La Marcha sobre Roma

Acontecimientos políticos, económicos y militares relevantes entre noviembre de 1918 y septiembre de 1939

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Erich Hartmann
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La Marcha sobre Roma

Mensaje por Erich Hartmann » Jue Feb 08, 2007 9:57 pm

Dossier del número 48 de la revista La aventura de la Historia

La Marcha sobre Roma

Hace ochenta años, los fascistas cayeron sobre Roma, en un golpe de efecto teatral, pero incruento, magistralmente orquestado por Mussolini para exigir el poder. El fascismo entraba en la Historia pisando fuerte y el modelo totalitario italiano se convertía en un experimento, cuyos pasos observaron con benevolencia, cuando no con envidia, muchos grupos conservadores europeos. La aventura que desembocó en la Segunda Guerra Mundial había comenzado


La génesis de un dictador: Mussolini

Expulsado de las filas socialistas por su belicismo, el joven Mussolini barnizó con la estética vital del Futurismo un programa político violento que le llevó al poder hace ahora ochenta años. Manuel Espadas Burgos analiza la estrategia de acción que culminó en la Marcha sobre Roma

El 28 de octubre de 1922, cuarenta mil fascistas marcharon sobre la capital italiana para imponer su entrada en el Gobierno. Con este golpe de mano, Benito Mussolini lograba implantar, a sus 39 años, un modelo de régimen totalitario en Italia que duró veinte años y se convirtió en nefasto modelo para otras naciones europeas.

Hijo de un herrero, Alessandro Mussolini, de familia de pequeños propietarios agrícolas empobrecidos, y de Rosa Maltoni, maestra rural, Benito Amilcare Andrea Mussolini nació en el caserío de Varano dei Costa, cerca de Dovia, en la comarca de Predappio, dentro de la región de la Romaña, el 29 de julio de 1883. Su nombre, en la forma española de Benito –y no de Benedetto, como hubiera correspondido a la versión italiana–, había sido elegido por su padre, activo militante socialista, como homenaje al famoso revolucionario mexicano Benito Juárez. Los dos siguientes nombres respondían también a la admiración paterna por dos de los primeros líderes del socialismo en Italia, Amilcare Cipriani y Andrea Costa, especialmente recordados éste y su partido socialista revolucionario en la Romaña. De su padre y de la educación que recibiera Benito en su niñez, la que iba a ser su mujer, Rachele Guidi, recuerda en sus memorias sus años como alumna de la madre de Benito y el carácter violento de su padre, cuyo “temperamento exuberante provocaba continuos incidentes y no pocos disgustos a su mujer”. Quizá por herencia de este carácter, desde sus primeros años Benito fue un chico violento y luego un joven violento. Todos sus biógrafos coinciden en este perfil.
Paolo Alatri define su carácter de anarchico, ribelle, insofferente di controlli, orgoglioso, prepotente, litigioso, puntiglioso, egocentrico. Tal comportamiento le valió la expulsión de dos colegios en sus primeros años de estudiante, tras sendos altercados con otros compañeros.

Junto a los principios del socialismo revolucionario, en su casa se vivía la devoción patriótica por Garibaldi, precisamente por el Garibaldi instalado durante sus últimos años en el socialismo, y por otro de los grandes del Risorgimento, Carlo Pisacane, aquel napolitano emigrado a Francia en 1847, que sentía la revolución italiana en su dimensión igualitaria y libertaria, tan distante del proyecto de Cavour como del de Mazzini. Estudiante en el colegio de los Salesianos de Faenza y luego en el colegio Giosué Carducci de Forlimpopoli, durante un homenaje a Verdi, el joven Mussolini manifestó su decepción porque la unidad nacional sólo hubiese producido un Estado burgués, presidido por una monarquía al servicio de los intereses de la dominante clase burguesa.

Maestro de escuela primaria a los 18 años, tras una breve experiencia docente en Gualtieri Emilia, marchó a Suiza, donde vivió de 1902 a 1904. De aquella estancia, anotó su mujer: “Supe de la vida durísima que pasó en ese país, donde para ganar el sustento tuvo que hacer de todo: desde albañil a profesor, desde dependiente en una tienda a periodista”. Ya por entonces, y desde 1900, militaba en el Partido Socialista y había colaborado en alguno de sus órganos periódicos, como Giustizia, publicado en Prampolini. De vuelta en Italia en 1905 para hacer el servicio militar, en el Décimo Regimiento de Bersaglieri, de guarnición en Verona, y tras otra brevísima actividad como maestro en la escuela de Caneva de Tomezzo, se dedicó de lleno al periodismo, en Trento como secretario de la Camera del Lavoro y director de un modesto semanario, L’Avvenire del Lavoratore, y luego en Forli, donde dirigió otro semanario titulado La lotta di classe. De ahí pasó al principal diario socialista, Avanti!, de cuya dirección se hizo cargo a fines de 1912. Es el Mussolini apasionado lector de Marx, Engels, Proudhom, Nietzsche, Pareto y Sorel, el socialista que parafraseaba a Marx en su ensayo L’uomo e la divinità. Son precisamente los años de mayor proximidad al marxismo, aunque todos sus biógrafos le consideren en esa época solo “vagamente marxista”, tanto por formación como por talante. Para Renzo de Felice, nunca fue un auténtico socialista y careció de una verdadera formación marxista, aunque leyese y admirase a Marx, pues pesaron más en Mussolini las lecturas de Sorel y su sindicalismo revolucionario implícito en sus Consideraciones sobre la violencia. Para Benedetto Croce, admirador y analista del Mussolini de los primeros años, lo que éste incorporó al socialismo fue precisamente la teoría de la violencia de Sorel, el intuicionismo de Henri Bergson y cuanto de mística de la acción y de voluntarismo vivían en el ambiente intelectual del comienzo de siglo.

En el plano familiar, se casó en 1915 con Rachele Guidi, con la que convivía desde 1909. En septiembre de 1910 nació su primera hija, Edda, a la que siguieron otros cuatro, tres varones y una hembra.

Para su identificación con el socialismo italiano, el momento clave fue el inicio de la guerra de 1914, en cuyos primeros meses Mussolini se mostró próximo al antibelicismo característico entonces del partido, si bien pronto evolucionó a la postura de un gran número de sindicalistas que veían en la guerra la posibilidad de acabar con el militarismo alemán y con el sistema monárquico en Italia.

El instinto político de Mussolini se acomodó a la evolución del país, desde la afirmación de la neutralidad absoluta a la atenuada opción de ésta y al paso inmediato a la opción intervencionista en su dimensión más revolucionaria. Es el momento en que renunció a la dirección de Avanti! y fundó un periódico, Il Popolo d’Italia, cuyo primer número apareció el 15 de noviembre y del que Mussolini era director y propietario, financiado por un grupo de industriales, entre ellos Agnelli, el fundador de la FIAT, próximos a la tendencia intervencionista en la guerra y, desde luego, muy interesados en el desarrollo de la industria militar de armamento. Esa opción le supuso su expulsión del Partido Socialista. De hecho, se había manifestado en la vida italiana el núcleo inicial de un partido socialista “intervencionista”, que fue la base del futuro fascismo.

Pero hay un paso más, su adhesión a los Fasci, como se denominaron –tomando el nombre de organizaciones que desde los años de la Revolución Francesa y durante el Risorgimento habían existido en la vida política italiana– unos grupos de intervencionistas revolucionarios que aparecieron en la escena italiana en 1914.


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Mensaje por Erich Hartmann » Jue Feb 08, 2007 10:04 pm

Dimensión estética del Fascismo

En la trayectoria vital de Mussolini, así como en la génesis del Fascismo, hay que incluir la incidencia de dos renovadores de la cultura italiana de aquel inicio de siglo, Filippo Tommaso Marinetti y Gabriele D’Annunzio. Representa el primero el movimiento estético del Futurismo, nacido en unos años de nuevas y variadas tendencias vanguardistas en la expresión artística. Surgido también el Futurismo en la secuencia intelectual de Nietzsche, de Bergson y de Sorel, se enfrentó a cuanto de norma y precepto hubiera en la creación artística, en una apasionada vivencia del riesgo, de la violencia y de la ruptura con el pasado y con sus símbolos. Como su acta de presentación en la vida cultural europea se tiene la publicación en Le Figaro de París, el 20 de febrero de 1909, del conocido como Primer Manifiesto Futurista: “Queremos cantar el amor al peligro, el impulso que otorgan la energía y la temeridad. Los elementos esenciales de nuestra poesía serán el valor, la osadía y la rebeldía”. Un nuevo manifiesto en 1913 lo definía políticamente como una amalgama de republicanismo, tendencias socializantes, proximidad a las soluciones ácratas, todo ello con un fuerte componente anticlerical y una marcada admiración por el modelo del superhombre protagonista de un apasionado nacionalismo.

Incorporada Italia a la guerra, que para los futuristas se ofrecía como la oportunidad de vivir el riesgo, de vivere pericolosamente, Marinetti y Mario Carli, que ya habían fundado unos fasci politici futuristi, crearon la asociación de Arditi de Italia, cuya sección milanesa presidía el propio Marinetti. En 1919, Mario Carli señaló las características del ardito futurista, entre las que se destacaba la vivace testa geniale con tupida cabellera revuelta, los “ojos ardientes, fieros e ingenuos, que no ignoran la ironía”, la “boca sensual y enérgica, presta a besar con furor, a cantar con dulzura y a mandar imperativamente”, la capacidad sin límites para el amor y para el odio, “no reprimida con imbéciles prejuicios filosóficos”, la adoración sana y jocunda de la vida y el ansia de gozar de cuanto la vida nos ofrece, incluidos el peligro y la muerte. En su programa, significativamente titulado Programa Energético, aconsejaba ejercitar diariamente el cuerpo en todas las formas del deporte, pero sobre todo en la lucha, en la natación, en las carreras o en la aviación; apoyar los movimientos de agitación laboral, a fin de elevar moral y materialmente a los trabajadores, impidiendo sin embargo que se realizase a favor de un partido concreto; practicar el culto de la fuerza y de la violencia y contagiar del calor de la juventud a la sociedad italiana.

