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La "puñalada por la espalda"

Acontecimientos políticos, económicos y militares relevantes entre noviembre de 1918 y septiembre de 1939

Moderadores: José Luis, PatricioDelfosse

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La "puñalada por la espalda"

Mensaje por Blue_Max » Sab Ago 04, 2007 11:27 pm

EL 29 DE SEPTIEMBRE DE 1.918
La leyenda de “la puñalada por la espalda”


Hola a todos,

Cada vez que se inicia un debate o estudio acerca de las posibles causas que llevaron a Hitler a la Cancillería del Reich el 30 de enero de 1.933, y en particular, las razones que propiciaron un auge de los movimientos ultranacionalistas en Alemania, desde 1.919, siempre aparece, como denominador común de ciertas posturas ideológicas la denominada leyenda de la “puñalada por la espalda”. Con ella se pretende significar que fueron los políticos, los “parlamentaristas”, quienes traicionaron al ejército alemán firmando una capitulación “innecesaria” y “vergonzosa” cuando éste aún se encontraba ocupando el suelo enemigo. En definitiva, es a los políticos, y no a los militares a quienes se responsabiliza de todos los males acaecidos desde 1.919 minando con ello desde sus bases, la naturaleza de la propia República de Weimar nacida tras la PGM.

Es esta “leyenda”, algo normalmente no bien explicado, y generalmente, consecuencia de lo anterior, no bien entendido, ya que en la mayoría de las ocasiones resulta más interesante ofrecer una visión sesgada de lo que realmente ocurrió en aquéllas tempestuosas jornadas que se sucedieron desde el día 29 de septiembre de 1.918. Tratemos de ver qué sucedió realmente durante aquéllos días, y cuales fueron las circunstancias que desencadenaron, no la derrota que era algo inevitable, sino la capitulación Alemana, en las condiciones en que ésta se produjo. Y para ello, permítaseme seguir, y citar las palabras de quien, a mi modesto entender, mejor lo ha descrito. Sebastian Haffner, en su magistral obra "Die Deutsche Revolution", publicada en castellano bajo el título "La revolución alemana 1918 - 1919". (págs. 27 y siguientes)

El domingo 29 de septiembre de 1.918 es una de las fechas, no se si más importantes, pero desde luego más significativas de la historia alemana. Los hechos que tuvieron lugar ese día, al contrario de lo sucedido en otras fechas significativas como el 30 de enero de 1.933 o el 8 de mayo de 1.945 no aparecieron al día siguiente publicados en los periódicos; por el contrario, durante muchos años constituyeron un auténtico secreto de estado. Pero incluso, cuando finalmente todo lo sucedido salió a la luz, estos hechos se mantuvieron, curiosamente, bajo un contorno indefinido.

Sobre la personalidad de Ludendorff

El 29 de septiembre de 1.918 fue un 8 de mayo de 1.945 y un 30 de enero de 1.933 en un mismo día. Significó simultáneamente la capitulación y la reforma del Estado. Y ambas cosas sucedieron gracias al empeño de un solo hombre, cuyo cargo constitucional no le autorizaba en lo más mínimo a llevar a cabo acciones de tal magnitud. Este hombre era el jefe adjunto del Estado Mayor General: Erich Ludendorff.

Hemos de comenzar diciendo que el poder de Ludendorff fue casi ilimitado durante los dos últimos años de la guerra, y tal poder nunca se mostró tan deslumbrante como ese día en que hizo entrega del poder y destruyó su instrumento de gobierno. Puede llegar a decirse sin rubor alguno que ese día, Ludendorff ejerció un poder que ningún otro alemán antes de Hitler poseyó jamás, ni siquiera Bismarck. Incluso, su jefe nominal, el Mariscal de Campo von Hindenburg, no fue otra cosa que su obediente instrumento. El káiser, jefe supremo de ejército conforme prescribía la Constitución, se había acostumbrado a ejecutar como una orden todos los deseos del Alto Mando, tanto en el ámbito político como en el militar. Era Ludendorff quien decidía cuándo y cómo entraban y salían tanto el Canciller como los ministros. De este modo, cuando Ludendorff decidió, de un día para otro, convertir la Alemania de Bismarck en una democracia parlamentaria, no había quien le contradijera u ofreciese resistencia.

Es curioso y a la par sorprendente que este hombre, que no era más que un general como otros, y sólo ostentaba el cargo de segundo de “a bordo” dentro del Alto Estado Mayor del Ejército, sin cargo político ni mandato alguno pudiera llegar a acumular un poder dictatorial como el que ejerció durante ese período. Incluso hoy día los historiadores no han llegado a encontrar una respuesta clara a este interrogante. Al mismo tiempo, el propio carácter y personalidad del sujeto mantiene una aureola enigmática; y cuanto más se profundiza en su estudio, más enigmático se nos revela.

Si bien Ludendorff no era ningún héroe popular, como Hindenburg, las masas tampoco significaban nada para él, quien cedió la popularidad y esplendor a su superior. La vanidad no era uno de sus atributos. Podría llegarse a afirmar que no le daba ninguna importancia a la fachada (los atributos ) del poder, sino el poder en sí; pero si observamos con detenimiento, incluso el poder en sí también le resultaba indiferente. Y es que ningún dictador “de facto” a lo largo de la Historia ha entregado voluntaria y conscientemente su poder, organizando el traspaso reglamentario a sus opositores sin previa autorización, tal y como lo hizo Ludendorff. Sólo Lucio Cornelio Sila protagonizó un espectáculo parecido, pero ni si quiera el ilustre romano, muestra un desprecio al poder en sí como lo hace el general alemán.

Las reflexiones anteriores no nos deben llevar a engaño, pues lo que hizo no fue gratuitamente ni sin oscuras intenciones, sino que baste para entenderlo “prima facie” que todo ello sucedió en el momento en que la derrota del ejército alemán era un hecho inevitable. Ahora bien, si comparamos el comportamiento de Ludendorff en el momento de la derrota con el de Hitler, nos podemos sino admitir que aquél no codiciaba el poder. Era desinteresado de un modo curiosamente severo, casi malvado.

Haffner lo describe, no como un embaucador ni un líder de masas. Carecía de encanto y poder diabólico alguno; no era capaz ni de fascinar, ni de convencer o hipnotizar. Era rudo en el trato, seco, poco amable, reservado, y sus amistades eran escasas. Pero en su terreno, en el campo militar, era sin duda un gran entendido, aunque dudosamente fuera el dotado estratega que más adelante quisieron hacer de él sus seguidores. Más que un moderno Napoleón, era un buen organizador y administrador, un técnico de la guerra, con una enorme sangre fría y hombre de firmes resoluciones; escrupuloso e infatigable en su trabajo de un modo despiadado. En definitiva era “un general eficiente”, pero no era el único por lo que cuando nos preguntamos qué circunstancias llevaron a este hombre a ejercer el poder que nadie le otorgó de semejante modo sólo podemos concluir diciendo que fue su riguroso, casi inhumano, desinterés, que le capacitaba para ser enteramente voluntad, enteramente instrumento, enteramente encarnación.

