Yalta, el despiece de Europa

Partidos políticos, actuaciones gubernamentales

Moderador: Grossman

Yalta, el despiece de Europa

Notapor Erich Hartmann » Dom Mar 04, 2007 1:49 pm

Dossier nº 76 de la revista La aventura de la Historia

Yalta, el despiece de Europa

Entre el 4 y el 11 de febrero de 1945, hace ahora sesenta años, Roosevelt, Stalin y Churchill se reunieron en Yalta para reorganizar el territorio europeo ante la inminente derrota nazi. Mientras los ejércitos británico y estadounidense, por el Oeste, y soviético, por el Este, cerraban la tenaza en torno a Hitler, los Tres Grandes preparaban en Crimea la posguerra, en una Conferencia en la que la astucia de Stalin le permitió sacar ventaja sobre sus dos huéspedes

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Artículos del dossier

:arrow: Las Ardenas. Hitler juega a todo o nada
David Solar
:arrow: Amistades peligrosas
José Díez Zubieta
:arrow: Rebatiña en Yalta. Stalin lleva la batuta
Pablo J. de Irazazábal
Última edición por Erich Hartmann el Dom Mar 04, 2007 2:02 pm, editado 1 vez en total
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Notapor Erich Hartmann » Dom Mar 04, 2007 1:58 pm

Hitler juega a todo o nada LAS ARDENAS

En diciembre de 1944, la Wehrmacht sorprendió a los aliados occidentales con su ofensiva en el Oeste. David Solar narra la audaz maniobra y su fracaso por falta de medios, mientras los soviéticos arrollaban las pobres defensas alemanas del Este, originando un pavoroso éxodo de ocho millones de civiles


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Cuando Hitler reunió a sus generales en su cuartel general secreto de Ziegenberg, en la retaguardia del Frente Occidental, el III Reich había perdido la guerra desde hacía muchos meses. El momento que permitió pronosticar con seguridad su derrota acaso estuvo en el otoño-invierno de 1942, tras los fiascos de Stalingrado y del Alemein. Quizás los menos perspicaces intuyeron el cambio definitivo de la fortuna nazi en el verano de 1943, después de su fracaso en Kursk, del desastre en África, del desembarco aliado en Italia y del hundimiento del fascismo. Pero, tras la derrota en Normandía, ya ni los partidarios del Führer –exceptuando a los más ciegos o fanáticos– se atrevían a soñar que pudiera invertirse la tendencia nefasta de la guerra. Ésa era la situación aquel 12 de diciembre de 1944, cuando Hitler reunió a unos treinta generales y mariscales en su cuartel general del Oeste para arengarles: “Nos corresponde, de inmediato, la tarea de demostrarle al enemigo, asestándole despiadados golpes victoriosos, que todavía no ha ganado nada, que la guerra continuará de un modo ininterrumpido (...). Que, haga lo que haga o deje de hacer, nunca, nunca, en ningún caso, podrá contar con nuestra rendición. El enemigo tiene que saber que no saldrá victorioso de esta guerra. Si esta idea le resulta manifiestamente clara gracias a la actitud de nuestro pueblo y de nuestras fuerzas armadas y, además, sufre serios reveses en el campo de batalla, a la postre, más tarde o más temprano, sus nervios se derrumbarán...”.

El “golpe despiadado y victorioso” que Hitler se proponía asestar a los aliados tenía nombre, lugar y fecha: Bruma Otoñal, Las Ardenas y 16 de diciembre de 1944. Y los reunidos eran, justamente, los encargados de dirigir el ataque. Allí se hallaban los mariscales Gerd von Rundstedt, comandante en jefe del Frente Occidental y Walter Model, jefe del Grupo de Ejércitos B, sobre los que recaería la responsabilidad de la acción; también estaban los jefes de las tropas encargadas de romper el frente, los generales Hasso von Manteuffel (5º Ejército Acorazado) Sepp Dietrich (6º Ejército Acorazado) y Erich Brandenberguer (7º Ejército) y los jefes de los respectivos estados mayores, de las diversas divisiones y de las armas y servicios.

Los reunidos aplaudieron tímidamente el final de las dos horas de discurso y regresaron a sus unidades sobrecogidos por la responsabilidad y los peores presagios. Ni el ataque era disparatado ni estaba mal elegido el escenario: Hitler había logrado reunir, contra todo cálculo angloamericano, tropas suficientes para propinar un fuerte golpe en sus líneas; esas tropas, utilizadas a la defensiva, se hubieran consumido sin resultado militar alguno; sin embargo, en Las Ardenas, clave del éxito alemán en la victoria sobre Francia, en 1940, cabía la posibilidad de sorprender nuevamente a los aliados y de embolsar y aniquilar a buena parte de las fuerzas angloamericanas contra las costas belgas.

Una sorpresa para todos

En el grandioso plan hitleriano había, sin embargo, graves deficiencias: las fuerzas reunidas eran escasas para alcanzar semejante objetivo; el combustible acumulado apenas alcanzaba para avanzar cien kilómetros cuando la meta se hallaba a doble distancia; parte de las fuerzas eran demasiado jóvenes o excesivamente veteranas, perteneciente a los últimos recursos humanos del III Reich, y enviadas a la lucha con escasa preparación; las comunicaciones en Las Ardenas eran pocas y precarias, menos propicias que en la primavera de 1940, tanto porque los caminos invernales, embarrados y cubiertos de nieve, eran más difíciles, como porque los blindados y transportes de 1944 eran mucho más grandes y pesados. Además, el éxito se confiaba a la presunción hitleriana de que los soldados norteamericanos eran gente poco avezada a guerras tan duras como aquélla; hombres con poca correa que se derrumbarían ante la ferocidad de un potente ataque acorazado y abandonarían a la desbandada los nudos importantes de comunicaciones. Para el éxito se requería, también, que el mal tiempo previsto por los meteorólogos durase dos semanas, impidiendo los vuelos aliados.

El ataque alemán del 16 de diciembre, con cuatrocientos mil hombres y un millar de tanques, sorprendió y desconcertó al mando norteamericano, cuyas medidas defensivas fueron apropiadas, pero lentas. Sin embargo, tal como se temían los mandos de la Wehrmacht, los problemas de sus fuerzas y las desacertadas presunciones de Hitler saldrían pronto a relucir. La mayoría de las unidades norteamericanas –en una inferioridad inicial de 3 a 1– se defendieron con energía, dificultando y desviando los ataques y reduciendo la velocidad de penetración de las fuerzas acorazadas de Dietrich y Manteuffel; las comunicaciones en Las Ardenas constituyeron una tortura para los atacantes; la falta de combustible les dejó indefensos a medio camino; el cielo, despejado a partir del 24 de diciembre, permitió operar, con la habitual superioridad, a los cazabombarderos angloamericanos.

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Las Ardenas, con un número similar de bajas –unos 80.000 hombres perdidos por cada bando– y con mayores quebrantos materiales –artillería, blindados y aviones– por parte de los norteamericanos, supuso un desastre para el III Reich, que ya no podría reponer aquellas pérdidas. Por el contrario, su obstinada resistencia –con el hito de la defensa de Bastogne– constituyó para los norteamericanos la mejor prueba de la madurez militar de su infantería.


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Notapor Erich Hartmann » Dom Mar 04, 2007 2:20 pm

Epopeya norteamericana en Bastogne

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Las vanguardias acorazadas del 5º Ejército de Von Manteuffel esquivaron penosamente Bastogne el 19 de diciembre. La toma de la ciudad fue encomendada a la infantería de los granaderos populares pobremente armada y rebañada por Himmler entre las últimas reservas. Mientras Dietrich estaba parado y Von Manteuffel avanzada lentamente hacia el Mosa, el general norteamericano MacAuliffe escribía su epopeya en Bastogne, rechazando la capitulación, que se le ofreció el 22 de diciembre. Unos aseguran que escribió:

“¡Narices!”.

Como el interlocutor alemán no comprendiera, se le hizo una traducción aclaratoria:

“¡Váyase al cuerno!”.

Otros afirman que su frase fue mucho más rimbombante, como pensada para los manuales de las academias de guerra: “La guarnición muere, pero no se rinde”.

De una u otra manera, la resistencia de MacAuliffe privó a los alemanes de aquel nudo de comunicaciones. Su resistencia irritaría tanto a Hitler que, perdiendo de vista la finalidad de la operación, destinó al asedio fuerzas importantes, con la orden de tomar la ciudad a cualquier precio, y buena parte del apoyo aéreo que en esos días tuvo la Wehrmacht se cebó en el bombardeo de los cercados. Así, 45.000 alemanes, que hubieran debido avanzar hacia el Mosa, asediaron una ciudad defendida por 18.000 norteamericanos.