Muy próxima a este movimiento de vanguardia, incluso inspirador de alguna de sus tendencias y manifestaciones, se mostraba la personalidad del poeta Gabriel D’Annunzio. Su participación en las jornadas de mayo de 1915, alentando a las masas a un intervencionismo presentado como “el baño de sangre que necesitaba Italia”, había marcado un hito en el compromiso italiano con la guerra. También era hombre de filiación intelectual nietzscheana. Italia necesitaba de superhombres capaces de controlar y dirigir las masas, a fin de modelar la Historia sólo con la fuerza de su voluntad.

La vittoria mutilata

Para D’Annunzio, el Risorgimento había quedado incompleto. Italia seguía padeciendo de “una revolución hecha toda ella de política, de diplomacia e incluso de literatura, pero terriblemente pobre de esfuerzo colectivo, de sacrificio popular, en suma, de sangre vertida”. Incluso tras el tremendo esfuerzo de la Gran Guerra, con un dramático balance de víctimas –los seicento milla martiri, que diría Mussolini– los italianos no vieron correspondidas las ofertas de sus aliados en 1915, sobre todo cuando en las conversaciones de la paz se pusieron sobre la mesa las reivindicaciones del nacionalismo italiano: la anexión del Trentino hasta el paso del Brennero, la incorporación de Trieste y de Istria, la de Dalmacia septentrional y las islas próximas y la garantía de neutralización del resto de la costa dálmata y albanesa. Especial rechazo recibió la exigencia del territorio de Fiume, en realidad no incluido en el pacto de 1915.

Lograr esta aspiración fue precisamente el gran éxito de D’Annunzio y al tiempo uno de los hitos en el camino del Fascismo hacia el poder. La cuestión de Fiume hay que considerarla en el contexto de las decepciones italianas en la Conferencia de París, durante los meses de marzo y abril de 1919, cuando los dos representantes italianos, el jefe del gobierno, Orlando, y su ministro de Exteriores, Sonnino, tuvieron que defender sus reivindicaciones frente a la resistencia del norteamericano Wilson, del británico Lloyd George y, sobre todo, del francés Clemenceau. La tensión en el curso de la conferencia llegó a tal grado que Orlando llegó a decir: Siamo un popolo sobrio e conosciamo l’arte di morire di fame, amenazando con un alejamiento diplomático y comercial de los aliados vencedores de la guerra. La ruptura se precipitó. El 24 de abril, Orlando abandonó la conferencia y, dos días después, lo hizo Sonnino, mientras en Italia se afianzaba la idea de que aquella había sido una vittoria mutilata.


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Mensaje por Erich Hartmann » Vie Feb 09, 2007 1:49 pm

La aventura de D’Annunzio

A fines de abril, en su periódico Il Popolo d’Italia, Benito Mussolini alentó a una anexión, sin más contemplaciones, de Fiume, en la seguridad de que no habría respuesta: “Los yugoslavos no pueden hacer la guerra a Italia; no tienen cañones ni ametralladoras, ni aviones, ni municiones, ni víveres”. Pocos días después, las palabras de Mussolini recibieron el caluroso apoyo de Gabriele D’Annunzio. Al frente de 2.500 hombres, entre los que se encontraban los granaderos de Cerdeña, el literato entró en Fiume y tomó posesión de la ciudad en nombre de Italia en una rápida operación, cuyo éxito vino en gran medida asegurado por la complicidad de las autoridades militares y la psicosis del golpe de Estado que dominaba la vida italiana durante esos meses.

Indudablemente, la aventura de D’Annunzio fue un reto al Gobierno. En el plano internacional, nadie creía que una operación con intervención de tropas italianas se pudiera haber llevado a cabo sin su aprobación o, al menos, sin su conocimiento. La condena del primer ministro Nitti fue tan explícita como claro fue el aplauso y el aliento que D’Annunzio recibió de Mussolini, para quien la operación de Fiume tuvo mucho de modelo a imitar en el camino hacia el poder. “La ocupación de Fiume –escribió el comunista Angelo Tasca– dio al fascismo el modelo para sus milicias y para su uniforme, el nombre para sus escuadras, su grito de guerra y su liturgia. Mussolini copiará de D’Annunzio todo el aparato escénico, incluidos los diálogos con la multitud. D’Annunzio será víctima del mayor plagio que se haya visto”.

“Gandules en una eterna siesta”

La correspondencia que entre ambos personajes utilizara Renzo de Felice en el primer volumen de su biografía de Mussolini (Mussolini il rivoluzionario) es clara muestra tanto de su talante personal como del momento que vivía Italia. Embriagado de su empresa y del calor que ha recibido de la población fiumana, escribió D’Annunzio: “Si al menos media Italia se pareciese a estos fiumanos, tendríamos el dominio del mundo”. Y convoca a cuantos italianos, “gandules en una eterna siesta”, puedan tomar ejemplo de él: “Yo no duermo desde hace seis noches; la fiebre me devora. Pero sigo en pie”. Mussolini le contestó por carta, pero también en un artículo de Il Popolo d’Italia, en el que convocó una suscripción “pro-Fiume”, que pronto recogió tres millones de liras. En su carta le confirmó: Io sono deciso a tutto. Y concluía con esta despedida: Vi abbraccio con fede inmensa e con inmutata simpatia.

Una fecha clave en la historia del Fascismo y en la biografía de Mussolini fue el 23 de marzo de 1919, en que se crearon los Fasci Italiani di Combattimento, en un acto celebrado en la plaza del Santo Sepulcro de Milán. El núcleo más numeroso de estos nuevos fascios lo constituyeron antiguos combatientes, entre ellos un importante grupo de arditi, junto a futuristas, anarquistas e incluso algunos socialistas. En total, unas trescientas personas. En esos primeros Fasci ya estaban presentes, como hace notar De Felice, las dos almas que caracterizarían al Fascismo, la de origen sindicalista revolucionario y la de origen nacionalista. El llamado Programa de Santo Sepulcro contenía en sus puntos esenciales el sufragio universal, en el que se incluía el voto de las mujeres y de los mayores de 18 años, la jornada laboral de 8 horas para todos los trabajadores, su participación en el funcionamiento técnico de las empresas, la modificación del proyecto de ley sobre pensiones rebajando la edad de los 65 a los 55 años, la obligación para los propietarios agrícolas de cultivar sus tierras con la amenaza de que aquellos que no lo hicieran, deberían pasarlas a cooperativas.


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Mensaje por Erich Hartmann » Sab Feb 10, 2007 6:22 pm

La Marcha sobre Roma

Hacía años que Mussolini había propuesto la táctica del doppio binario, de la doble vía: “La revolución fascista podrá llevarse a cabo tanto por la vía de una lenta saturación legal como mediante una insurrección armada (…) El fascismo está preparado para ambas eventualidades”. La mayoría de la clase política italiana estaba convencida de que sin un acuerdo con el Fascismo era muy difícil, por no decir irrealizable, una normalización del país y la posibilidad de constituir un Gobierno estable capaz de gobernar. Un acuerdo con el Fascismo que le introdujera en el deteriorado sistema político, podría llevar, o así se esperaba, a su neutralización o, cuando menos, a un nivel de domesticidad que, absorbido por el sistema, rebajara su carga subversiva.

Es cierto que, como años después lo hiciera el propio Hitler, en esos momentos la intuición política de Mussolini le llevó a dar una imagen de moderación que rebajase los justificados recelos, con gestos que iban desde la aceptación de una economía liberal a la predisposición a un acuerdo con la Iglesia. Lo importante era abrir el camino hacia el poder. Especialmente complaciente se mostró con la Monarquía, uno de los más sólidos pilares del país, con gran arraigo en las filas del Ejército. Las palabras de Mussolini en Udine el 22 de septiembre eran concluyentes. Dado que la monarquía no parecía mostrarse hostil al Fascismo, éste la respetaría porque significaba la continuità storica della nazione. Si a esa moderación se unía la propuesta de que los fascistas se conformarían con un máximo de cuatro carteras ministeriales, el recelo para muchos parecía estar de más. En este sentido, la Marcha sobre Roma, tenida como la obra maestra, il capolavoro, de Mussolini, hay que contemplarla también y así se explica mejor, desde las ventajas que un acuerdo con el fascismo parecía ofrecer a no pocos políticos italianos. Para Renzo de Felice, aquel acontecimiento, hito en el acceso del fascismo al poder, “no fue en realidad sino la fachada, por muy espectacular que fuera, de una sutil operación política”.

La Marcha sobre Roma tuvo varios ensayos. Uno de ellos, quizá el más importante, fue la concentración de miles de escuadristas del Trentino y del Alto Adigio en la ciudad de Trento en los primeros días de octubre, pero fue en la reunión secreta celebrada en el 24 de octubre en Nápoles donde se decidió la acción. Desde una perspectiva militar, la Marcha sobre Roma no fue una operación bien montada, incluso no sería excesivo calificarla de chapucera. No hubo ni orden ni puntualidad en el cumplimiento del plan previsto. Muchos de los escuadristas viajaban en trenes que, al ser cortadas algunas vías por orden del Gobierno, no pudieron llegar a su destino. El mismo tren en que viajaba Mussolini llegó con retraso. A ello se unió una adversidad imprevista, una lluvia torrencial que añadió nuevos obstáculos a la Marcha y a la instalación de campamentos. Pese a todo, la operación consiguió situar en Roma o en localidades próximas a unos cuarenta mil fascistas.

El Gobierno intentó, en una reunión convocada a las cinco de la madrugada del 28, un decreto que declarase el estado de sitio, cosa que no logró ante la indecisión del Rey a firmarlo. Indecisiones que procedían de la propia debilidad de Victor Manuel III ante los acontecimientos, del favor que la reina madre prodigaba a los fascistas y de las propias simpatías que estos gozaban del duque de Aosta, que incluso podría ser pieza de recambio en la Corona. En realidad, Victor Manuel no hizo más que seguir, desde la más alta magistratura del Estado, la nula voluntad de resistencia que se había apoderado de la vida italiana.