Y es que Ludendorff encarnaba como ningún otro, la nueva burguesía dominante en Alemania, que durante la guerra había ido arrinconando cada vez más a la vieja aristocracia. Encarnaba sus ideas pangermánicas, sus furibundas ansias de victoria, su obsesión, con la que se jugó el todo por el todo y se hizo con el poder. Como era desinteresado, se encontraba libre de cualquier consideración personal, en realidad de cualquier consideración, ya que era demasiado realista, realista de un modo inquietante, inhumano. Esta era la razón por la que en cualquier momento y bajo cualquier circunstancia era capaz de jugarse el todo por el todo y hacer de la audacia una rutina. Y precisamente eso fue lo que la nueva clase dominante de Alemania percibió con gran perspicacia, por eso él fue su hombre.

El se había comprometido a ganar la guerra para Alemania, y a ganarla totalmente. Todas sus decisiones tenían algo de inaudito: la guerra submarina sin restricciones, el apoyo a la revolución bolchevique, las despiadadas condiciones de paz impuestas en Brest-Litowsk, el gran avance hacia el Este en verano de 1.918, en el instante en que buscaba la batalla decisiva en el Oeste. Era su estilo, y el estilo de esa nueva clase dominante, la alta burguesía alemana, convirtiéndose por tanto en espejo de ésta. Con Ludendorff apareció por vez primera un nuevo rasgo del carácter alemán, una tendencia a la exageración fría y obsesiva y el desafío del destino, un “todo o nada” que se convirtió en el leitmotiv de una clase y que desde entonces no ha vuelto a desaparecer de la historia alemana.

Por todo ello, no podemos sino decir que su solitaria decisión del día 29 de septiembre de 1.918 llevaba su sello personal. A menudo se ha dicho que ese día (o más exactamente, el viernes 27 de septiembre) Ludendorff simplemente “perdió los nervios”. Es cierto que el general no quiso reconocer la derrota sino hasta el último instante; derrota previsible desde hacía varios meses. Aún, en julio de 1.918, cuando le preguntaron por el recién nombrado secretario de Estado de Exteriores, von Hintze, aseguró que esperaba la victoria militar final con la inminente ofensiva en Reims, tratando de acallar su propia conciencia y su mejor concepción de los hechos. Incluso, en el consejo de ministros celebrado el día 14 de agosto, tras el fracaso de la ofensiva y las primeras graves derrotas alemanas, consideró poder hacer frente a la capacidad combativa del enemigo con una resistencia a ultranza, mostrándose partidario de alcanzar una mejor posición militar emprendiendo iniciativas de paz.

Pero el 29 de septiembre, lo que se exigía era una petición de armisticio en veinticuatro horas, argumentando tal decisión en que no sería capaz de evitar un desastre militar en el frente Occidental; desastre que no tardaría en producirse en más de esas veinticuatro horas. Esto levanto, naturalmente, las sospechas de que el general había perdido los nervios, sobre todo cuando en los días y semanas posteriores se comprobó que tal catástrofe militar no se producía, y a duras penas los ejércitos alemanes resistían aún en el campo de batalla que había sido su “hogar” durante los últimos cuatro años. De todas formas, y frente a las acusaciones que se hicieron en este sentido, lo cierto es que durante el histórico fin de semana del 28 al 29 de septiembre de 1.918 se mostraba llamativamente frío, arrogante e insolente; no como un hombre que hubiera perdido los nervios, sino más bien como alguien que los ha recuperado y sigue un plan perfectamente trazado. Son muchas las pruebas que llevan a concluir que esta impresión no es falsa.

Ludendorff no fue nunca un hombre prudente, que buscase la seguridad dejando varias puertas abiertas en distintas direcciones. Su formación como oficial de Estado Mayor y su propio temperamento le habían hecho desarrollar un estilo de pensar y actuar que sólo conocía posiciones enérgicas, es decir, extremas. Ludendorff se había acostumbrado a simular planes alternativos como se hace habitualmente en un estado mayor, para luego decidirse por uno de ellos y ejecutarlo con la máxima energía, lo llevaba hasta sus últimas consecuencias. Si el plan fracasaba, entonces ponía en marcha otras alternativas y tomaba nuevas decisiones radicales. Lo que verdaderamente atormentaba a Ludendorff en el verano de 1.918, llevándolo en algún momento al borde de un colapso nervioso, como muchos presenciaron, considero que debió ser el hecho de verse obligado a “chapucear” sin seguir una línea concreta, un plan preconcebido, e incapaz de aceptar la posibilidad de una derrota, persiguiendo obstinadamente una victoria que no veía segura. Pero de pronto, el día 27 de septiembre, rota la línea Hindenburg, no quedaba otra salida, y sus sólidos, pero no extraordinarios, conocimientos militares le permitieron ver la posibilidad de una inminente catástrofe militar. Se vio obligado a imaginarse la posibilidad de la derrota, provocándole tal apreciación un impacto psicológico tal que supongo debió tan terrible como aliviador, dado que ahora, al fin, podía elaborar un plan. Al menos estaba clara cual era la línea que debía seguirse y cuál era el objetivo concreto del plan a diseñar: ahora podía y debía planear la derrota. Y la planeó del mismo modo que había planeado la victoria total, como un militar y no como un político. De modo que a la vista de la derrota, concentró sus fuerzas en un solo objetivo, SALVAR LA EXISTENCIA Y EL HONOR DEL EJERCITO.

(...continuará...) :arrow:

_________________________________-
Fuente.- Haffner, Sebastian; "La revolución alemana 1918 - 1919" (ISBN 84-96364-17-8, Ed. Inédita, Barcelona 2.005
Última edición por Blue_Max el Sab Ago 04, 2007 11:40 pm, editado 1 vez en total.
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Mensaje por Blue_Max » Sab Ago 04, 2007 11:29 pm

El "manejo de la derrota"

Siempre, en todas las guerras se produce un sutil conflicto entre el poder político y el militar, es inevitable. Cuando lo que se consigue es la victoria, este conflicto suele quedar velado por los laureles; pero la derrota, por el contrario, lo que hace es sacarlo a la luz despiadadamente. Así, quienes tienen encomendada la dirección de un ejército ya abatido y derrotado, olvidan frecuentemente los intereses del país al que sirven, incapaces para defenderlos ya, y sólo piensan en sí mismos y en cómo mantener intacto su honor militar. Al igual que sucedió en Francia en 1.940, sucedió en Alemania en 1.918.