El 22 de diciembre, séptimo día de la ofensiva, Von Manteuffel aún se hallaba lejos del Mosa, que debería haber alcanzado el tercer día. Ante el estancamiento y el evidente peligro en que se hallarían las tropas alemanas en caso de mejorar el tiempo, Rundstedt pidió a Hitler permiso para detener la ofensiva, que ya no prometía nada. Hitler se negó y ordenó que continuara el ataque y se tomara Bastogne. El día 24, Von Manteuffel se acercó a diez kilómetros del Mosa, en la máxima penetración alemana. Ese día cambió el tiempo y salió el sol, lo que permitiría la actuación de los aviones angloamericanos. La retaguardia alemana fue bombardeada y Bastogne, abastecido, mientras los cazabombarderos se cebaban en las fuerzas acorazadas de Von Manteuffel y Dietrich. La batalla de Las Ardenas había terminado, no así el asedio de Bastogne, que Hitler alimentó hasta el 9 de enero, en que los contraataques norteamericanos terminaron liberando a los sitiados.

La Batalla de Las Ardenas, aunque aún registraría algunos coletazos y aunque los aliados tardarían semanas en recuperar lo perdido, ya estaba terminada cuando, en el Este, estalló la más temida de las tormentas. El Ejército Rojo, que llevaba dos meses casi inactivo, reforzándose y situándose para la ofensiva final, se lanzó al ataque el 12 de enero.

Pánico en el Este

“¡Matad! ¡ Matad! No hay inocentes entre los alemanes. Obedeced las órdenes de vuestro camarada Stalin, destruyendo para siempre a la bestia negra en su guarida. Mancillad el orgullo racial de las mujeres alemanas. Tomadlas como legítimo botín”, arengaba el activista rojo, Ilia Ehrenburg, a los ejércitos de Rokossovski, Koniev, Zukov, Malinovski y Tolbukin –que se disponían a atacar en un frente de 1.200 kilómetros, desde Hungría al Mar Báltico.

Los propósitos bárbaros y vengativos del Ejército Rojo no extrañaban a Hitler ni a nadie en Alemania, pues eran consonantes con el bestial trato dispensado por los ejércitos del III Reich a las poblaciones conquistadas en la URSS y, también, estaba de acuerdo con la propaganda de Goebbels, que incitaba a las tropas a la resistencia a ultranza para que salvaran a su patria y a sus familias de la miseria, la infamia y la muerte.

Pero lo que Hitler –que despreciaba a los soviéticos y que siempre les suponía al borde del agotamiento– no hubiera podido ni soñar es que a comienzos de 1945 iba a tener cinco grupos de ejércitos rojos, con tres millones de hombres, 8.000 carros de combate, 50.000 cañones y 20.000 aviones frente a sus fronteras orientales.

Cuando su último jefe del Estado Mayor de la Wehrmacht, Guderian, le advertía del gravísimo peligro en que se hallaban Prusia Oriental, Pomerania y Silesia, además de Checoslovaquia, Austria y Hungría, Hitler montaba en cólera creyéndose objeto de un engaño; se negaba a aceptar que aquello pudiera ser verdad y suponía que se le exageraban las cifras para que ordenase el repliegue de sus ejércitos. Así se negó a reforzar aquellos frentes, sacando tropas de zonas donde no había actividad, como en Curlandia.

Las consecuencias se comenzaron a ver el 12 de enero, cuando el mariscal Koniev inició la ofensiva soviética en la cabeza de puente de Baranov. Los alemanes, combatiendo en una inferioridad artillera de 1 a 5, de 1 a 3 en carros de combate, de 1 a 12 en aviones y de 1 a 2 en infantería, fueron arrollados. Los soviéticos entraron en Varsovia el 17 de enero; el 21, penetraron en Silesia; el 26 de enero, sus cañones alcanzaban Koenigsberg; el 27, los alemanes eran forzados a evacuar la Alta Silesia; el 11 de febrero, los soldados de Stalin conquistaban Budapest; el 15, cercaban Breslau; el 23 de febrero, tomaban Posen...

El espanto ante las violencias soviéticas contra la población civil –aumentadas por la propaganda y los rumores– y la sensación de culpabilidad por los inmensos atropellos cometidos por sus tropas en la Unión Soviética y en Polonia, originaron un éxodo sin precedentes. Ocho millones de personas se lanzaron a las carreteras heladas en busca de salvación en el Oeste. Padecieron penalidades sin cuento, huyendo bajo tempestades de nieve y soportando temperaturas de hasta 25º bajo cero, sin medios de transporte, ni alimentos, ni abrigo. Caminaban aterradas, temiendo los ametrallamientos aéreos o ser rebasadas por las columnas motorizadas soviéticas, que hubieran cortado las comunicaciones con el Oeste o, peor, hallarse en el camino de una división acorazada que les hubiera hecho papilla con las cadenas de sus blindados, como ocurrió en varias ocasiones. Marchaban con la máxima celeridad posible, abandonando a los que se retrasaban o arrollando a los que se encontraban en el camino. En aquel terrible éxodo se calcula que perecieron más de millón y medio de civiles alemanes, cuyos cuerpos quedaron insepultos en las cunetas de los caminos o entre las ruinas de las ciudades donde creyeron hallar cobijo seguro, como Koenigsberg, Posen, Glogau, Küstrin, Breslau o Francfort del Oder.

La misma tragedia que se veía en las carreteras sucedía en los puertos del Báltico, donde toda la población ribereña trataba de ponerse a salvo en los cada vez más escasos buques. Libau, Koenigsberg, Piccau, Danzig, Gdynia dieron lugar a escenas dantescas para conseguir plaza en un barco. Como las personas que llevaban niños tenían prioridad para alcanzar la tarjeta de refugiado, se denunciaron centenares de robos de niños. Pudo verse a soldados que trataban de salir de un puerto con un niño en brazos, asegurando que era su hijo; otros intentaban colarse llevando en brazos un muñeco de trapo. En medio de aquel pandemonium, aún funcionaban patrullas de las SS, que cazaban a los desertores y los reexpedían hacia el frente o los colgaban de una farola.

A finales de febrero de 1945, los cinco ejércitos soviéticos que se habían puesto en marcha a mediados del mes anterior habían profundizado entre 400 y 500 kilómetros dentro del dispositivo alemán, alcanzando la línea del Oder en casi toda su longitud. Berlín se hallaba tan sólo a 80 kilómetros.

En cinco semanas habían desbaratado por completo 70 divisiones alemanas y dañado gravemente a muchas otras, ocasionando la muerte a medio millón de soldados, hiriendo a cerca de doscientos mil y capturando a un número similar. Los ejércitos alemanes del Este habían dejado de existir y la Wehrmacht se disponía a reunir sus restos para formar la última barrera ante los soviéticos.


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Notapor Erich Hartmann » Dom Mar 04, 2007 2:42 pm

La tragedia del Wilhelm Gustloff

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El Wilhelm Gustloff se hunde el 30 de enero de 1945
Fuente: http://www.militaryhistoryonline.com/ww ... tloff.aspx


A finales de enero de 1945, llegó la orden de evacuación a la base naval de Gotenhafen, en la bahía de Danzig, donde aún se adiestraban tripulaciones de submarinos. Éstos se hicieron de inmediato a la mar y los cuatro buques que allí había fueron cargados con el material y las armas que aquéllos no pudieron recoger, y con todo el personal de la base y los astilleros, y aún embarcaron unos 12.000 refugiados, algunos mediante sobornos, y otros, por todo tipo de argucias.

Tres de los buques navegaron hacia el Oeste bordeando la costa, pero el cuarto, el Wilhelm Gustloff, de mayor calado, salió a mar abierta. A parte de su carga militar, llevaba unas ocho mil personas a bordo, de ellas quizás seis mil refugiados. Partió hacia las 18.00 horas del 30 de enero, avanzando a unos 12 nudos en medio de una marejada moderada y sufriendo un fuerte viento helado.

Hacia las de las 21.00 horas, a unas 25 millas de la costa, el buque registró una sacudida y los pasajeros, por encima del rugido del viento y del choque del oleaje contra el casco, escucharon una explosión. En medio del general miedo y expectación, siguieron dos nuevos impactos, unidos a sendas explosiones. Las luces se apagaron. Salones y camarotes vomitaron millares de personas que, empavorecidas, trataron de ganar las cubiertas.