A esas alturas no valían soluciones de compromiso. Mussolini se sentía suficientemente fuerte para no aceptar un Gobierno presidido por Salandra, tras la dimisión del gabinete Facta. El 29 de octubre, escribió en Il Popolo d’Italia: “Para terminar en una solución Salandra, no valía la pena haberse movilizado. El Gobierno debe ser netamente fascista”. El 29, el rey le convocó para ofrecerle formar gobierno. Con la teatralidad que siempre le caracterizó, Mussolini se presentó ante él vistiendo la camisa negra del partido: “Pido perdón a Vuestra Majestad si me veo obligado a vestir aún la camisa negra, muestra de la batalla felizmente incruenta que hemos tenido que librar”. En realidad, no había habido tal batalla, pero era cierto que el poder se había tomado en la calle. A sus 39 años, Mussolini, que junto a la presidencia se adjudicó las carteras de Interior y de Asuntos Exteriores, formó un gabinete con sólo tres miembros del partido fascista, junto a un nacionalista, un liberal, tres socialdemócratas, dos populares, dos militares de prestigio y el filósofo Giovanni Gentile. Como era de esperar, este gabinete de coalición tenía los días contados. En la medida en que el Gobierno se iba radicalizando, los ministros no fascistas, empezando por los miembros del Partito Popolare, lo fueron abandonando.

A partir de esa fecha ya se hacen frecuentes en la vida romana los fogosos discursos de Mussolini desde el balcón del Palacio Venecia y los grandes desfiles fascistas. La revista española La Esfera publicaba en su número del 18 de noviembre la foto de un Mussolini dirigiéndose a la Tumba del Soldado Desconocido, en el Vittoriano de Roma y escribió este pie: “Sin la camisa negra ni el gorro de punto de los días de lucha, con la camisa blanca, la levita y el sombrero de copa de las grandes solemnidades, Mussolini atraviesa las calles de Roma en medio de tres ministros para visitar la Tumba del Soldado Desconocido. Tiene el gesto duro del conquistador, la actitud erguida del que se sabe sostenido por millares de ciudadanos entusiastas. He aquí un bello capítulo para la obra que seguramente no dejará de escribir D’Annunzio”.


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Mensaje por Erich Hartmann » Sab Feb 10, 2007 6:39 pm

El delito Matteoti

Posiblemente, la voz que en los siguientes meses y desde los escaños parlamentarios del Partido Socialista se hiciera oir con más persistencia fuera la de Giacomo Matteoti. Los fascistas lo consideran uno de sus adversarios más peligrosos, al punto de que Il Popolo d’Italia, en su número del 23 de mayo de 1923, ya le advirtiera de que “si llegase un día en que se encontrase con la cabeza rota, no tendría derecho a lamentarse”. En la sesión de la Camera dei Deputati del 30 de mayo de 1924, la voz de Matteoti se alzó de nuevo contundente para denunciar la corrupción, las violaciones de los procesos electorales, la coacción y la violencia ejercidas desde el Gobierno. El discurso terminaba con la petición de anular las elecciones y declarar nulos sus resultados. Tal propuesta sería considerada por Il Popolo de mostruosamente provocatoria. De las consecuencias que pudieran tener sus palabras era Matteoti perfectamente consciente, al punto de decir a algunos de sus correligionarios: “Cuanto tenía que decir, lo he dicho. Ahora preparadme el elogio fúnebre”. De la cólera de Mussolini tras aquella sesión parlamentaria hay numerosos testimonios, pese a que en los siguientes días y de acuerdo con una táctica muchas veces utilizada, mostrase en la Cámara un tono más conciliador. Pero paralelamente, desde los sectores más violentos del Fascismo, se preparó un atentado a Matteoti. El 11 de junio, a las 4 de la tarde, cuando Matteoti caminaba por el lungotevere Arnaldo da Brescia, fue agredido salvajemente e introducido en un coche, en el que minutos después y como consecuencia de múltiples golpes y heridas, murió. El coche vagó por los alrededores de Roma hasta que decidieron introducirse en una zona boscosa, la Quartarella, a 23 kilómetros de la ciudad y allí, en una superficial fosa improvisada, abandonar el cadáver. La alarma por la desaparición de Matteoti inmediatamente ganó la vida de Roma. En la tarde del día 12, el propio Mussolini compareció en la Cámara, comunicando “haber dado órdenes tajantes de intensificar la búsqueda en Roma, fuera de Roma, en otras ciudades y en los pasos fronterizos”. Incluso recibió en Montecitorio a la mujer de Matteoti, asegurándole –cuando ya era conocedor de los hechos– que haría cuanto fuese posible para que su marido fuese hallado sano y salvo.

Algunos testigos habían observado el automóvil, un Lancia, apostado cerca de la casa de Matteoti y habían tomado su matrícula. A últimas horas del día 12 era descubierto, con grandes desperfectos y numerosas manchas de sangre, testimonio de la lucha que en su interior se había dado. Mussolini se vio obligado a comparecer de nuevo en la Cámara la tarde del 13. Allí calificó el delito de “bestial” y “nefando”, afirmando incluso que solo “un enemigo mío personal” hubiera podido hacer “algo tan diabólico”, situándose así también como víctima. Después de asegurar a la oposición que la investigación continuaría con todos los medios posibles, hizo que el presidente de la Cámara, Alfredo Rocco, suspendiera por tiempo indeterminado las tareas parlamentarias. Hasta el 16 de agosto no se encontró el cuerpo del diputado socialista.

Para muchos de los que sin ser fascistas se mostraron favorables al acceso al poder de Mussolini, el “delito Matteoti” fue el gran revulsivo. Sería el caso de grandes nombres del liberalismo, como Giolitti, Orlando o Salandra, que contemplaban aterrados la realidad que se abatía sobre Italia y muy pronto o a los pocos meses pasaron a las filas de la cada vez más débil oposición. Un hombre de la talla intelectual de Benedetto Croce, para el que el “delito Matteoti” fue también un punto y aparte en la marcha del Fascismo, aún confiaba una normalización de la vida italiana y una recuperación del sistema constitucional. En su Storia d’Italia dal 1871 al 1915, publicada en 1928, todavía hacía un retrato positivo de Mussolini, que se le ofrecía como “una personalidad viva y vital, dotada no solo de un fino olfato político, sino capaz como pocos de percibir las exigencias profundas que germinaban en las vísceras de la sociedad italiana”. Evidentemente, la percepción de esa sociedad italiana distaba de ser la misma en ambas personalidades. Años más tarde, ya en los cuarenta, Croce reconoció que el Fascismo había llevado a Italia a la ruina y que era veramente morto nell’anima di tutti.

Plenitud del Estado corporativo

El 27 de junio, un importante número de diputados se encerró en una de las salas de Montecitorio y, tras un homenaje a la memoria de Matteoti, cuyo cuerpo aún no había sido hallado, aprobaron la abstención de sus labores parlamentarias en tanto no fuera restaurado el orden político y jurídico quebrantado. Es la que se conoce como “secesión del Aventino” en recuerdo de un episodio de la Roma antigua, cuando los representantes de la plebe se retiraron a esta colina en protesta contra la prevaricación de la clase patricia. En el grupo figuraban nombres como el socialista Filippo Turati, Luigi Sturzo, fundador del Partito Popolare, Alcide de Gasperi y el comunista Giovanni Amendola, un año después también víctima de una agresión fascista. Su gesto tuvo, sin embargo, más resonancia moral que eficacia política.

Mussolini, aparentemente muy afectado por los acontecimientos, contó inmediatamente con el estímulo de su entorno más extremista, caso fundamentalmente de Roberto Farinacci, y con el propio apoyo del Rey. Una clara superación de esa aparente crisis personal fue su discurso a la Cámara del 3 de enero de 1925. En él, anunció Mussolini las medidas que fueron pronto conocidas como leggi fascistissime, que en poco tiempo dieron al traste con lo que restaba de la estructura constitucional de la Monarquía. Es el discurso en que Mussolini asumió plenamente las acciones del fascismo. “Si el fascismo no ha sido mas que aceite de ricino y porra, en vez de una soberbia pasión de la mejor juventud italiana, ¡mía es la culpa! Si el fascismo ha sido una asociación para delinquir, ¡yo soy el jefe de esta asociación de delincuentes!”. A lo largo del año, el Estado liberal agnóstico dejaba paso al Estado corporativo. La retórica del propio Mussolini lo precisó en el articulo que, de su mano y con su firma, se puede leer en el volumen XIV de la Enciclopedia Italiana: “Para el fascismo, el Estado no es el guardián nocturno que se ocupa sólo de la seguridad personal de los ciudadanos; menos aún una organización con fines puramente materiales, como aquellas que garantizan un cierto bienestar y una relativa pacífica convivencia social, para lo que bastaría con un consejo de administración; tampoco una creación de pura política, sin contactos con la realidad material y compleja de la vida de los individuos y de los pueblos. El Estado, tal y como el fascismo lo concibe y realiza, es un hecho espiritual y moral, y puesto que concreta la organización política, jurídica y económica de la nación, es en su origen y en su desarrollo una manifestación del espíritu”. Para más afirmar este carácter cuasi religioso del Fascismo, cierra así su artículo: “Que sea una doctrina de vida, lo demuestra el hecho de que haya suscitado una fe; que la fe haya conquistado las almas, lo demuestra el hecho de que el fascismo ha tenido ya sus caídos y sus mártires”. Esta mística del martirio la aplicó proféticamente a su propio futuro: La mia opinione è che saró occiso nel mio ufficio. No lo fue precisamente en su despacho, lo que hubiese significado su permanencia en el poder, sino en un campo y huyendo en una Italia destrozada y en los estertores de una guerra liquidadora del régimen que él mismo había creado y presidido.


