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Heinz Linge, la sombra del Führer

Todos los personajes de la Segunda Guerra Mundial

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Barbarossa
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Heinz Linge, la sombra del Führer

Mensaje por Barbarossa » Jue Nov 25, 2010 12:21 pm

Heinz LINGE (* 23 de marzo de 1913, en Bremen - † 9 de marzo de 1980, en Hamburgo) fue un oficial de las SS y ayuda de cámara de Adolf Hitler. En 1933, Sepp Dietrich lo nombró miembro del grupo de 117 guardaespaldas de Hitler. Entre enero de 1935 y abril de 1945, estuvo al servicio personal del dictador, alcanzando el rango de SS-Obersturmbannführer.

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Vida

Los estudios de Linge fueron primarios, pues, en sus inicios, comenzó a ganarse la vida como albañil, hasta que consiguió matricularse en una escuela técnica.

Actividad política

En 1932, se afilió al NSDAP (nº 1.260.490) y se unió a las SS (nº 35.795). El 17 de marzo de 1933 y a la edad de 20 años, se incorporó al Leibstandarte-SS Adolf Hitler - LSSAH.

El 24 de enero de 1935, fue elegido personalmente por Hitler como su nuevo ayudante. Tras un periodo de formación en la escuela de hostelería de Múnich-Pasing, Linge se incorporó, ya oficialmente, al grupo de ayudas de cámara de Hitler.

El 10 de septiembre de 1939, uno de los ayudas de cámara de la Cancillería, Karl Wilhelm Krause, fue despedido después de que, con ocasión de una de las visitas de inspección al frente durante la campaña de Polonia, hubiese tratado de engañar a Hitler a cuenta de una botella de agua mineral, por lo que el Führer eligió a Heinz Linge como ayudante personal y le nombró Chef des persönlichen Dienstes (Jefe del Servicio Personal), cargo que siguió desempeñando hasta el suicidio de Hitler el 30 de abril de 1945.

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Karl Wilhelm Krause, sentado detrás de Hitler
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Una vez muertos Hitler y Eva Braun, Linge, cumpliendo las órdenes del Führer, roció sus cadáveres con gasolina y los incendió en el jardín situado en las afueras del búnker de la Cancillería, estando presentes Martin Bormann, Ludwig Stumpfegger (el médico de Hitler), Otto Günsche (ayudante de las SS ante el Führer), Erich Kempka (el chófer de Hitler que se ocupó de reunir el combustible necesario para la incineración), así como por algunos miembros de la escolta personal de Hitler pertenecientes al Führerbegleitkommando. Los restos calcinados del matrimonio fueron colocados en el cráter de un obús y cubiertos de escombros.

Cautiverio en la URSS

Muerto Hitler, Linge fue uno de los últimos en abandonar el Führerbunker, tratando de huir del cerco soviético que se iba cerrando en torno a la Cancillería, pero, el 2 de mayo de 1945, fue capturado por una unidad del Ejército Rojo, que lo condujo a un centro de detención para prisioneros de guerra. Una vez identificado y reconocido, fue trasladado a la prisión del NKVD en Moscú, la Lubyanka, donde fue sometido a prolongados interrogatorios secretos, acompañados, en ocasiones, de tortura, para que aclarase las muchas dudas que los dirigentes soviéticos tenían acerca de Hitler y su supuesta muerte.

Stalin dudaba de la versión del suicidio y buscaba cualquier indicio que corroborase la tesis de que, en realidad, Hitler había conseguido salir con vida del búnker y huir. En consecuencia, Linge era una pieza esencial del puzzle, por lo que sus interrogadores le exigían constantemente datos que demostrasen la tesis de la fuga. Pese a la tortura, Linge se mantuvo firme al sostener que Hitler y su esposa se habían suicidado, y, además, proporcionó al NKVD información muy valiosa sobre el círculo de poder alemán entre los años 1939 y 1945.

En 1946 y durante un breve periodo de tiempo, Linge fue conducido a Berlín, concretamente a los jardines de la Reichskanzlei, donde fue obligado a detallar y marcar “in situ” todos los detalles y circunstancias que rodearon los últimos días de la vida del Führer, así como el lugar exacto donde, supuestamente, habían sido enterrados los cadáveres de Adolf Hitler y Eva Braun un año antes.

