La rendición de Japón

La guerra en el Pacífico

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La rendición de Japón

Mensaje por Erich Hartmann » Jue Sep 29, 2005 6:46 pm

Japón se rinde

El virrey y el Emperador

El 13 de agosto de 1943, el hijo de Dios anunció a su pueblo que habían sido derrotados. DAVID SOLAR narra la resistencia militar a aceptar la capitulación, incluso tras la destrucción de Hiroshima y Nagasaki, el intento de golpe de Estado para burlar las órdenes del monarca y la ceremonia de la rendición en la bahía de Tokio, ante MacArthur


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Estamos reunidos aquí los representantes de las principales potencias para concluir un solemne acuerdo encaminado al restablecimiento de la paz. Los problemas y contenidos en este acuerdo, que proceden de ideales o ideologías divergentes, ya han sido solucionados en los campos de batalla del mundo entero, por lo que no nos toca a nosotros discutirlos aquí ahora".

Ante los micrófonos se hallaba el jefe de las fuerzas aliadas del Pacífico, general Douglas MacArthur, vestido con un sencillo uniforme caqui, sin condecoraciones, aunque sus cinco estrellas bordadas en el cuello de la camisa señalaran el máximo escalón en el generalato, lo mismo que su inseparable gorra con guirnaldas y barras de oro, que no sólo disimulaba su escasez de pelo, sino que también indicaba quién era el jefe.

En aquel momento, 9.30 de la mañana del 2 de septiembre de 1945, a bordo del acorazado Missouri, anclado en la bahía de Tokio, a la sombra de seis enormes cañones de 40,6 centímetros, se estaba celebrando la solemne ceremonia que cerraba la Guerra del Pacífico. Frente a MacArthur, al otro lado de la mesa donde reposaban dos carpetas con los documentos de la firma de la capitulación, se hallaban los nueve miembros de la delegación japonesa, petrificados por la humillación, el dolor de la derrota y la emoción del momento. La encabezaba el ministro de Asuntos Exteriores, Mamoru Shigemitsu, seguido por dos funcionarios de su Ministerio; un representante del Ejército, general Yoshiyiro Umezu, último jefe del Estado Mayor, y el jefe de operaciones de la Marina, almirante Sadatoshi Tomioka, y dos ayudantes militares de cada arma. Los diplomáticos acudieron vestidos de chaqué y chistera, los militares, de uniforme de diario con sus distintivos de rango y los cordones de Estado Mayor.

Cada uno tenía su peculiar historia para no estar allí y, sin embargo, representaban a Japón en uno de los momentos más trascendentales de su existencia. Por el poder civil, debiera hallarse en el puente del Missouri el nuevo presidente del Gobierno, príncipe imperial Higashikuni Naruhiko, que había asumido esa responsabilidad el 15 de agosto, pero como debía evitarse aquella humillación a la casa real, acudió el ministro de Exteriores. Al almirante Tomioka tampoco le correspondía; el designado, su jefe de Estado Mayor, almirante Toyoda, le ordenó que se tragase aquel sapo, valiéndose de un argumento peregrino:

-La guerra la ha perdido usted; a usted le toca ir.

Tomioka no se rebeló ante la arbitrariedad, pero anunció:

-Asumiré esa misión y cuando regrese, me suicidaré.

El caso del general Umezu era más excepcional y estaba profundamente vinculado a la situación que allí se vivía. Era jefe del Estado Mayor del ejército en el anterior Gobierno, presidido por Kantaro Suzuki, cuando, en abril de 1945, el emperador sugirió que debería intentarse una salida negociada. Umezu y su ministro de Defensa, general Anami, se habían opuesto rotundamente y volvieron a hacerlo cuando se recibió en Tokio el ultimátum aliado enviado desde Potsdam; incluso, se permitieron burlarse de los partidarios de la capitulación, cuando en el Consejo se insinuó la posibilidad de eme Estados Unidos tuviera la bomba atómica.


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Última edición por Erich Hartmann el Mié Oct 05, 2005 6:10 pm, editado 1 vez en total.

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Mensaje por Erich Hartmann » Jue Sep 29, 2005 7:12 pm

Por encima de toda razón

La obstinación militar, con Umezu a la cabeza, rayo en absurdo cuando se recibieron en Tokio terribles noticias de Hiroshima. Para ganar tiempo ante la evidencia de que se les había arrojado una bomba atómica, enviaron allí a uno de sus expertos, el físico Yoshio Nishina, que al día siguiente confirmaba lo que en el Consejo bien sabían: la destrucción de Hiroshima era completa; las víctimas ascendían a casi la mitad de la población y las quemaduras que se observaban entre los supervivientes correspondían, con seguridad, a la contaminación radiactiva. Pero los militares no cedieron.

Los 16 millones de octavillas lanzados por los norteamericanos sobre 47 ciudades japonesas comunicando la naturaleza de la bomba y manteniendo la amenaza de proseguir la guerra atómica no sirvieron de nada. Los generales Anami y Umezu interpretaron que el gesto era una debilidad, que a los norteamericanos les faltaban redaños para asaltar las islas metropolitanas.

