El ingreso al principal campo en Beketovka era otra entrada que merecía la inscripción:

«Al entrar aquí dejad toda esperanza».

A su llegada, los guardias revisaban otra vez si los prisioneros tenían objetos

valiosos, luego los hacían quedarse de pies para la «inscripción». Los prisioneros pronto

descubrieron que estar de pie en el clima helado durante horas y horas, desfilar en

grupos de cinco hombres para el «conteo», sería un castigo diario. Finalmente, después

de que la NKVD realizó un procesamiento inicial, fueron llevados a cabañas de madera,

donde metieron de cuarenta a cincuenta hombres por habitación, «como arenques en un

barril», recordaba un superviviente. El 4 de febrero, un oficial de la NKVD se quejaba

al cuartel general del frente del Don de que la situación era «sumamente crítica». Los

campos de Beketovka habían recibido 50.000 prisioneros, «incluidos también enfermos

y heridos».

Las autoridades del campo de la NKVD estaban abrumadas. No tenían

transporte motorizado en absoluto y trataban de pedir al ejército un camión por los

menos. El agua finalmente fue traída al campo en barriles de hierro en carretas tiradas

por camellos. Un doctor austriaco prisionero apuntaba su primera impresión: «Nada de

comer, ni de beber, nieve sucia y hielo color amarillo orina ofrecían el único alivio a

una sed insoportable ... Cada mañana más cadáveres». Después de dos días, los rusos

proporcionaron una «sopa», que no era más que un saco de salvado vaciado en agua

caliente. La rabia por las condiciones hizo que algunos prisioneros se sacaran piojos del

cuerpo para tirárselos a los guardias. Dichas protestas provocaron ejecuciones sumarias.

Desde el comienzo, las autoridades soviéticas se dispusieron a dividir a los

prisioneros de guerra, primero según nacionalidad, después según afiliación política.

Los prisioneros rumanos, italianos y croatas recibieron el privilegio de trabajar en la

cocina, donde los rumanos en particular se propusieron vengarse de sus antiguos

aliados. Los alemanes no sólo los habían metido en este infierno, sino que también,

según creían, habían reducido sus suministros en el Kessel para alimentar mejor a sus

propias tropas. Bandas de rumanos atacaban a los alemanes que individualmente

recogían comida para su cabaña y se la quitaban. Los alemanes en represalia enviaban

escoltas a guardar a los portadores de su comida.

«Después vino otra sorpresa –relató un sargento mayor de la Luftwaffe-.

Nuestros camaradas austriacos súbitamente dejaron de ser alemanes. Se llamaban

“Austritsy”, esperando recibir un mejor trato, cosa que efectivamente ocurría». Los

alemanes se sentían amargados de que «toda la culpa de la guerra se atribuyera a

aquellos de nosotros que seguían siendo “alemanes”, particularmente desde que los

austriacos, con un interesante giro de la lógica, tendían a culpar a los generales

prusianos, más que al austriaco Hitler, por su situación.

La lucha por sobrevivir seguía siendo de suma importancia. «Cada mañana los

muertos eran colocados fuera del bloque de barracas», escribía un oficial de blindados.

Estos cadáveres congelados y desnudos eran después amontonados por cuadrillas de

trabajo en una línea siempre en expansión a un lado del campo. Un doctor estimó que en

Beketovka la «montaña de cuerpos» era «de unos 90 m de largo y dos de alto». Al

principio de cincuenta a sesenta hombres morían cada día, estimaba un suboficial de la

Luftwaffe. «No nos quedaban ya lágrimas», escribió después. Otro prisionero empleado

como interprete por los rusos logró más tarde leer el «registro de defunciones». Apuntó

que hasta el 21 de octubre de 1943, habían muerto sólo en Beketovka 45.200. Un

informe de la NKVD reconoce que en todos los campos de Stalingrado, 55.228

prisioneros habían muerto hacia el 15 de abril, pero uno no sabe cuántos fueron

capturados entre la operación Urano y la rendición final.

«El hambre –comentó el doctor Dibold- cambiaba la psicología y el carácter

visiblemente en los patrones de comportamiento e invisiblemente en los pensamientos

de los hombres». Tanto los soldados alemanes como los rumanos recurrieron al

canibalismo para mantenerse con vida. Se hirvieron finas tajadas de los cuerpos

congelados. El producto final era ofrecido como «carne de camello». Aquellos que la

comían eran rápidamente reconocibles, porque su complexión adquiría un tinte rojo, en

vez de la palidez verde grisácea de la mayoría. Se informó de casos en otros campos en

y alrededor de Stalingrado, incluso en un campo de prisioneros capturados durante la

operación Urano. Una fuente soviética informa de que «sólo a punta de pistola pudieron

los prisioneros ser forzados a desistir de esa barbarie». Las autoridades ordenaron más

alimento, pero la incompetencia y la corrupción frenaban cualquier medida.