La marinería, barrida por la avalancha furiosa de los que trataban de subir a los botes, no pudo dirigir el ordenado embarque ni su descenso hasta el agua. Algunos volcaron, precipitando a sus ocupantes al helado oleaje; otros se desplomaron, durante el descenso, reventando al llegar al agua. En torno al casco chapotearon los náufragos durante breves minutos antes de ser tragados por el mar.

El buque, herido por tres torpedos, estaba escorado, pero las puertas estancas lo mantenían a flote y los fogoneros alimentaban las calderas permitiendo una navegación lenta y el achique del agua. El pasaje superviviente al pánico inicial se serenó y acomodó a la espera de la ayuda que ya estaba en camino.

Poco después de las diez de la noche se les acercaron un remolcador y el torpedero T.36. La llegada del socorro coincidió con la quiebra de los mamparos: el Gustloff se recostó sobre las olas; las cubiertas formaron un ángulo obtuso con el mar y quienes se encontraban en ellas se precipitaron a las olas.

En pleno desesperado salvamento, el torpedero detectó al submarino soviético que había torpedeado al buque, con lo que prosiguió el salvamento en condiciones dificilísimas hasta que, ante la presencia de un segundo submarino, desistió y se alejó de la zona con 564 rescatados, que sumados a los que salvó el remolcador, un segundo torpedero y los que alcanzaron la costa con los botes, sumaron un millar de personas; el resto, quizás seis o siete mil, perecieron en la tragedia recreada por Günter Grass en su novela A paso de cangrejo, publicada en 2002.

Las esperanzas perdidas

“Cuando Hitler se vio perdido quiso, conscientemente, aniquilar al pueblo alemán y destruir las bases de su misma existencia. Ya no conocía límites morales. Para él, su fin significaba el fin de todo”, escribía uno de los ministros del III Reich, Albert Speer, refiriéndose a la actitud de Hitler en aquellos días, cuando todo se derrumbaba.

Speer, que hasta entonces había realizado el milagro de intensificar la producción armamentística alemana incluso bajo las circunstancias más adversas, como la carencia de materias primas y los estragos causados por los bombardeos aliados, había ya arrojado la toalla. A finales de enero, con ocasión del duodécimo aniversario de la subida de Hitler al poder, le entregó la memoria anual de producción y las previsiones de futuro. El documento comenzaba de forma lapidaria: “La guerra está perdida”. Fundamentaba su afirmación en las pérdidas de las materias primas de Silesia, Pomerania, Alsacia, Lorena y Hungría; en la crisis industrial desencadenada por las destrucciones provocadas por los bombardeos aliados en las fábricas y en las redes de comunicaciones y en la escasez de trabajadores, perdidos los de los territorios ocupados y esquilmados los de Alemania por los reclutamientos.

Hitler le escuchó malhumorado, guardó el documento en la caja fuerte que tenía en su habitación del búnquer y dio órdenes de que, en adelante, Speer no volviera a verle en privado.

Sueños y locuras

Hitler no quería ni oír hablar de derrota y seguía maquinando combinaciones para cambiar el curso de la guerra. El proyecto que acariciaba en febrero era un poderoso contraataque en Hungría que devolviera a Alemania los campos petrolíferos de Ploesti y alejase a los soviéticos de Checoslovaquia y Austria, países donde aún funcionaban grandes fábricas de armamentos. Además, cerca de Viena, estaban las últimas fuentes de suministro petrolífero del III Reich.

Por algunas indicaciones que dio Hitler a los gauleiteren austríacos sobre la formación de partidas de voluntarios, adiestrados en la lucha antitanque, se supone que acariciaba la idea de formar en toda esa zona y sur de Alemania una última isla de resistencia, a la espera de la ruptura entre los aliados occidentales y los soviéticos que, según creían los jerifaltes nazis, estaba a punto de producirse. Allí esperaba contar con medios materiales importantes, con una geografía favorable a la defensa y con sus partidarios más fanáticos.

Por eso, Hitler se disponía a jugarse el resto en Europa central. A espaldas de su jefe de Estado Mayor, Heinz Guderian, dispuso que el 6º Ejército Acorazado de las SS, al mando de Sepp Dietrich, se trasladase a Hungría.

Esa formación acorazada había sido la fracasada punta de lanza en la batalla de Las Ardenas. Tras su retirada de aquel frente, fue reorganizada y rearmada en la zona de Bon, donde recibió el mejor material acorazado producido por Alemania: tanques Panther y Königstiger y cazacarros Jagdtiger y Hertzer. En total, Sepp Dietrich había reunido unos 150.000 hombres, 800 carros y cazacarros y 3.200 cañones y morteros.

Guderian planeaba trasladar ese puño de hierro a Pomerania y golpear el ala derecha soviética, cortando sus alargadas líneas situadas junto al Oder y paralizando su avance. Hitler desoyó los argumentos de Guderian y, sin su conocimiento, ordenó que el 6º Ejército se trasladase a Hungría. Era una decisión en consonancia con su mentalidad: no le interesaba una guerra defensiva que, ineluctablemente, conduciría a la derrota; buscaba acciones decisivas, que provocaran un vuelco en la situación y, en este caso, estaba en juego no sólo un golpe de efecto contra los soviéticos, sino la propia supervivencia del III Reich. El memorándum de Speer lo decía claro: “el colapso de los ejércitos alemanes se produciría en seis u ocho semanas, por falta de combustible y municiones”.

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Ésa era la perspectiva nazi cuando los Tres Grandes se reunieron en Yalta. Evidentemente, tal como había ocurrido en Las Ardenas, Sepp Dietrich no pudo cambiar la situación en Hungría y, tras algunos éxitos iniciales, fue rechazado. Pero ésta es otra historia.


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Notapor Erich Hartmann » Lun Mar 05, 2007 1:46 pm

Churchill en Moscú
AMISTADES PELIGROSAS



El encuentro de los Tres Grandes en Yalta tuvo importantes prolegómenos, entre ellos la visita del premier británico a Stalin en otoño de 1944. José Díez-Zubieta narra lo ocurrido: el reparto de influencias en los Balcanes, Grecia y Hungría y el debate sobre las fronteras de Polonia

El 9 de octubre, por la tarde, aterrizamos en Moscú, donde Molotov y numerosos altos funcionarios soviéticos nos brindaron un efusivo recibimiento con todo el ceremonial correspondiente”, escribe Winston Churchill en sus Memorias, recordando su viaje a Moscú, en otoño de 1944, que tendría profundas repercusiones en la política europea del siguiente medio siglo.

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Reconoce el premier británico que hubo de realizar un auténtico esfuerzo personal, para realizar esa visita. Aún no hacía un mes en que se habían rendido los últimos combatientes del Ejército Nacional Polaco, a los que Stalin negó su auxilio para evitar su victoria e imponer más fácilmente al Gobierno títere polaco que había organizado en Lublín. Más aún, paralizó la ofensiva de sus ejércitos a la espera de que los patriotas polacos fueran exterminados por los alemanes y, más ofensivo para Londres y Washington, denegó el permiso para que los aviones de abastecimiento británicos y norteamericanos que socorrían a los sublevados, pudieran aterrizar y repostar combustible en la URSS.

La indignación del Gobierno británico y de su opinión pública fue extraordinaria, pues no en vano se habían implicado en la II Guerra Mundial por sostener sus acuerdos con Polonia, en Londres existía un Gobierno polaco en el exilio, reconocido por el Reino Unido, y 150.000 polacos combatían codo con codo junto a los británicos.

En el ánimo de Churchill se impuso el interés político. Los ejércitos soviéticos controlaban Rumania y Bulgaria, avanzaban en los Balcanes y en Hungría; había que resolver el contencioso polaco y, tras el repliegue nazi, la situación en Grecia era confusa. Por tanto, debía superar la indignante traición, pues “sólo podríamos alcanzar buenas decisiones con la URSS mientras disfrutáramos de la camaradería que nos proporcionaba el vínculo de tener un enemigo común”.

El reparto

Horas después de su llegada a la capital soviética, Churchill y su ministro del Foreign Office, Anthony Eden, fueron recibidos en el Kremlin por Stalin y su ministro de Exteriores, Viacheslav Molotov. Para evitar que Polonia fuese una espina atravesada en la garganta, abordaron el asunto de inmediato, solicitando que viajaran a Moscú varios miembros del Gobierno polaco en el exilio. Eliminado el malestar, abordaron los múltiples asuntos pendientes. En un clima distendido, Churchill propuso a Stalin resolver el problema de influencias en los Balcanes y, mientras esbozaba su idea, fue escribiendo:

Rumania: URSS, 90%. Los demás, 10%
Grecia: Gran Bretaña y EE. UU., 90%. URSS, 10%.
Yugoslavia: 50-50%.
Hungría: 50-50%.
Bulgaria: URSS, 75%; los demás, 25%.