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Mensaje por Erich Hartmann » Dom Feb 11, 2007 2:00 pm

40.000 CAMISAS NEGRAS

Al caer la tarde del lunes 30 de octubre, las calles más céntricas de Roma estaban invadidas por los camisas negras de Mussolini. Eran, según fuentes fiables, unos 40.000 hombres, a los que se veía generalmente bien uniformados y encuadrados, tanto que no se produjeron incidente de importancia, pese a que vivaqueaban al aire libre.

El 24, Mussolini había reunido en Nápoles una magna concentración fascista que ya clamaba “¡A Roma, a Roma!” aún antes de que hablara el Duce. Éste exigió el poder: “O nos entregan el Gobierno o lo tomamos, cayendo sobre Roma”. Evidentemente, todo lo tenían preparado. Según fuentes fascistas, Italia estaba dividida en doce zonas de movilización. Mussolini dio la orden de que sus camisas negras se pusieran en marcha el día 27, viernes; sus columnas avanzaron hacia la capital, engrosando con los grupos que se iban uniendo a su paso. En general, los fascistas hallaron libre el camino y comenzaron a alcanzar los arrabales de Roma el día 28; al caer la tarde del sábado se asegura que ya eran más de 25.000. En la ciudad existía cierto temor ante posibles disturbios y desmanes, pero la guarnición de Roma –que contaba con unos 12.000 hombres equipados con artillería, ametralladoras y autos blindados– hubiera bastado para rechazarlos. El general Badoglio había declarado que sólo necesitaba una orden y quince minutos para dispersar a los camisas negras.

El domingo 29, la concentración fascista alcanzaba ya los 40.000 hombres. Parecía, sin embargo, que había muchas dudas entre ellos y fuentes bien informadas suponían que Mussolini –que seguía en Milán– tenía puesto un ojo en Roma y otro en la frontera, por si iban mal las cosas. La crisis se resolvió en la tarde del domingo. El Rey, ante la inactividad del Gobierno y la división del Parlamento, decidió finalmente llamar a Mussolini. Doce horas después, éste llegaba a Roma, en cuyos alrededores acampaban ya 40.000 fascistas.

DAVID SOLAR

La fábula del “buen dictador”

El octogésimo aniversario de la Marcha sobre Roma será de nuevo ocasión para reavivar el debate historiográfico, nunca cerrado, sobre los veinte años de régimen fascista en Italia y, paralelamente, sobre la figura y la obra de su principal protagonista, Benito Mussolini.

Muy recientemente y bajo el título de Mussolini, la fábula del “buen dictador”, se hacía referencia en la prensa italiana al debate nuevamente abierto sobre su personalidad y sobre la vigencia que, a más de medio siglo, puede seguir teniendo el antifascismo, lo que naturalmente presupone la existencia o el riesgo de un nuevo o renovado fascismo.

Ya cuando en 1983 se conmemoraba el centenario del nacimiento de Mussolini, recordábamos en un artículo que, mientras en la Europa de los sesenta, con prosperidad económica, pleno empleo y una sociedad instalada en la cultura del bienestar, los fascismos parecían totalmente superados, no se podía decir lo mismo en la Europa de los ochenta. Tal realidad se hace aún más evidente en la Europa de comienzos del nuevo milenio, como prueban partidos y tendencias con evidentes similitudes con aquellos que se tienen por caracteres propios del fascismo. Este nuevo fantasma que parece empieza a recorrer Europa, por muy incipiente y minoritario que se crea y en un contexto internacional muy distinto al de la primera posguerra mundial, lleva a concluir que “ha sido un error imaginarse que las cuentas con el fascismo estaban ya saldadas”. Y que, en consecuencia, el antifascismo parece no haber perdido sentido ni razón de ser. Para algunos analistas de la realidad política italiana, y aún de la europea, han causado escándalo o, al menos, perplejidad las palabras de Berlusconi, con motivo de la cumbre de la OTAN celebrada el pasado mayo en Pratica di Mare, al señalar los “tres enemigos” ante quienes defenderse: “comunismo, nazismo y estatalismo”. Como advertía Alberto De Bernardi, profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Bolonia, “con lo que estamos viendo desde Austria a Francia, desde Holanda a nuestra propia Italia y mientras cobra fuerza un peligroso anti– antifascismo, colocar el antifascismo sobre la mesa de los valores de las democracias europeas me parece ahora más que nunca de una urgencia absoluta”.

Situándolo en el momento histórico de su aparición, Renzo de Felice siempre insistió en diferenciar nazismo y fascismo, no tanto a partir de sus respectivas ideologías como de sus hombres clave, de sus líderes. La personalidad de Mussolini ha sido y sigue siendo objeto de estudio y de debate. Téngase en cuenta que en la Bibliografía orientativa del fascismo, publicada por Renzo de Felice en 1991, con 12.208 entradas, las dedicadas a obras sobre Mussolini van de la 721 a la 1.084. En su voluminosa biografía, De Felice intentó comprender el fascismo desde dentro y observarlo desde la perspectiva de quienes lo habían vivido y promovido. Esto, en un historiador procedente del comunismo, le supuso tremendas críticas que iban desde el pecado de fascinación ante la figura del biografiado hasta el delito de traición, la “puñalada del historiador”, que buscaba una rehabilitación del fascismo. El propio De Felice tuvo que defenderse argumentando al extremismo de sus críticos, procedentes sobre todo del sinistrismo storiografico de los años setenta, que “el fascismo había dejado en herencia a los antifascistas una mentalidad fascista (…) una mentalidad de intolerancia, de soberbia ideológica, de descalificación del adversario hasta destruirlo”. M. E. B.

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Mensaje por francotirador » Jue Feb 15, 2007 2:15 am

Buen post.
Un Saludo.
"Someter al enemigo sin luchar es la suprema excelencia"
- Sun Tzu

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Erich Hartmann
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Mensaje por Erich Hartmann » Sab Feb 17, 2007 5:25 pm

NOVECENTO

El irresistible ascenso de Mussolini fue el colofón del fracaso del sistema liberal en Italia. Cuando el Gobierno recurrió a los fascistas para frenar al movimiento obrero y “poner orden”, éstos le sustituyeron en el poder. Fernando García Sanz explica la génesis del fiasco

Durante los tres años y medio que Italia combatió en la Primera Guerra Mundial, tuvo casi 1.200.000 bajas; más de 600.000 muertos y 500.000 inválidos. El esfuerzo de guerra fue enorme: en 1917 y 1918, la fuerza media en combate alcanzó los 2.200.000 soldados. Al impacto en la economía, en la estructura social, en las mentalidades, etc., se añadió en Italia un profundo sentimiento de frustración (la “victoria mutilada”) por los escasos logros alcanzados frente al esfuerzo realizado. La posibilidad de volver atrás y considerar el período bélico como un paréntesis se convirtió en un vano y doloroso empeño. Ante el triunfo definitivo de los partidos de masas, la vieja política liberal, basada en las relaciones personales, tenía los días contados y su esfuerzo por recuperar la “normalidad” infravaloró los cambios que la guerra había generado, entre ellos, y sobre todo, la transcendencia del movimiento fascista.

Cuando a finales de 1922 algunos indicadores macroeconómicos comenzaban a recuperar los niveles de 1913, el sistema liberal se hundió definitivamente, ahogado por un golpe de Estado sui generis como fue la Marcha sobre Roma.

A pesar de que el Fascismo fue “hijo de la guerra”, la crisis del sistema liberal hundía sus raíces en los años precedentes al conflicto. El sistema político italiano de las dos primeras décadas del siglo XX estuvo enmarcado por dos crisis profundas: la de 1898, que abrió paso a la reforma del sistema en sentido integrador y democratizante, al crecimiento económico y a una relativa paz social, y la Primera Guerra Mundial, que ahondó los problemas que habían comenzado a aparecer entre 1912 y 1913.

Reacción e integración

Desde la desaparición política de Francesco Crispi en 1896, la política represiva se acentuó a raíz de los sucesos de mayo de 1898, entendidos por los Gobiernos de Antonio di Rudin (1896-1898) y del general Luigi Pelloux (1898-1900) como un intento organizado para subvertir el orden constitucional mediante la revolución. La derecha liberal entendía el sistema político de forma excluyente y reaccionaria. Las medidas legales buscaban, en último término, reforzar el poder ejecutivo en detrimento de la institución parlamentaria.

La izquierda liberal, apoyada por radicales, republicanos y socialistas, se opuso frontalmente a esta política. La obstrucción parlamentaria llevó al Rey a disolver la Cámara y convocar elecciones en junio de 1900. Los comicios pusieron en evidencia el importante crecimiento del Partido Socialista –que pasó de 15 a 33 escaños, lo que suponía el 13 % de los votos emitidos– en tan sólo cinco años, mientras que los radicales lograban 34 y los republicanos, 29.

Al general Pelloux le sustituyó el ya casi octogenario Giuseppe Saracco (junio 1900-febrero 1901), que desde 1898 ejercía la Presidencia del Senado. El viejo político liberal comenzó su mandato con una conciliadora actitud, pero el ambiente de relativa tranquilidad se vio roto, un mes después, por el asesinato de Humberto I a manos del anarquista Gaetano Bresci, en Monza, el 29 de julio.

El sucesor, Víctor Manuel III, fue bien acogido por las fuerzas de la izquierda constitucional. El monarca se iba a convertir en uno de los principales baluartes de la línea política emprendida en Italia, que tuvo en Giovanni Giolitti su figura principal. Desde 1903 hasta marzo de 1914, con pequeños paréntesis, Giolitti fue el claro dominador de la vida política italiana. De ahí que estos tres primeros lustros del siglo XX sean conocidos en la historia de Italia como età giolittiana.

El comienzo del siglo XX fue un tiempo de notable prosperidad económica, relativa paz social, estabilidad política y, como afirmó Croce, un conjunto de años “en los que mejor se realizó la idea de un gobierno liberal”. Giolitti tuvo el gran mérito de comprender que los cambios económicosociales del país requerían un enfoque nuevo. La solución pasaba por llevar a cabo una política que, mediante las oportunas reformas laborales (libertad de huelga, reducción del horario laboral, etc.), contributivas (reducción del impuesto sobre algunos productos básicos) y una mayor atención a la cuestión meridional, permitiese lograr un “desarme” del carácter revolucionario y subversivo de las izquierdas, incorporándolas al sistema constitucional.