La bomba de Nagasaki, coincidente con el ataque soviético en Manchuria, tampoco terminó con la contumacia del Ejército. En la tarde del día 9, aunque la capitulación ya la aceptaban todos, los militares ponían cuatro condiciones: respeto a la figura y papel político del emperador, renuncia a la ocupación del Japón y a la demanda de responsabilidades, autodesarme y retirada pacífica de las fuerzas japonesas en el extranjero... Evidentemente, no era ésa la capitulación incondicional exigida en Potsdam. Así lo entendieron la parte civil del Gobierno y, también, el emperador, que convocó al Consejo Supremo a medianoche. Los norteamericanos, dispuestos a mantener el acoso, enviaron al atardecer sus bombarderos sobre Tokio y los convocados atravesaron la ciudad iluminada por los incendios dejados por el napalm y el fósforo.


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Mensaje por Erich Hartmann » Jue Sep 29, 2005 7:15 pm

Acuerdos de la Conferencia de Yalta: Resoluciones sobre Japón 4/11 de febrero de 1945

Los Jefes de las tres grandes potencias -la Unión Soviética, los Estados Unidos de América y la Gran Bretaña- han acordado que en los dos o tres meses que sigan a la capitulación de Alemania y al fin de la guerra en Europa, la Unión Soviética entrará en guerra con el Japón junto con los Aliados, a condición de que:

1.º Que sea mantenido el statu quo en Mongolia Exterior (República Popular de Mongolia);

2.º Que sean restablecidos los derechos de Rusia, violados por la agresión pérfida del Japón en 1904, a saber: a) Retorno a la Unión Soviética de la parte meridional de Sajalín y de todas las islas vecinas; b) Internacionalización del puerto comercial de Dairen, garantía de los intereses prioritarios de la Unión Soviética y restablecimiento del arrendamiento de Port Arthur como base naval de la U. R. S. 5. ; c) Explotación en común del ferrocarril del Este chino y del ferocarril del Sur de Manchuria, que abre una salida hacia Dairen, mediante el establecimiento de una compañía soviético-china, entendiéndoe que los intereses prioritarios de la Unión Soviética serán garantiza dos y que China conservará su plena soberanáa en Manchuria.

3.° Las Islas Kuriles serán entregadas a la Unión Soviética.

Se entiende que el acuerdo concerniente a la Mongolia Exterior, los puertos y los ferrocarriles arriba mecionados exigirá el asentimiento del Generalísimo Chiang Kai Chek. El Presidente de Estados Unidos tomará las medidas destinadas a la obtención de este asentimiento, siguiendo el consejo del Mariscal Stalin.

Los Jefes de las tres grandes potencias han convenido que estas reivindicaciones de la Unión Soviética recibirán una satisfacción incondicional tras la derrota de Japón.

Por su parte, la Unión Soviética se declara dispuesta a concluir con el Gobierno nacional chino un Pacto de amistad y de alianza entre la U. R. S. S. y China para aportar a China el apoyo de las fuerzas armadas soviéticas en la liberación de China del yugo japonés.

J. V. Stalin - F. D. Roosevelt - W. Churchill

Ultimátum a Japón aprobado en la Conferencia de Potsdam 26 de julio de 1945

1. Nosotros, Presidente de los Estados Unidos de América, Presidente del Gobierno Nacional de la República de China y Primer Ministro de la Gran Bretaña, re presentando a centenares de millones de nuestros compatriotas, conferenciamos y convinimos que debe darse una ocasión al Japón para poner término a la presente guerra.

2. Las prodigiosas fuerzas terrestres, navales y aéreas de los Estados Unidos, del Imperio Británico y de China, varias veces reforzadas por los respectivos ejércitos y flotas aéreas venidos del Oeste, están preparadas para asestar al Japón los golpes definitivos. Este poderío militar está apoyado e inspirado por la determinación de todas las naciones aliadas de proseguir la guerra contra el Japón hasta que el mismo deje de resistir.

3. Los resultados de la resistencia insensata de Alemania al poderío de los pueblos libres del mundo levantados contra ella son para el pueblo japonés ejemplos de una terrible claridad. Las fuerzas que actualmente convergen contra el Japón son inmensamente mayores que aquellas que batieron a los nazis, cuya resistencia sólo sirvió para arruinar definitivamente al territorio, la industria y los modos de vida de todo el pueblo alemán. La utilización total de nuestro poderío militar, apoyado por nuestra resolución significará la inevitable y completa destrucción de las fuerzas armadas japonesas y también la inevitable y completa devastación de la tierra japonesa.

4. Llegó el momento para el Japón de decidir si continuará dominado por sus consejeros militares, cuya obstinación y cálculos insensatos condujeron al Imperio japonés al borde del aniquilamiento, o escogerá el camino de la razón.

5. He aquí nuestras condiciones de las que no nos apartaremos. Son definitivas y no admitiremos retraso alguno en su aceptación.

6. La autoridad e influencia de aquellos que engañaron al pueblo japonés y condujeron a intentar una empresa de conquista mundial deberán ser para siempre eliminadas, ya que afirmamos no ser posible instaurar un nuevo orden de paz, de seguridad y de justicia, en tanto el militarismo irresponsable no sea barrido del mundo.

7. Hasta que sea instaurado un nuevo orden y que quede probado de manera convincente que el potencial de guerra japonés está destruido, los puntos del territorio japonés que se designen deberán ser ocupados a fin de que puedan alcanzarse los objetivos fundamentales aquí enunciados.

8. Las condiciones establecidas en la Declaración del Cairo serán ejecutadas y la soberanía japonesa quedará limitada a las islas Hondo, Hokkaido, Kiousiou, Sikok y las demás islas que se determinarán.

9. Las fuerzas japonesas serán completamente desarmadas y sus efectivos auto rizados a regresar a sus hogares, donde podrán llevar una vida pacífica y productiva.