Stalin leyó la cuartilla y trazó en ella una gruesa raya aprobatoria. Luego, el británico expresó su temor a que el papel pareciera un signo de ligereza, al determinar cuestiones que afectaban a millones de personas, por lo que propuso quemarlo. Pero Stalin se lo entregó: “No. Consérvelo usted”.

Churchill escribe en sus Memorias: “Todo se arregló en menos tiempo del que se tarda en escribirlo”, y hace constar que llevaba muy meditados aquellos porcentajes de influencia que se referían, naturalmente, al tiempo de guerra. A sesenta años de aquellos sucesos, muchos analistas creen que aquel acuerdo –que contenía un elevado porcentaje de cinismo, constituía una violación a la Carta del Atlántico y daba pábulo al imperialismo soviético– sirvió para algo: ante la insurrección comunista en Grecia, Inglaterra envió tropas y Stalin se abstuvo de actuar; quizá la independencia de que gozó la Yugoslavia de Tito tuvo cierto respaldo en aquella cuartilla; en Hungría no sirvió de nada; respecto a Bulgaria y Rumania, de poca utilidad podía ser, pues estaban ocupadas por la URSS y eran países distantes de las influencias británico-norteamericanas.

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Notapor Erich Hartmann » Lun Mar 05, 2007 2:19 pm

La cuestión polaca

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En las jornadas siguientes, Stalin y Churchill trataron de la marcha de la guerra, del futuro yugoslavo, de la intervención soviética contra Japón, o de lo hablado en Dumbarton Oaks respecto a la futura organización internacional. Pero esos temas estaban casi al margen del programa: el gran asunto era Polonia.

Cuando llegaron los representantes del Gobierno polaco en el exilio, Churchill les dejó claro que las fronteras polaco-soviéticas se fijarían en la Línea Curzon, la teórica frontera de 1919 entre la URSS y Polonia. Había sido trazada por el entonces ministro de Exteriores británico, pero no sirvió de nada, pues la guerra victoriosa de Polonia, en 1920, la había empujado unos 150-200 kilómetros hacia el Este. A cambio de esa renuncia territorial, los polacos recibirían compensaciones en el oeste, a costa de Alemania. El segundo sapo que Churchill les hizo tragar fue el obligado entendimiento con el Gobierno polacocomunista de Lublín, pues entre ambos deberían lograr una Polonia unificada y democrática.

No hubo un entendimiento definitivo en cuanto a las fronteras. Stalin impuso que el acuerdo dijera que la Línea Curzon, serviría “como base para una frontera entre la URSS y Polonia”: en efecto, fue rectificada, a favor de la URSS. Aunque no se negoció entonces, también hablaron, de la frontera occidental de Polonia, conviniendo establecerla sobre la línea del Oder, pero en Yalta se vería que Churchill hablaba del río Oder y Stalin del Oder-Neisse, peor para Alemania y mejor para la URSS, cuyos designios sobre Polonia eran claros.

Respecto a la concordia entre ambos Gobiernos, no hubo acuerdo, pues Stalin lo vinculaba al establecimiento de unas fronteras definitivas. Éstas fueron trazadas, provisionalmente, en Yalta (febrero, 1945), se reconocerían en Potsdam (julio-agosto, 1945) y fueron aceptadas por la RDA y por la RFA en las décadas siguientes.

El 17 de octubre celebraron la última reunión, con cena y brindis sin tasa.

Camino de Yalta

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Mientras los ejércitos soviéticos refrescaban y abastecían sus unidades para lanzar su definitiva ofensiva, mientras las tropas anglonorteamericanas avanzaban penosamente en un frente de casi mil kilómetros, desde Suiza a Bélgica, Franklin D. Roosevelt concurría por cuarta vez a las elecciones presidenciales. Pese a la progresiva enfermedad de su presidente, visiblemente demacrado y permanentemente reducido a una silla de ruedas, los norteamericanos optaron por no “cambiar de tiro en medio del$ río” y volvieron a darle la victoria el 7 de noviembre de 1944.

Entre tanto, en noviembre, Churchill visitaba a De Gaulle, fortaleciendo su decisión de instalar a Francia en el grupo de los Grandes, de implicarla en el control de Alemania y, por tanto, en la futura defensa de Europa central, asunto que tanto le inquietaba. Luego, en Navidad, visitó Grecia, donde sus tropas colaboraban con los monárquicos, arrinconando a los comunistas.

Stalin también se movía. En diciembre firmó un tratado de alianza con Francia, aunque no dejó de considerarle un aliado menor, y el 5 de enero, despreciando las peticiones de Roosevelt y Churchill, reconocía a los comunistas de Dublín como Gobierno Provisional polaco.

Y la diplomacia de todos ellos iba organizando la nueva reunión de los Tres Grandes, que sólo se habían juntado una vez, en Teherán, en el otoño de 1943. Realmente, la segunda cumbre de los Tres Grandes hubiera debido celebrarse tras los éxitos aliados del verano de 1944, pero Roosevelt alegó que no podría abandonar Estados Unidos en época electoral, de modo que condicionó el viaje a la toma de posesión presidencial del 20 de enero, fuera quién fuese el candidato elegido.

La elección del lugar planteó numerosos chalaneos. En Washington hubieran deseado que fuera cerca de Estados Unidos, a unos días de viaje en barco, dada la precaria salud de Roosevelt y de su asesor Harry Hopkins y de la prevención que los viajes aéreos causaban en el presidente. Groenlandia o Islandia hubieran sido bien vistas, pues no serían destinos muy lejanos ni para Churchill ni para Stalin, pero éste se negó en redondo, alegando que la dirección de la guerra le impedía tal desplazamiento.

Por ello se buscó un lugar más próximo a la URSS y se tanteó una cita en Malta, pero el soviético quería jugar en casa y contraofertó Crimea como punto de cita. Roosevelt, encandilado por el Uncle Joe –como denominaba a Iosif Stalin– accedió, provocando la indignación de Churchill: “Si nos hubiéramos pasado diez años buscando, no habríamos podido encontrar en todo el mundo un sitio peor que Yalta. Sólo es bueno para pillar el tifus y caer victimas de piojos mortíferos que medran por doquier”.


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Notapor Erich Hartmann » Lun Mar 05, 2007 9:33 pm

Negros presagios

El premier cedió y, a cambio, obtuvo un encuentro en Malta con Roosevelt, que acudió a esa cita un tanto forzado, pues ni quería desatar los recelos de Stalin ni soportar a Churchill, respecto al que cada día tenía más prejuicios, considerándole un colonialista impenitente.

El encuentro se produjo en La Valeta, a bordo del crucero norteamericano Quincy. La impresión de Churchill fue muy pesimista, pues “Roosevelt y Hopkins parecían más moribundos que hombres dispuestos a negociar duramente con un interlocutor en plena forma como Stalin. La poliomielitis sempiterna del presidente estaba a punto de consumar su victoria, así como el cáncer que padecía Hopkins”.

El presidente y el premier almorzaron juntos y, tras la siesta, trataron sobre asuntos militares: el cruce del Rin, Grecia, Italia, el Pacífico, la guerra submarina y el frente del Este, asunto que preocupaba sobremanera a Churchill. Por eso aconsejó que los ejércitos aliados avanzaran rápidamente en Austria para que “los soviéticos no ocuparan más de lo necesario en el oeste de Europa”.

En sus Memorias, Churchill omite la dura respuesta de Roosevelt, sintomática de la deriva de su pensamiento en su última época: “Al menos, estoy convencido de una cosa. Stalin no es un imperialista (...), Winston, usted tiene en la sangre cuatrocientos años de conquistas. No puede admitir la posibilidad de que una nación no se apodere de un territorio si tiene la posibilidad de hacerlo. Pero se está abriendo un nuevo período de la historia del mundo y usted debe adaptarse a él (...). No puedo admitir que estemos combatiendo la esclavitud fascista y que, al mismo tiempo, rehusemos liberar a todos los pueblos que viven bajo una denominación colonial. La paz no deberá tolerar el mantenimiento de despotismo alguno...”.

Churchill supo que iba a hallarse muy solo en Yalta, pues Roosevelt ni conocía a Stalin ni percibía su juego y de que, a cambio de sacar adelante las Naciones Unidas, estaba dispuesto a ceder en todo.