La política reformista emprendida por Giolitti necesitaba el apoyo de amplias mayorías parlamentarias, lo que se lograban, en buena medida mediante la sistemática intervención del Estado en los procesos electorales. El sistema utilizado fue establecer unas redes clientelares, sobre todo en el sur del país, que obtenían del Estado una serie de beneficios a cambio de su voto. El fraude electoral en Italia estaba menos generalizado que en España, aunque en ambos países era una práctica consustancial al funcionamiento del sistema político. La intervención del Estado en las elecciones se veía facilitada, escribe Carocci, porque las relaciones de carácter personal entre los ministros, los prefectos, los diputados y los electores seguían constituyendo la base de la vida política, lo que dejaba el camino abierto a las injerencias gubernativas en la práctica electoral y parlamentaria.


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Mensaje por Erich Hartmann » Sab Feb 17, 2007 5:46 pm

Desequilibrio y emigración

En 1915, Italia seguía siendo un país predominantemente agrícola, pero frente a los últimos años del siglo XIX el panorama general había variado, haciéndose evidente el salto hacia la industrialización. Sin embargo, el despegue industrial no sólo fue ineficaz para solucionar algunos de los graves problemas económico-sociales que Italia tenía planteados, sino que, en cierta medida, los soliviantó y creó otros nuevos. Durante estos años se acentuó la distancia entre el Mezzogiorno y el resto del país, por el elevado grado de concentración territorial bajo el cual se había llevado a cabo la industrialización. Esto acentuó el fenómeno emigratorio que conoció, durante estos años, una de sus fases álgidas. La emigración transoceánica tomó el relevo de forma definitiva a la que se dirigía hacia el continente europeo y los territorios ribereños del Mediterráneo y fueron precisamente las regiones meridionales las que nutrieron el grueso de la emigración hacia los territorios americanos. Pero también la emigración generó efectos positivos para la economía: en 1911 se calculaba que las remesas que enviaban los emigrantes a su país de origen se elevaban a 500 millones de liras, con los consiguientes efectos en la balanza de pagos.

En conjunto, durante los tres primeros lustros del siglo, fue evidente el salto hacia adelante que se operó en el desarrollo económico de Italia, a pesar de los desequilibrios, las carencias estructurales y los vicios del sistema.

Guerra al turco

En 1911, impelido por la marcha de las relaciones internacionales que auguraban un inmediato acuerdo entre Francia y Alemania por la cuestión de Marruecos, Giolitti “se vio obligado” –según sus propias palabras– a declarar la guerra a Turquía y emprender la Campaña de Tripolitania y Cirenaica (Libia). La guerra le granjeó consensos inesperados, como el de importantes jerarquías católicas, pero le sustrajo el apoyo de los socialistas. El vínculo no había sido idílico con ninguna de estas dos fuerzas, pero se habían podido mantener buenas relaciones dentro de unos márgenes. Las dificultades que se presentaban a un entendimiento con los socialistas parecieron allanarse cuando, en el VI Congreso del PSI (1900), se impusieron las tesis de la corriente reformista, encabezada por Filippo Turati y Leonida Bissolati.

Varias de las iniciativas del Congreso, tanto políticas, como económicas, eran contempladas también por los programas de las fuerzas de tendencia democrática o del liberalismo progresista. Por tanto, eran realizables dentro del ordenamiento legal del sistema. La historia del PSI en los primeros años de siglo se resuelve precisamente en la constante pugna entre reformistas y revolucionarios. Giolitti llegó a ofrecer una cartera ministerial a Turati en 1904, pero el líder socialista la rechazó, como hizo Bissolati años más tarde, si bien continuó dando su apoyo condicionado a la “línea democrática” de Giolitti. La facción revolucionaria del socialismo ganó mucho terreno a partir de 1904 y con su apoyo se desarrolló la huelga general de septiembre de 1904, la primera en la Historia de Italia. Este acontecimiento tuvo hondas repercusiones en otros sectores. Giolitti aprovechó la huelga para convocar elecciones e intentar rentabilizar el descontento público contra el Partido Socialista.

La medida tuvo éxito porque los católicos, con la anuencia de la Santa Sede, por primera vez en la Historia de la Italia unida, acudieron a las urnas destruyendo de hecho la vigencia del non expedit, aunque el Papado sostuviera sus posiciones frente al Estado italiano. Los votos católicos, además de llevar dos diputados al Parlamento, se dirigieron a apoyar las candidaturas anti-socialistas de moderados y giolittianos.

A partir de 1912, coincidiendo con el final de la Guerra Italo-turca y con la adopción del sufragio universal masculino, la tendencia revolucionaria del Partido Socialista se impuso definitivamente a la facción reformista, haciendo saltar en pedazos uno de los pilares de la política giolittiana. Esta nueva situación provocó un acuerdo generalizado entre católicos y liberales en las elecciones de 1913, conocido como Pacto Gentilote (por el conde Ottorino Gentilone, presidente de la Unione Elettorale Cattolica).

En octubre de 1913, cuando se celebraron las primeras elecciones con sufragio universal masculino, la población italiana se elevaba a 36 millones de habitantes. En relación a las elecciones de 1904, el porcentaje de la población con derecho a voto pasaba del 8 % al 24 % y a pesar de que la abstención seguía siendo elevada, por encima del 40 %, el porcentaje de votantes con respecto a la población total llegó por primera vez al 14 %. La mayoría alcanzada por liberales y demócratas (380 diputados sobre 508) resultaba aparentemente incontestable, pero era en realidad resultado de dos causas: el mantenimiento del colegio uninominal, que no permitía una relación directa entre votos y elegidos, de tal manera que los liberales obtuvieron una representación muy por encima del número de votos a su favor mientras que, al contrario, los socialistas se encontraban en la situación inversa; y, en segundo lugar, el triunfo de la mayoría se debió en gran medida al masivo apoyo de los votos católicos, que contribuyeron a elegir en torno a 200 diputados; los socialistas pasaron de 41 a 80 representantes y los católicos, de 14 a 29.


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Mensaje por Erich Hartmann » Dom Feb 18, 2007 1:20 pm

Guerra y paz

Giolitti había intentado la conservación del Estado liberal, abriéndolo hacia las masas excluidas, católicos y socialistas, mediante una política de reformas económicas. En vísperas de la Primera Guerra Mundial, este intento se podía dar por fracasado. Giolitti, subraya Gentile, no había advertido el surgimiento de nuevas clases medias, que no encontraban respuesta a sus preocupaciones en los programas de las fuerzas liberales.

Antes de que se formase el nuevo Gobierno, todos los analistas coincidieron en captar la profunda transformación que el sufragio universal había llevado al Parlamento. Por ello, se especulaba sobre el inminente abandono del poder por Giolitti, confiado en que, al controlar buena parte de la mayoría parlamentaria, podría volver al poder en un momento “más despejado”, como había hecho ya en cuatro ocasiones. La crisis fue provocada en marzo de 1914. Pero los cálculos del político de Dronero fallaron a causa del estallido de la Primera Guerra Mundial. El conservador Antonio Salandra fue el encargado de formar nuevo Gobierno, llevando al auténtico líder de los conservadores, Sidney Sonnino, a Exteriores.

La ocasión se presentaba propicia para la creación de un fuerte partido conservador que aglutinase a las fuerzas liberales. Para ello, la participación en una guerra que todos presentían breve podía convertirse en una baza importante, pues la reivindicación de los territorios irredentos aglutinaba a fuerzas políticas de muy distinto signo, desde los nacionalistas, radicales, republicanos, hasta significativas figuras del socialismo reformista. El Gobierno consiguió que el Parlamento avalase, en mayo de 1915, la decisión de entrar en guerra, que ya había sido tomada en connivencia con el Rey tiempo antes. El proyecto político de los conservadores se vino abajo al fallar todos los cálculos, porque la guerra se prolongó más de lo previsto, la derrota de Austria no resultó ser tan sencilla y el esfuerzo del país se elevó a cotas insoportables. El hecho más significativo de este fracaso fue la dimisión de Salandra, en junio de 1916, y la formación en adelante de Gobiernos nacionales, con la exclusión del Partido Socialista oficial, opuesto a la guerra. Lo que parecía una solución de emergencia se convirtió en la norma hasta el ascenso al poder del Fascismo.

A la división entre neutralistas e intervencionistas, entre giolittianos y antigiolittianos, se sumó, dentro de las filas del liberalismo, el desgaste producido por la gestión del país durante la guerra y una nueva división interna por las reivindicaciones territoriales, causa directa de la caída del gabinete Orlando, en junio de 1919. Su sucesor, Francesco Saverio Nitti, se propuso un amplio programa de reformas para superar la gravedad de la situación económica y restablecer la fortaleza de las instituciones, comenzando por promover la aproximación del país real al país legal mediante la promulgación de una nueva ley electoral que procurase una Cámara democrática y, por tanto, que consolidase las bases populares del sistema político. Posiblemente, Nitti no alcanzó a calcular el efecto de las elecciones, que se llevaron a cabo en el mes de noviembre mediante el sistema proporcional y escrutinio de lista, introducido por primera vez.

“En Italia como en Rusia”

El ambiente reinante era de una violencia extrema. En 1919 se produjeron 1.871 huelgas –el 90 %, en la industria– en las que participaron más de un millón y medio de trabajadores. En el Partido Socialista se imponían las tesis revolucionarias que promovían la lucha por una república socialista y la dictadura del proletariado, bajo el lema “En Italia como en Rusia”. Como respuesta, desde las páginas de Il Popolo d’Italia, Mussolini llamaba a la lucha contra lo que denominaba la bestia ritornante, convirtiéndose en portavoz de los nacionalistas y las asociaciones “combatentistas” (Arditi, futuristas y Asociación de Combatientes) que se presentaban como baluarte patriótico frente a la humillación internacional y al peligro rojo. En marzo de 1919, fundó los Fasci di Combattimento.