10. No tenemos la intención de reducir al Japón como raza a la esclavitud ni de destruirlo como nación, pero una justicia severa castigará a todos los criminales de guerra, comprendiéndose en ellos los autores de crueldades cometidas contra nuestros prisioneros. El Gobierno japonés debe apartar todos los obstáculos que puedan impedir el renacimiento de las tendencias democráticas y su fortalecimiento entre el pueblo japonés. Deben instaurarse la libertad de palabra, de religión y de pensamiento, así como el respeto a los derechos fundamentales del hombre.

11. El Japón quedará autorizado a conservar las industrias que sirvan para mantener su economía y permitan de su parte justas reparaciones «in natura)), pero no podrán conservar las industrias que le dejen capacidad de rearmarse para la guerra. Con este fin se le facilitará la adquisición de materias primas, pero no el control de estas materias primas. Se permitirá al Japón más tarde tomar parte en el comercio internacional.

12. Las fuerzas de ocupación aliadas serán retiradas del Japón después que estos objetivos hayan sido alcanzados y que, de acuerdo con la voluntad libremente expresada del pueblo japonés, se haya instaurado un Gobierno responsable y de intenciones pacíficas.

13. Intimamos al Gobierno japonés a ofrecer desde ahora la rendición incondicional de todas las fuerzas armadas japonesas y a dar en tal contingencia garantías apropiadas y adecuadas de buena fe.



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Mensaje por Erich Hartmann » Jue Sep 29, 2005 7:22 pm

Cita con el Emperador

El Consejo estaba formado por el barón Kiichiro Hiranuma, jefe del Consejo Privado del emperador; el primer ministro, Kantaro Suzuki; los ministros de Exteriores, Defensa y Marina, y los jefes de Estado Mayor del Ejército y la Marina. Suzuki propuso la capitulación inmediata; le replicó el ministro de Marina, almirante Mitsumasa Yonai, presentando las mencionadas cuatro condiciones o, de lo contrario, seguiría la lucha, porque "todavía queda determinación suficiente en las Fuerzas Armadas para dar la batalla decisiva en nuestra patria".

A las dos de la madrugada, debatidas hasta la saciedad ambas propuestas, el primer ministro invitó al emperador a tomar una decisión:

-Señor, se solicita que decidáis si la proposición que ha de adoptarse es la de la aceptación de la propuesta de Potsdam, apoyada por el ministro de Exteriores, o la de las cuatro condiciones, que planteaban los militares.

Hirohito habló en voz baja, muy despacio. Apoyó la capitulación y no disimuló un reproche a los militares, empeñados en quimeras victoriosas cuando cosechaban derrota tras derrota. (La Aventura de la Historia, núm. 82, agosto de 2005).

"La terminación de la guerra es el único camino para restaurar la paz mundial y evitarle a la nación el terrible dolor que la aflige. Me siento triste cuando pienso en el pueblo que me ha servido tan fielmente, en los soldados y marinos que han muerto o que están heridos en lugares lejanos, en las familias que han perdido sus bienes materiales y, a menudo, también sus vidas (...). No es preciso que recalque que me resulta lacerante ver desarmados a los bravos y leales soldados japoneses. Igualmente, me resulta doloroso que otros muchos, que me han servido con toda lealtad, sean ahora castigados como promotores de la guerra. Pero es el momento de soportar lo insufrible..." (citado por Arrigo Pattaco, La II Guerra Mundial, vol. VI, "La Capitulación de Japón").

Cuando terminó de hablar, en medio de un silencio sepulcral, se retiró. De pronto, la sala entró en ebullición; militares y civiles comenzaron a discutir a voces e, incluso, un ayudante del general Umezu intentó agredir al anciano primer ministro.


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Mensaje por Erich Hartmann » Jue Sep 29, 2005 7:32 pm

Un poco más de hiel

Suzuki y Togo se dirigieron a la presidencia del Gobierno, donde les esperaba el gabinete al completo. Reunidos en consejo, elaboraron el comunicado de la capitulación de acuerdo con las propuestas de Potsdam: "En el bien entendido caso de que no contengan ninguna exigencia que afecte a las prerrogativas de Su Majestad como príncipe soberano". A las siete de la mañana del 10 de agosto, hora de Tokio, se remitió a los embajadores japoneses en Suecia y Suiza y los ministros de Exteriores de estos países se lo comunicaban a EE. UU., URSS, Gran Bretaña y China.

La respuesta norteamericana tardó cuarenta y una horas en llegar a Tokio. Una eternidad. En Washington, pese a que algunos hubieran deseado endurecer las cláusulas, se impuso el criterio del general George Marshall y se aceptó la propuesta japonesa con muy escasas puntualizaciones; Londres introdujo una modificación de matiz y Pekín estuvo de acuerdo.

El problema se planteó en Moscú, donde el embajador norteamericano, Averell Harriman, sostuvo una reunión violentísima con el ministro de Exteriores, Viacheslav Molotov, conocido como Mister Niet, en la noche del 10 al 11 de agosto. Pretendía el soviético endurecer las condiciones, en la secreta esperanza de que Tokio las rechazara y el Ejército Rojo tuviera tiempo de alcanzar sus objetivos en Manchuria y Corea. La maniobra era tan obvia que el norteamericano terminó amenazando con firmar la capitulación por separado. De madrugada, Stalin ordenó a su ministro que aceptara la propuesta norteamericana. No era el momento de jugar con fuego...