En cualquier caso, lo cierto es que, desde mayo de 1945, multitud de cadáveres y restos humanos fueron apareciendo en las inmediaciones de los jardines de la Cancillería y, teniendo en cuenta el estado de la medicina forense de aquella época, no hubo posibilidad ninguna de certificar si alguno de tales restos correspondía al matrimonio Hitler-Braun.

En 1950, un Tribunal soviético condenó a Heinz Linge a 25 años de trabajos forzados.

Retorno a Alemania y muerte

Cumplió su condena durante cinco años, hasta que, una vez muerto Stalin y a raíz de la visita del Bundeskanzler Konrad Adenauer a Moscú en septiembre de 1955, Heinz Linge y otros muchos prisioneros de guerra alemanes fueron liberados.

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La madre de un prisionero de guerra alemán da las gracias, al Canciller Adenauer, por el retorno de su hijo. Aeropuerto de Colonia/Bonn. 14 de septiembre de 1955

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Sello conmemorativo de los prisioneros de guerra alemanes

Distinto fue el trato dispensado por las autoridades soviéticas a Otto Günsche, antiguo SS-Obersturmbannführer y ayudante militar de Hitler, quien compartió con Linge los prolongados interrogatorios a cargo del NKVD y su posterior cautiverio. Günsche también fue condenado a 25 años de trabajos forzados, pero, en 1955, fue deportado a la República Democrática Alemana y entregado al Ministerium für Staatssicherheit (Stasi), que lo internó en el prisión de Bautzen. En mayo de 1956, fue liberado, y se trasladó a la República Federal de Alemania, donde murió en octubre de 2003.

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Linge y Günsche, fotografiados en la Lubyanka de Moscú
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Tras su retorno a Alemania, Linge se incorporó, como agente comercial, a la empresa "Delfs-Nordmark-Fertighäuser", en la que logró una cierta prosperidad. Trabajó en ese puesto hasta cumplir los 65 años. El 9 de marzo de 1980, a punto de cumplir los 67 años, Heinz Linge murió en una clínica de Hamburgo.

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La vida privada de Adolf Hitler

Aunque en menor medida que su actividad oficial, también la vida privada de Hitler fue objeto de interés para los investigadores soviéticos.

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http://www.saxony-anhalt.info/Heinz_Linge

Este fue el relato hecho en Moscú, en palabras del propio Linge:

De joven, me ganaba la vida como albañil y lo cierto es que nunca estuve muy interesado en cuestiones políticas, pero, en 1933, me enrolé en las SS y, un año más tarde, yo y otros doce camaradas fuimos llamados a prestar servicio en el Berghof, que era el refugio alpino de Hitler, en el que pasaba largas temporadas.

Un año después, entré a formar parte del personal de servicio en las residencias del Führer, convirtiéndome en su ayuda de cámara en septiembre de 1939, al poco de estallar la guerra.

Mi trabajo consistía en clasificar, cada mañana, los periódicos y los despachos procedentes del extranjero; después, los depositaba sobre una silla, fuera del dormitorio de Hitler. Hacia las 11:00 horas, yo le despertaba, él se levantaba, abría el correo y leía todos los documentos en la cama, junto a la cual yo ya le había preparado una mesa de té con libros, periódicos, sus gafas y un estuche con lápices de colores.

Yo siempre tenía que ocuparme de proporcionarle sus útiles de escritura y sus gafas (él no quería que se le viese en público con las gafas, pues las consideraba un signo de debilidad); por eso, siempre que íbamos de viaje, yo llevaba un par de gafas de repuesto, ya que él solía romperlas con bastante frecuencia, dada su costumbre de jugar con ellas mientras rumiaba la solución de algún problema.

Después de la sesión matinal de lectura, Hitler seguía siempre la misma rutina: se afeitaba, se quitaba su pijama blanco y lo depositaba sobre la cama, se bañaba, tomaba la ropa del estante y se vestía. A Hitler siempre le gustó vestirse por sí solo y, además, lo hacía con la precisión de un reloj, por lo que mi presencia en la habitación era como la de una especie de controlador. Cuando él decía “Los!” (Vamos), el reloj se ponía en marcha y comenzaba el ejercicio de vestirse; cuanto más rápido lo hacía, mejor era su humor.