En enero, se había creado el Partito Popolare Italiano bajo la dirección de Luigi Sturzo, que comenzó a extenderse por todo el territorio con el apoyo del aparato eclesiástico. Para complicar las cosas, la posición internacional de Italia se hizo más precaria cuando el 12 de septiembre Gabriele D’Annunzio, con uniforme de teniente coronel de los Lanceros de Novara, ocupaba la reivindicada ciudad de Fiume, al frente de 2.000 voluntarios. Ante este complicado panorama, acuciado además por las frecuentes protestas públicas por el encarecimiento de los productos de primera necesidad, la ocupación de tierras, etc., el mundo liberal no supo encontrar una respuesta válida. Al analizar la Prensa los días de aquella campaña electoral, encontramos que el primer tema que ocupa las páginas de los periódicos, y marca las posiciones internas y externas del liberalismo, es la valoración de la intervención italiana en la guerra. Así, los liberales se presentaron escindidos en dos listas: una que sumaba a los intervencionistas, desde los nacionalistas a los conservadores; la otra, compuesta por los liberales y demócratas neutralistas o intervencionistas de última hora.

Con la orden expresa de Nitti a los prefectos de no intervenir en el proceso electoral, sin el artificio del sistema mayoritario, con colegios uninominales y sin el apoyo de los católicos, ahora unidos en una fuerza propia, los resultados de las elecciones de noviembre de 1919 supusieron el fin de la hegemonía liberal. Más de un tercio de los votos (32,3 %) fue a parar al Partido Socialista, que apareció como la fuerza triunfante, obteniendo 156 escaños; en segundo lugar se situaban los populares de Sturzo, con el 20,5 % de los sufragios, equivalentes a 100 escaños; los liberales, sumando los votos con demócratas y radicales, obtuvieron el 40,5 % de los votos, es decir, 197 diputados. Con los socialistas fuera del cuadro institucional, sólo quedaba como alternativa la formación de un Gobierno con el apoyo de los populares, como se hizo hasta 1922.

Pero la situación no daba tregua a la estabilidad de los gabinetes. La permanente agitación obrera y campesina llegó al punto culminante en 1920, cuando se produjeron más de 2.000 huelgas de muy distinto signo y con razón se hablaba entonces de “huelgamanía”. El Gobierno de Nitti resistió hasta junio de 1920, cuando fue sustituido por Giovanni Giolitti. Con los mismos métodos operativos de la preguerra y el propósito de estabilización del sistema, éste encarnó el difuso deseo de volver a la normalidad. Para ello, en primer lugar, buscó crear una mayoría formada por liberales, demócratas, populares, independientes de prestigio, como Benedetto Croce, el líder de los socialreformistas, Ivanoe Bonomi, y un socialista independiente proveniente del área sindical revolucionaria como Arturo Labriola.

Igual que había realizado antes de 1914 con otras fuerzas políticas, en esta ocasión utilizó a los fascistas como fuerza de choque contra el socialismo revolucionario, de forma que el punto culminante de las agitaciones obreras, la ocupación de fábricas, en agosto-septiembre de 1920, significó también el comienzo del ascenso imparable del Fascismo, que aparecía ya definido como un “movimiento de orden”. De ser una fuerza de implantación fundamentalmente urbana, a partir de los meses finales de 1920, fascismo y escuadrismo, extendieron su campo de acción al campo, consiguiendo una presencia territorial de ámbito nacional de la que jamás habían disfrutado. El escuadrismo, con su máxima presencia en el triángulo Bolonia-Ferrara-Piacenza, pasó desde aquel momento a encarnar la esencia del Fascismo, haciéndole adquirir una masa de consensos inesperados con la inclusión de masas campesinas y obreras en porcentajes apreciables.

Mientras que el Fascismo se implantaba rápidamente en la sociedad, el movimiento socialista ponía en evidencia su decadencia ante la falta de una estrategia concreta tanto en las luchas agrarias como en las obreras, y estaba acuciado además por disensiones internas que dieron origen, en enero de 1921, a una nueva formación política, el Partido Comunista de Italia, en cuyo primer comité central entraron Antonio Gramsci y Palmiro Togliatti.


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Mensaje por Erich Hartmann » Dom Feb 18, 2007 1:33 pm

“Fuegos artificiales”

Nunca pensó Giolitti que el movimiento fascista durase mucho tiempo. Decía que el Fascismo era como “fuegos artificiales”. Es decir, se interpretó como un movimiento de protesta, expresión de un estado de ánimo, de pasiones patrióticas nacionales, emotivas y, como tal, un movimiento transitorio con el cual además, al menos en ciertos sectores del liberalismo italiano, existían afinidades sobre los valores patrióticos. Giolitti, y no solo él, prisionero de esta percepción buscó la institucionalización del Fascismo, convencido de que acabaría por diluirse dentro del sistema. Infravaloró la capacidad personal de Mussolini para forzar el marco institucional en beneficio propio y de su partido. El movimiento liberal-democrático se había habituado a convivir y combatir al movimiento socialista y al movimiento católico, pero no a este tercer movimiento que, sorpresivamente, alteró completamente el cuadro político italiano.

En las elecciones de 1919, los fascistas no obtuvieron ninguna representación y el propio Mussolini, encabezando la lista por Milán, obtuvo 4.795 votos frente a los 170.000 de los socialistas. El proceso de institucionalización del Fascismo comenzó con las elecciones administrativas de noviembre de 1920, cuando Giolitti le dio entrada en los llamados “bloques nacionales”, con un programa decididamente anti-socialista. El éxito alcanzado en estas elecciones llevó a Giolitti a disolver las Cámaras y convocar elecciones en mayo de 1921. El cuadro político general se alteró muy poco en relación a 1919, pero sí destaca una novedad: la obtención de 35 escaños por parte de los fascistas y 10 de los nacionalistas.

Pacto fracasado

En consecuencia, la situación políticoparlamentaria no mejoró y ello provocó la caída de Giolitti a finales de junio. Los dos Gobiernos sucesivos encabezados por el socialista reformista Ivanoe Bonomi (julio 1921-febrero 1922) y el liberal Luigi Facta (febrero octubre 1922), desde las mismas coaliciones que los gabinetes anteriores, pretendieron la búsqueda de un acuerdo que aplacase los enfrentamientos entre los dos extremos: fascismo y socialismo. Fruto de esta política fue el llamado “pacto de pacificación” (agosto 1921) al que llegaron fascistas, socialistas y los sindicalistas de la Confederazione Generale del Lavoro (CGL). Mussolini llegó a afirmar que este acuerdo era el inicio de un nuevo rumbo en la Historia del país, pero poco tiempo después (noviembre) se vio presionado por sus propias bases para renegar del acuerdo, acusado de querer “parlamentarizar” el movimiento fascista. Desórdenes, violencia, enfrentamientos con muertos y heridos volvieron a ennegrecer la vida del país y el “pacto de pacificación” se resolvió con un clamoroso fracaso. La primavera y el verano de 1922 se caracterizaron por las continuas manifestaciones fascistas con grandes movilizaciones de masas, casi siempre con fines intimidatorios o de presión, en diversas localidades de la Emilia, Toscana, Lombardía y el Véneto. El liberalismo hacía tiempo que gobernaba a la defensiva, y no eran pocos los que pensaban que ningún Gobierno podría alcanzar la anhelada paz social sin la participación de los fascistas. Fue en esos momentos cuando se reveló la habilidad estratégica de Mussolini: mientras preparaba un plan de insurrección para la conquista del poder, el jefe del fascismo establecía en el terreno parlamentario una serie de contactos, e incluso negociaciones, a través de intermediarios, con los principales exponentes liberales y demócratas, que proponían la formación de gabinetes de concentración con la participación de los fascistas.

El mecanismo insurreccional saltó entre el 27 y el 28 de octubre –durante los días precedentes se había reunido en el Teatro San Carlo de Nápoles el Consejo Nacional Fascista–: durante la noche llegaron a Roma las primeras noticias que referían las movilizaciones fascistas (se hablaba de 30.000 hombres armados), de ocupaciones de cuesturas y prefecturas, de deserciones en los cuarteles, de requisiciones de vehículos y de trenes. El Gobierno, en reunión urgente, decidió la proclamación del estado de sitio, pero Víctor Manuel III se negó a refrendarlo. La tarde de ese mismo día, el Rey confió a Salandra la formación de un nuevo Gobierno. Sin embargo, ante la imposibilidad de alcanzar un acuerdo y después de un último intento telefónico de convencer a Mussolini, Salandra, al día siguiente, devolvió al Rey el mandato recibido. La reacción de Víctor Manuel fue comunicar a Mussolini que se le confiaba el encargo de formar un nuevo gabinete.

Una inyección de fascismo

Europa reaccionó con relativa sorpresa ante los cambios en Italia. El 28 de octubre, el diario El Sol vaticinaba el final del movimiento fascista, diluido en los usos y costumbres del régimen parlamentario: “El Fascio va a perder entre sus mismos prosélitos su carácter legendario”. ¿Qué es el fascismo?, preguntaba Josep Pla en El Sol del 31 de octubre. “Cosa típicamente mediterránea –le había dicho a Pla Vicente Blasco Ibáñez–, una cosa así como la asamblea de parlamentarios y el Somatén de Barcelona, mezclados, agitados y elevados a la enésima potencia y sin la placidez idílica y pastoril de nuestra ínclita milicia burguesa”. “No sé cómo será el fascismo italiano –escribía en El Sol del 7 de noviembre Ramiro de Maeztu– (...) pero me satisface en cuanto significa ruptura del pacifismo e indiferentismo liberales”. Más entusiasmo traslucía Manuel Bueno en El Imparcial: “Felicitémonos de que haya un Monarca en Europa que no se ha asustado de ensanchar el cauce constitucional para que el torrente revolucionario no se desbordase por encima de los márgenes del régimen”.