De hecho, al margen de la capitulación oficial de Japón, del cese de hostilidades y de la entrega de las armas, los soviéticos prosiguieron sus operaciones hasta que, el 23 de agosto, izaron su bandera en Port Arthur. Stalin recuperaba lo perdido por el zar cuarenta años antes.

A medianoche del 11 al 12 de agosto llegó a Tokio la respuesta aliada y sus precisiones, resultando especialmente llamativas las relacionadas con el emperador, cuya autoridad debería "estar subordinada a la del comandante supremo de las fuerzas aliadas" y a la ocupación del territorio: "Las fuerzas aliadas permanecerán en Japón hasta que se hayan alcanzado los objetivos definidos en la declaración de Potsdam".


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Mensaje por Erich Hartmann » Jue Sep 29, 2005 7:40 pm

Días de furia

El Gobierno japonés no entendió el alcance de aquellas concreciones, ni siquiera si eran un trágala o cabía negociarlas. En su incertidumbre, decidieron ganar tiempo y el jefe de Estado Mayor de la Marina, almirante Toyoda, dispuso la suspensión de las "operaciones ofensivas hasta nueva orden". Los Aliados estimaron que aquello no era la capitulación, por lo que MacArthur continuó los bombardeos y, a falta de una tercera bomba atómica, se propuso arrasar Tokio con el mayor bombardeo de la historia: 1.100 fortalezas volantes arrojarían sobre la ciudad siete mil toneladas de fósforo y napalm... En el peor ataque sufrido por Tokio, el de la madrugada del 10 de marzo, los norteamericanos habían utilizado dos mil toneladas de materiales incendiarios. Afortunadamente, el jefe del Estado Mayor de la Marina, almirante Ernest C. King, estimó que era una barbaridad innecesaria, pues la guerra estaba terminada: lo mismo que Japón había suspendido las operaciones, capitularía en cuestión de horas o de días. De cualquier forma, el 13 de agosto, los aviones norteamericanos volvieron sobre Tokio en uno de sus ataques programados. Sería el último.

A la vez, los más fanáticos terminaron enterándose de la respuesta aliada y las dudas suscitadas, lo que originó un movimiento de rebeldía contra la capitulación y un intento de golpe de Estado para evitarla. El almirante Takihiro Onishi, organizador de los kamikazes, presionaba al almirante Toyoda para que ordenara la resistencia a ultranza de las fuerzas armadas; el ministro de Defensa. Koreichika Anami, agobiaba al primer ministro para que rechazara el documento de la capitulación.

Esta tensión duró dos días, en los cuales hubo motines militares, suicidios, acciones kamikazes, difusión de rumores que iban desde el secuestro del emperador a su deportación a Okinawa: de la conversión del Japón en colonia norteamericana a la violación de todas las mujeres japonesas por los ocupantes. Se emitían falsos comunicados, que ordenaban la concentración de cinco mil pilotos kamikazes para una actuación aniquiladora contra la flota norteamericana y la reanudación de las operaciones.


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Mensaje por Erich Hartmann » Jue Sep 29, 2005 7:45 pm

Aceptar lo insoportable

El emperador, consciente de la degradación interior y de la amenaza de nuevos bombardeos, reunió al Consejo a las 11 de la mañana del 14 de agosto. Tras constatar la impotencia del primer ministro para concretar la capitulación y las reticencias militares, que continuaban presentando las cuatro condiciones para deponer las armas, les dijo:

-Quisiera que todos ustedes estuvieran de acuerdo conmigo. Mi criterio sigue siendo el mismo que ya expresé en la noche del 9 de agosto... Considero que la respuesta norteamericana es aceptable

En este punto, la voz del emperador se quebró y los ojos se llenaron de lágrimas. Se las enjugó con sus blancos guantes y continuó:

-No puedo soportar que mi pueblo sufra todavía más. Deseo que acepten de inmediato el documento aliado. Ordeno que dispongan ya un edicto imperial que yo mismo leeré por radio. Incluso, si los ministros de Defensa y Marina me lo pidieran, me trasladaré a donde sea necesario y hablaré directamente a las tropas... No me importa lo que me pueda ocurrir, pero sí me preocupa cómo podré justificarme ante los espíritus de mis antepasados si, tras un derroche de vidas humanas, la nación queda reducida a cenizas (...). Para terminar, les pido a todos y cada uno de ustedes que se esfuercen para que podamos enfrentarnos a los difíciles días que se avecinan.

Pese a lo tajante de su intervención, tampoco esta vez logró eliminar las reticencias militares. Hasta la noche no pudo grabar su mensaje en un disco, que debía emitir la Radio Nacional Japonesa pasado el mediodía del 15 de agosto y, consciente de que alguien podría intentar apoderarse de él para evitar su difusión, se lo entregó a la emperatriz, que lo guardo en sus aposentos.


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Mensaje por Erich Hartmann » Mar Oct 04, 2005 8:24 pm

Los últimos samurais

No fue inútil tal precaución. Esa noche, una de las ramas conspiradoras, encabezada por el teniente coronel Masahiko Takheshita —cuñado del ministro de Defensa, Koreichika Anami-, los mayores Kenyi Hatanake, del Ministerio de Defensa, y Hidemasa Koga, de la guardia imperial, seguidos por otros jóvenes jefes y oficiales, trataron de apoderarse de la grabación y para ello se dirigieron al complejo del palacio imperial. Sorprendieron y asesinaron al jefe de la guardia, general Takeshi Mori, se apoderaron de su sello y con él emitieron falsas órdenes para los guardias reales. Asesinando a los que se oponían, golpeando a quienes no colaboraran, amedrentando a los que nada sabían, trataron de hallar el disco. Cercaron el refugio antiaéreo donde dormía el emperador, custodiado por unos pocos guardias y dos ayudantes de cámara, que habían cerrado las puertas blindadas. Los sediciosos tenían cercado al emperador y cortados los teléfonos, pero no se atrevieron a asaltar el bunker.