Ludendorff tenía que salvar, al menos la existencia y el honor el ejército alemán. Para salvar la existencia del Ejército era necesario acordar el armisticio lo antes posible, pues cada día que transcurría hacía mas posible el total colapso del mismo. Sin embargo, la salvaguarda del honor del Ejército debía pasar inexorablemente por el cumplimiento de una premisa principal: la petición de armisticio debía salir del gobierno, no podía parecer que saliera del Alto Mando el Ejército. En definitiva, debía tener una motivación política, no militar.

Con este objetivo a cumplir, se planteaban tres cuestiones:

1. ¿Cómo se motivaba políticamente una petición de armisticio?.
2. ¿Qué gobierno estaría dispuesto a prestarse a ello?
3. ¿Cómo asegurarse de que el enemigo victorioso concediera realmente el armisticio solicitado?


La respuesta a cada una de las tres cuestiones convergía en un punto común. Para que pareciera existir una motivación política, la petición de armisticio debía aparecer junto a una oferta de paz y debía proceder de aquéllos que siempre habían abogado por una paz acordada. Es decir, de los partidos de la mayoría parlamentaria; de modo que, estos partidos tenían que entrar en el gobierno o formar ellos mismos el nuevo gobierno.

Para que la mayoría parlamentaria estuviera dispuesta a asumir la responsabilidad del gobierno, era necesario que recibiese algo a cambio. El precio de ello no era otra cosa que la reforma constitucional, la transición hacia una democracia parlamentaria. Esta reforma mejoraría a su vez las posibilidades de aceptación de la petición de armisticio. Y es que la Entente entendía que estaba llevando a cabo una guerra por la democracia. En particular, el presidente norteamericano W. Wilson se había comprometido públicamente a marcar como objetivo principal de la guerra la democratización de Alemania. Así las cosas, si ahora se presentaba ante él un nuevo gobierno democrático, resultaría casi imposible que rechazara su petición de armisticio. Los 14 puntos del presidente norteamericano se adoptarían como base para las negociaciones de paz, y de este modo se evitaría la negativa.

Pero si a pesar de todo, las potencias vencedoras se negaban e imponían nuevas condiciones, imprevisibles y deshonrosas, como realmente sucedió, entonces el nuevo gobierno popular tendría una doble alternativa: bien desencadenar una guerra popular, o por el contrario someterse a las exigencias de los vencedores. En cualquier caso, y era lo más importante, el Ejército habría quedado intacto, bien en lo concerniente a su existencia, bien en lo concerniente a su honor. Incluso se le podría, tal vez, permitir elevar una protesta, tan inútil como inofensiva, contra la vergonzosa sumisión que hubiera adoptado el gobierno democrático. Con ello quizá, una vez finalizada la guerra, y con sus fuerzas y honor intactos, podría deshacer el camino derrocando al gobierno parlamentario que había permitido la humillación de la patria por la deshonrosa capitulación.

Este era el plan de Ludendorff para manejar la derrota. Y así lo planeó el 27 de septiembre. Al día siguiente puso al corriente a Hindenburg, quien lo aprobó. El 29 de septiembre consiguió, una tras otra, la aprobación del Ministro de Asuntos Exteriores, del Canciller y del Káiser.

Al contrario que con su gran ofensiva militar del verano de 1.918, ahora Ludendorff había conseguido al primer intento un éxito rotundo en su última gran operación. Operación que se había llevado a cabo con una precisión propia de Estado Mayor, jugando un papel decisivo el factor sorpresa.

El 28 de septiembre el general hizo que el Canciller Imperial, conde Hertling, fuese informado por su oficial de enlace en Berlín, el coronel von Winterfeldt, de que el Alto Mando del Ejército había llegado a la conclusión de que “ se había hecho necesaria una reestructuración del gobierno a nivel general o un desmantelamiento del mismo”. Al mismo tiempo le recomendó al canciller imperial que se acercara de inmediato al Gran Cuartel General. El hijo y ayudante militar del conde Hertling lo narra del siguiente modo:

“Mi padre entró inmediatamente después de que el coronel von Winterfeldt hubiese abandonado su cámara y me contó el repentino cambio de rumbo político del jefe del Alto Mando del Ejército. Naturalmente, me sorprendió mucho escuchar de él que de un día para otro el jefe del Alto Mando del Ejército se había rendido a los pies del parlamentarismo, del que nunca antes había sido partidario”

El Canciller decidió partir por la noche. Antes que él, ya había partido el secretario de Estado de Exteriores, Paul von Hintze. Todo ello sucedió la mañana del sábado 28 de septiembre. Bien entrada la tarde, después de haber dado ya este paso, Ludendorff consideró necesario comunicarle sus intenciones a su jefe nominal, Hindenburg. En sus memorias, él mismo nos cuenta:

“El 28 de septiembre a las seis de la tarde me dirigí a ver al mariscal de campo, cuyos aposentos se hallaban en el piso inferior. Le presenté mis ideas sobre una propuesta de paz y de armisticio (…) En estos momentos se trataría de llevar a cabo, sin demora, con decisión y claridad, esta única misión. El mariscal me escuchaba conmovido. Me respondió que él había querido decirme lo mismo esa noche, él también había estado dándole vueltas a la situación y consideraba necesario dar ese paso (…) El mariscal y yo nos separamos tras un fuerte apretón de manos, como si de hombres que se habían jurado amor eterno se tratase, como hombres que pretendían permanecer unidos en lo bueno y en lo malo ante lo que se avecinaba”

Con este pasaje, lo cierto es que no queda muy claro si Ludendorff informó íntegramente de su plan a Hindenburg o si le reveló sólo una parte del mismo, es decir, el aspecto militar del plan, del mismo modo que se lo había revelado anteriormente al Canciller Imperial. Resulta más creíble pensar que lo verdaderamente sucedido fuera esto último.

Pero, de lo que no cabe la menor duda es que el plan general fue discutido por Ludendorff, hasta el más mínimo detalle, con el secretario de Estado de Exteriores, von Hintze. Es más, es posible, según las afirmaciones de Hintze, que el plan de Ludendorff fuera modificado durante esa conversación, y que el Secretario de Estado fuera quien diera los últimos retoques al mismo. Hintze era un hombre muy parecido a Ludendorff, de modo que la idea de este último relativa a la necesaria petición de armisticio por parte de la mayoría parlamentaria le resultó correcta y aceptable, si bien, decidió dar un paso más. Al parecer, en un principio, Ludendorff sólo había pensado en una incorporación de los representantes socialdemócratas, del Partido Progresista y del Zentrum en el gobierno actual para motivar la propuesta de paz y petición de armisticio. Pero para Hintze esto no era suficiente. A la vista de las catastróficas consecuencias para el Ejército, el pueblo, el Imperio y la monarquía, que eran de temer, debía efectuarse un cambio completo del sistema, visible y dramático, una modificación de la Constitución, una revolución desde arriba.