Se colocaba delante del espejo, con los ojos cerrados, y sólo entonces me pedía que le ayudase con la corbata, que también debía ser anudada en un tiempo récord. Él tenía la costumbre de contar los segundos y, tan pronto como yo decía “terminado”, él abría los ojos y comprobaba su aspecto en el espejo.

Cuando eran necesarios los servicios del peluquero y del sastre, Hitler, para ahorrar tiempo, les hacía trabajar juntos. En ese sentido, es destacable que el característico peinado de Hitler, con su flequillo ladeado, y su bigote causaban furor entre el pueblo. Él era consciente de ello y se sentía muy orgulloso al respecto. Además, nosotros nos fijábamos mucho en el bigote, pues era una señal inequívoca de su estado de ánimo: si hacía el gesto de aspirar, es que estaba de mal humor, lo que, inmediatamente, nos ponía en guardia.

No siempre era fácil entender las reacciones de Hitler. En unos casos, se mostraba muy agradecido y complacido con cosas nimias, pero, en otros, era inflexible e insensible. Recuerdo haberle visto compungido y paternal respecto de una de sus secretarias a la que, sin querer, había pisado en un dedo del pie; pero también recuerdo haberle visto comportarse con la frialdad de un témpano de hielo cuando dictaba órdenes que equivalían a enviar a miles de hombres a la muerte.

Tener el “privilegio” de ser objeto de sus atenciones no era siempre agradable. Recuerdo que, con mucha frecuencia, él me sermoneaba acerca de mi condición de fumador y lo perjudicial que era para mi salud, pero, claro está, yo no tenía otra opción que la de escucharle.

Unos cuarenta minutos después de levantarse, Hitler desayunaba en la biblioteca; era muy frugal, pues se limitaba a tomar una taza de leche o té, galletas o pan en rodajas, y una manzana. Durante el desayuno, él leía con atención el menú del almuerzo. Siempre se incluían dos menús vegetarianos (en ninguno de ellos debía faltar una manzana) para que él eligiese uno de ambos. Hitler rechazaba la carne, pero si gente de fuera venía a comer, siempre se preparaba un menú en el que la falta de carne no resultase demasiado evidente.

El hecho de que a Hitler no le gustase madrugar era el motivo por el que el almuerzo del mediodía no empezara a servirse hasta, al menos, las 14:30 horas, con lo que la docena de invitados que, como regla general, solían acompañarle en las comidas, tenían que calmar su hambre comiendo entre horas, de modo que, cuando se sentaban a comer, ya no tenían apetito.

Durante la jornada de trabajo, yo me ocupaba de conducir a presencia de Hitler a todas aquellas personas que, anteriormente, hubiesen concertado una entrevista con él.

Las comidas de Hitler se servían tibias, ya que una operación que le hicieron en la garganta -a causa de un ataque con gas durante la Primera Guerra Mundial- había dejado sus cuerdas vocales muy sensibles.

Su dieta consistía, principalmente, en patatas y vegetales, un guiso sin carne, y fruta. En algunas ocasiones, bebía cerveza durante la comida, y vino en ciertos actos oficiales que requerían un brindis. Como vegetariano, era muy estricto respecto de la carne y el tabaco, pero no lo era tanto respecto del alcohol, aunque siempre consideró la embriaguez como algo repulsivo. En cualquier caso, en 1943 abandonó por completo el consumo de cerveza, al percatarse de que estaba empezando a acumular grasa en la zona de las caderas. Estaba convencido de que al pueblo no le agradaría tener un Canciller obeso.

La cena era más íntima, pues a ella solían asistir unos pocos invitados, y solía dar comienzo a eso de las 20:00 horas.
También, entonces, se comportaba como un vegetariano y no se cansaba de repetir que “el día más desastroso en la historia de la humanidad fue aquél en que el primer hombre comió carne cocinada”; él estaba absolutamente convencido de que esa costumbre no sólo era contra-natura, sino que, además, acortaba la vida humana hasta los 60 ó 70 años. Llegó a afirmar que aquellos animales cuya nutrición era natural prolongaban, entre ocho y diez veces, su periodo de desarrollo hasta llegar a la madurez completa. Estaba absolutamente convencido de que, si todos fuésemos vegetarianos, viviríamos hasta los 150 ó 180 años.