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Mensaje por Erich Hartmann » Mié Feb 21, 2007 10:09 pm

LA PROBETA

Con la Marcha sobre Roma, los fascistas italianos inauguraron un modelo político nuevo que fascinó a numerosos partidos en Europa, sedujo a muchos conservadores e influyó en el Nazismo. Ismael Saz explica la atracción fatal del modelo fascista en la política europea

Mussolini hizo en momentos distintos declaraciones opuestas acerca de la proyección exterior del Fascismo. Durante los años veinte, el Duce había llegado a afirmar en frase que se haría célebre que “el Fascismo no era una mercancía de exportación”. Sin embargo, el mismo Mussolini acabó afirmando rotundamente el carácter universal del fascismo, en tanto que “idea, doctrina y realización”, e incluso llegó a profetizar que en apenas una década Europa sería fascista o fascistizada. No eran sólo palabras. El régimen realizó siempre ingentes esfuerzos por popularizar el Fascismo fuera de las fronteras de Italia, utilizándolo a su vez como un factor nada despreciable de su política exterior. En la misma dirección, constituyó muy pronto los fasci al estero e inició la financiación de otros grupos fascistas o simplemente contrarrevolucionarios. A la altura de 1933, se pusieron en marcha iniciativas que, como los Comitati d´Azione per l´Universalità di Roma (CAUR), aspiraban a la constitución de una especie de internacional fascista.

Aunque esta vocación exterior del fascismo italiano estuvo siempre presente, no se puede negar que se llevó a cabo con mayor intensidad, coherencia y resolución, en los años treinta que en los veinte. De modo que algo de verdad había en las iniciales negaciones mussolinianas. Pero no exento de motivaciones tácticas. La llegada al poder de un movimiento violentamente nacionalista podía crear cierta intranquilidad entre sectores fundamentales de la opinión pública internacional, y esto era algo que a un régimen en periodo de consolidación no interesaba demasiado. Tampoco estaba todavía muy claro, ni siquiera para los propios fascistas italianos, en qué iría a concluir su propia experiencia. Desde su fundación en 1919 hasta finales de la década de los veinte, el Fascismo había ofrecido múltiples caras: desde su inicial radicalismo social y nacional hasta su violento giro a la derecha y desencadenamiento de la violencia escuadrista contra las organizaciones obreras; desde la moderación del primer Fascismo en el poder hasta la conformación de la dictadura abierta a mediados de los años veinte; y desde aquí, a la puesta de los rudimentos del Estado totalitario, en torno al cambio de década.

En los años veinte, el Fascismo pudo ser visto todavía, por propios y extraños, como un proceso todavía en construcción, que obedecía fundamentalmente a los problemas y contradicciones específicos de la sociedad italiana. Con todo, ya por estas fechas, el régimen pudo tomar perfectamente nota de que constituía un punto de referencia para otras dictaduras, como la española de Primo de Rivera y la polaca de Pilsudski, que si bien no eran fascistas, sí pretendían encontrar un factor de legitimación añadido en algunas de las características que compartían, o creían compartir, con la dictadura italiana. Viceversa, el régimen italiano intentó beneficiarse en el plano de la propaganda interior de las expectativas que despertaba en el exterior. En los años treinta, la situación había experimentado notables cambios. En el plano de la política interior, la consolidación del propio régimen parecía imponer la necesidad de marcarse nuevas tareas, so pena de que los sectores más conservadores de la alianza en el poder ganaran peso e influencia en detrimento del propio sector fascista. Una de las respuestas posibles a este desafío la constituía precisamente el señalamiento de nuevos objetivos internacionales en sus dos posibles y complementarias manifestaciones: una política exterior más agresiva y una voluntad de presentar al Fascismo como un nuevo modelo de civilización que, como tal, no podía detenerse en las fronteras de Italia.

Por otra parte, la gran depresión de los años treinta, que fue mucho más una crisis económica, contribuyó a reforzar el prestigio de aquellas experiencias que como, la italiana o la soviética, parecían estar soportando bien las contradicciones de un siglo que parecía ver flaquear las viejas estructuras económicas y sociales tanto como las instituciones propias del liberalismo y la democracia parlamentaria.

Un último factor fue el ascenso del partido nazi y la crisis de la democracia alemana. El ascenso del Nazismo y el principio del fin del sistema de Versalles parecían ir de la mano, dibujándose así una situación internacional que permitía y urgía a la vez la imposición de un mayor dinamismo y agresividad a la política exterior fascista. Más aún, el Nazismo se convirtió en un punto de referencia para la propia evolución del Fascismo italiano.

El modelo italiano

¿Qué tomaron los movimientos fascistas del modelo italiano? En primer lugar, una ideología nacionalista radical, absoluta, basada en la idea de una comunidad nacional popular, orgánica y jerarquizada; movilizada y militarizada; encaminada a la eliminación de todas las fracturas en el interior del país y a una proyección exterior agresiva y expansionista. Otros elementos del fascismo italiano fueron adoptados a modo de señas de identidad por la práctica totalidad de los restantes: la organización en milicias, los uniformes, los ritos y ceremonias, el culto de la violencia y de la muerte –recuérdese el “¡Presente!” falangista–.

Ello no supone ignorar la gran diversidad existente entre los distintos movimientos fascistas. El Faisceau de G. Valois, por ejemplo, ha sido calificado de naïf por su genuina creencia en el carácter socialista y revolucionario del fascismo. Algo de naïf tenía también José Antonio Primo de Rivera, pero éste desde una perspectiva harto más conservadora y de orden. El fuerte contenido religioso del fascismo español –que no hay que confundir con ningún tipo de clérico-fascismo, ni tampoco con el nacional catolicismo– era superado por el que se daba en la Guardia de Hierro rumana. Todo esto contrastaba fuertemente con el semipaganismo nazi o el cínico oportunismo mussoliniano. Los fascistas húngaros entre tanto, encontraron un modelo más próximo a su carácter genuinamente popular en el igualitarismo social nazi. La fuerte, y trágica, dimensión antisemita de los fascismos centroeuropeos no tuvo el mismo alcance entre los mediterráneos.


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Landzer
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Mensaje por Landzer » Jue Feb 22, 2007 2:23 am

Todo esta Muy interesante pero encontre un pequeño error
Benito Juarez no era Revolucionario sino Fue presidente de la Republica Mexicana en la Epoca de La Guerra de Intervencion Francesa
Lidereo a los Mexicanos en la lucha por expulsar a los Franceses de la Invasion a Mexico provocando la expulsion de los Franceses y la ejecucion de Maximiliano de Asburgo

Mandato: de 1861 a 1863 y una reelección de 1867 a 1872
Se le Conoce como el Benemerito de las Americas

Lider del Grupo Liberal Mexicano
"Tengamos razón o no, tenemos que ganar. Y cuando hayamos ganado, ¿quién nos preguntará por el método? Adolf Hitler

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Erich Hartmann
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Mensaje por Erich Hartmann » Sab Feb 24, 2007 2:33 pm

Un ejemplo suicida

Más allá de estas diferencias, existían otros dos planos en los que la influencia del fascismo italiano sobre sus émulos de otras latitudes se revelaría como fundamental: la estrategia de acceso al poder y la articulación del nuevo régimen. El modelo de la Marcha sobre Roma fue tan decisivo como frecuentemente suicida. Algunos movimientos fascistas ignoraron que la piedra angular de sus posibilidades de éxito radicaba en su captación de una autónoma y potente base de masas, adoptando del ejemplo italiano lo que aquí había sido la culminación de un proceso previo. Tal fue el caso, por ejemplo, del partido fascista español que llegó a soñar con una toma del poder en 1935 justo cuando estaba en la fase extrema de movimiento minoritario. Tal fue, también, el caso del movimiento nazi, que ensayó en 1923, en el putsch de la cervecería de Munich, algo parecido a una marcha sobre Berlín. El NSDAP supo, sin embargo, rectificar, adoptando una línea de combinación de la acción legal por arriba y de la violencia ilegal por abajo que, en último término, tendría un completo éxito.

Pero el éxito del nacionalsocialismo alemán habría de suponer la única excepción al fracaso generalizado de los movimientos fascistas. Tal vez porque los nazis consiguieron articular satisfactoriamente otro de los elementos fundamentales de la experiencia italiana, el que se refiere al complejo juego de las relaciones con la derecha social y política. Tanto italianos como alemanes atemperaron claramente sus elementos de radicalismo hasta el punto de presentarse –contra toda evidencia– como partidos del orden y del reforzamiento del Estado. Comprendieron además que sólo en alianza con las citadas fuerzas de la derecha política y social podían llegar al poder. Pero no ignoraron nunca que tal colaboración sólo podría tener sentido desde la más estricta salvaguarda de su autonomía, cimentada a su vez en una base de masas propia.

Sin la gran crisis del capitalismo y sin el ascenso de los nazis al poder, el Fascismo habría pasado probablemente a la Historia como una experiencia específicamente italiana, que habría encontrado a lo sumo algunos émulos menores y simpatizantes extranjeros. Es posible, incluso, que como uno de tales hubiese pasado a la Historia un tal Adolf Hitler, líder de un minoritario partido extremista en la Alemania de Weimar, quien como tantos otros fascistas o simpatizantes europeos del Fascismo, tenía en su mesa el habitual retrato de Mussolini. La Historia no se detuvo, sin embargo, en 1929 y el Fascismo sería recordado, no como una ocasional experiencia de un país relativamente periférico, sino como el gran desafío a la civilización liberal, con movimientos más o menos identificados con él en casi todos los países, y con un partido, el NSDAP, encaramado al poder absoluto en el país más moderno e industrializado de Europa.