Si bien, Ludendorff se sintió temeroso por el retraso que ello podría implicar, en cuanto a la petición de paz, rápidamente comprendió el significado real de las palabras de Hintze y la posibilidad de llevarlo a la práctica. Una “revolución desde arriba” era algo que le convencía plenamente, pues se correspondía con sus preferencias de “ir a por todas”. Era el corolario perfecto para su plan. De modo que cuanto más radical fuese la escisión con el gobierno anterior, con el sistema precedente y la Constitución, más creíble resultaría que la demanda de armisticio surgiera de la iniciativa política de los nuevos dirigentes, que el Ejército nada tenía que ver en todo ello.


(...continuará...) :arrow:
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Mensaje por David L » Dom Ago 05, 2007 1:43 am

Ahora bien, si comparamos el comportamiento de Ludendorff en el momento de la derrota con el de Hitler, nos podemos sino admitir que aquél no codiciaba el poder. Era desinteresado de un modo curiosamente severo, casi malvado
Al final uno huyó y el otro permaneció hasta su propio suicidio en la capital alemana.

Con Ludendorff apareció por vez primera un nuevo rasgo del carácter alemán, una tendencia a la exageración fría y obsesiva y el desafío del destino, un “todo o nada” que se convirtió en el leitmotiv de una clase y que desde entonces no ha vuelto a desaparecer de la historia alemana.
Espero que ese pensamiento haya desaparecido en los actuales dirigentes alemanes.
Para que la mayoría parlamentaria estuviera dispuesta a asumir la responsabilidad del gobierno, era necesario que recibiese algo a cambio. El precio de ello no era otra cosa que la reforma constitucional, la transición hacia una democracia parlamentaria. Esta reforma mejoraría a su vez las posibilidades de aceptación de la petición de armisticio. Y es que la Entente entendía que estaba llevando a cabo una guerra por la democracia
¿quién iba a asumir un papel tan ingrato? no olvidemos que hablar de democracia( tal y como se desarrollaba ésta en Francia o GB) era algo revolucionario para una mentalidad como la germana, nacida y desarrollada al amparo de una Monarquía omnipresente.

Bueno Blue, seguiremos atentos a tu excelente exposición.

Un saludo.
Os dieron a elegir entre el deshonor y la guerra... elegisteis el deshonor y tendréis la guerra.

Winston Churchill a Chamberlain.

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Mensaje por Blue_Max » Dom Ago 05, 2007 8:15 pm

(...)

Por supuesto que Hindenburg fue consultado y, se adhirió al plan, tras concertar una entrevista aquélla misma tarde con el Káiser. Entretanto, el canciller imperial, conde Hertling, se encontraba ajeno a los acontecimientos y camino de la ciudad balneario de SPA (Bélgica), donde se encontraba en Gran Cuartel General. En el camino a la ciudad había previsto presentar su dimisión; él un monárquico convencido, no tenía la más mínima intención de participar en la parlamentarización del régimen. Pese a ser el Canciller no ofreció la más mínima resistencia; más que resistencia, podía haberse negado pues su autoridad nominal estaba por encima de la de Ludendorff. Sin embargo nada hizo al respecto.

De modo que, el canciller imperial no participó apenas en la reunión mantenida entre Hindenburg y el Káiser. Hintze, de acuerdo con Hindenburg y Ludendorff se había convertido de hecho en el único representante del poder civil, del gobierno, mientras el káiser aceptó cuanto se puso sobre la mesa de reuniones, excepto aceptar la dimisión de Hintze, presentada nada mas llegar.

Este es el modo en que Haffner relata cuanto aconteció. Sorprende que la demolición del edificio de Bismarck tuviera lugar de un modo tan natural, exento de dramatismo, pero no de resignación. Por otra parte, según el cronista de Guillermo II, Niemann, “la tarde del 29 de septiembre reinaba en el entorno del káiser una resignación queda, pero acompañada de una irritación manifiesta hacia el general Ludendorff”.

Ahora bien, si el 29 de septiembre de 1.918, los poderes constitucionales del Imperio capitularon sin resistencia alguna, no tan fácil resultó, en los días siguientes, la constitución del gobierno parlamentario de Berlín, que junto al poder gubernamental tenía que cargar con la responsabilidad de la derrota; de modo que intentemos ver a continuación si es de interés para el foro, cómo sucedió tal traspaso de poder pues acertada y en poco descabellada es la reflexión que haces David L al decir: “¿quién iba a asumir un papel tan ingrato? no olvidemos que hablar de democracia( tal y como se desarrollaba ésta en Francia o GB) era algo revolucionario para una mentalidad como la germana, nacida y desarrollada al amparo de una Monarquía omnipresente.”

Por otra parte, en efecto, Hitler permaneció en la capital alemana, por una u otra de las razones que a lo largo de estas décadas hayan podido aducirse al respecto. Todo estaba perdido y, de acuerdo con su modo de ver las cosas, nada merecía la pena salvar. (es interesante la reflexión, que en algún sitio he leído... "nada merecía la pena salvar".... Denota, a mi modo de ver una cierta indiferencia hacia todo lo demás que no fuese él mismo). Por el contrario, Ludendorff, en un gesto de, no heroísmo, sino "egoísmo" trata de salvar lo que le interesa. El honor y la existencia del Ejército alemán; cierto que a su manera, y con las consecuencias que después conlleva. Cuando digo "desinteresado", hago referencia en lo que al poder se refiere; pero son muchas las caras del poder, y cierto que las más poderosas (permítaseme la redundancia) suelen ser las que no se ven, precisamente el tipo de poder que ejercía el general.

Saludos.
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Mensaje por José Luis » Lun Ago 06, 2007 1:09 pm

¡Hola a todos!

Es un buen tema, estimado Max_Blue, caro a David L, a quien gusta esta etapa de la Historia. Y Haffner es la pluma acerada y mordaz apropiada para introducirlo.

Simbolizar en una persona la "conciencia de una nación" siempre me ha parecido un desatino, pero de hacerlo para Alemania, Haffner y no Günther Grass, es la verdadera "conciencia de Alemania", porque surte el efecto del "gusano que horada la conciencia".

