por 27Pulqui el Dom Mar 08, 2009 5:16 pm
10. EL FINAL DEL ESTADO NOVO
A medida que se hacía clara la victoria de los Aliados se tornaba poco viable la prolongación del Estado Novo. En 1943 Vargas comienza a delinear una estrategia para ampliar su base de sustentación, una punta de lanza consistía en cooptar la izquierda del espectro político. Primeramente extendió la legislación de previsión social (ya en 1940 había sancionado el régimen de salario mínimo) con las Leyes del Trabajo. En segundo lugar, a medida que se extendía la organización sindical, profundizó la burocratización de la estructura con la ubicación en posiciones de liderazgo de los pelegos, sindicalistas ligados al Ministerio de Trabajo, desplazando así a los militantes independientes. La tercera táctica debería ser un Partido Trabalhista, surgido de la coalición de los sindicatos dominados por el gobierno y de las fuerzas “progresistas” que Vargas esperaba liderar, adoptando programas de industrialización, nacionalismo económico y previsión social (Skidmore, 2000: 63). Esto puede interpretarse como un proyecto de continuidad bonapartista en un marco democrático, en donde Vargas tendría el apoyo de los trabajadores y la burguesía industrial. A la vez, de esta manera, el gobierno intensificaba su matiz nacional y popular.
En agosto de 1944, Aranha presenta la renuncia al ministerio de relaciones exteriores. Al poco tiempo, un homenaje simbólico de militares argentinos a sus colegas brasileños disparó la alarma, el embajador estadounidense Caffery consultó si tal paso constituía un acercamiento entre los dos países. Itamaraty respondió al Departamento de Estado que Brasil continuaría solidario con los Estados Unidos. El Estado Novo, entre tanto, continuaba con su coloración nacionalista, ahora reanimada por el curso que tomaba el régimen militar argentino bajo la influencia de Perón. Además, había una corriente en el Ejército favorable a que Brasil siguiese el camino de las expropiaciones del cardenismo en México. El regreso del embajador Martins a Río de Janeiro, algunas semanas después de la renuncia de Aranha, motivó rumores de que Brasil repudiaría la política de Washington, aproximándose a la Argentina. El presidente Vargas desmintió la versión en la apertura de los trabajos de la Comisión Militar Mixta Brasil-Estados Unidos. A su vez, las cuestiones suscitadas por el Código de Aguas y por el Código de Minas continuaban abiertas. La explotación del petróleo entraba en la orden del día. A los trusts norteamericanos, les convenía, por lo tanto, la restauración de la democracia en Brasil. Las contradicciones internas del país, saturado por la represión policial, favorecían a esa maniobra (Moniz Bandeira, 1998: 244-245).
Tanto en Brasil como en Argentina, las elites liberistas* vinculadas a los intereses agroexportadores trataron de recuperar la dirección del Estado y operaron con la admnistración de Washington. Hay marcada sincronía en los acontecimientos de 1945 en los países iberoamericanos, la política del Departamento de Estado consistió en debilitar al presidente Vargas y al emergente del régimen militar argentino, o sea Perón. En el primer caso, Washington consiguió dar el golpe final a una estructura de poder ya agonizante, y mediante el accionar de su embajador en Río de Janeiro, Adolf Berle Jr., logró la renuncia del presidente Vargas. En el segundo, por el contrario, la intervención del embajador Spruille Braden en Buenos Aires contribuyó a vigorizar una movilización interna que amplió aún más la victoria electoral del peronismo (Madrid, 2003: 182).
El plebiscito ordenado por la Constitución de 1937 para noviembre de 1943 había sido suspendido, según Vargas hasta después de la guerra, cuando “en ambiente propio de paz y orden, con las garantías máximas a la libertad de opinión, reajustaremos la estructura política de la nación, haremos de forma amplia y segura las necesarias consultas al pueblo brasileño”. Al abrirse la posibilidad de un proceso democrático, la censura del régimen empezó a ser permeada por las voces de la oposición. En febrero de 1945 el presidente accedió a llamar a elecciones. Un punto en discusión era la posibilidad de que Vargas se presentara como candidato. El 11 de marzo el presidente declaró que no se presentaría. Entre tanto, aumentaba la presión para terminar con los restos de autoritarismo que obstruían la libertad política. A mediados de abril, el gobierno anunció la amnistía y liberó a cientos de presos políticos, incluyendo entre ellos al famoso líder comunista Luís Carlos Prestes. En mayo se fijó el 2 de diciembre de 1945 como fecha de las elecciones presidenciales y de una Asamblea Constituyente. La campaña presidencial fue ganando terreno, una nueva agrupación, el Partido Social Democrático (PSD), impulsaba la candidatura del ministro de Guerra, general Eurico Gaspar Dutra. Para la oposición se trataba de una maniobra de Vargas con el objeto de distraer. A mediados de agosto, sectores de la oposición se encolumnaron en la Unión Democrática Nacional (UDN) a favor de la candidatura del brigadier Eduardo Gomes, un ex-tenente y ahora uno de los principales comandantes de la Fuerza Aérea. Una línea favorable al presidente llamada queremismo, apoyada por la izquierda, apareció en agosto con el lema Constituyente con Getúlio. Entre sus líderes se destacaban miembros del Partido Comunista y leales a Vargas, entre los últimos Hugo Borghi, quien había empezado a un organizar un nuevo partido, el Partido Trabalhista Brasileiro (PTB) (Skidmore, 2000: 72-75).
Continúa...
* Término acuñado por Umberto Eco (que utiliza Eduardo Madrid) para denominar a los sectores dominantes de un país que se caracterizaron por defender el liberalismo económico en un marco político conservador.



Al futuro sólo se lo puede construir entendiendo el pasado.
Torcuato Di Tella, apelando a una frase conocida.