Desesperados, se apoderaron de la radio, pero allí tampoco estaba la codiciada presa y los técnicos se las arreglaron para silenciar la emisora... Todos estos movimientos alertaron a la Kempitei-tai —policía secreta- y al jefe de la región militar de Tokio, que envió tropas a palacio.

A las cinco de la mañana, los ayudas de cámara despertaron al emperador, que se vistió con su uniforme militar para dirigirse personalmente a la guardia y controlar la sedición. No fue necesario, pues las tropas enviadas se habían hecho cargo de la situación. El golpe estaba controlado.

Masahiko Takheshita se refugió en casa de su cuñado, Koreichika Anami, el ministro de Defensa, que se hallaba al corriente de lo ocurrido y se disponía a hacerse el harakiri. Juntos tomaron varios vasitos de sake y, a continuación, el general Anami coloco en el suelo su uniforme y condecoraciones y, junto a ellas, se arrodilló, abriéndose el vientre de izquierda a derecha con su puñal de ceremonias. Su cuñado abrevió su agonía con un golpe de katana en las cervicales. Los mayores Hatanake y Koga, entre tanto, trataron de suscitar un levantamiento popular, pero, acosados por la Kempitei-tai, el primero se suicidó con un disparo de pistola, el segundo se refugió en la sala donde se había emplazado la cámara funeraria del general Mori y allí se abrió el vientre.

A la confusión y contradicciones internas de aquellos momentos pertenece la anécdota contada por el instructor de pilotos, capitán Takeo Tagata, que el día 14 se disponía a partir junto a 22 alumnos en una misión kamikaze cuando llegó la orden de suspender la operación. Con todo, quedaron en situación de alerta y el 15 por la mañana, optaron por efectuar su última misión. Se lo impidió el boicot de los mecánicos, que habían huido tras inutilizar los aviones.


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Mensaje por Erich Hartmann » Mar Oct 04, 2005 8:34 pm

Asesinato en el palacio

El mayor Hatanake, el teniente coronel Masataka y el capitán Uehara irrumpieron, súbitamente, en la habitación donde se hallaba el anciano general en jefe de la Guardia Imperial, Takeshi Mori, junto con su cuñado, el teniente coronel Shiraichi y le trataron de convencer de que se sublevara. Le dijeron que se pondrían a sus órdenes fanáticamente si lo hacía. Morí respondió inflexible: la División Konoye (la I de la Guardia) no es una milicia". Esas palabras iban a ser las últimas que pronunciaría.

Uehara echó mano a su sable (Katana) de reglamento y lanzó un golpe circular de gran amplitud ya desde la vaina mientras Hatanake sacaba su pistola. El sable de Uehara silbó siniestramente como una serpiente por la habitación sin que su movimiento de filo horizontal (do) alcanzase decisivamente a nadie. Pero Uehara lo dobló con un terrible golpe de maza vertical a dos manos (men). dirigido a la cabeza de Mori, que alcanzó a éste en el hombro, muy cerca del cuello, y le abrió el pecho hasta la tetilla. El golpe se simultaneó con los disparos que hacía Haranake, enloquecido, en todas direcciones. Shiraichi hizo algún gesto de defensa con su sable, pero un salvaje molinete de recogida de Uehara decapitó al cuñado de Mori, de cuyo cuello cercenado saltó un surtidor de sangre que manchó los muros, salpicó el techo, y se extendió abundante por el suelo y la mesa del despacho.

Hatanake y sus acompañantes se inclinaron luego ante las víctimas y robaron el sello de Mori.

JOSÉ MARÍA RODRÍGUEZ, "El último cuarto de hora del Japón", Historia 16, junio de 1976).


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Mensaje por Erich Hartmann » Mié Oct 05, 2005 6:03 pm

Japón llora

Reanudada la emisión de la Radio Nacional, Japón esperaba, a las 16 horas de Tokio, el mensaje del emperador. Fue un momento mágico. La Grulla sagrada se dirigía a su pueblo, que, por vez primera, oiría su voz divina.

Helados, firmes o de rodillas, emocionados y. al final, arrasados en lágrimas, los japoneses escucharon a su emperador: "... La tendencia general del mundo se ha vuelto contra los intereses de nuestro país. Además, el enemigo ha comenzado a utilizar una nueva y terrorífica arma, cuyo poder destructor es incalculable y que causa sus víctimas entre la población inocente. Si continuásemos luchando, el resultado no sólo consistiría en la destrucción y aniquilamiento del pueblo japonés, sino que también conduciría a la extinción de la civilización humana (...). Por eso hemos ordenado la aceptación de la declaración conjunta (de Potsdam). Manifestamos nuestro profundo pesar a las naciones aliadas del Pacífico oriental que han colaborado con nosotros. Nuestro pensamiento está con los oficiales y soldados y con cuantos han caído...".