Y de Haffner, Los Siete Pecados Capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial (Barcelona: Ediciones Destino, 2006), me permito extraer algunos pasajes esclarecedores (y amargos) pertenecientes al capítulo 7 (La Verdadera Puñalada):

[La derrota alemana de 1918 se produjo en tres fases claramente diferenciadas. La primera transcurrió desde finales de abril hasta mediados de junio. En este periodo ni el enemigo ni la gran masa del pueblo alemán sabían que había llegado el final y los dirigentes alemanes que podían y debían haberlo sabido, prefirieron engañarse a sí mismos. Ésta fue la fase de las omisiones imperdonables.

La segunda fase, desde mediados de julio hasta finales de septiembre, fue la época de las derrotas militares alemanas y de las retiradas forzosas del frente occidental y, al mismo tiempo, el periodo en el que las alianzas alemanas comenzaron a derrumbarse. Fue entonces cuando tanto los aliados como el pueblo alemán empezaron a intuir la situación, y tanto el mando del Ejército como el del Imperio tuvieron que reconocer que la guerra estaba perdida y debía terminar; solo que no sacaron conclusiones prácticas de semejante descubrimiento; más bien al contrario, siguieron empeñados en mantener Bélgica y un pedazo del norte de Francia como “prenda”.

La última fase comenzó el 29 de septiembre cuando, de repente, el mando del Ejército obligó al Gobierno imperial vía ultimátum a pedir al presidente norteamericano públicamente y sin preparación previa que mediase para firmar un alto el fuego. Fue entonces cuando todos lo supieron todo, tanto las potencias de la Entente como el pueblo alemán. Así, ya no hubo ninguna base para la disposición negociadora de las urnas ni para la disposición combativa del otro. Desde ese mismo instante la derrota se convirtió en algo incontrolable, inabarcable.

En este triste proceso se cometieron dos pecados capitales: el primero residió en el abominable desaprovechamiento de los 75 días que transcurrieron entre principios de mayo y mediados de julio, periodo en el que Alemania aún habría dispuesto de un margen de actuación; el segundo, la decisión tomada el 29 de septiembre de pedir públicamente un alto el fuego sin ningún tipo de preparación política, militar ni psicológica, una decisión que abrió todas las compuertas de golpe y dejó paso a la riada. En ambas ocasiones el culpable activo fue el general Ludendorff, que por entonces dirigía Alemania desde su gran cuartel general como si fuese un dictador. Pero también fueron culpables por asentimiento y omisión la dirección política del Imperio, así como toda la Alemania oficial.

Ludendorff era omnipotente en el ámbito militar desde agosto de 1916; tras la caída del canciller Bethmann Hollweg en julio de 1917 también lo fue en la esfera política. Los dos sucesores de Bethmann, Michaelis y el conde Hertling, no quisieron considerarse más que meros auxiliares políticos de Ludendorff en el frente interno. En contra de su deber constitucional, ambos traspasaron a Ludendorff todo el poder de decisión sobre la política bélica y la estrategia militar a partes iguales.

(…) El comportamiento de Ludendorff en este periodo fue contradictorio. Tras decidir el 8 de agosto “poner fin a la guerra”, en el consejo de ministros presidido por el emperador el 14 de agosto Ludendorff abogó por esperar una situación más favorable. El 29 de septiembre exigió de repente una solicitud de alto el fuego en un plazo de 48 horas, pero es que el 26 de octubre, en circunstancias ya realmente desesperadas, se empeñó de pronto en seguir luchando, y cuando le dieron a entender que eso ya era imposible presentó su dimisión. Después huyó a Suecia, desde donde regresó más adelante, cuando ya no hubo moros en la costa, para culpar de la derrota alemana a una conjura mundial judeo-masónica y participar en distintos golpes de Estado contra la Constitución y el gobierno.

Es inevitable mencionar unos datos personales tan vergonzosos porque en el verano de 1918 Ludendorff resultó ser el hombre en cuyas manos se había depositado el destino de Alemania y cuya voluntad fue ley suprema hasta su huida….

Claro que eso no es disculpa para aquellos cuya obligación habría sido gobernar y que, en lugar de hacerlo, dejaron el gobierno en manos de Ludendorff, es más, casi le obligaron a asumirlo; y tampoco sirve de excusa para aquellos –un gran sector del pueblo, la mayor parte de la burguesía y casi la totalidad de la opinión pública- a los que les pareció bien. También éstos son responsables de que en el verano de 1918 el cambio no se produjese a tiempo, de que el ejército alemán se desangrase sin un objetivo estratégico y de que luego, de repente –tal vez incluso demasiado pronto- la inepcia bélica alemana se pregonara portado el mundo.

(…) Más adelante se culparía de la derrota y de la capitulación a la “revolución de noviembre” (cabe dudar de si mereció esta denominación) y el entonces cabo Hitler, quien creyó realmente en esta relación de causalidad, orientó su posterior política de invierno y primavera de 1945 hacia el objetivo de que aquel noviembre de 1918 no se repitiese jamás, con las consecuencias que hoy todos conocemos. Lo cierto es que los disturbios de noviembre fueron totalmente irrelevantes para la derrota alemana en la Primera Guerra Mundial. Dichos disturbios fueron su consecuencia, no el motivo, y tampoco contribuyeron lo más mínimo a empeorar las demás consecuencias de la derrota. Más bien al contrario, se podría especular sobre si el éxito en Alemania de una revolución bolchevique según el modelo ruso habría impedido tales consecuencias o si tal vez las habría transformado; pero al menos sí que habría introducido un elemento radicalmente novedoso y habría dado a los acontecimientos un giro nuevo e imprevisible. Lo que ocurre es que en Alemania no se dieron las condiciones para eso.

(…) Cinco semanas más tarde (de aquel 29 de septiembre), en el último momento antes de la dura colisión contra el asfalto, también desaparecieron en silencio y sin dejar rastro el emperador, los príncipes regionales, el nuevo canciller y los ministros burgueses. Sólo quedaron los socialdemócratas, “enemigos del Reich” antes de 1914 y “aguafiestas” después; entonces se les dejó solos con la derrota en la mano, ya vería ellos cómo arreglárselas.

Sin embargo, aquél no fue aún el punto culminante. Tan sólo un año más tarde volvieron a presentarse los que en octubre y noviembre de 1914 (1918) habían huido tan miserablemente de su responsabilidad, y lo hicieron en calidad de acusadores. Los socialdemócratas a quienes ellos habían cargado con la responsabilidad de la derrota se convirtieron entonces en los “criminales de noviembre” que habían “apuñalado por la espalda al frente victorioso” y provocado la derrota, es más, la habían deseado. Una gran parte del pueblo, despojado a la fuerza de los sueños de hegemonía mundial y de las ilusiones de victoria alimentadas durante años, confuso y perturbado ante tan súbita caída, sin ser consciente de lo que le estaba ocurriendo absorbió aquel veneno con avidez.