El efecto acumulado del agotamiento, el frío, la enfermedad y la inanición

deshumanizaba a los prisioneros de otros modos. Con tal abundancia de casos de

disentería, se dejaba que se ahogaran aquellos que desfallecían y caían por el hueco de

las letrinas, si todavía vivían. Su terrible destino fue ignorado arriba. La necesidad de

que otros que padecían disentería usaran la letrina era mucho más urgente.

Curiosamente, la letrina salvó a un joven teniente muerto de hambre, un conde

cuya familia poseía castillos y propiedades. Escuchó al pasar a un soldado decir algo en

el inconfundible dialecto de su distrito, y rápidamente llamó preguntando de dónde era.

El soldado le dio el nombre de un pueblecito cercano. «¿Y quién es usted y de donde

viene?», le preguntó a su vez. El oficial se lo dijo. «¡Oh sí! –rió el soldado-. Lo sé. Solía

verlo a usted pasar en su Mercedes deportivo rojo, saliendo a cazar liebres. Bueno, aquí

estamos juntos. Si tiene hambre, quizá le pueda ayudar». El soldado había sido escogido

como camillero en el hospital de la prisión, y como tantos prisioneros morían antes de

que tuvieran oportunidad de comer su ración de pan, había logrado acumular una bolsa

de sobras de cortezas de pan para compartir con otros después de cada jornada de

servicio. Esta intervención absolutamente inesperada salvó la vida del joven conde.

La supervivencia ocurría a veces en contra de lo previsible. Los primeros en

morir eran generalmente aquellos que habían sido grandes y de constitución fuerte. El

hombre pequeño y delgado siempre tenía mayores posibilidades. Tanto en el Kessel

como después en los campos de prisioneros, las raciones igualmente diminutas estaban

casi dirigidas a invertir la norma de la supervivencia de los más aptos, porque no se

hacía concesión al tamaño del individuo. Es interesante en hecho de que en los campos

soviéticos de trabajo, sólo los caballos eran alimentados según su tamaño.

Cuando llegó la primavera, las autoridades soviéticas comenzaron a reorganizar la

población de prisioneros de guerra en la región. Unos 235.000 antiguos miembros del

VI ejército y del 4o ejército blindado, incluidos aquellos capturados durante la operación

de intento de liberación de Manstein en diciembre, así como los rumanos y otros

aliados, habían sido retenidos en cerca de veinte campos y hospitales de prisioneros en

la región.

Los generales fueron los primeros en salir. Su destino era un campo cerca de

Moscú. Partieron en lo que los jóvenes oficiales llamaban cínicamente el «tren blanco»,

porque sus vagones eran muy cómodos. Causaba gran resentimiento el hecho de que

aquellos que habían dado órdenes de luchar hasta el fin no sólo habían sobrevivido a su

propia retórica, sino que ahora disfrutaban de condiciones mejores que sus hombres.

«Es el deber de un general permanecer con sus hombres –comentó un teniente-, no irse

en un cochecama». Las posibilidades de sobrevivir resultaron brutalmente dependientes

del rango. Más del 95 por 100 de soldados y suboficiales murieron, el 55 por cien de

oficiales de baja graduación y sólo el 5 por 100 de altos oficiales. Como los periodistas

extranjeros habían notado, pocos altos oficiales mostraban signos de inanición después

de la rendición, de modo que sus defensas no estaban peligrosamente debilitadas como

lo estaban las de sus hombres. El trato de privilegio que recibían los generales, sin

embargo, era un testimonio revelador del sentido de jerarquía de la Unión Soviética.

Pequeños grupos de oficiales fueron enviados a los campos en la región de

Moscú, tales como Lunovo, Krasnogorsk y Suzdal. Aquellos seleccionados para una

«educación antifascista» fueron enviados al monasterio fortificado de Yelabuga, al este

de Kazán. Las condiciones de transporte no eran por cierto equiparables a las que se

ofrecieron a los generales. De un convoy de 1.800 hombres en marzo, murieron 1.200.

Además del tifus, la ictericia y la difteria, apareció ahora el escorbuto, la hidropesía y la

tuberculosis. Y tan pronto llegó de lleno la primavera, los casos de malaria aumentaron

rápidamente.