Todo esto exasperaba a sus médicos, que, constantemente, trataban de persuadirle para que cambiase de dieta, se ajustara a un horario más regular, durmiera más tiempo e hiciese más ejercicio.

Él me contó en varias ocasiones, que, desde que terminó la Primera Guerra Mundial, padecía de problemas estomacales, por lo que, en ocasiones y cuando creía que nadie le observaba, le vi retorcerse de dolor.

Durante los diez años que trabajé a su servicio, siempre estuvo preocupado por su salud, y, de hecho, su declive mental empezó bastante pronto.

A finales de 1942, cuando la batalla de Stalingrado comenzó a convertirse en un desastre, empezó a tener temblores en su mano izquierda. Él se esforzaba mucho por disimularlos ante los extraños, para lo que presionaba fuertemente la mano contra su cuerpo, o la sostenía firmemente con la mano derecha.

En 1943 y de la noche a la mañana, prácticamente se convirtió en un anciano. A finales de 1944, sus movimientos eran torpes y se inclinaba hacia delante o hacia los lados. Cuando quería sentarse, había que colocarle la silla.

A pesar su progresivo debilitamiento físico, Hitler nunca se preocupó por su seguridad personal. Rechazaba tomar cualesquiera precauciones (como, por ejemplo, entrar en los edificios, discretamente, utilizando puertas laterales o traseras) y las consideraba exageradas, afirmando “ningún trabajador alemán me desea hacer daño”.

Sólo unos pocos atentados frustrados fueron conocidos por la opinión pública. En algún caso, él escapó por muy poco, como cuando el automóvil de Himmler fue tiroteado en un atentado que iba claramente dirigido contra Hitler, el cual, por alguna extraña razón, viajaba ese día en el coche de atrás.

En realidad, las únicas precauciones que tomaba eran las referidas a la comida, prohibiendo que le sirviesen alimentos procedentes del extranjero, y exigiendo que su agua fuese controlada cada día.

Al terminar la guerra, se decía que Hitler tenía tanto miedo a ser asesinado que, por ese motivo, siempre viajaba en tren con las cortinas de las ventanas bajadas. Esto no es cierto; en realidad, el motivo de viajar así no era otro que el hecho de que sus ojos soportaban mal la luz del sol; de hecho, incluso la luz artificial intensa le molestaba.

No, ciertamente Hitler se consideraba un hombre tocado por la Fortuna y, durante bastantes años, realmente lo fue. Sólo en una ocasión, el 20 de julio de 1944, resultó dañado por una bomba. Unas 200 astillas de madera se incrustaron en la pierna del Führer, su uniforme quedó hecho jirones, y su pelo terminó chamuscado y colgándole en trazas. Pese a ello, en los momentos inmediatamente posteriores al atentado, él mantuvo la calma y su médico comprobó que el puso no se le había acelerado. Para mí, el único indicio revelador de que algo anormal había ocurrido fue el que me permitiese ayudarle a ponerse unos nuevos pantalones, algo que, en mis diez años de servicio, nunca antes había hecho.

Seis meses después, en diciembre de 1944, el estado de ánimo en el Berghof había cambiado por completo; nuestras esperanzas de un posible cambio en el rumbo de la guerra se habían esfumado. Las victorias conseguidas en el frente occidental no habían servido para nada.

Cada vez con mayor frecuencia, Hitler hablaba sobre el pasado. Su salud se iba deteriorando y, con ella, su espíritu. Empezó a desconfiar de todos los que le rodeaban. Durante esos días yo estuve especialmente atento y vigilante, y el Führer, que confiaba en mí ciegamente, era consciente de ello. En una ocasión, me llegó a decir “Linge, cuando usted está detrás de mí, me siento más seguro que si estuviese escoltado por un Obergruppenführer”.

Ya en Berlín, la celebración de su cumpleaños el 20 de abril, prácticamente pasó desapercibida, hasta el punto de que, tan sólo siete días más tarde él, me revelaría sus planes para suicidarse junto con Eva.

En los años que le serví, yo fue testigo de cómo él y Eva convivían como marido y mujer, en los periodos de tiempo en que ambos coincidían en el Berghof. Ellos tenían cuatro habitaciones para preservar su intimidad: dos dormitorios y dos aseos con comunicación interior. Hitler terminaba casi todas sus jornadas tomando té, a solas, con Eva en su estudio, mientras ella, vistiendo sólo una bata de casa, bebía vino espumoso.