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Poco después, los aviones comenzaron a salir hacia Crimea, transportando los seis centenares de personas que componían ambas delegaciones. 2.200 kilómetros les separaban del aeropuerto de Saki, que estaba cubierto de una espesa capa de nieve. ■

Hitos políticos de la victoria

Las relaciones interaliadas durante la II Guerra Mundial fueron trascendentales tanto para su victoria, como para el destino de varios países y para las relaciones internacionales del resto del siglo XX,

Ley de Préstamo y arriendo: Autorizaba al presidente a ceder equipos bélicos si así interesaba a la propia defensa de EE. UU. De ella se beneficiaron, principalmente, Gran Bretaña a partir de marzo de 1940 y la URSS, tras la invasión alemana, en 1941.

Carta del Atlántico, agosto de 1941. Elaborada por Roosevelt y Churchill, reconocía el derecho de los pueblos a elegir su sistema de gobierno, impulsaba la libertad de comercio y la cooperación económica y exigía la renuncia al empleo de la fuerza en los conflictos internacionales.

Alianza de las Naciones Unidas, 1 de enero de 1942. Churchill fue huésped de Roosevelt durante tres semanas en las Navidades de 1941-42. En ese tiempo pusieron las bases para la victoria y coordinar los esfuerzos de todos los implicados en la lucha contra el Eje. Fue firmado por los 26 países entonces implicados en la guerra y constituía la primera semilla de la ONU.

Operación Torch. En el verano de 1942, Roosevelt y Churchill acuerdan el desembarco aliado en el norte de África. En agosto, Churchill viaja por vez primera a Moscú para informar a Stalin del proyecto.

Conferencia de Casablanca, enero de 1943. Aunque invitado, Stalin no acudió. Allí, Roosevelt y Churchill acordaron que, terminada la guerra en África, desembarcarían en Sicilia e Italia y que la capitulación alemana sería “incondicional”. En Casablanca, ambos reconocieron a De Gaulle y su Francia Libre, como representación oficial de los asuntos de Francia.

Conferencia de Quebec, agosto de 1943. Se reúnen Roosevelt, Churchill y el primer ministro canadiense Mackenzie King. Allí se acuerda la apertura del segundo frente, Francia, con importante aportación de tropas canadienses.

Conferencia de El Cairo, noviembre de 1943. Se reúnen Churchill, Roosevelt y Chiang Kai-shek. Camino de Teherán, prometieron más ayuda a su aliado chino para que sostuviera su guerra contra Japón. China recuperaría sus territorios históricos.

Cumbre de Teherán, noviembre-diciembre de 1943. Primera reunión de los Tres Grandes. Allí comenzaron las excelentes relaciones de Roosevelt y Stalin, en detrimento de Churchill. Se habló de la fundación de la ONU, del aplastamiento de Alemania y del juicio de los criminales de guerra, del desembarco en Francia, de la posesión soviética del territorio polaco ocupado en 1939, de acuerdo con Hitler.

Dumbarton Oaks, agosto-octubre de 1944. Representación a nivel ministerial de EE. UU., Reino Unido, URSS y China, para debatir la organización y funcionamiento de la seguridad colectiva tras la guerra. Pusieron las bases de la Carta de las Naciones Unidas: Consejo de Seguridad, Consejo Económico y Social y Tribunal de Justicia.

Los brindis de Stalin

Anthony Eden, el ministro británico del Foreign Office, le consideraba un negociador invencible: “Era inexorable y sabía donde iba. Jamás pronunciaba una palabra inútil, nunca se enfadaba, apenas se irritaba. Impasible, tranquilo, siempre a media voz, evitaba los eternos niet de Molotov, que tanto exasperaban. Métodos más sutiles le permitían alcanzar lo que deseaba sin dar pruebas de obstinación” (Anthony Eden, Memorias).

Evidentemente, un negociador tan temible como éste no podía estar permanentemente borracho en sus almuerzos y cenas de trabajo, siempre rematadas con incontables brindis. Al respecto, Jesús Hernández cuenta: “Uno de los colaboradores de Roosevelt, muy atento a lo que sucedía en la mesa, descubrió el truco de Stalin para mantenerse sobrio pese a los inacabables brindis. El líder soviético, tras servirse un vaso de vodka, bebió la mitad y a partir de ahí fue llenando disimuladamente el vaso con agua.

La afición de Stalin al alcohol tenía lugar en el ámbito privado. En una ocasión, un colaborador suyo, al entrar en su despacho, en donde había estado trabajando toda la noche, recogió un total de ¡siete botellas de vodka completamente vacías!” (Las Cien mejores anécdotas de la Segunda Guerra Mundial).


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Notapor Erich Hartmann » Mié Mar 07, 2007 1:58 pm

Stalin lleva la batuta
Rebatiña en Yalta

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Hace sesenta años, se celebró la segunda cumbre de los Tres Grandes. Pablo J. de Irazazábal narra el ambiente y los resultados de aquella conferencia en la que, bajo estricto control soviético, se decidió el futuro de Europa, del Lejano Oriente y de las relaciones internacionales

Mientras las delegaciones de Estados Unidos y Gran Bretaña llegaban al aeropuerto de Saki, cerca de Eupatoria, a 200 kilómetros de Yalta, en el mar, buques de ambos países vigilaban todas las posibles contingencias y dos cruceros –el británico Franconia y el norteamericano Cacoctin– forzaron la teórica neutralidad de Turquía y fondearon en el Mar Negro, para servir como enlaces de comunicaciones.

Se necesitaron seis horas para recorrer el penoso camino desde Eupatoria hasta Yalta, entre bruscos cambios de temperatura, que pasaban de la nieve a un sol tórrido. Acompañaba a Roosevelt su hija Ana, que le llamó la atención sobre los soldados que cubrían la carrera a lo largo de todo el camino: “¡Mira, papá, muchos son mujeres...!”.

Stalin se había esforzado en preparar lo mejor posible el escenario. El Palacio de Livadia, en donde se habría de celebrar la mayor parte de las reuniones de los Tres Grandes, había sido residencia de verano de los zares, luego casa de reposo para tuberculosos y, finalmente, cuartel general de la ocupación nazi. Cuando los alemanes se retiraron, se lo llevaron todo y lo que no pudieron rapiñar, lo destruyeron. Tan sólo quedaron dos cuadros, que sirvieron para decorar la habitación de Roosevelt.

Los soviéticos realizaron casi una maravilla. Transportaron desde Moscú hasta el menor detalle en 1.500 vagones de ferrocarril, que tardaron cinco días en realizar el viaje. El personal de servicio, que no había sido advertido de antemano, creyó que se trataba de una deportación masiva a Siberia. Se transplantaron, incluso, árboles para mejorar el paisaje desolado por la guerra y bastó que el mariscal del Aire británico, Charles Portal, exclamase: “¡Oh, yo creí que estos estanques estarían llenos de peces rojos...!”, para que, al día siguiente, estuvieran allí los peces.

Este aparente confort engañó a los Roosevelt: en la habitación presidencial no faltaba detalle, lo mismo que en las del general George Marshall y del almirante Ernest King, alojados en la alcoba imperial y en el boudoir de la zarina. Peor se alojaban sus subalternos: 16 coroneles durmieron en un salón. En el Palacio Vorontsov, Churchill consiguió una cama grande, a su gusto, pero lo más florido del ejército y del Foreign Office se distribuyó a razón de cuatro a cinco personas por habitación y algunos hubieron de desplazarse hasta viejos y lejanos sanatorios. Tan sólo existía un cuarto de baño por cada veinte albergados y, para remediar las necesidades básicas, se llevaron palanganas y orinales del Franconia.

El mariscal Iosif Stalin se albergó, estratégicamente, en la villa Koreiz, en el paso obligado entre las residencias de estadounidenses y británicos. Cualquier comunicación entre ambas delegaciones aliadas sería detectada por sus observadores. Stalin llegó a Yalta el domingo, 4 de febrero de 1945, un día después que los angloamericanos, y desde el comienzo puso en práctica su estrategia: visitó a Roosevelt a las 4 de la tarde, pero no vio a Churchill hasta una hora después, cuando las delegaciones tomaron asiento en torno a la enorme mesa redonda del salón de baile del Palacio de Livadia para dar comienzo a la primera sesión plenaria.

“En Yalta –según Raymond Cartier– reinó semejante caos, o mayor, que en Teherán: los Grandes trabajaban sin orden del día, aportando en cada momento lo que buenamente se les ocurría”. En cambio, según John T. Flynn: “El orden del día (4 de febrero) constaba de tres asuntos: 1. Adopción del plan de Dumbarton Oaks, para la organización de las Naciones Unidas. 2. Condiciones para obligar a Alemania a rendirse. 3. Trato reservado a Polonia y demás naciones liberadas” (El mito de Roosevelt).