La circunstancia decisiva fue el ascenso de Hitler al poder. Hasta el punto de que puede hablarse en propiedad de 1933 como del “año del fascismo”. El modo en que los nazis se situaban ante el modelo fascista y el modo en que, recíprocamente, lo hacían los italianos, repercutió en otros movimientos fascistas. Los más claramente profascistas de los nazis –Hitler y Goering, especialmente– hubieron de confrontar las reticencias de sus camaradas respecto del Fascismo italiano al que consideraban escasamente socialista, carente de una adecuada política racial y opresor, además, de la minoría alemana del Alto Adigio, pero estas diferencias pudieron amortiguarse. Por paradójico que pueda resultar, la imagen del NSDAP como partido fascista favoreció su ascenso, al conferirle ante sus aliados conservadores el aura de respetabilidad y moderación que estos creían apreciar en el régimen italiano. Ya en el poder, los nacionalsocialistas adoptaron toda una serie de medidas para las que ya tenían, en Italia, un modelo, algo que los fascistas de este país habían tenido que ir forjando poco a poco, entre grandes resistencias y sin grandes referencias previas: el organigrama corporativo, la organización de la cultura y la propaganda, instituciones para el encuadramiento de la población, creación de una policía especial… Una de las más exitosas experiencias nazis, la de “La Fuerza a través de la alegría”, era una copia –al principio literal– del Dopolavoro italiano.

Superar al maestro

Sin embargo, por la mayor fuerza autónoma, coherencia y radicalismo del partido y el hecho de que los nazis no tuvieron el inconveniente de encontrarse con una Monarquía o un Vaticano, pronto quedó evidenciado que el discípulo estaba superando al maestro. En sólo unos meses, los nazis llevaron a cabo la obra de destrucción de la democracia liberal y de las organizaciones obreras y democráticas, que en Italia había costado varios años; socialmente, transmitieron una imagen de mayor igualitarismo que sus correligionarios italianos. En apenas dos años, habían iniciado ya el asalto que terminaría por quebrar la autonomía de la burocracia, el ejército y las iglesias, que los fascistas italianos apenas si habían alcanzado a erosionar. Con el antisemitismo y la política racial, descubrieron enemigos interiores a los que persiguieron con particular saña y brutalidad. En suma, el Nazismo parecía estar llevando a cabo de modo mucho más rápido, radical y coherente, lo que, con todo –política racial relativamente al margen– constituía el objetivo fundamental del Fascismo italiano.

El triunfo del Nazismo constituyó tanto un espaldarazo al Fascismo como fenómeno internacional y un reto para la Italia fascista. Por una parte, el Fascismo se consolidaba como doctrina universal; por otra, el liderazgo del Fascismo y los movimientos fascistas podía ser disputado ahora desde Berlín. En la medida en que el prestigio internacional y las simpatías fascistas o profascistas de distintos sectores de la sociedad occidental constituían un componente básico de la política exterior fascista, la dimensión del problema se veía multiplicada.

El ascenso del Nazismo se vio como un éxito de la doctrina fascista, pero con la prevención ante el más que probable rival por la hegemonía. Muy pronto pudo apreciarse, sin embargo, que la eficacia, coherencia, rapidez y radicalidad con la que los nazis llevaron a cabo la destrucción del Estado liberal y la construcción de un modelo alternativo, empezó a ejercer una fuerte atracción entre los fascistas italianos. No es que los objetivos, totalitarios, de ambas dictaduras divergieran, sino que los nazis los habían puesto en práctica de modo más radical. Para el Fascismo italiano, como para los nazis, las limitaciones de la experiencia italiana tenían nombres y apellidos: la Monarquía, la burocracia, el ejército, la Iglesia, la burguesía, en fin todos los sectores que en el marco de la alianza contrarrevolucionaria o compromiso autoritario habían conseguido mantener de un modo harto efectivo sus propios intereses y esferas de poder.


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Mensaje por Erich Hartmann » Sab Feb 24, 2007 2:36 pm

Un ejemplo suicida

Más allá de estas diferencias, existían otros dos planos en los que la influencia del fascismo italiano sobre sus émulos de otras latitudes se revelaría como fundamental: la estrategia de acceso al poder y la articulación del nuevo régimen. El modelo de la Marcha sobre Roma fue tan decisivo como frecuentemente suicida. Algunos movimientos fascistas ignoraron que la piedra angular de sus posibilidades de éxito radicaba en su captación de una autónoma y potente base de masas, adoptando del ejemplo italiano lo que aquí había sido la culminación de un proceso previo. Tal fue el caso, por ejemplo, del partido fascista español que llegó a soñar con una toma del poder en 1935 justo cuando estaba en la fase extrema de movimiento minoritario. Tal fue, también, el caso del movimiento nazi, que ensayó en 1923, en el putsch de la cervecería de Munich, algo parecido a una marcha sobre Berlín. El NSDAP supo, sin embargo, rectificar, adoptando una línea de combinación de la acción legal por arriba y de la violencia ilegal por abajo que, en último término, tendría un completo éxito.

Pero el éxito del nacionalsocialismo alemán habría de suponer la única excepción al fracaso generalizado de los movimientos fascistas. Tal vez porque los nazis consiguieron articular satisfactoriamente otro de los elementos fundamentales de la experiencia italiana, el que se refiere al complejo juego de las relaciones con la derecha social y política. Tanto italianos como alemanes atemperaron claramente sus elementos de radicalismo hasta el punto de presentarse –contra toda evidencia– como partidos del orden y del reforzamiento del Estado. Comprendieron además que sólo en alianza con las citadas fuerzas de la derecha política y social podían llegar al poder. Pero no ignoraron nunca que tal colaboración sólo podría tener sentido desde la más estricta salvaguarda de su autonomía, cimentada a su vez en una base de masas propia.

Sin la gran crisis del capitalismo y sin el ascenso de los nazis al poder, el Fascismo habría pasado probablemente a la Historia como una experiencia específicamente italiana, que habría encontrado a lo sumo algunos émulos menores y simpatizantes extranjeros. Es posible, incluso, que como uno de tales hubiese pasado a la Historia un tal Adolf Hitler, líder de un minoritario partido extremista en la Alemania de Weimar, quien como tantos otros fascistas o simpatizantes europeos del Fascismo, tenía en su mesa el habitual retrato de Mussolini. La Historia no se detuvo, sin embargo, en 1929 y el Fascismo sería recordado, no como una ocasional experiencia de un país relativamente periférico, sino como el gran desafío a la civilización liberal, con movimientos más o menos identificados con él en casi todos los países, y con un partido, el NSDAP, encaramado al poder absoluto en el país más moderno e industrializado de Europa.

La circunstancia decisiva fue el ascenso de Hitler al poder. Hasta el punto de que puede hablarse en propiedad de 1933 como del “año del fascismo”. El modo en que los nazis se situaban ante el modelo fascista y el modo en que, recíprocamente, lo hacían los italianos, repercutió en otros movimientos fascistas. Los más claramente profascistas de los nazis –Hitler y Goering, especialmente– hubieron de confrontar las reticencias de sus camaradas respecto del Fascismo italiano al que consideraban escasamente socialista, carente de una adecuada política racial y opresor, además, de la minoría alemana del Alto Adigio, pero estas diferencias pudieron amortiguarse. Por paradójico que pueda resultar, la imagen del NSDAP como partido fascista favoreció su ascenso, al conferirle ante sus aliados conservadores el aura de respetabilidad y moderación que estos creían apreciar en el régimen italiano. Ya en el poder, los nacionalsocialistas adoptaron toda una serie de medidas para las que ya tenían, en Italia, un modelo, algo que los fascistas de este país habían tenido que ir forjando poco a poco, entre grandes resistencias y sin grandes referencias previas: el organigrama corporativo, la organización de la cultura y la propaganda, instituciones para el encuadramiento de la población, creación de una policía especial… Una de las más exitosas experiencias nazis, la de “La Fuerza a través de la alegría”, era una copia –al principio literal– del Dopolavoro italiano.

Superar al maestro

Sin embargo, por la mayor fuerza autónoma, coherencia y radicalismo del partido y el hecho de que los nazis no tuvieron el inconveniente de encontrarse con una Monarquía o un Vaticano, pronto quedó evidenciado que el discípulo estaba superando al maestro. En sólo unos meses, los nazis llevaron a cabo la obra de destrucción de la democracia liberal y de las organizaciones obreras y democráticas, que en Italia había costado varios años; socialmente, transmitieron una imagen de mayor igualitarismo que sus correligionarios italianos. En apenas dos años, habían iniciado ya el asalto que terminaría por quebrar la autonomía de la burocracia, el ejército y las iglesias, que los fascistas italianos apenas si habían alcanzado a erosionar. Con el antisemitismo y la política racial, descubrieron enemigos interiores a los que persiguieron con particular saña y brutalidad. En suma, el Nazismo parecía estar llevando a cabo de modo mucho más rápido, radical y coherente, lo que, con todo –política racial relativamente al margen– constituía el objetivo fundamental del Fascismo italiano.

El triunfo del Nazismo constituyó tanto un espaldarazo al Fascismo como fenómeno internacional y un reto para la Italia fascista. Por una parte, el Fascismo se consolidaba como doctrina universal; por otra, el liderazgo del Fascismo y los movimientos fascistas podía ser disputado ahora desde Berlín. En la medida en que el prestigio internacional y las simpatías fascistas o profascistas de distintos sectores de la sociedad occidental constituían un componente básico de la política exterior fascista, la dimensión del problema se veía multiplicada.

El ascenso del Nazismo se vio como un éxito de la doctrina fascista, pero con la prevención ante el más que probable rival por la hegemonía. Muy pronto pudo apreciarse, sin embargo, que la eficacia, coherencia, rapidez y radicalidad con la que los nazis llevaron a cabo la destrucción del Estado liberal y la construcción de un modelo alternativo, empezó a ejercer una fuerte atracción entre los fascistas italianos. No es que los objetivos, totalitarios, de ambas dictaduras divergieran, sino que los nazis los habían puesto en práctica de modo más radical. Para el Fascismo italiano, como para los nazis, las limitaciones de la experiencia italiana tenían nombres y apellidos: la Monarquía, la burocracia, el ejército, la Iglesia, la burguesía, en fin todos los sectores que en el marco de la alianza contrarrevolucionaria o compromiso autoritario habían conseguido mantener de un modo harto efectivo sus propios intereses y esferas de poder.


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