Como cualquier otra “esposa”, Eva tenía cierta influencia sobre su marido y, por ejemplo, consiguió persuadirle para que ampliara las razones de racionamiento para las mujeres cuyos maridos volvían del frente, o para que dejara a un lado su proyecto de cerrar todas las peluquerías.

Nadie estaba más próximo a Hitler que Eva, a pesar de lo cual él se cuidaba mucho de comportarse familiarmente con ella cuando estaban presentes otras personas. Hitler estaba convencido de que su obligación era la de entregarse por completo al pueblo alemán, y si éste llegaba a saber que él tenía una relación amorosa, perdería la fe en su Führer.

Dos días más tarde, Hitler me contó que Eva, como muestra de fidelidad, había decidido acompañarle en sus planes de suicidio, y que, en señal de agradecimiento, él la iba a convertir en su esposa.

Suicidio de Hitler

Linge relató así a sus interrogadores cómo pasó Hitler los últimos días de su vida:

El 27 de abril de 1945, Hitler me llamó a su despacho. Los rusos estaban avanzando por todo Berlín y el Führer, normalmente muy optimista, había empezado a asumir la inevitabilidad de la derrota.

El estaba absolutamente ensimismado, aislado del mundo exterior y sólo se relacionaba con Eva Braun y conmigo, y ello aun cuando estábamos celebrando una pequeña fiesta por su 55 cumpleaños.

Sin ningún preámbulo, Hitler me dijo: “Linge, me gustaría que usted se reuniese con su familia”. Yo le interrumpí, diciéndole: “Mein Führer, he estado a su lado en los buenos tiempos, y permaneceré también en los malos”. Con mucha tranquilidad, Hitler aceptó lo que le dije, pero añadió: “en cualquier caso, tengo otro trabajo del que quiero que se ocupe usted personalmente. Reúna un par de mantas en mi dormitorio y consiga gasolina suficiente para dos cremaciones. Tengo intención de pegarme un tiro junto con la señora Eva Braun. Usted se encargará de cubrir los cadáveres con mantas, sacarlos al jardín y quemarlos”; fue especialmente insistente en esta última cuestión, pues le horrorizaba la idea de que su cuerpo pudiese ser capturado por los rusos.

Jawohl, mein Führer!”, contesté yo, tartamudeando y temblando. No había más que decir. Discretamente -mis rodillas apenas sí podían sostenerme- abandoné el despacho y dejé a Hitler solo con sus pensamientos.

En su último día de vida, Hitler, después de contraer matrimonio con Eva Braun, prácticamente no abandonó su dormitorio, permaneciendo despierto y vestido, encima de la cama.

Linge explicó así cómo fueron los últimos momentos en la vida de Hitler:

Después de que éste se despidiese de sus secretarias, sirvientes y ayudantes, él y su nueva esposa se encerraron en su habitación del búnker. Minutos antes de las 16:00 horas, Linge accedió al vestíbulo y pudo oler el característico olor a pólvora quemada. A continuación y acompañado de Martin Bormann, abrió la puerta del despacho de Hitler y se encontró el siguiente panorama:

Cuando abrí la puerta de su habitación, me encontré con una escena que nunca olvidaré: a la izquierda del sofá estaba Hitler, sentado y muerto. A su lado, también muerta, Eva Braun. En la sien derecha de Hitler se podía observar una herida del tamaño de una pequeña moneda y sobre su mejilla corrían dos hilos de sangre. En la alfombra, junto al sofá, se había formado un charco de sangre del tamaño de un plato. Las paredes y el sofá también estaban salpicados con chorros de sangre. La mano derecha de Hitler descansaba sobre la rodilla, con la palma mirando hacia arriba. La mano izquierda colgaba inerte. Junto al pie derecho de Hitler, había una pistola del tipo Walther, calibre 7,65 mm. Al lado del pie izquierdo, otra del mismo modelo, pero de calibre 6,35 mm. Hitler vestía su uniforme militar gris y llevaba puestas la insignia de oro del Partido, la cruz de hierro de primera clase y la medalla de los heridos de la Primera Guerra Mundial; además, llevaba puesta una camisa blanca con corbata negra, un pantalón de color negro, calcetines y zapatos negros de cuero.