Es un veneno que perdura hasta hoy y sigue haciendo efecto. Una derrota militar se puede resistir e incluso superar; con frecuencia, mediante la reflexión y el entendimiento, hasta se convierte en una fuente de energía; pero lo que no se puede superar es el autoenvenenamiento de un pueblo a través de un autoengaño político de por vida. Esto es lo que les ocurrió a los alemanes después de 1918 y lo que marcó el devenir de su historia. El hecho de que entonces se les ocultara una verdad reparadora; que jamás aprendiesen a enfrentarse directamente a los hechos de la Primera Guerra Mundial; que los culpables de la guerra y de la derrota, tras rehuir su propia responsabilidad, dividieran además al pueblo alemán y lo volvieran contra sí mismo, todo eso fue una infamia de la que sólo podía surgir una tremenda desgracia, tal y como ocurrió. En eso consistió la verdadera puñalada] (pp. 117-134)

Saludos cordiales
José Luis
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sino como un hombre
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Mensaje por David L » Mié Ago 08, 2007 12:53 am

Buenísimo el libro de Haffner; uno de los más lúcidos e instructivos sobre la trayectoria alemana desde su creación como Imperio Alemán hasta el final de la IGM.

En el foro de HISLIBRIS realizamos unos cuantos foristas una lectura simultánea sobre el mencionado libro de Haffner:

LOS SIETE PECADOS CAPITALES DEL IMPERIO ALEMAN EN LA PRIMERA GUER RA MUNDIAL
de HAFFNER, SEBASTIAN

EDICIONES DESTINO, S.A.Imagen
Shot at 2007-08-07
Lengua: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa dura
ISBN: 9788423338283
Colección: IMAGO MUNDI
Nº Edición:1ª
Año de edición:2006
Plaza edición: BARCELONA

En este enlace podéis seguir las discusiones sobre el libro:
http://www.hislibris.com/foro-new/viewt ... dadbf6347d
Os dieron a elegir entre el deshonor y la guerra... elegisteis el deshonor y tendréis la guerra.

Winston Churchill a Chamberlain.

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Mensaje por Blue_Max » Mié Ago 08, 2007 10:33 am

Hola a todos!

Estimado David L, tanto navegar tanto navegar y no reconocerte en Hislibris :oops:; ruego me disculpes y me permitas aprovechar la ocasión para recomendárselo a cuantos disfruten con un buen libro. Quisiera también citar un enlace relativo a esta magistral obra de Haffner que seguro conocerás, y con ello, ponerlo igualmente a disposición del resto de los foristas:

http://redlitos.wordpress.com/2007/01/2 ... mundial-6/

Saludos.
"Si vas a Esparta caminante, diles que cumpliendo la Ley, hemos caído"

"Austria es sin duda el pueblo más inteligente de toda Europa; nos hizo creer que Mozart era austríaco y Hitler alemán "(En algún sitio escuché esto)

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La "puñalada por la espalda"

Mensaje por Kurt_Steiner » Dom Mar 15, 2009 12:59 pm

Sobre la "Dolchstoss", se dice que fue acuñada por Luddendorff durante la comisión parlamentaria sobre la derrota, celebrada el 28 de noviembre de 1919, en la que dijo que el ejército había sido apuñalado por la espalda ("von hinten erdolcht worden").

Se dice que se había encontrado con un general inglés en Suecia, Sir Neill Malcolm, que fue el que le comentó que habían sido traicionados. De ahí que dijera, en tales circunstancia ya referidas:

"In dieser Zeit setzte die heimliche planmäßige Zersetzung von Heer und Flotte als Fortsetzung ähnlicher Erscheinungen im Frieden ein [...]. So mussten unsere Operationen misslingen, es musste der Zusammenbruch kommen, die Revolution bildete nur den Schlussstein. Ein englischer General sagte mit Recht: Die deutsche Armee ist von hinten erdolcht worden. "

En estos momentos, la deliberada y secreta conspiración para desmoralizar al ejército y la marina, como continuación de un proceso similar en tiempos de paz. [...] Por esto debían fracasar nuestras operaciones y provocar nuestra caída, de la que la revolución fue tan sólo su punto culminante. Un general inglés me dijo, muy acertadamente: el ejército alemán ha sido apuñalado por la espalda.

Sin embargo, también se dice que el general Sir Frederick Maurice usó esa misma expresión en una entervista en el "Daily News" (desconozco la fecha).

Luego Hindenburg repitió lo mismo en sus memorias, Aus Meinem Leben, y el mito se convirtió en credo de fé.

Pero esto no sólo era repetido por militares. El mismo Gustav Stresseman dijo que la vergüenza no fue el 2 de octubre, sino el 9 de noviembre, o el mismo Ebert recibiendo a las tropas en Berlín y afirmando "que no habían sido vencidas en el campo de batalla".

TONY22
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Re: La "puñalada por la espalda"

Mensaje por TONY22 » Mié Jul 23, 2014 11:22 pm

Saludos.

Todos los principales paises contendientes en la Gran Guerra tenían en su seno movimientos revolucionarios vestidos de diferentes formas. La internacional socialista y el movimiento revolucionario obrero se había asentado en toda Europa. En Rusia, LA REVOLUCIÓN acabó con su participación en la guerra. En Gran Bretaña, Francia, Italia, el movimiento revolucionario fue aplacado o apoyó a su nación en plena guerra en un ejercicio de patriotismo digno de destacar. En el Reich Alemán LA REVOLUCIÓN socavó el esfuerzo de la nación dando al traste con una posible victoria y , lo que es peor, cuando esta victoria no fue posible, se socavó una salida digna del pueblo alemán al conflicto bélico. Esta fue una dramática diferencia entre el Reich y la Entente.
En el ejército del Reich, sobre todo en la marina, tuvieron lugar diversos motines desde 1917 hasta el final de la guerra. Parte de estos motines fueron sofocados por el propio ejército. Pero en otros casos fueron agitados y alimentados por los diferentes partidos y organizaciones revolucionarias. El 9 de abril de 1917, el SPD se dividió respecto a su posición frente a la guerra en los socialdemócratas de la mayoría (MSPD), con Friedrich Ebert a la cabeza, y los socialdemócratas independientes (USPD) encabezados por Hugo Haase. Estos últimos demandaban el inmediato fin de la guerra y mayor democratización en Alemania, pero no tenían un programa social-político unido. La Liga Espartaquista, que había rechazado hasta entonces la separación del partido, formó entonces un ala izquierdista del USPD.
Los primeros altercados revolucionarios habían tenido lugar en el verano de 1917 mirándose en el espejo de la revolución que estaba teniendo lugar en Rusia.
Cabe destacar la acción revolucionaria de Karl Artelt. Este marinero se erigió en líder de la revolución desde dentro y fue el primero que, bandera roja en mano, planteó las primeras reivindicaciones políticas en Noviembre de 1918.