La diáspora de soldados y oficiales de baja graduación fue considerable: 20.000

fueron enviados a Bekabad, al este de Tashkent, 2.500 a Volsk, al nordeste de Saratov,

5.000 a Astracán por el Volga, 2.000 a Usman, al norte de Voronezh, y otros a

Basianovski, al norte de Sverdlovsk, Oranki cerca de Gorki y también a Karaganda.

Cuando los prisioneros eran registrados antes de partir, muchos escribieron

«trabajador agrícola» como profesión con la esperanza de ser enviados a una granja. Los

fumadores empedernidos recogían estiércol de camello y lo secaban para tener algo que

fumar durante el camino. Después de la experiencia de Beketovka, estaban seguros de

que los peor había terminado, y la perspectiva de movimiento y cambio tiene su propio

atractivo, pero pronto descubrieron su equivocación. Cada vagón de ferrocarril, con

hasta cien hombres metidos en cada uno, tenía sólo un hueco en el medio del suelo

como letrina. El frío era terrible, pero la sed era otra vez la peor desgracia, pues recibían

pan seco y pescado salado para comer, pero poco agua. Se desesperaron tanto que

lamían la condensación congelada en las partes metálicas en el interior del vagón. En las

paradas donde se les dejaba fuera, los hombres no podían resistir coger puñados de

nieve para metérselos a la fuerza en la boca. Muchos murieron a causa de esto, por lo

general tan calladamente que sus camaradas sólo se dieron cuanta de que había muerto

mucho después. Sus cuerpos eran entonces amontonados cerca de la puerta corrediza

del vagón, listos para ser descargados. «Skolko kaputt?», gritaban los guardas soviéticos

en su alemán macarrónico en las paradas: «¿Cuántos muertos?».

Algunos trayectos duraban hasta veinte días. El transporte pasando por Saratov,

después a través de Uzbekistán hasta Bekabad, estaba entre los peores. En un vagón

solo quedaron vivos ocho hombres de 100. Cuando los prisioneros finalmente llegaron

al campo de recepción con vista a las montañas de Parir, descubrieron que había sido

establecido para la construcción de una presa hidroeléctrica cercana. Su alivio al oír que

por fin iban a ser despiojados, pronto se tornó en consternación. Fueron torpemente

afeitados al rape, lo cual «sólo podía compararse al esquileo de la ovejas», y luego se les

roció polvo. Algunos murieron por las primitivas sustancias químicas usadas.

No había cabañas donde vivir, sólo búnkeres de tierra. Pero la peor sorpresa fue

el cabo alemán que se había unido a los soviéticos como guarda comandante. «Ningún

ruso me trató con tanta brutalidad», escribió el mismo prisionero.∗ Por fortuna, el

movimiento entre campos en este Gulag paralelo era frecuente. Desde Bekabad, muchos

fueron a Kokant o, lo mejor de todo, a Chuama, donde había instalaciones médicas

mucho mejores, e incluso una piscina toscamente improvisada. Los prisioneros italianos

allí estaban ya bien organizados, cogiendo espárragos para complementar la sopa.

Aquellos que se quedaron en Stalingrado encontraron que el campo de

agrupamiento en Krasnoarmeisk se había convertido en un campo de trabajo. La comida

al menos había sido mejorada con kasha (alforfón) y sopa de pescado, pero el trabajo

era con frecuencia peligroso. Cuando llegó la primavera, muchos de ellos fueron

puestos a trabajar en la recuperación de las embarcaciones hundidas en el Volga por la

Luftwaffe y el ejército alemán. El gerente ruso de un astillero, estremecido por la

cantidad de prisioneros que morían en este trabajo, se lo dijo a su hija pidiéndole que

guardara el secreto.

El control de la NKVD sobre Stalingrado no se había aflojado. Los prisioneros

alemanes que trabajaban en ambos márgenes del Volga habían advertido que el primer

edificio en la ciudad que fue reparado había sido el cuartel general de la NKVD, y casi

de inmediato hubo colas de mujeres fuera con paquetes de comida para los parientes que

habían sido arrestados. Los antiguos soldados del VI ejército adivinaron que ellos

también permanecerían presos allí por muchos años. Mólotov confirmó después sus

temores, declarando que ningún alemán vería su hogar hasta que Stalingrado no hubiera

sido reconstruida.



Incluso cuando las condiciones mejoraron en la primavera de 1943, la tasa de

mortalidad en la mayoría de hospitales prisión era por los menos del 1 por 100 al día.

Los problemas eran todavía enormes, especialmente en la región de Stalingrado, con la

palabra, la tuberculosis, la hidropesía y el escorbuto sumados a otras enfermedades.