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En 1956, la Fiscalía de Baviera realizó una reconstrucción del suicidio de Hitler y de Eva Braun, en base a los testimonios de Heinz Linge y Otto Günsche, utilizando, para ello, a dos funcionarios de la Administración de Justicia, que recrearon la posición final de los dos cadáveres
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Bormann salió a la antesala para llamar a los soldados de las SS que debían llevar los dos cadáveres al jardín. Linge trajo de la antesala las mantas que allí había dispuesto para envolver a Hitler. Una de éstas la extendió en el suelo del despacho. Con la ayuda de Bormann, que ya había vuelto, Linge colocó el cuerpo aún caliente de Hitler en el suelo y lo envolvió con la manta.

A continuación, salió del despacho llevando en brazos el cuerpo de Hitler, seguido por los soldados de las SS Lindloff y Reisser. Por debajo de la manta asomaban los pies de Hitler con sus calcetines negros y sus zapatos. Seguidamente, salieron del despacho Bormann y Kempka, llevando ambos en sus brazos el cadáver de Eva Braun, la cual desprendía un penetrante olor a cianuro.

Los dos cadáveres fueron colocados a unos dos metros de la entrada del búnker. Günsche situó a Eva Braun a la derecha de Hitler. Bormann se inclinó sobre Hitler, descubrió su cadáver y lo observó fijamente durante varios segundos. A continuación, volvió a cubrirlo con la manta.

Bormann, Günsche, Linge, Lindloff, Kempka, Schädle y Reisser fueron en busca de los bidones y vaciaron los 200 litros de gasolina sobre ambos cadáveres. Durante un buen rato, no pudieron prender la gasolina, ya que los fuertes vientos provocados por los numerosos incendios apagaban una y otra vez las cerillas. Günsche decidió recurrir a una de las granadas de mano que estaban abandonadas en la entrada del búnker, para prender con ella la gasolina, pero no fue necesario, ya que, finalmente, Linge lanzó un trozo de papel ardiendo sobre los cadáveres, la gasolina se inflamó y los restos de Adolf Hitler y Eva Braun pronto quedaron cubiertos por las llamas.

Hubo que cerrar la puerta del búnker apresuradamente, porque las llamas penetraban por el resquicio.

Diez años han transcurrido entre el día en que entré al servicio de Hitler, y este instante, las 15:45 horas del 30 de abril de 1945. Todo un mundo separaba al hombre a quien yo había jurado lealtad hasta la muerte, y el cadáver que ahora tenía yo que envolver entre mantas, trasladar por la estrecha y oscura escalera, depositar en un cráter, rociar con gasolina y prender fuego.

El hombre que yo había conocido, por primera vez, en el verano de 1934 tenía una personalidad dominante y un carisma electrizante. Por el contrario, aquél a quien yo estaba enterrando e incinerando bajo una lluvia de proyectiles del Ejército Rojo, no era más que un anciano tembloroso, una fuerza agotada.

Después, Günsche volvió al despacho de Hitler. Allí todo seguía como lo habían dejado. En el suelo, junto al charco de sangre, estaban las dos pistolas. Günsche las recogió y las descargó, comprobando que el tiro mortal había salido del arma de 7,65 mm. La otra pistola también estaba cargada y sin seguro, pero no había sido disparada.

Fritz Tornow, el sargento encargado de adiestrar a los perros de Hitler, se ocupó de matar, a tiros, a los cachorros de Blondi, entre ellos a Wolf. También mató a los perros de Eva Braun y de la señora Gerda Christian, una de las secretarias de Hitler.

Como curiosidad, cabe señalar que Linge ordenó a Krüger y a otros dos ordenanzas que retiraran del despacho de Hitler la alfombra salpicada de sangre y recuperaran el casquillo de la bala con que aquél se suicidó. Sorprendentemente, ese casquillo nunca fue hallado.

Los interrogatorios de Linge y Günsche

Al concluir la Guerra, el NKVD recibió una orden directa de Stalin para que elaborase un informe fiel y preciso para, en primer lugar, confirmar la muerte de Adolf Hitler y, en segundo lugar, determinar las exactas circunstancias en que se produjo su suicidio, si es que éste había tenido lugar.