El 2 de Noviembre de 1918, se reunieron en la capital del Reich los jefes de partidos revolucionarios y semirrevolucionarios para tomar una decisión. Carlos Liebknecth, por los espartaquistas, Barth, Ricardo Müller y Daüming, con la izquierda de los sindicatos obreros;Hasse, Dittman, y Lebeour por los independientes.
Barth presidió la reunión.En los meses anteriores había ido tejiendo hilo a hilo la estrategia. Había ocultado armas, municiones, pistolas y granadas de mano. Al fin, se acerca el día en que, como un moderno mariscal dirija la batalla desde su cuartel revolucionario. Para él se acercaba el día en que difundiría sus energías revolucionarias entre las masas.
El futuro jefe de estado mayor sería el teniente Waiz. De todas formas, Barth no tenía plena confianza en sus compañeros de revolución pero sí confiaba en forzar su voluntad si conseguía atraerse a los jefes revolucionarios de los Sindicatos obreros.
La propuesta presentada por Barth para hacer saltar la revolución alemana el 4 de Noviembre es rechazada por dos votos de mayoría. Se acuerda aplazarla por ocho días.
A partir de aquí los hechos se suceden de la siguiente manera:
1918, noviembre. El 4 se produce en Kiel un motín de la marinería. El 6, Lubeck, Bremen, Hannover, Colonia, y Brunswick recae el poder en manos de los consejos de los obreros y soldados. El 7, se forman en Munich bajo la dirección del publicista judío Kurt Eisner, los consejos de obreros y soldados. Leipzig cae el 8 bajo estas organizaciones. Baviera se proclama república y Kurt Eisner su presidente El 9 el príncipe Max de Baden, Canciller del Imperio, hace pública la dimisión del Kaiser. El partido socialista declara la huelga general. Scheidemann, secretario de Estado desde el 4 de octubre, proclama la república alemana desde la escalinata del Reichstag. El día 10 sale el Kaiser hacia Holanda. El Consejo de Comisarios del Pueblo ocupa el poder: tres socialistas,Ebert Scheideman y Landsberg, y tres independientes, Barth, Hasse y Ditmann. El 11 tiene lugar el armisticio. El 24, Eisner publica una serie de documentos del Archivo secreto del ministerio del Exterior bávaro sobre el origen de la guerra que comprobarán la culpabilidad de Alemania. Omisiones y falsas interpretaciones del texto de los documentos, elegidos con parcialidad, desfiguran los acontecimientos en sentido desfavorable para Alemania.
La Entente, por supuesto, sabía todo lo que estaba pasando en Alemania y aprovechó la situación para imponer unas draconianas condiciones en el armisticio ya que sabía que no había más remedio que aceptarlas.
A partir de aquí los acontecimientos condujeron al desguace y amputación del Reich y a la sensación en gran parte del ejército y el pueblo alemán, que les HABÍAN APUÑALADO POR LA ESPALDA.
Independientemente de los errores que el ejército alemán y la clase política pudiera haber cometido, en mi opinión, había motivos más que evidentes por los que parte del pueblo alemán se sintiera apuñalado por la espalda.
Decir que la revolución Alemana fue una consecuencia de la guerra es cierto por cuanto una guerra es una situación propicia para las revoluciones y los cambios.Sin guerra, no hubiera habido atisbo de ninguna revolución.
Dicha revolución tuvo consecuencias catastróficas para los años venideros en Alemania ya que socavó la posibilidad de un armisticio que permitiera a Alemania una vida futura digna.
Me pregunto si los revolucionarios eran conscientes de estas consecuencias. Mi opinión en este sentido es que es posible que no calibraran la gravedad, pero dada su ideología, tampoco les importaba demasiado la amputación de la nación.
Para terminar, creo que, como en tantos otros temas relacionados con el nazismo, la posible legitimidad del posterior régimen nacionalsocialista como consecuencia de la “puñalada en la espalda” condiciona demasiado el relato y la conclusión, lo cual es un grave error.
Saludos

Fuente: REVOLUCIÓN SOBRE ALEMANIA.1931
E.O. VOLKMANN.

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Re: La "puñalada por la espalda"

Mensaje por steppenwolf » Jue Jul 24, 2014 1:56 am

Decir que la revolución Alemana fue una consecuencia de la guerra es cierto por cuanto una guerra es una situación propicia para las revoluciones y los cambios.Sin guerra, no hubiera habido atisbo de ninguna revolución.
La guerra solo precipitó lo que se venia gestando de tiempo atrás. Las condiciones revoluciónarias no se inventan de la noche a la mañana. Las condiciones revolucionarias tardan en gestarse. Hacia 1910 todos sabían que en Europa oriental empezaría un conflicto que desestabilizaría y se extendería por toda Europa, solo era cuestión de tiempo. Rusia, Austro-Hungria y los Balcanes estaban por explotar con o sin Guerra Mundial. Inglaterra, Francia, Italia, de cabeza por conflictos laborales.
Dicha revolución tuvo consecuencias catastróficas para los años venideros en Alemania ya que socavó la posibilidad de un armisticio que permitiera a Alemania una vida futura digna.
No tiene sentido cargar las pulgas a los revolucionarios. Los veraderos causantes del desastre postbelico fueron los mismos que provocaron la guerra: las ambiciones imperialistas.
Me pregunto si los revolucionarios eran conscientes de estas consecuencias. Mi opinión en este sentido es que es posible que no calibraran la gravedad, pero dada su ideología, tampoco les importaba demasiado la amputación de la nación.
A los revolucionarios les importaba un pepino la conservación del orden burgues tradicional y en consecuencia las amputaciones. La nacion es un invento burgues, y como tal su territorio es su coto de explotación ¿Qué sentido tendría mantenerlas?

La autentica revolución socialista estaría por la destrucción de las estructuras capitalistas. En 1919 la expectativa de la Revolucion Mundial eran grandes, se esperaba conquistar toda Europa para un orden nuevo, más justo y equilibrado.