Michihiko Hachiya, el director del Hospital de Comunicaciones de Hiroshima, postrado él mismo en una de sus camas a causa de los efectos de la bomba atómica, recordó:

"... Hasta nosotros llego una voz indefinida que sólo de vez en cuando oíamos con claridad. Yo apenas logré entender una frase, algo así como 'soportar lo intolerable'. Después, las interferencias cesaron, pero ya la transmisión había terminado.

El jefe Okamoto se volvió v dijo: 'Acaban de oír la voz del emperador, que nos anuncia que hemos perdido la guerra. Hasta nuevo aviso, quiero que todos sigan cumpliendo sus obligaciones (...).

¡Había sido el emperador en persona quien leía, nada menos, que la Proclama Imperial de Rendición. Mi aparato psíquico pareció detenerse, lo mismo que mis glándulas lacrimales. Como los demás que estallan en la habitación, me había puesto en posición de firme ante la voz del emperador y pasó un rato antes de que alguien hablara o se moviera. Una bruma espesa me empañaba los ojos, los dientes me castañeaban y un sudor frío me corría por la espalda.

Al cabo de un rato regresé al hospital y me dejé caer sobre mi cama. La sala estuvo en calma, sumida en el silencio durante largo rato, hasta que se escucharon unos sollozos. Me volví y en ningún rostro vi gallardía, sino expresiones de angustia o desesperación. Paulatinamente fueron creciendo los murmullos, después voces cada vez mas altas hasta que, de pronto, como desde el fondo de la nada, alguien gritó:

-¿Cómo es posible que perdamos la guerra?

El interrogante desató, al punto, exclamaciones airadas:

-¡Sólo un cobarde se echaría atrás ahora!

-¡El engaño tiene un límite!

-¡Prefiero la muerte a la derrota!

-¡Tanto padecer para nada!

-¡Ahora, nuestros muertos no hallarán reposo!

De improviso, el hospital fue un sólo clamor, imposible de definir o acallar. Muchos, que en otro tiempo fueron abogados decididos de la paz y otros que habían renegado de la guerra después del Pika (la bomba atómica), gritaban que la lucha debía continuar. Ahora que la rendición era un hecho irrefutable, definitivo, no había forma de saciar la sed de sangre de quienes habían conocido la noticia (...). Una sola palabra -rendición— había producido una impresión más tuerte que el bombardeo de nuestra ciudad. Cuanto más pensaba, más desafortunado y miserable me sentía".



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Mensaje por Erich Hartmann » Mié Oct 05, 2005 6:09 pm

La hora del harakiri

"Mentalmente comencé a increpar al ejército:

-Y vosotros, ¿qué pensáis del emperador? Vosotros desatasteis esta guerra por propia voluntad. Cuando las perspectivas eran buenas, os pavoneabais muy ufanos, pero cuando las cosas cambiaron tratasteis de ocultar vuestras bajas y pérdidas y cuando ya no queda otra alternativa, entonces sí, ¡acudisteis al emperador! ¿Merecéis el nombre de soldados? ¡Ahora no os queda otra opción más que el harakiri o la muerte!

Como haciéndose eco de mis pensamientos, alguien gritó:

-General Tojo, grandísimo necio, ¿qué esperas para abrirte la panza?" (Diario de Hiroshima).

Esas impresiones fueron comunes a la mayoría del país y muchos de los militares sintieron que, en efecto, el harakiri era la salida más adecuada. Así ocurrió con el almirante Takihiro Onishi, que al día siguiente "se desnudó de cintura para arriba, desenvainó una espada prestada y se la clavó en el abdomen, siguiendo la secuencia de cortes descrita por el suicidio ritual. Rehusó el golpe de gracia y los ofrecimientos de alivio médico y agonizó durante doce horas, en lo que parecía un acto final de expiación" (A. Axel y H. Kase, Kamikazes).

Lo mismo hicieron otros muchos y ése era el propósito, también, del general Yoshiyiro Umezu, quien no pudo realizarlo por hallarse detenido a causa de su apoyo a la conspiración.


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Difícil capitulación

El emperador había cerrado la discusión entre los partidarios de la capitulación y los de la resistencia numantina, pero quedaba mucho que hacer: llevar las órdenes de capitulación a las grandes guarniciones lejanas y hacerse obedecer, firmar la rendición con los aliados y ponerse a gobernar un país destrozado y ocupado. El gabinete de Suzuki había llegado a su final. Consciente de lo difícil que sería hallar un político ajeno a la política de militarista del pasado y convencerle de que aceptara aquella pesada carga, el emperador tiró de su familia y entregó el gobierno a su tío, el príncipe Higashikuni Naruhiko, que lo aceptó como el deber más pesado que podía imponérsele. Tras el intento golpista de la víspera entendía que el emperador necesitaba a su lado gentes resueltas y leales.

Por eso, para que no ofrecieran problemas las capitulaciones de las fuerzas importantes, como las que se hallaban en Corea, China, Indochina, Malasia o Singapur, fueron enviados los príncipes Takeda, Asaka y Kanin.

De cualquier forma, la inmensa dispersión de los japoneses por todo el Pacífico ocasionó que muchos de ellos no tuvieran conocimiento de la capitulación y que permanecieran en armas durante meses. Según MacArthur, el 15 de octubre de 1945 se había desarmado y, en su caso repatriado, a 7 millones de soldados japoneses sin disparar un sólo tiro. Pero hubo casos de pequeños destacamentos que estuvieron durante años sin saber que la guerra había terminado y hasta se produjeron casos de soldados hallados en los años setenta, un cuarto de siglo después de la capitulación.