El NKVD puso en marcha una operación bajo el nombre secreto de “Mito” y que, básicamente, consistió en interrogar y torturar a todos los prisioneros alemanes que hubiesen tenido cualquier tipo de relación con los sucesos acontecidos en el bunker de la Cancillería durante el mes de abril de 1945.

En este sentido, los testigos más relevantes fueron, sin duda, los dos SS-Obersturmbanführer que estuvieron al servicio del Führer en sus residencias de Berlín, Obersalzberg y Rastenburg: Otto Günsche (ayudante militar de las SS) y Heinz Linge (ayuda de cámara).

Entre 1946 y 1949, los investigadores del NKVD sometieron a ambos a exhaustivos interrogatorios, acompañados, en ocasiones, de tortura, con el fin de elaborar el informe destinado a Stalin.

Dicho informe fue redactado por un funcionario del servicio de seguridad llamado Igor Saleyev, bajo la atenta dirección del teniente-coronel Fiodor Karpovich Parparov; el dossier constaba de 413 páginas mecanografiadas y estaba encabezado con la simple denominación de “Informe” (dyelo, en ruso). Fue entregado a Stalin el 29 de diciembre de 1949, poco después de los fastos con que se conmemoró su 70 cumpleaños.

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La elección de Parparov como director de la operación “Mito” no fue casual, toda vez que él fue el agente encargado de reunirse con el Mariscal Friedrich Paulus, y, tras una combinación de interrogatorios y amenazas que se prolongaron durante varias semanas, convertirlo en uno de los principales testigos de la Fiscalía soviética en el Proceso de Nürnberg.

Aun cuando algunos historiadores han cuestionado la validez de los testimonios de Linge y Günsche, precisamente porque sus interrogatorios fueron combinados, en ocasiones, con la tortura, hay que reconocer que la metodología utilizada por Parparov fue bastante fiable.

Para empezar, ambos prisioneros debían ser muy cautos en sus declaraciones, pues se les advirtió expresamente de que, si mentían, serían fusilados. En segundo lugar, Linge y Günsche fueron aislados el uno del otro en celdas separadas y, durante los casi cuatro años que duraron sus interrogatorios, no tuvieron ningún contacto personal entre sí, con lo que no pudieron ni idear una estrategia común de defensa, ni planificar sus declaraciones. A su vez, los interrogadores buscaban eliminar todas las inexactitudes memorizadas en los interrogatorios llevados a cabo a lo largo de los años, y preguntaban a Linge y Günsche, una y otra vez, sobre los mismos hechos.

Además, lo que Linge y Günsche declaraban por separado era sometido a un estricto control de veracidad por los investigadores del NKVD, quienes comparaban las declaraciones de uno y otro, no solo entre sí, sino, también, con las manifestaciones realizadas por otros testigos capturados por los rusos. Si a eso se añade que ni los interrogados ni los interrogadores podían tomar ninguna anotación, se puede constatar la gran fiabilidad de este informe.

Las sesiones de interrogatorios permitieron deslindar dos clases de información relevante sobre Hitler. Por un lado, Linge, cuyo testimonio fue de especial interés en todo lo que concernía a la vida cotidiana de Hitler, los estados de ánimo de éste y la caracterización del entorno que rodeaba al Führer. El testimonio de Günsche, por el contrario, probablemente porque era un hombre de armas, se centró en los análisis de carácter militar y político. De él procede, por ejemplo, el relato de cómo fue el arresto y la ejecución del SS-Brigadeführer Hermann Fegelein, cuñado de Eva Braun.

Fuentes:

Henrik Eberle, Matthias Uhl: Das Buch Hitler – Geheimdossier des NKWD für J.W. Stalin. Lübbe Verlag, Bergisch Gladbach, 2005.

Heinz Linge y Werner Maser: Bis zum Untergang. Als Chef des persönlichen Dienstes bei Hitler, 1983

Traducción de Barbarossa
Última edición por Barbarossa el Sab Ene 29, 2011 9:30 am, editado 1 vez en total.

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Re: Heinz Linge, la sombra del Führer

Mensaje por Eckart » Sab Nov 27, 2010 1:04 pm

Fenomenal artículo, amigo. Muchas gracias.