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Re: La "puñalada por la espalda"

Mensaje por TONY22 » Jue Jul 24, 2014 11:54 am

Hola Stepenwolf. Respeto las ideologías con altura de miras. Lo que me extraña es que el foro te permita exhibir el escudo de la URSS con la hoz y el martillo, símbolos que, al igual que la esvástica, están íntimimamente vinculados al holocausto y exterminio en masa de los pueblos. y también me extraña que te permita la apología de todo ello con tu lema patriótico, "sirvo a la URSS"

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Re: La "puñalada por la espalda"

Mensaje por Kurt_Steiner » Jue Jul 24, 2014 7:40 pm

TONY22 escribió:En el Reich Alemán LA REVOLUCIÓN socavó el esfuerzo de la nación dando al traste con una posible victoria y , lo que es peor, cuando esta victoria no fue posible, se socavó una salida digna del pueblo alemán al conflicto bélico. Esta fue una dramática diferencia entre el Reich y la Entente.
¿Se socavó una salida digna? Si mal no recuerdo, Alemania tuvo una dictadura militar hasta 1918 liderada por Luddendorf y Hidenburg que fue la que rigió los destinos de Alemania y que fue INCAPAZ de lograr la victoria. Enfrentada con el hecho evidente de la descomposición del frente por las ofensivas aliadas y de la imposiblidad de lograr una victoria, impusieron a los civiles solucionar el desastre que habían causado y para salvar la imagen del ejército.

Por lo demás, el resto de los argumentos de Erich Otto Volkmann que repites aquí, sólo buscan repetir la falsa leyenda de la puñalada por la espalda.

Finalmente, ya existe un hilo sobre los deleznables crímenes stalinistas, no hace falta ni repetirlo aquí. Y las dudas sobre la normativa del foro suele hacerse mediante mensaje privado a los moderadores, si mal no recuerdo.

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Re: La "puñalada por la espalda"

Mensaje por Juan M. Parada C. » Vie Jul 25, 2014 1:05 am

Me uno a los comentarios del compañero heer Steiner,sobre este mito de la puñalada por la espalda o "Dolchstoss", que sirvió de asidero para los factores de la extrema derecha en Alemania para atacar a la naciente república de Weimar,cuyo principal beneficiario sería Hitler de tal hecho que supuestamente llevó a este país a la derrota durante la gran guerra de 1914-18. Por explotar después la frustración de todos los veteranos que se sintieron traicionados por el sector civil(mientras que el estamento militar se lavaba las manos) quienes tuvieron que hacer la paz con los aliados.
La génesis de este suceso la podríamos ubicar durante el colapso final de la última ofensiva germana en el frente occidental en septiembre de 1918,cuando los miembros del alto mando supremo(Oberste Heeresleitung, OHL)que gobernaban practicamente este país, como bien apuntó heer Steiner,le recomiendan al Kaiser hacer el traspaso del gobierno militar al civil para que se celebren las negociaciones del cese al fuego . Toda una "papa caliente" que tuvieron que asumir,por la fuerza de los hechos,el entonces sector político teutón en tener que pagar después los errores de los militares.Sin embargo,como se vería en los años posteriores a la gran guerra, la propaganda ultrareaccionaria se encargaría de culpar a estos civiles del armisticio de noviembre de 1918 con todo un bombardeo de acusaciones hacia un público destrozado en su orgullo nacional,tal como se observa en este cartel de propaganda: Por mostrar al político alemán Phillip Scheidemann,que ayudaría en el nacimiento de la república de Weimar, apuñalando al ejército germano por la espalda bajo la complacencia de un Matthías Erzberger y de otros encopetados caballeros,el cual fue un polítco pacifista que se opuso abiertamente a las acciones de guerra del Kaíser durante el gran conflicto y uno de los firmantes del armisticio del 11 de noviembre.
Saludos y bendiciones a granel para todos.

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Re: La "puñalada por la espalda"

Mensaje por mark » Sab Jul 26, 2014 10:49 am

steppenwolf escribió:En 1919 la expectativa de la Revolucion Mundial eran grandes, se esperaba conquistar toda Europa para un orden nuevo, más justo y equilibrado.
No quiero salir del tema principal del hilo, pero me permito sólo un pequeño inciso. Esto del orden "nuevo, justo y equilibrado", así dicho, digamos que puede ofrecer una imagen de la "Revolución socialista" profundamente errónea. La "Revolución" intentaba imponer su régimen de forma violenta en todo el mundo, pretendía exterminar segmentos enteros de la sociedad, aniquilar la propiedad privada y perseguir y eliminar las convicciones religiosas.

La "Revolución", tal y como decía Lenin en su obra "El Estado y la revolución", pretendía destruir el parlamentarismo sustituyéndolo por "la dictadura del proletariado".

Mis disculpas por salirme un poco del tema del hilo, pero creo que este inciso era necesario.

Saludos.
"La tolerancia es un crimen cuando lo que se tolera es la maldad"
(Thomas Mann)

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steppenwolf
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Re: La "puñalada por la espalda"

Mensaje por steppenwolf » Mar Ago 05, 2014 2:40 am

Esto del orden "nuevo, justo y equilibrado", así dicho, digamos que puede ofrecer una imagen de la "Revolución socialista" profundamente errónea. La "Revolución" intentaba imponer su régimen de forma violenta en todo el mundo, pretendía exterminar segmentos enteros de la sociedad, aniquilar la propiedad privada y perseguir y eliminar las convicciones religiosas
Y dicho así, con esa retorica macarthista: La "Revolución" intentaba imponer su régimen de forma violenta en todo el mundo, pretendía exterminar segmentos enteros de la sociedad, aniquilar la propiedad privada y perseguir y eliminar las convicciones religiosas, resulta totalmente prejuiciada.

------------------

El forista Mark me cita directamente, en consecuencia concidero que me asiste un legitimo derecho de replica.

A partir de mi dicho, Mark, acusa a la Revolucion socialista promovida por los alemanes de:

1.- ser violenta
2.- exterminacionista
3.- abolicionista (aniquilacionista, Mark dixit)
4.- antirreligiosa

Y debo decir que si, en efecto la Revolucion suponía todo eso…

Lo que Mark no nos dice es que todas las autenticas revoluciones en la largisima historia de la humanidad, todas han sido necesariamente violentas, han exterminado necesariamente segmentos enteros de la sociedad, han modificado necesariamente las formas de la propiedad, y han actuado necesariamente contra las creencias tradicionales del pasado. ¿O que fue la Revolucion Francesa, expresión de los más sagrados valores burgueses?
La "Revolución", tal y como decía Lenin en su obra "El Estado y la revolución", pretendía destruir el parlamentarismo sustituyéndolo por "la dictadura del proletariado".
Dejando a un lado el eufemismo ese de “la dictadura del proletariado”, la Revolución (así, sin comillas) pretendía sustituir la republica parlamentaria por una republica de los consejos. Es decir transferir el poder de los propietarios hacia los trabajadores.

En suma, Mark solo se ocupa de afear un fenómeno histórico, sin reflexionar siquiera en el significado del término revolución.

Mark no nos descubre ningún hilo negro en esta historia.

Por ultimo, yo no concidero que el tema del Dolchstosslegende y la Revolucion alemana estén divorciados, o que uno sea off-topic del otro, parece que otros tampoco
http://es.wikipedia.org/wiki/Leyenda_de ... la_espalda

Saludos
S.W.

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