El 19 de agosto llegó a Manila la misión japonesa encargada de firmar la capitulación ante MacArthur. Eran l6 hombres, encabezados por el general Torshiro Kawabe, subjefe del Estado Mayor y mano derecha del general Umezu. En Manila fueron tratados con cortesía y bien alojados, pero ellos se mantuvieron fríos, distantes y recelosos. Aceptaron las condiciones y formalidades de la capitulación; no se opusieron a que hubiera una ceremonia solemne en Tokio: colaboraron en situar las diversas guarniciones y sus efectivos, así como las bases de la flota y sus medios de combate... Pero cuando ya todo parecía resuelto, el general Kawabe rechazó violentamente los papeles y, levantándose, dijo "¡Basta!", abandonando la sala.

Los norteamericanos quedaron estupefactos. ¿Qué había ocurrido? Consultaron los documentos y advirtieron que el desplante del japonés debía ser estrictamente protocolario: al redactar el documento de capitulación, que el emperador mismo debía promulgar para evitar toda oposición, los norteamericanos lo habían iniciado: "Yo, Hirohito, emperador del Japón". El jefe de la misión japonesa todo lo podía tolerar, salvo el menoscabo de la grandeza imperial y divina de su señor. El general Richard Sutherland, jefe del Estado Mayor de MacArthur y jefe de la delegación norteamericana, trató de contemporizar y, alcanzó al jefe japonés:

-General, si sólo se trata de eso, la solución es sencilla. Escriba usted aquí el encabezamiento y no tendremos objeción alguna en aceptarlo.

Sin nuevos sobresaltos, se llegó a la firma de la rendición japonesa ante EE UU, pero aún faltaba la solemne ceremonia de la capitulación general, que MacArthur diseñaba con mimo. Más difícil de digerir que aquellos protocolos y ceremonias era para muchos japoneses el reconocimiento de su derrota. Desde el 14 al 16 de agosto hubo múltiples suicidios: restos de escuadrillas kamikazes se lanzaron en un último y desesperado gesto contra buques norteamericanos en aguas de Okinawa; otros se arrojaron con sus aviones a las aguas de la bahía de Tokio. Un grupo de oficiales heridos se autoinmoló ante el palacio imperial. El 22, 10 estudiantes recorrieron calles céntricas de Tokio cantando himnos patrióticos; centenares de personas les siguieron en su camino hacia la colina de Atago, cerca de la embajada norteamericana. Antes de que interviniera la policía, entonaron el Kimigayo, himno nacional y, una vez terminado, gritaron los tres vivas rituales al emperador e hicieron estallar las granadas que cada uno de ellos llevaba.


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Mensaje por Erich Hartmann » Dom Oct 09, 2005 1:48 am

La llegada del virrey

El 28 de agosto comenzaron a aterrizar en la gran base aérea de Atsugui, próxima a Tokio, aviones con la vanguardia de la 11a división USA aerotransportada. En tres días, 800 cuatrimotores descargaron 20.000 hombres y sus equipos, incluyendo blindados, cañones, camiones, gasolina y alimentos. La operación culminó teatralmente, como no podía ser menos, con la llegada del general MacArthur en un B-29 llamado Bataan, en recuerdo a la resistencia norteamericana en las Filipinas. El itinerario hasta Yokohama, unos 25 kilómetros, estuvo flanqueado por 30.000 soldados japoneses que recibían el paso del cortejo en posición de firmes. MacArthur comenzaba a forjarse su leyenda como auténtico virrey de Japón.

Durante sus primeras cuarenta y ocho horas en Tokio, el general se ocupó de buscar un edificio adecuado para instalarse con su estado mayor y de preparar la ceremonia oficial de la capitulación japonesa, asunto importante, pues hubieron de superarse los celos y tensiones habituales entre el Ejército y la Marina, llegándose a una solución salomónica: MacArthur presidiría la ceremonia, pero ésta tendría lugar en el acorazado Missouri y, en representción de Estados Unidos, firmaría el almirante Nimitz.

El problema de los vencidos era justo el contrario: nadie hubiera querido estar en la ceremonia de la capitulación y, mucho menos, firmarla. El general Umezu, partidario de resistir y cómplice del golpe de la noche del 14 de agosto, era quien hubiera deseado hallarse más lejos del Missouri. Pretendió hacerse el harakiri, siguiendo a su ministro y a tantos otros compañeros, pero carecía de libertad para quitarse la vida. Se lo solicitó al emperador y éste se lo prohibió, pues tenía para él una penitencia mayor: representaría a su país en la capitulación. Por eso Yoshiyiro Umezu, se hallaba en la mañana del 2 de septiembre de 1945 en el puente del Missouri, rodeado de los jefes aliados, escuchando el discurso del general MacArthur.

La delegación japonesa había sido conducida al puente del buque y situada junto a una mesa, sobre la que se hallaban las actas de la capitulación. Frente a ellos se alineaban, en cinco apretadas filas, los representantes militares de los vencedores, todos en uniforme de diario de verano, sin condecoraciones y sólo con las distinciones de su rango. Luego, en todos los montantes, torres y barandillas se encaramaban decenas de periodistas y fotógrafos y centenares de oficiales y marineros.


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Mensaje por Erich Hartmann » Dom Oct 09, 2005 6:50 pm

Un mundo mejor

Los vencidos, apesadumbrados, avergonzados y cubiertos de un sudor helado, aguardaban bajo la mirada de los vencedores. En los altavoces del buque comenzó a sonar The Star Spangled Banner, el himno nacional norteamericano y apareció el general MacArthur, acompañado por los almirantes Nimitz y Halsey, máximos responsables de la Marina en la Guerra del Pacífico.