Un saludo.
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Re: Heinz Linge, la sombra del Führer

Mensaje por Oberst Rudel » Sab Nov 27, 2010 2:34 pm

Excelente articulo muchas gracias por la info. saludos
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"Verloren ist nur, wer sich selbst aufgibt"

Nueva página online de Luciano y mia : pasar a visitarla....

http://adlermilitaria.eu/

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Re: Heinz Linge, la sombra del Führer

Mensaje por Hergesheimer » Dom Nov 28, 2010 5:09 am

Muy buen articulo, gracias.

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Re: Heinz Linge, la sombra del Führer

Mensaje por Hundi » Dom Nov 28, 2010 8:52 am

Barbarossa tremendo articulo compañero! te felicito!

un saludo.
[size=85]Hago de mi futuro una utopía, pues pretendo comprender, esta voluble vida...[/size]
[size=85][color=#FF0000]Una vida sin vicios es una vida sin virtudes.[/color][/size]

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Heinz Linge, la sombra del Führer

Mensaje por Paulaner » Vie Ene 28, 2011 3:55 pm

Muy buen artículo, se agradece.

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gunsche
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Re: Heinz Linge, la sombra del Führer

Mensaje por gunsche » Lun May 16, 2011 7:39 pm

En este link hay un video interesante, filmado a mediados de la década del 70, donde Linge cuenta como fue la muerte de Hitler. Linge aparece a partir de los 25 segundos; en el video tambien es entrevistada Traudl Junge.

http://www.youtube.com/watch?v=8qzBLRXj ... re=related" onclick="window.open(this.href);return false;

Axel Alvarado
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Re: Heinz Linge, la sombra del Führer

Mensaje por Axel Alvarado » Mar Ene 01, 2013 1:16 am

Hola a todos. Solo quisiera mandarles el nombre del libro publicado sobre esos interrogatorios: El Informe Hitler. editores TIEMPO DE MEMORIA TUSQUETS. 1a. edición: abril de 2008.
Gracias

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Antonio Machado
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Re: Heinz Linge, la sombra del Führer

Mensaje por Antonio Machado » Mar Ene 01, 2013 11:14 pm

Hola estimados amigos:

En primer lugar agradecer y felicitar a Barbarrosa por tan interesante artículo, se lee con una mezcla de intensidad y curiosidad por todos los detalles; muy bien escrito y motiva a leer más sobre el tema de Heinz Linge.

En ese sentido agradezco a Axel Alvarado el compartir la información sobre "El informe Hitler" en castellano.

Al mismo tiempo les estoy enviando el link de amazon que les mostrará el libro "Con Hitler hasta el final: las Memorias del Valet de Hitler" ("With Hitler to the end: the Memoir of Hitler's valet") escrito precisamente por Heinz Linge:

http://www.amazon.com/Hitler-End-Memoir ... einz+Linge

Solamente la he encontrado en Inglés, sabe alguien si ha sido traducida al castellano ?

Gracias de nuevo a Barbarrosa por compartir tan excelente y detallada información.

Saludos cordiales desde Nueva York,

Antonio Machado.
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von Thoma
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Re: Heinz Linge, la sombra del Führer

Mensaje por von Thoma » Dom Feb 10, 2013 6:41 pm

Karl Wilhelm Krause, fué precursor de Heinz Linge en el puesto de ayuda de cámara de Adolf Hitler.

Imagen
Karl Wilhelm Krause.

Foto:http://en.wikipedia.org/wiki/Karl_Wilhelm_Krause
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Re: Heinz Linge, la sombra del Führer

Mensaje por Antonio Machado » Dom Feb 10, 2013 7:06 pm

Hola von Thoma, estimado !

Gracias por compartir esa información sobre Karl Wilhelm Krause.

He visitado amazon.com buscando alguna obra escrita por Karl Wilhelm Krause, por ejemplo sus Memorias o alguna crónica suya, etc., encontré el siguente libro:

http://www.amazon.com/Kammerdiener-bei- ... elm+Krause

Solamente encuentro el original en idioma alemán. Sabe alguien si ha sido traducida al Castellano o al Inglés ?

Les anticipo agradecimientos, saludos cordiales desde Nueva York,

Antonio Machado.
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