Al terminar la Conferencia de Yalta, se redactó un comunicado, pero no se divulgaron los detalles de su desarrollo. Diez años después, el 17 de marzo de 1955, el diario The New York Times publicó una extensísima edición especial, titulada “Los papeles de Yalta”. Se trataba de la transcripción de las notas de Charles –Chip– Bohlen, consejero presidencial y una de las mejores cabezas del Departamento de Estado durante más de un cuarto de siglo. Hasta el momento no se ha conocido otra referencia de Yalta y, por tanto, hay que acudir a ella como fuente única. Véanse las síntesis de las transcripciones de algunas reuniones, comenzando por la preliminar.

Roosevelt, indiscreto

Entrevista Roosevelt-Stalin, Palacio de Livadia, 4 de febrero de 1945, 16.00 horas. Presentes (además de los dos Grandes): Charles Bohlen (EE. UU.), Molotov y Pavlov (intérpretes) (URSS). Calificación: top secret.

Ambos estadistas examinaron distintos aspectos de cómo marchaban las operaciones militares y Roosevelt dijo que, durante el viaje, había realizado apuestas, asegurando que los norteamericanos conquistarían Manila antes que los soviéticos llegaran a Berlín. Stalin estuvo de acuerdo en esto. Acertaron: los estadounidenses reconquistaron Manila el 24 de febrero y los soviéticos tomaron Berlín el 1 de mayo.

Roosevelt, a la vista de las destrucciones observadas en Crimea, afirmó que se sentía mucho más sanguinario contra los alemanes que un año antes y esperaba que Stalin repitiese su brindis sobre la ejecución de 50.000 oficiales nazis. Stalin también le dio la razón. Aseguró que todos se sentían mucho más vengativos y que las crueldades de Crimea no eran nada comparadas con las que los nazis habían perpetrado en otras partes de Ucrania. Por eso se extendieron en las represalias que habrían de tomar contra el III Reich.

Refiriéndose al general De Gaulle, Stalin manifestó que no le parecía una persona demasiado complicada, aunque estaba fuera de la realidad, pues los franceses apenas habían participado en la guerra y De Gaulle pretendía los mismos derechos que norteamericanos, soviéticos o británicos. Roosevelt contó sus experiencias con el general francés y, entre ellas, que, dos años antes, se había comparado a sí mismo con Juana de Arco, como jefe espiritual de Francia y con Clemenceau, como jefe político.

A propósito del tema, Roosevelt entró en el terreno de las confidencias respecto a Churchill: “Os quiero contar algo indiscreto, de lo cual no quiero hablar delante del primer ministro...”, que pretendía incrementar artificialmente el poderío de Francia para que pudiera mantener 20.000 hombres en su frontera oriental. “El inglés –concluyó Roosevelt– es un pueblo muy especial: quiere tener su pastel y comer de otro...”.

Por eso, ambos examinaron brevemente si Francia debería tener, o no, una zona de ocupación en la Alemania derrotada. “El presidente dijo que, después de todo, no le parecía mal, pero que eso se haría simplemente a título de favor”. Stalin estuvo de acuerdo: “Ésa sería la única razón para conceder a Francia una zona de ocupación”.

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Notapor Erich Hartmann » Mié Mar 07, 2007 2:05 pm

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Notapor Erich Hartmann » Mié Mar 14, 2007 1:24 am

El asombro de Churchill

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Ya eran las 17.00 horas, momento fijado para la sesión de apertura de la Conferencia, y los dos estadistas pasaron al salón donde se celebró la primera sesión plenaria. Allí se les unió Churchill. Los Tres Grandes fueron asistidos por sus ministros de Exteriores, Edward Stettinius, Vyacheslav Molotov, Anthony Eden y 22 especialistas más, militares y diplomáticos en buena parte. Entre estos últimos, se hallaba Andrei Gromyko, la única personalidad de primer rango que se mantuvo activo en la URSS más de treinta años, en diversos cometidos diplomáticos y como ministro de Exteriores.

El presidente norteamericano, al que el habilísimo Stalin propuso como presidente de la Conferencia, pronunció un breve discurso inicial en el que, entre otras razones de buena voluntad, dijo: “Nos hemos convertido en ciudadanos del mundo, miembros de la comunidad humana. Hemos aprendido esta sencilla verdad tan bien expresada por Emerson: ‘El único medio de tener un amigo es comportarse como un amigo’”. Stalin debía estarse partiendo de risa ante el idealismo del presidente norteamericano, que durante muchos momentos de la Conferencia pareció ausente.

Los debates de aquella primera reunión plenaria comenzaron por la situación militar, examinando lo ocurrido en todos los frentes. Cada una de las partes hizo la exposición de sus respectivas posibilidades y de cómo podía mantenerlas o incrementarlas en las fechas inmediatas. Si acaso, es de destacar un roce más entre Stalin y Churchill, cuando éste quiso averiguar cuál era la realidad del ataque soviético para compensar lo que realizaban los angloamericanos en el oeste, de acuerdo con la simultaneidad que se había previsto en Teherán. Stalin respondió que él no se consideraba ligado a ningún compromiso nacido en Teherán respecto a las fechas de las operaciones militares; inmediatamente terció Roosevelt para darle la razón, pues en Teherán se había dicho: “Tan pronto como fuera posible...”.

La sumisión de Roosevelt a su anfitrión se puso de manifiesto hasta en los más pequeños detalles. Churchill le miró asombrado varias veces, como cuando agradeció a Stalin “la hospitalidad con que se les había recibido y las extraordinarias comodidades que les habían proporcionado”, o cuando, con voz trémula, afirmó: “Al saber que los ejércitos rojos habían penetrado 25 kilómetros en territorio alemán, era difícil precisar quiénes se habían emocionado más, si el pueblo de la Unión Soviética o los de Estados Unidos y Gran Bretaña...”.

Todavía se habría de celebrar otra reunión más en aquel 4 de febrero: una cena tripartita en el propio Palacio de Livadia, a 20.30 horas. Los Tres Grandes, estuvieron acompañados por sus ministros de Exteriores, tres miembros de las delegaciones de Estados Unidos y la URSS y dos de la del Reino Unido.

El derecho de los pequeños

En un ambiente de buen humor –conseguido por primera vez en Crimea–, surgió la cuestión de las pequeñas potencias en la posguerra. El asunto estaba relacionado con la Conferencia de Dumbarton Oaks –un edificio situado en Georgetown, Washington, a la que habían asistido representantes de Estados Unidos, URSS, Gran Bretaña, Francia y China–, donde se había tratado sobre la estructura de la Organización de Naciones Unidas, ya perfilada por el presidente Roosevelt, y se esbozó la personalidad del Consejo de Seguridad y la especial calificación que habría de tener el voto de los Grandes, es decir, de los allí presentes, frente al de los demás países.

En la cena se volvió sobre el tema. La posición de los soviéticos demostró que ellos, más que nadie, deseaban la clara diferenciación futura entre los grandes y los pequeños. Stalin dijo que “sería ridículo que Albania tuviera un voto de igual importancia al de las tres potencias que habían ganado la guerra”.

Fue casi imposible hablar un lenguaje común, porque los angloamericanos –aun admitiendo que las naciones pequeñas no deberían imponer su criterio a las grandes– pretendían que Stalin comprendiese el valor de la democracia, empeño realmente vano ante el mayor de los dictadores del siglo.

Ahí chocaron, una vez más, Churchill y Stalin. El premier, para recordar los derechos de los pequeños pueblos, comentó: “El águila permite cantar a las pequeñas avecillas y no se preocupa por lo que éstas cantan”. El mariscal soviético se rio a carcajadas y, cuando Churchill explicó que, de los presentes, él era el único que respondía a la voluntad del pueblo, pues unas elecciones convocadas con carácter extraordinario podían terminar con su mandato, Stalin bromeó: “¡Parece que teme usted esas elecciones!”.

A lo que replicó Churchill: “¡Y estoy orgulloso de temerlas! ¡Estoy orgulloso del derecho del pueblo británico a cambiar de Gobierno cuando le parezca oportuno!”.

La sobremesa concluyó en un ambiente tenso.