El general se dirigió a los micrófonos y pronunció una breve alocución que concluía: "No nos hemos reunido aquí como representantes de la mayoría de los pueblos de la tierra, animados por un espíritu de desconfianza, odio o malicia. Por el contrario, todos, vencedores y vencidos, debemos esforzarnos por alcanzar aquella elevada dignidad que es imprescindible para conseguir los sagrados fines que nos esperan, comprometiéndonos todos, sin reservas, a cumplir fielmente los compromisos que vamos a asumir. Mi más fervorosa esperanza -y la esperanza de toda la humanidad-, es que de este solemne acto, sobre la sangre y matanzas del pasado, surja un mundo mejor fundado sobre la fe y la comprensión; un mundo consagrado a la dignidad del hombre y el cumplimiento de sus más profundos anhelos: la libertad, la tolerancia y la justicia''.

Los japoneses firmaron, todavía asombrados por las palabras del general. Esperaban un chaparrón de reproches, acaso de sarcasmos y "el guerrero, para sorpresa de todos, hablaba de libertad, tolerancia y justicia" (M. Leguineche, Recordad Pearl Harbor).

Asistía a los firmantes el general Sutherland Tras él, manos a la espalda y disfrutando del momento, MacArtur y, detrás, las delegaciones invitadas a la solemne firma. Las fotografías les recogen formados, de izquierda a derecha, según el orden de la firma: almirante Chester V. Nimitz, por EE LIU; general Hsu-Yung Chag, por China; almirante sir Bruce Fraser, por el Reino Unido; general Kozma Derevyanko, por la URSS; general sir Thomas Blamey, por Australia; general L. Moore Cosgrave, de Canadá; general Jacques Philippe Leclerc, por Francia; almirante Helfrich, por Holanda y vicemariscal del aire Leonard Isitt, de Nueva Zelanda.

MacArthur aun se reservaba el final de la ceremonia. Se acercó al micrófono y, con solemnidad, concluyó: "Oremos todos para que se restaure la paz en todo el mundo y para que Dios la conserve para siempre. Se levanta la sesión" (MacArthur, Memorias).

Todo había terminado en apenas veinte minutos. Los japoneses se despidieron con una inclinación de cabeza y ya se disponían a abandonar la escena, cuando MacArthur les detuvo con un ademán y se dirigió al almirante Halsey:

Por Dios, Bill! ¿Adonde han ido a parar los malditos aviones?

Un trueno lejano le dio la respuesta. Segundos después, el cielo de la bahía de Tokio se cubrió de millares de aviones procedentes de dos docenas de portaaviones y de todas las bases situadas a menos de 3.000 kilómetros. Un gesto teatral más y una demostración de poderío, como diciendo: "Han capitulado a tiempo" a los representantes japoneses que, lentamente, al ritmo de la cojera del ministro de Exteriores, se estaban retirando.

De vuelta a casa, el almirante Sadatoshi Tomioka se vistió como prescribía el ritual del seppuku y se hundió en el vientre un afilado tanto (puñal), siguiendo los cortes rituales.


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Mensaje por Erich Hartmann » Dom Oct 09, 2005 6:53 pm

Vencedores y vencidos

El jefe del Mando Supremo de las Fuerzas Aliadas del Pacífico (SCAP), MacArthur, ya era famoso por sus gestos, pero a partir de septiembre de 1945, su repercusión sería universal. Para empezar, sentó quien era el vencedor e impuso que el emperador le visitara en su Cuartel General, pero luego, le trató con delicadeza y cortesía. De mucho peor gusto fue su visita al palacio imperial, vestido con pantalones militares cortos o sus desafiantes paseos por Tokio, caballero en el corcel blanco del emperador.

Pero son sólo anécdotas. El SCAP tuvo que abordar los problemas de un país desmoralizado por la derrota: cubierto de luto por la pérdida de dos millones y medio de vidas v con el problema añadido de tener que atender a un millón de heridos, 200.000 de ellos afectados por las radiaciones atómicas: con sus ciudades arrasadas (2.100.000 viviendas calcinadas); su economía destruida (30 por 100 de su producción eléctrica; 58 por 100 de su capacidad de refinado de petróleo, 30 por 100 de su capacidad industrial civil; 80 por 100 de su marina mercante). Y con su territorio reducido a 368.480 km cuadrados -un 56 por 100 del que poseía antes de la guerra- y habitado por unos setenta y ocho millones de habitantes, muchos de ellos repatriados de anteriores posesiones, como Corea o islas de Formosa, Kuriles, Sahalín y Okinawa, lo que acentuaba la superpoblación de la metrópoli y las carencias debidas a las destrucciones.

"Japón está completamente arruinado. Dos millones de muertos, arrasado el 40 por 100 de toda la superficie urbanizada, desaparecida la población de las ciudades, destruida la industria, esterilizada la agricultura a causa de la prolongada falta de abonos y equipamientos. Un pueblo agotado que gastó sus fuerzas y su energía hasta la última gota en la guerra, convencido hasta el fin que sus jefes triunfarían y de que el viento divino soplaría como desde siempre sobre Japón. Ahora, un pueblo vaciado de toda su sustancia, material y espiritual; un pueblo hambriento, estupefacto y perdido" (Edwin Reishauer, citado por Pablo J. de Irazazábal).


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