Incluso los comparativamente sanos tenían poca esperanza de sobrevivir. Sus

raciones (tales como el mijo sin moler que pasaba directamente a través del estómago)

les daban pocas fuerzas para el trabajo pesado que la NKVD intentaba extraer de ellos

mediante los programas de trabajo estajanovista. El materialismo, tal como uno de ellos

lo decía, significaba que «el hombre era sólo otro material» para ser utilizado y

descartado. Los prisioneros eran utilizados como animales de tiro. Primero tenían que

edificar sus propios campos en el bosque casi virgen. No se les permitía tener chozas

sino sólo búnkeres de tierra que se inundaban en primavera y otoño. Una vez que el

campo se establecía, llevaban una vida de duro trabajo, talaban y arrastraban troncos, y

a veces cortaban turba para combustible de invierno. Aquellos que fueron retenidos en

el área de Stalingrado, reconstruyeron la ciudad y recobrando los barcos hundidos en el

Volga, fueron después puestos a trabajar, junto con otros prisioneros del Gulag,

excavando para la joya estalinista, el canal del Volga-Don.



Desde 1945, unos 3.000 prisioneros de Stalingrado habían sido liberados, fuera

individualmente o en tandas, y se les había permitido volver a sus casas, generalmente

porque eran considerados inútiles para el trabajo. En 1955, había todavía 9.626

prisioneros alemanes de guerra, o «criminales de guerra convictos» como los definió

Jruschov, de los cuales unos 2.000 eran supervivientes de Stalingrado. Estos prisioneros

fueron finalmente liberados después de la visita del canciller Honrad Adenauer a Moscú

en septiembre de 1955.
…y ahora ellos estarán diciendo ¡***, es el Hijoputa de Patton otra vez!
Y sí, es el Hijoputa de Patton, que ha vuelto.
(George Smith Patton)
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Notapor Paradise Lost » Lun Mar 24, 2008 5:46 pm

Hola Claudio.

Aquí tienes algunas fotos de los alemanes en los campos soviéticos, de un artículo que realicé basándome en un documental de la cadena estatal ZDF:
http://www.zweiterweltkrieg.org/phpBB2/ ... .php?t=589

Y aquí algunas sobre la reconstrucción de Stalingrado, con prisioneros alemanes.
La verdad es que no hay mucho material y me costó encontrar videos sobre el tema, para poder hacer las capturas.
http://www.zweiterweltkrieg.org/phpBB2/ ... 98&start=0

Saludos
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Notapor ingeborg » Jue Mar 11, 2010 2:49 pm

Hola,mi padrino sobrevivio al campo de concentraciòn ruso.Sòlo se habla de los campos alemanes y no de los norteamericanos con prisioneros japoneses o de los rusos con prisioneros alemanes.
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Prisioneros de Stalingrado

Notapor CLAUDIO » Mar Mar 16, 2010 9:34 pm

Se que cuando termino la batalla de Stalingrado en unos documentales sobre el tema se ve una pila de cadaveres de soldados muertos, despues dicen que todos esos fueron quemados en unas fosas en las afueras de la ciudad, mi pregunta es ¿Si todos eso cuerpos fueron quemados y quiero decir todos los que murieron durante toda la batalla quienes estan enterrados en el cementerio de Stalingrado actual Volgogrado?.
Se que hay unos bloques con los nombres de todos los desaparecidos que huvo durante la batalla.
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Prisioneros de Stalingrado

Notapor wintermute » Mar Mar 16, 2010 9:54 pm

He leído un dato que desconocía y que es el siguiente : entre un 5 y un 15 % de la cantidad de soldados cercados en Stalingrado eran voluntarios rusos.
Será esto así ? si es verdad no es para nada mencionado por la mayoría de los autores aunque atando hilos... en los relatos de soldados alemanes y no solo en Stalingrado se menciona la presencia de voluntarios rusos.

Saludos
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Prisioneros de Stalingrado

Notapor Monterdez » Mié Mar 17, 2010 12:23 am

Buenas noches:

En Hislibris hay un hilo donde se reseña un libro que habla de esto, pero no sé cuál es.
Si no das con él avisa y te lo busco.

Se comenta una media de 90.000 prisioneros, fuera aparte los 10 o 20.000 abandonados, enfermos, congelados y heridos que fueron tratados como basura. Sobre 5.000 regresaron a Alemania.

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Prisioneros de Stalingrado

Notapor victor sayavedra » Jue May 20, 2010 2:26 am

lei en un libro , que en un sotano con heridos alemanes se lleno co combustible y se les prendio fuego , no me acuerdo el libro ,me parece el camino de estalingrado de TIME LIFE tomo 28 es de 1996
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