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Notapor Erich Hartmann » Mié Mar 14, 2007 9:17 pm

Abundante alcohol

El siguiente encuentro tuvo lugar durante un almuerzo celebrado en el Palacio Yusupowsky, al día siguiente, 5 de febrero. Asistieron los tres ministros de Asuntos Exteriores, acompañados por tres miembros de la delegación norteamericana, tres por la británica y cinco por la soviética. Siempre bajo el calificativo de top secret, la reunión, caracterizada por los numerosos brindis, trató del nombre de la Conferencia y, a continuación, sólo se habló sobre Alemania: del trato que debía dispensársele y de cuestiones económicas.

Los brindis fueron 45 y por los motivos más diversos: por la llegada de las tropas norteamericanas a Manila, por la salud de los presentes y de distintas personalidades ausentes, por el éxito de la Conferencia, por los soldados combatientes, por el futuro de la Humanidad...

La Conferencia fue bautizada oficialmente, a petición de Molotov, como Conferencia de Crimea, aunque la posteridad la ha llamado siempre Conferencia de Yalta y los técnicos de clave y otros especialistas de la comunicación militar le dieron el nombre de Operación Argonauta.

Se habló de la división de Alemania, pero los reunidos se mostraron, extrañamente, de acuerdo en que no estaban en condiciones de discutir el tema y lo remitieron a ulterior estudio. Algo parecido sucedió con las cuestiones económicas, pero aquí los soviéticos estuvieron más precisos: plantearon importantes compensaciones, no sólo a costa de los bienes de los alemanes, sino también demandando créditos a EE. UU. Stettinius remitió la cuestión a un examen más detenido y menos etílico.

Comunicado y acuerdos

Hasta el día 11 de febrero, fecha de la clausura, se celebraron siete plenarias más y otras tantas reuniones de ministros de Asuntos Exteriores, dos cenas y un almuerzo de trabajo.

Al término de las reuniones, los Tres Grandes hicieron público un comunicado que abarca los puntos siguientes:

1. La derrota de Alemania: desarme y desmilitarización.
2. La ocupación, división en zonas y el control de Alemania.
3. Reparaciones de guerra alemanas.
4. Conferencia de las Naciones Unidas.
5. Declaración sobre la Europa liberada.
6. Polonia.
7. Yugoslavia.
8. Reuniones posteriores de los ministros de Asuntos Exteriores.
9. Unidad, tanto en la guerra como en la paz.

Y, al pie de todo ello, las firmas de Winston Churchill, Franklin D. Roosevelt y Iosif Stalin.

Hasta el 12 de marzo de 1957, doce años después de la Conferencia, el Departamento de Estado norteamericano no entregó a la prensa el protocolo completo, con 14 apartados, que fue acordado y mantenido en secreto por los Tres Grandes, sin que se sepan las razones.

Lo más destacado de aquellos acuerdos es la consumación del reparto de Alemania, las fuertes reparaciones que se le habían de exigir, la introducción del concepto “criminales de guerra”, la convocatoria de la Conferencia de San Francisco –la que había de ser madre de la Organización de Naciones Unidas– para el 25 de abril de 1945. Los 14 apartados que, realmente, constituyeron la Conferencia de Yalta, fueron firmados por los ministros de Asuntos Exteriores.

Hay un acuerdo más, a propósito de Japón: en los tres meses siguientes a la capitulación de Alemania, la URSS declarará la guerra a Japón en estas condiciones:

a) Se mantendrá el estatus de Mongolia Exterior.

b) Se restablecerán los derechos de la URSS violados por la “perfidia” de Japón en 1904. Estos derechos son:

– La devolución a la URSS de la parte meridional de las islas Sajalin y vecinas.

– Internacionalización del puerto de Dairen, garantía de las prioridades de la URSS y establecimiento del puerto de Port Arthur como base naval de la URSS.

– Explotación en común del ferrocarril del sur de Manchuria, respetando las prioridades de la URSS y la soberanía china sobre Manchuria.

c) Se devolverán a la URSS las islas Kuriles.

Este acuerdo fue firmado por los Tres Grandes.



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Notapor Erich Hartmann » Jue Mar 15, 2007 12:18 pm

El coste de los honores

El reparto estaba previsto. El máximo beneficiado sería Stalin, y ello se ve en la simple lectura de los textos. Sin embargo, los norteamericanos –o, al menos el presidente– partieron de Yalta como si hubieran conseguido una gran victoria. Elliot Roosevelt, que no estuvo en Crimea, pero escribió a través de los relatos de Hopkins, se permitió este comentario: “... la unidad de Churchill, Stalin y Roosevelt fue más firme y más tangible en Yalta que en Teherán. Y resultó evidente que el papel de mi padre, más aún que en conferencias anteriores, fue el de dirigente. No fue cosa del azar que él estuviera sentado en medio de los otros dos cuando se tomaron las fotografías...”. Elliot no hace alusión alguna a la cortesía de los otros dos Grandes, en consideración a la situación de enfermo terminal en que se encontraba el presidente norteamericano.

Aquella presidencia tributada a Roosevelt le costó al mundo la presencia fortalecida de la URSS en el este de Europa y todas las reivindicaciones deseadas en Asia, a cambio de una declaración de guerra al Japón que no pasó de mera formalidad.

Una herencia muy pesada

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A sesenta años vista, la Conferencia de Yalta presenta más sombras que luces. Con agenda previa o sin ella, queda claro que fueron tres los temas que se trataron con mayor intensidad.

En cabeza figuraba, naturalmente, Alemania. Las exigencias de Stalin para resarcirse de los daños ocasionados por el III Reich y las garantías solicitadas para que no se repitiese algo semejante en el futuro fueron tales que se optó por la cómoda solución de quienes temen dar un paso en falso: no hacer nada.

La idea general de los reunidos quedó fijada en el único consenso de los siete días gastados en el análisis de la situación: una paz que durase, al menos cincuenta años. Un tiempo que no se había conseguido tras la derrota francesa en Sedán, en 1870, ni en la turbia diplomacia del Tratado de Versalles, en 1919.

Pero, en cuanto quisieron profundizar en la cuestión, Roosevelt manejó el argumento de que deseaba retirar –en gran parte– sus tropas de Europa y, ante ello, no ocultó su temor, reclamando soldados franceses, no tanto para garantizar la seguridad de Alemania, cuanto para poder guardar de lejos las espaldas de las Islas Británicas.

De modo que, amparándose en la falta de estudios “completos, políticos, etnográficos, industriales...”, se acordó la división del país en zonas de ocupación, pero dejándolo todo en el aire, lo que permitió la presencia omnímoda de la URSS en todo cuanto llevase el apellido alemán, el enredo de las relaciones internacionales hasta los años setenta y la realidad histórica que se consumaría en la caída del Muro en noviembre de 1989, no precisamente por el apoyo de los Grandes en Crimea.


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Notapor Erich Hartmann » Vie Mar 16, 2007 9:56 pm

Mal principio para la ONU

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Otro tanto ocurriría con la preocupación generada por la creación de una Organización Internacional en la reunión previa de Dumbarton Oaks. La Santa Alianza no había sido capaz de asegurar lo que se creó en 1815, en el Congreso de Viena; la Sociedad de Naciones fue un esperpento a la hora de poner fin a la atmósfera de la posguerra de 1919, y las Naciones Unidas sólo conservaron el nombre que les había regalado Roosevelt, en homenaje a su muerte antes de que se celebrase la Conferencia de San Francisco. Todo por culpa de la importancia que se quiso dar a los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad, aún no concebido en Yalta..

Desde 1945 hemos asistido a un lento derrumbe de las Naciones Unidas por distintas causas: primero, por la bipolaridad Estados Unidos-URSS; segundo, por el paso inevitable y rápido al multicentrismo y luego al ensayo de organizaciones regionales (OTAN, Pacto de Varsovia, OEA, Unión Europea...); tercero, por el aumento del número de miembros, que muy pronto hicieron olvidar a Washington su idea de la pax americana, cuando la ONU eran 52 miembros y el poder nuclear se convertía en garantía indefinida.

Parece casi una burla que, desde 1945, no se haya modificado más que en dos puntos: el aumento de miembros no permanentes del Consejo de Seguridad y el aumento de miembros del ECOSOC (el Consejo Económico y Social).

Polonia, víctima de todos

“Se habló de Polonia –ha escrito Churchill– nada menos que en siete de las ocho reuniones plenarias que se celebraron en la Conferencia de Yalta y los documentos británicos contienen un intercambio sobre este tema de casi 18.000 palabras entre Stalin, Roosevelt y yo. Con la colaboración de nuestros ministros de Asuntos Exteriores y sus subordinados, que también celebraron un debate tenso y minucioso en las reuniones que mantuvieron entre sí, al final presentamos una declaración que constituía tanto una promesa al mundo como un acuerdo entre nosotros acerca de nuestras futuras acciones. La triste historia no ha concluido aún, y hasta hoy no se conoce del todo la verdad”.

Y eso ocurrió pese a que en este caso los debates fueron tan minuciosos como tensos: cómo formar un gobierno provisional único, terminando los gobiernos polacos, de Lublín y de Londres. Cómo y cuándo celebrar elecciones libres. Cómo establecer las fronteras polacas en el Este y en el Oeste y cómo salvaguardar las zonas de retaguardia y las vías de comunicación de los ejércitos soviéticos que avanzaban.

Una de las más duras controversias de Yalta fue la fijación de las fronteras occidentales de Polonia, pretendiendo la URSS que se situara en el curso del Oder-Neisse; mientras los occidentales deseaban que se fijara en el Oder, “para no cebar a la oca polaca con tanto pienso alemán que termine por coger una indigestión”, en frase de Churchill.

En defensa de los postulados soviéticos, Molotov argumentó que se trataba de las antiguas fronteras polacas con Prusia Oriental. Roosevelt preguntó:

–¿Cuánto tiempo hace que esas tierras fueron polacas?

–Hace varios siglos, replicó Molotov.

–Ese principio pudiera llevar a que los ingleses pidieran la devolución de lo que hoy son los Estados Unidos.

Churchill apoyó la argumentación de Roosevelt, exponiendo que ese corrimiento fronterizo acarrearía la expulsión de ocho millones de alemanes. Stalin rechazó esa objeción, asegurando que eso ya había ocurrido y que si “para Inglaterra, el asunto polaco es una cuestión de honor; para la Unión Soviética también lo es, además de un tema prioritario de seguridad”. Pese a la oposición anglonorteamericana, Stalin logró la frontera en el Oder-Neisse, porque sus ejércitos ocupaban ya esa tierra.

Por muchas horas y palabras que dedicasen en Yalta a sus asuntos, Polonia sólo debe a aquella Conferencia el brutal corrimiento de fronteras, la terrible tragedia de la población civil, la criminal purga del Gobierno exilado en Londres y medio siglo de comunismo.


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Notapor Erich Hartmann » Sab Mar 17, 2007 12:19 pm

Regalo en Oriente

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Acuerdo inadvertido debería llamarse al que se filtró, casi de manera misteriosa, para garantizar las posiciones de la URSS en Extremo Oriente. Los analistas que hablan de Yalta no suelen destacar la extraordinaria tajada que consiguió la URSS introduciendo el tema de Japón.

La declaración soviética de guerra contra Japón el 8 de agosto, dos días antes de que Tokio pretendiera negociar la rendición, estaba dentro de lo fijado en Yalta, pero es muy probable que no se hubiera producido de no haber mediado el lanzamiento de la primera bomba atómica, el 6 de agosto.

Esa precipitada declaración de guerra proporcionó a Moscú todos los derechos para las reivindicaciones que aún mantiene Rusia en el Imperio del Sol Naciente, se llamen islas Kuriles o Sajalin. Hasta pueden producir sorpresa las demandas sobre problemas derivados de la guerra de 1904-1905, de la que ahora se cumple un siglo.

La URSS conseguía en Yalta la más sustanciosa victoria de la Conferencia que selló el acuerdo de reparto y de las influencias mundiales. ■

Para saber más


CHURCHILL, W., Memorias, Madrid, La Esfera de los Libros, 2002.

HEIBER, H. (ed.), Hitler y sus generales, Barcelona, Crítica, 2004.

JENKINS, R., Churchill, Barcelona, Península, 2002.

ROBBINS, K., Churchill, Madrid, Biblioteca Nueva, 2003.

MARIE, J. J., Stalin, Madrid, Ediciones Palabra, 2004.

MURRAY, W., Y MILLETT, A., La guerra que había que ganar, Barcelona, Crítica, 2004.

PELÁEZ, J-V., Winston Churchill, Madrid, Acento, 2004.

RUBEL, M., Stalin, Madrid, Ediciones Folio, 2004.

TUSELL, J., Manual de Historia Universal, vol. IX, “El mundo actual”, Madrid, Historia 16, 2002.

ZORGBIBE, CH., Historia de las Relaciones Internacionales, vols. I y II, Madrid, Alianza, 1997.


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Notapor Erich Hartmann » Dom Mar 18, 2007 2:14 pm

Roosevelt, entre cándido y moribundo

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Antes de Yalta, Franklin D. Roosevelt le decía a su amigo y diplomático William Bullitt, que trataba de alertarle sobre la peligrosidad de Stalin: “Bill, no discuto sus afirmaciones: son exactas. Tampoco la lógica de su razonamiento. Sin embargo, me da la impresión de que Stalin no es una persona de ese tipo. Harry –se refiere a Hopkins, su asesor personal– dice que no lo es y que sólo quiere la seguridad de su país. Creo que si le doy cuanto puedo darle y no le pido nada a cambio, noblesse obligue, no intentará anexionarse nada y aceptará trabajar conmigo por un universo de democracia y de paz”.

Roosevelt fue objeto de todas las atenciones del líder soviético, pero no logró ni una sola concesión, ni cuando –como ocurrió respecto a las fronteras polacas– estaba en abierta oposición a su amigo Iosif. La sensibilidad ante los halagos y su debilidad para oponerse a los designios de Stalin se explican en parte por su enfermedad terminal.

Lord Moran, el médico personal de Churchill, que le visitó durante su estancia en Yalta, dejó estas apreciaciones:

3 de febrero: “El presidente, delgado y avejentado, parecía agotado. Llevaba un chal sobre los hombres y miraba al frente con la boca abierta, como si no comprendiera lo que ocurría”.

4. “Llama la atención no sólo su disminución física. Durante la discusión permaneció sentado, con la boca abierta, interviniendo en contadas ocasiones. Antes, cuando no estaba al corriente de los hechos, su habilidad ocultaba la falta de información. Pero esa habilidad ha desaparecido y nada queda de ella”.

7. “A ojos de un médico, el presidente es un hombre muy enfermo. Presenta todos los síntomas de un avanzado endurecimiento de las arterias del cerebro; apenas le doy unos meses de vida”.

La enfermedad era tan clara y estaba tan avanzada que Fenia, la camarera rusa que le atendió en Yalta, comentaría a su regreso a Moscú: “¡Qué hombre tan amable y educado! ¡Y qué enfermo, el pobre!”

Churchill se cuida

En conjunto, Churchill estuvo en buena forma durante la Conferencia de Yalta. La fiebre que había sufrido en Malta no se repitió y su principal problema era que le dolían los ojos. “El primer ministro parece estar bien –escribe Cadogan–, aunque bebe cantidades ingentes de champán caucásico que acabarían con la salud de cualquier hombre corriente”.

Si Churchill disfrutó en Crimea no está claro.... Cuando, al final subió a bordo del trasatlántico británico en el puerto de Sebastopol, dejó pasmado al capitán porque “quiso que le desparasitasen su ropa”.

Las sesiones de la Conferencia habitualmente empezaban entre las cuatro y las cinco de la tarde. Proseguían durante cuatro o incluso cinco horas, con un breve descanso, durante el cual Churchill se mantenía con whisky y sopa de pollo. Había una cena hacia las nueve y media, tres de las cuales fueron banquetes formales tripartitos ofrecidos por cada uno de los líderes que, con la pauta usual de abundantes brindis, duraron hasta pasada la medianoche....

Las cuatro noches en que no hubo cena oficial, Churchill lo hizo en petit comité en su villa de Vorontzov, con su hija Sarah, Anthony Eden y un complemento variable de generales, almirantes y secretarios. Estas reuniones tranquilas no terminaban temprano. Como consecuencia de ello, se levantaba más tarde de lo usual y existía el problema de hacer encajar el trabajo matinal en la cama, su copioso almuerzo y su sueño obligatorio de primera hora de la tarde antes de las cuatro.

Sarah Oliver informó de que se solucionó abandonando el desayuno y el almuerzo, instituyendo un opíparo brunch en el dormitorio a las 11.30, y Churchill se quedaba en la cama hasta primera hora de la tarde. Este régimen parecía irle bien y se dijo que “lo tolera muy bien (...) esta conferencia no parece tan dura como alguna de las anteriores”.

A Churchill los viajes, casi con independencia del destino, y las conferencias al más alto nivel, casi con independencia del contenido o las consecuencias, le resultaban más reconstituyentes que agotadores.

Roy Jenkins, Churchill


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